19 Mar RELATOS 2024
La vida por cinco pesos
Juan Carlos Borges
Murió el Gringo Josami, víctima de un accidente de tránsito. Inexplicablemente le ocurrió a él, que cuerpeó todas las adversidades, que eludió el Servicio Militar Obligatorio y hasta las demandas de la AFIP. Él, que vivió tan intensamente, ese día no pudo contra una camioneta F-100 que lo atropelló en un cruce de la avenida de acceso a Villa Mercedes, quedando tendido en la calle.
Sacudido por la tragedia, concurrí a la sala del velatorio. Después, uno a uno, fueron llegando los amigos, expresando sorpresa, dolor y, al pasar las horas, evocando anécdotas y momentos compartidos. Pensé que quizá así le hubiera gustado a él vernos juntos, como en los asados que organizaba en su taller.
Chapista de profesión, noble y generoso como ninguno, todos le debíamos algo, pero ojo, ojo con hacerle una jugarreta. Una vez, tuvo un cliente que se fue sin pagarle un trabajo: un turista de paso que salió a probar el auto reparado y escapó hacia Santa Fe por la ruta nacional número 8. Furioso, el Gringo contrató un avión del Aero Club y lo esperó en Venado Tuerto para cobrarle. Cuando volvió, le dedicamos una caricatura vestido de Superman con una capa, volando sobre el Fiat 1500, y le dio risa. El operativo le costó más de lo que valía el trabajo… ¡no le importó! Así era él.
Hacia la madrugada, se retiraron algunos familiares, la rueda se hizo más chica y entonces Basilio, el más veterano de los colegas chapistas, nos sorprendió con una frase:
—Este Gringo me debía la vida —dijo, misterioso—. ¿Saben ustedes? Es una historia de cinco pesos.
—¿Qué estás diciendo, Basilio? —le pregunté con curiosidad.
—Sí, de cinco pesos, pero… ¡cinco pesos del año 1940! —dijo, con una sonrisa enigmática, agregando más suspenso.
Paseó su mirada sobre el grupo de amigos, hizo una pausa y comenzó el relato:
—Yo vivía sobre la Calle Angosta y siempre tuve andanzas por los burdeles y boliches, en mesas de truco y guitarreadas con amigos. Uno de ellos era Marcial, el picaflor de la barra, que trabajaba de albañil. En realidad, trabajaba poco, porque más se dedicaba a la farra y a las mujeres. Un día lo noté nervioso en la rueda; me esperó a la salida y allí me increpó casi en secreto:
—Basilio, necesito una gauchada tuya, que me prestes cinco pesos por unos días.
—¡Cinco pesos es una plata grande! —le respondí—. ¿Qué te pasa?
Y allí contó su problema. Había dejado embarazada a una muchacha del barrio, la Colorada, una pelirroja de ojazos grandes, un mujerón en aquellos tiempos… Bueno, el asunto era que Marcial necesitaba esa plata para hacerle un aborto, y era urgente, porque ya habían pasado dos meses y no le hicieron efecto ni el té de Don Pedrito el curandero ni las inyecciones del boticario Lagardère.
Quedé perplejo y empecé a tartamudear, no sé si por la noticia o por el mangazo. Reculando, le respondí que no tenía plata en ese momento y, con cualquier otro pretexto, lo esquivé durante varios días, hasta que lo perdí de vista. Pero la Colorada siguió adelante con su embarazo. La veíamos pasar todos los días de aquel invierno, cubriéndose la panza con un ponchito marrón… ¡Y así llegó al mundo este Gringo, gracias a los cinco pesos que yo no le presté a Marcial!
Se hizo un silencio de asombro en la rueda, y me animé a preguntarle:
—¿Y el Gringo supo esta historia?
—Sí —dijo Basilio—. Lo supo por mí. Fue en un viaje a buscar un auto chocado. En la travesía tuvimos confidencias. Me reveló que nunca pudo saber quién fue su padre, y yo no me aguanté y le narré esto que hoy saben ustedes.
