LA JURA

LA JURA

Colonia Las Heras, Santa Cruz. Jura de la bandera.
Soldado clase 49, Grupo de Artillería N° 9 Regimiento del Quinto Cuerpo de Ejército de Colonia Sarmiento, Chubut.
25 de mayo de 1970.

La voz de mando del Mayor suena estridente y seca. Bien militar. El ¡firmesss..! se escucha clarito. La tropa obedece casi hipnotizada clavando los talones, fusil al hombro.

Unas pocas banderitas celestes y blanco desafían la ventolina helada que, jugueteando atraviesa la plaza yerma de ese 25 de Mayo. La orden del militar surca el aire, amplificada por un equipo de sonido enclenque  cansado de repetir, achacoso ya por su larga vida,  diferentes voces y palabras, casi siempre tan huecas como el céfiro  que esa mañana invernal envuelve a todos los presentes, civiles y militares.

Unos cuantos escolares, caritas falseadas por el frío, forman obligados enfrente nuestro como si hubieran querido, jugando, imitarnos y desafiar nuestra postura soldadesca. Traspasados de frío todos. Calados todos. Todos. Lo juro.

Pero yo quiero hablar de otro juramento. Otro más, digamos, sacrosanto; cargado con el venerable compromiso y responsabilidad de honrar y defender con la vida la tierra donde uno nace. Nada menos. Al menos eso es lo que creía yo hasta ese día demasiado gélido, de fiesta, jura ─un 25 de mayo, por cuenta y orden de la Junta Militar mandamás de entonces─ y desfile. Y lo sigo creyendo.

Estamos─aquí─en─esta─mañana─de─invierno─para─conmemorar─llenos─de─emoción─e─impregnados─del─valor─patriótico─que─los─heroes─de─mayo─nos─legaron─y─aun─hoy─nos─inspiran─para─rendir─justo─homenaje─a─ellos─y─a─esta─bandera─sacrosanta─Dios─sea─loado─que─jamás─ha─sido─atada─a─ningún─carro─triunfal─de─la─tierra…

Palabras de la Directora  ─a las que nadie de los presentes presta atención─ de la escuela primaria (la única del pueblo). Hace frío. Bastante. Nosotros inmóviles.

Patria es la tierra donde se ha sufrido,
Patria es la tierra donde se ha soñado,
Patria es la tierra donde se ha luchado,
Patria es la tierra donde se ha nacido.
Patria es la selva, es el oscuro nido,
La cruz del cementerio abandonado…bla…bla…bla…

Verso canturreado casi a media lengua y a duras penas por niños de segundo grado de esa escuela ─que ningún mortal de los presentes escucha─. Hace frío. Mucho frío. Nosotros inmóviles.

Estamos─aquí─en─esta─mañana─de─invierno─para─conmemorar─llenos─de─ emoción─e─impregnados─del─valor─patriótico─que─los─heroes─de─mayo─nos─legaron─y─aun─hoy─nos─inspiran─para─rendir─justo─homenaje─a─ellos─y─a─esta─bandera─sacrosanta─Dios─sea─loado─que─jamás─ha─sido─atada─a─ningún─carro─triunfal─de─la─tierra…

Palabras de la directora de la escuela de danzas municipal ─a las que nadie hace algo por oírlas─ antes de invitar a bailar el Pericón Nacional a los civiles presentes. ¿Bailar con este frío? Frío, frío, frío. Nosotros inmóviles.

Estamos─aquí─en─esta─mañana─de─invierno─para─conmemorar─llenos─de─emoción─e─impregnados─del─valor─patriótico─que─los─heroes─de─mayo─nos─legaron─y─aun─hoy─nos─inspiran─para─rendir─justo─homenaje─a─ellos─y─a─esta─bandera─sacrosanta─Dios─sea─loado─que─jamás─ha─sido─atada─a─ningún─carro─triunfal─de─la─tierra…

Palabras del Intendente municipal ─leídas con bastante dificultad, con anteojos y todo ─a las que ninguno de los presentes toma en cuenta ─. Hace frío. Muchísimo. Nosotros inmóviles.

