25 Nov CASTILLO DE AZÚCAR
Mi castillo era muy diferente al de los cuentos que me leía mi madre. En los de ella, las princesas no salían a trabajar ni limpiaban la casa. Tampoco preparaban el desayuno y la merienda. Un hada se encargaba de proveerle gomitas azucaradas con un solo toque de la varita mágica. En el mío, tenía que ir a comprarlos con las monedas ahorradas o esperar la visita de mi abuela. Siempre me traía una cantidad considerable de mis sabores preferidos. En cierta forma, sin varita, ella era nuestra hada. No solamente por los dulces, sino porque además llenaba las tardes con juegos y con el peculiar olor a tejido. Lo más importante, ahora que lo recuerdo, es que siempre lograba hacer reír a mi madre.
Me regaló un oso porque le mostré el dibujo en el cual nos rodeaba un bosque. Le pregunté por qué un oso y no un ciervo. Porque son más fuertes, me respondió. Lo abracé y no nos separamos durante muchos años.
Así, en una tierra nada lejana, pertenecíamos a un reino casi feliz, porque no había un príncipe. Mi madre nunca lo nombraba. Con el tiempo supe que no vivieron felices. Un día tomó sus valijas y se fue a los pocos meses de que yo naciera. Ella decidió encerrarse en una torre construida con ladrillos de ilusión. Tanto fue su deseo que regresó a recuperar el trono. Cuanto más se esforzaba en ser mi padre menos me agradaba.
Una noche entró con las garras preparadas para atacar. Me di cuenta de que era un monstruo encantado. Rugía su furia. En cada paso estallaban vidrios. La tomó del cabello. No le importó que le implorara. Yo lloraba sin entender la razón de su transformación. Un golpe tras otro y el cuerpo frágil cayó al piso. Intenté salir para pedir ayuda sin lograrlo. Tomó prisionero a mi brazo gritándome que la culpa era sólo mía. Pude soltarme y corrí a esconderme dentro del placar junto con el oso. Rasqué su pecho hasta que los dedos y el llanto se enredaron en su corazón de estopa.
Cuando el silencio se adueñó por unos minutos del lugar, abrí despacio la puerta y vi sus pies acercándose. Agarré a mi oso, le saqué un ojo y luego el otro. Al monstruo no había que mirarlo si querías estar a salvo. Sus pasos se detuvieron al escuchar la sirena. Unos hombres gritaban cuando entraron a la casa. Yo seguía acurrucada en la oscuridad. Alguien abrió la puerta y grité. Tranquila ya pasó, me dijo el policía. Corrí buscando a mi madre. Todavía estaba tendida en el piso. Le rogué que se levantara sin que me respondiera. Necesitaba que su cuerpo mullido siguiera siendo el mismo refugio. No podía abandonarme. Era mi castillo, mi bosque, el “había una vez”.
Aquel día, al arrancarme de aquellas páginas de fantasías, se derrumbaron los muros de azúcar y nada ni nadie pudo reconstruirlos jamás.