Conociendo el carácter del Gringo, todos quisimos saber cómo reaccionó a la noticia.
—Se puso muy serio —dijo Basilio—, y comenzó a golpear con un puño el tablero del camión mientras conducía, lagrimeando y maldiciendo a la vez. Apartando un momento la vista del camino, me dijo:
—¡Negro, si vos sabés quién fue mi viejo, no me lo digas, porque voy a partirle la cabeza por hijo de puta! Nos abandonó con mi madre. Ella nunca dijo nada, pero pasó necesidades, las mil y una para criarme.
Se hizo una pausa en el relato, y todos quisimos saber algo más sobre el padre del Gringo.
—No sé, de verdad no sé —dijo Basilio—. Marcial se alejó de la barra y nunca más lo volví a ver.
Nos quedamos en silencio, mirando en la sala el ataúd del amigo muerto, y entonces, inesperadamente, Basilio se acercó, tomó las manos del Gringo, las besó, comenzó a temblar y mascullando palabras, alcanzamos a entender que le pedía perdón. Nos miramos sorprendidos y, sin ponernos de acuerdo, salimos para afuera, porque sentimos que ese momento no nos pertenecía. Creo que varios pensamos lo mismo, sin comentarlo: ¡que Basilio era el padre del Gringo! Que el peso en su conciencia, el remordimiento, lo llevaron a compartirlo de alguna manera con nosotros.
Al cerrar el féretro, vi en el rostro de Josami un gesto de paz, como dejando un mensaje. Luego, en el sepelio, Basilio, visiblemente emocionado, llevó con otros el ataúd, y recordé entonces una canción de Alberto Cortez, aquella del amigo que se va y deja “un tizón encendido”. Y sí, ese era su legado, porque fue un grande de verdad.
¿Y aquella historia de Basilio? Nos dejó muy sorprendidos, sobre todo el final, el desenlace, la revelación a la que asistimos en la madrugada.
En algo estuvimos de acuerdo todos: fuera cierto o no, valió la pena que Josami hubiera llegado al mundo… ¡por cinco pesos!
Muñecas y algo más
Marta Beatríz Oliva
Tengo una muñeca vestida de azul,
con su vestidito y su canesú,
la llevé de paseo y se me resfrió,
la puse en la cama con mucho dolor…
Así cantaba de niña.
Yo tenía una muñeca vestida a cuadros diminutos celestes y blancos, con zapatos y zoquetes color nieve. Su pelo rubio, largo, estaba sujeto en una media cola, y sus ojos eran de un azul profundo. Yo saqué la muñeca de la caja y me puse a darle la mamadera. La llevé de paseo en pocas ocasiones. Nunca se resfrió, pero la guardé con mucho dolor.
Era “Natacha”, la muñeca que todas las niñas de aquellos años soñábamos tener. Tan hermosa y costosa era que permanecía guardada en una caja con tapa y visor, siempre arriba del ropero.
—¿Por qué no jugás con la muñeca? —me preguntaba mi madre.
Yo le respondía jugando con otra muñeca, más pequeña. Era una “Natacha” de unos veinticinco centímetros, el color de su pelo era blanco.
Betty y Raquel, mis amigas, también tenían una muñeca similar para que pudiéramos representar nuestro papel de madres. Armábamos la cocina, el dormitorio… Conseguíamos que alguna de nuestras madres confeccionara vestiditos para poder cambiarlas. Nos encantaba jugar a las visitas. Para ello contábamos con el correspondiente jueguito de té. Salíamos de paseo y, si alguna muñeca se enfermaba, lo llamábamos al doctor, quien le daba una “bebidita” con que se curaba.
¿Dónde estará ahora esa muñeca de pelo blanco? No lo sé… “Natacha” quedó conmigo durante años hasta que se perdió en una de mis tantas mudanzas de adulta.