Estamos─aquí─en─esta─mañana─de─invierno─para─conmemorar─llenos─de─emoción─e─impregnados─del─valor─patriótico─que─los─heroes─de─mayo─nos─legaron─y─aun─hoy─nos─inspiran─para─rendir─justo─homenaje─a─ellos─y─a─esta─bandera─sacrosanta─Dios─sea─loado─que─jamás─ha─sido─atada─a─ningún─carro─triunfal─de─la─tierra…

Palabras del Gobernador provincial,  exteriorizadas a poncho cerrado y guantes de cuero forrados en corderito ─al que nadie de los presentes entiende ni le cree lo que dice─ buscando aplausos que no prosperan. ¡Qué frío hace! Y nosotros inmóviles.

El padre cura bendice algo que no puedo distinguir desde mi posición tiesa. El párroco, con toda su mística a la intemperie y sus demasiados minutos para rociar ─en silencio, eso sí─ con agua bendita algo que no percibo desde aquí, pero que debe estar tan helado como nosotros.

Ahora habla ─grita─ el Mayor. Solicita al mandatario emponchado permiso protocolar, para proceder a la ceremonia de jura y posterior desfile de tropas. Su voz se pierde entre  los compases de la marcha Viejos Camaradas,  ejecutada por la banda del Regimiento y desperdigada brutalmente por el viento.

Qué frío hace, me estoy orinando encima. No siento los pies, los dedos de la mano duros en la empuñadura del fusil a bayoneta calada y yo ─y todos nosotros, soldados de esta patria de fiesta─ calados también, hasta los huesos.

¿Cómo no se les habrá ocurrido a los patriotas de la colonia de entonces, reunidos con paraguas y todo frente al Cabildo de Buenos Aires, hacer la revolución en verano? pienso, divago, tratando de desviar mi mente y mi cuerpo de veinte recién cumplidos, de ese helado manto que me ─nos─ perfora y que me obliga a retorcer la ingle.

Un jarro de mate cocido y dos bollitos de panadería después, me encuentro tapado apenas ─es un decir─ por un paño de lona verde militar perteneciente a nuestro glorioso ejército, tirado en la parte posterior de un camión Unimog verde militar de nuestro glorioso ejército, manejado sin cuidados ni diplomacias por un sargento gritón, vestido de verde militar de nuestro glorioso ejército, rodeado de varios conscriptos, encajados prolijamente en sus cascos verdes militar del glorioso ejército, vestidos todos con uniforme de gala (¿de gala?) color verde militar de nuestro glorioso ejército.

Tengo frío. Mucho es poco. Los dos pares de medias de lana tejidas por mamá bajo los borceguíes lustrosos a puro paño, y las dos camisetas balleneras bajo la camisa remendada por mí a pura aguja, no pueden con el rayo helado que me aturde.

Saco del bolsillo del uniforme un mantecol a medio morder, y de la canana de cuero una petaca con ginebra ya inaugurada antes de la formación en la plaza de la jura. Estoy todo meado. Y sin darme cuenta. El esfínter funciona sin aviso con temperaturas extremas bajo cero.

Cinco o seis tragos seguidos mediante, vuelvo a pensar en la jura. Miro alrededor. Algunos fuman, otros putean, algunos dormitan, otro se acerca en cuclillas, y me llena la caramañola, generoso, hasta el borde.  Todos tiritando.

Unos cuantos tragos más. Varios más de los que, en condiciones normales, podría tolerar mi cuerpo. Brindo por mí: acá, hoy. Solo yo me importo. Ni el ejército glorioso, ni los intendentes y mucho menos los gobernadores me conmueven, inquietan o emocionan. Hoy, solo yo.

Achispado por el alcohol,  juro, otra vez, defender a mi bandera hasta perder la vida.

Yo.

Yo, la juro, desheredado por voluntad propia de esos personajes y corrido al costado de sus ceremonias y discursos vacuos. Sentado y aturdido por la borrachera, acá, en el culo del mundo, levanto mi mano derecha hacia la nada para jurar.

─¡Si. Juro!

Ahora mi mente vagabundea en los malditos que todos los días vociferan jurarla y luego pisotean ese deber sagrado sin más trámites que mirar para arriba, justo adonde apunta mi brazo ahora, y hacerse ─malintencionados─ los distraídos y seguir como si aquí no hubiera pasado nada.

Tendría que gritar bien fuerte, para todos: ¡Viva la patria! ¡Viva el 25 de mayo! ¡Viva la bandera!

Sin embargo, con voz aguardentosa y arrastrada, chillo para mí: ─¡Viva yo, carajo!

La jura…

Y me quedo ─deshonrosamente mojado─ dormido, las cuatro largas, despiadadas, gélidas horas del viaje de vuelta al regimiento.

Lo Juro.