25 Nov LAS LLAVES
Mi hermana mayor siempre demostró ser muy apta para las tareas del hogar. Muy responsable y obediente de las órdenes de mi mamá, más de una vez, demasiadas tal vez, le tocaba ocuparse de mí. Desde muy chica, hacía mandados a la perfección y tenía las llaves de casa, privilegio que no me había sido concedido y realmente deseaba.
En 1976, cuando cursaba 7mo grado, me creía merecedora de una mayor autonomía. Ya cumpliría 12 años, y en noviembre tendría mi viaje de egresada. Era tiempo de salir sola, comprar, manejar dinero… Además, sería una buena práctica para saber cómo desempeñarme en Córdoba, una semana sin la tutela de mis padres o hermana. Ese era mi más inteligente argumento para lograr salir a la calle sin custodia, y con las llaves. Se me permitía ir a los negocios de cercanía, pero mi mamá o mi hermana me esperaban en la puerta de casa. No tenía tiempo para charlar con ninguna amiga del barrio en el camino.
Una cirugía programada de mi madre iba a darme esa posibilidad de sentirme independiente. Como mi hermana tenía que acompañarla y mi papá trabajaba, yo me quedaría sola en casa a cargo de todo. Mi mamá, que siempre fue super organizada me había dejado las provisiones para esos tres días de internación: miércoles, jueves y viernes y un poco más por las dudas. También dinero por si necesitaba algo de urgencia y las tan anheladas llaves de la casa. Durante días me repitió miles de recomendaciones, recordatorios y advertencias. La más importante: Sólo salir en caso de extrema necesidad, y otro tanto de amenazas por si no cumplía al pie de la letra con lo pactado.
También faltaría a la escuela, para la tranquilidad de todos, porque podría olvidarme de cerrar la puerta, porque los perros lloran mucho si no hay nadie, porque cruzar el bulevar 27 de febrero sin supervisión era peligroso.
A las 6 am del 24 de marzo la paciente en ayunas y acompañante femenino se presentaron en el hospital, como decía el instructivo. Mi papá las acompañó y después se fue a hacer su reparto de pan. Cerca de las 11, pasaba por casa. Y yo quedé en la cama con mi perro Colita a los pies y las preciadas llaves bajo la almohada.
Me levante temprano, como una adulta responsable, preparé el mate cocido, les di de comer a los pececitos, regué las plantas, hice que barría la cocina y decidí que era mi momento de explorar el mundo, antes que viniera papá.
Abrí la heladera, buscando que podría faltar. Mi idea era ir al súper de Ovidio Lagos, a comprar lo que fuera. El recorrido era sencillo 3 cuadras derecho por el Pasaje y cruzar la avenida, pero la verdad es que no faltaba nada. Nada de lo que habitualmente consumía, pero obviamente no tenía el alimento con el que mi mamá insistía siempre sin obtener resultado, y por eso no lo tuvo en cuenta: no había leche.
Después de todo, pensé, nadie podría enojarse si salí justamente a buscar una leche. Tanto pregonaban sus beneficios para la salud: que aportaba calcio a los dientes, los huesos y tantas maravillas… Es más, sería un motivo para alegrarse.
Fue así que tomé el bolsito de red, la plata, las llaves y salí a la calle. Ví a algunas vecinas conversando en la esquina, pero estaba tan convencida de mi propósito que no me importó si irían con el chisme.
Me crucé de vereda, por las dudas estuviera allí la amiga de mi tía, que era la mayor chusma y se le ocurriera averiguar.
Avancé confiada, como si ir de compras fuera algo habitual para mi… pero sin duda ese no era el mejor día para salir de excursión por el barrio.
Antes de llegar a Suipacha, en su porche estaba mi vecina Lidia, la colorada, con un gesto desencajado, me cortó el paso y me preguntó exaltada: ¿Adónde vas? Con aires de superioridad le contesté: al mercadito, a comprar leche.
Lidia me dijo casi sollozando: Decile a tu mama que no podés ir. Están pasando los camiones con soldados, hasta un tanque vi. Vienen de la fábrica militar por Ovidio Lagos… ¿No sabés lo que sucede?
Por mi cara de sorpresa, era obvio que no. “Ándate adentro, y no salgan” insistió. Y siguió contando: Hubo un golpe, un golpe de estado. Yo estoy esperando a mi hijo que fue a la facultad a dar clase…
Y se acercó una de las mujeres que estaba en la otra vereda para agregar que esos camiones llenos de soldados doblaban por Francia y seguro iban a la facultad de medicina. Y que ya era hora que alguien pusiera orden en el país.
Aproveché el intercambio de opiniones de esas mujeres para volver sobre mis pasos sin dar explicaciones. Estaba frustrada, no llegué a recorrer ni una cuadra. Desistí de ir al supermercado pero como pudo más mi curiosidad, en lugar de entrar a mi casa seguí hasta la otra esquina, para ver con mis propios ojos lo que estaba pasando en realidad.
Ni en un desfile militar del 20 de Junio en el Monumento había presenciado tanto despliegue de camiones y jeeps. Una caravana de vehículos verdes con soldados armados avanzaba por 27 de Febrero desde Lagos y doblaba por Avda. Francia dejando el aire enrarecido.
Recuerdo que sentí miedo y corrí a casa apretando bien fuerte las llaves en el bolsillo. Al llegar prendí la radio, a ver si anunciaban eso del golpe que dijo la colorada. Pero no. Se reproducía un Comunicado, aparecían otras palabras: tomar el control, estricto acatamiento, autoridad militar, y advertencias que no alcancé a entender.
Mi papá vino antes de lo previsto, era muy evidente su cara de disgusto. Zas! Se enteró que salí fue lo primero que me vino a la mente. Pero no, no era conmigo.
Escuchamos juntos las noticias, movía la cabeza negando y mascullando. Estaba triste, preocupado. ¿Qué pasa papi? le pregunté. Otra vez lo hicieron…. , estos milicos… me contestó con voz grave.
Se fue cabizbajo, no quiso ni que lo acompañara a la puerta. “No salgas para nada”, me advirtió: M’hija, no tenés ni idea de lo que se viene….
Días más tarde, mi mamá volvió sin su vesícula y con un montón de información sobre lo que había escuchado y visto en el hospital. Heridos, contusos, cabezas rotas a culatazos, detenciones de médicos.
Pero nada de esto salió en los diarios, ni en la tele, ni en la radio. Tampoco mi familia se enteró de mi paseo matutino del 24 de marzo de 1976.
Con el retorno de la democracia, y cuando empezaron a conocerse los testimonios de tantas víctimas de la cruenta dictadura comprendí a pleno aquella frase de mi padre… Ni idea se tenía, lo que se había venido es sin duda la página más fatídica de la historia de Argentina. Ni el escritor más cruel podría haber guionado los terribles padecimientos de tantas personas. Fue real, tristemente real, y es de necios negarlo. Por eso, por siempre y para siempre yo digo: NUNCA MAS.