Para llegar a esa etapa, primero fui adolescente. Como toda adolescente, soñaba con mis quince años. Mi mamá solía decir que “se demoraba” en alcanzar ese número, pero que, “de ahí en más, el tiempo pasa volando”.
Cuando finalmente se acercó mi cumpleaños tan esperado, no habría fiesta. No se acostumbraba en mi familia. Sí hubo torta, la reunión con mis nonas, mis amigas y nuestra vecina Carmen.
Mis padres conspiraban para sorprenderme con un regalo con el que estaría más que feliz. Mis amigas conocían cuál era; ellas también estaban emocionadas. Yo era la única que no lo sabía.
Llegó el día. Como si fuera hoy, recuerdo el comedor de mi casa, la ilusión, la ansiedad, la felicidad, las pinceladas en los rostros de mis padres, parados sobre la pared que daba a la calle al lado de la puerta de ingreso, rodeando mi regalo.
Pasé de la cocina al comedor. Y lo vi: ¡un tocadiscos!
Entonces, inexplicablemente, enojé. Me molesté. Grité, pataleé, lloré y dije no sé qué… Sí deseaba el tocadiscos, de eso no hay dudas. Lo que no pude aceptar fue el ocultamiento. No me gustaban ni me gustan las sorpresas.
Mi papá se bebió de un sólo trago la desilusión de hacerme feliz, como la protagonista de un relato que leí. Juró que devolvería el tocadiscos.
Pasaron los días, el tocadiscos permaneció en un rincón del comedor.
Como todo sigue su curso y el tiempo todo lo acomoda, escuché, canté y bailé los temas populares de la época reunidos en long plays.
¡Cuánto daño hacemos a quienes nos permiten la vida! ¿Frase muy trillada? Sí, no por eso menos real. No busco decirlo de otra manera. ¿Volver el tiempo atrás? No se puede. Sí puedo escribir. Escribir es una forma de pedir perdón.
El perdónenme se convierte en un ¡gracias! que los busca, los encuentra y los abraza. Nos unimos en el abrazo de tres que nos debíamos.
Mi madre suelta con suavidad el brazo del tocadiscos sobre el surco del long play. Suena el vals de los quince años y bailo con mi padre. “Natacha” nos observa desde su caja con visor.
Realidad, fantasía o viceversa
Ángel Augusto Segura
Tal cual lo expresa el enunciado, real o fantasioso, este relato carece de todo concepto veraz, pues de lo contrario dejaría de ser fantasioso. Hay en él una frase que marcará la señal para seguirle el rumbo: “Nunca te olvidaré”. Esta frase, se supone, fue dicha por una persona a otra, en virtud de la estrecha armonía conceptual entre ambas, sin expresar sexo, edad u otra aclaración.
Sin embargo, tal cual ocurre en la vida real, siempre se filtra, como en esta ocasión, información ociosa, no maligna, pero sí molesta.
El caso es que, en este vecindario, como en cualquier otro, se comenta la existencia de una hermosa joven, quien sería la autora de esta expresión dirigida a alguien de su estima. Nunca ha existido contacto verbal entre ambos, pero sí información escrita, depositada en lugares preestablecidos, de manera encubierta, aunque con la seguridad de que el destinatario la encontraría.
A esta altura del relato ha pasado tanto tiempo, que ya el escenario no es el mismo. Los personajes muestran ya en su figura las inexorables marcas del paso del tiempo. De este lugar y espacio, largamente transcurrido, a otra extensa, más actualizada, el tiempo físico nos señala una nueva etapa, que nos aproxima probablemente a un cercano final de esta historia real o irreal, o viceversa.
La desconocida persona reaparece en escena, repitiendo “Nunca te olvidaré” y agregando de su cuño: “Siempre te esperaré”. Ya sabemos que estos mensajes son secretos y únicamente conocidos por los participantes, dejando en el anverso de la placa el próximo lugar de encuentro.
Se desprende también que otros conceptos estarían contenidos en esta narrativa. Por ejemplo, en este espacio no habría hombres ni mujeres conviviendo, lo que echa por tierra la existencia de una criatura.
