MESÓN DE MILAGROS

MESÓN DE MILAGROS

Cerré la puerta de madera, gruesa y áspera, que en un extremo de la galería daba paso a la cocina.Por ella pasaron los que desde ahora serán mis fantasmas.

Mientras el tren borronea las últimas casas del pueblo, debo armar mi historia, doméstica y definitiva antes que la ciudad grande comience a tejerme la suya.

– ¿Están todos? – Preguntaba mi abuela.

Eran seis hijos varones y yo la nieta huérfana de su única hija.Acomodados ya, alguien contestaba:

– Puede servir nomas.

La señal de largada era para la sopa. Colocaba la sopera en el centro de la mesa y servía plato por plato.Para mí, la fiesta comenzaba a media mañana cuando el almuerzo estaba en la mira de la nona Teresa.

Entrábamos juntas a la cocina iniciando el ajetreo de cacerolas y sartenes. Ponía sobre el fuego una olla panzona con mucha agua, poca sal y fuego vivo,nunca supe qué largaba adentro pero cuando achicaba la llama me decía:

– Para que hierva despacio y suelte todo el jugo.

El caldo, entonces, se tomaba su tiempo para despedir un aroma intenso y áspero.Si alguno de pasada se interesaba por la razón del olorcito, le echábamos la culpa a las hierbas que en manojos frescos llegaban de la huerta: tomillo y orégano, albahaca y cilantro se balanceaban colgados de las vigas, impregnaban mis manos y cuando se secaban, formaban fila en frascos de vidrio azul.

Una incursión a la quinta nos devolvía cargadas de verdor y el mesón de piedra se llenaba con sus milagros.Ponía a mi alcance una silla y un fuentón de hojalata, para ella un cuchillo y una tabla grande. Yo escogía y lavaba, ella trozaba. Desfilaban bajo la hoja los brócolis esponjosos, los pimientos de colorinches, nabos

picantones, zapallo y papas se dejaban para último momento. Batatas en daditos, repollo en hebras,los choclos, desgranados. Las montañas verdes, rojas y amarilla mezclaban sus colores y rebalsando una fuente, esperaban a la orilla del mesón. Yo imaginaba una canasta de pedrerías, fabricaba anillos con redondeles de zanahoria o ensartaba habichuelas y lucía un collar de doble vuelta.

– ¿Por qué le saca la espuma al caldo?.

– La espuma no suma – y me guiñaba un ojo mientras la espumadera iba y venía de la olla a la pileta. Los dedos de la nona se cerraban luego sobre mi montón de piedras preciosas y desaparecían en el hervor.

– ¿Qué ponemos hoy?- Recurría a mi memoria para no errar el turno de lo que era el toque final de la sopa: sémola, avena, fideos o arroz.

– Avena- decía yo.

– Y de la buena- Le gustaba rimar.

Con el último ingrediente elegido, la sopa era una sopa hecha y derecha.

Achicaron la mesa varios casamientos y dos carreras universitarias, cuando murió el menor de sus hijos a la nona se le apagó el alma y no volvió a preguntar en el almuerzo si estaban todos. El día que el último abandonó la casa, no acusó su ausencia. Comenzó a sentarse a la orilla del mesón ella que siempre había cocinado de pie. Allí acomodada se mecía lenta y canturreaba unas rimas que ya no se disparaban ante la palabra o el gesto oportuno, eran un rosario sin pausas ni inflexiones.

Probé cambiando las tareas:

– Yo pico y usted lava.

Apartaba pequeñas cantidades de verdura que envolvía en los repasadores para alinearlos en la ventana. Ponía acelga en los floreros y regaba con especias la tierra de las macetas. Yo cocinaba y ella tarareando, sonreía. Mantuve así, un tiempo el ritual de la cocina y seguí llevando a la mesa, para nosotras dos hasta el último día, la sopa de receta tan aprendida. La nona murió el otoño pasado.

Sin la paz y el abrigo de lo cotidiano, lejos de un mundo definitivamente roto, las cosas y los lugares, tienen para mí, la crudeza de lo desconocido, la ciudad que me espera no tiene nada que ver conmigo y no puedo evitar una lastimosa sensación de soledad.