Sin embargo, un llanto, en una noche muy oscura, se dejó escuchar con absoluta claridad. Para agregar más incredulidad al tema, las figuras dejaban traslucir que, en verdad, no todas parecían masculinas ni femeninas, o viceversa. Semejaban hombres con cuerpo de mujer y viceversa.
Otra controversia: personas creíbles, sin ninguna vinculación en el tema, aseguran haber visto lo que aparentaba ser un matrimonio pasear por los jardines del lugar. Hombre, mujer y un niño de corta edad caminaban tomados de la mano. En un concierto donde no existen ni hombres, ni mujeres, ni mucho menos convivencia, ¿cuál es la parte real y cuál la fantasiosa, o viceversa? Cada cual le dé la propia definición.
Cuentan, por esos lugares, que en tardes otoñales, cuando el Astro Rey señala las últimas pestañadas de una jornada tal vez cargada de imprevistos, la sombra de dos personas tomadas de las manos va perdiéndose en la casi oscuridad de la noche, desapareciendo del espectro.
Otras versiones señalan que, en las noches estrelladas, aparece en lo más alto del transparente cristal del cielo una pequeña estrella, inconfundible porque en su titilar cambia constantemente de color. Es el momento en que los enamorados, tomados de las manos, asisten al espectáculo, pidiendo venturanza en su porvenir.
Esta opción sólo está permitida a aquellos que de verdad acrediten lazos de amor verdadero, tal como lo señala la presente historia real o irreal, o viceversa.
NOTA: En este fragmento literario maravilloso, intento expresar el profundo lazo de amor que aún me une a mi amada esposa, quien dejó esta vida hace unos años y a la cual aún escucho decir: Siempre te esperaré.
Despedida
Sara Dolores Zigalini
Quizás fue la intuición, o tal vez la gran conexión espiritual que me unía a él. Lo cierto es que había tenido una serie de sueños premonitorios.
En uno de ellos, el más impactante y el que me decidió a viajar en colectivo los tres mil kilómetros que nos separaban, yo estaba frente a él. Lo veía consumido, demasiado delgado; su piel, otrora rosada, se había convertido en un color cetrino poco saludable.
Había sido una persona fuerte, deportista, buen nadador, inteligente. Comprometido con su época, faltó poco para que se recibiera de abogado, pero, por amor a mi madre, dejó la carrera y se casó, formando la familia que mantendría unida hasta el último día de su vida.
La imagen onírica y el mensaje fueron claros. No había demasiado tiempo. Frente a él, en su lecho de enfermo y sin que nadie pronunciara palabra alguna, supe que su larga trayectoria de fumador había hecho estragos.
No importaba que veinte años atrás hubiera dejado el hábito. Lo vi claramente en el sueño: el problema respiratorio era inexorable; el final también.
Había mucha paz en su rostro, sin quejas, sin resentimientos; el de una persona que había arreglado todas sus cuentas pendientes.
Fue así como tomé a mis dos hijos pequeños y abordé el colectivo. Larga travesía, casi una aventura que, de no ser por esas circunstancias dolorosas, habría sido un juego casi adolescente. Siempre estuve acostumbrada a viajar como sea y en lo que sea.
Finalmente arribé a mi tierra natal, cuna de la independencia, mientras en mi mente se agolpaban recuerdos y pensamientos a borbotones. Mi cabeza era, literalmente, una olla de grillos. Sin embargo, la realidad del encuentro fue calma. Los fantasmas desaparecieron con la luz del día.
Pudimos hablar de todo: de la vida, de la muerte, del “Más allá”. Fueron apenas tres días que compartimos. Me habló de su satisfacción y agradecimiento por la vida compartida, del orgullo por sus tres hijos, todos buena gente. Por momentos, la angustia en la garganta interrumpía esa calma.
Comentó acerca de sus lecturas sobre el tema, que no todo se termina con el último suspiro, que somos algo más que lo que vemos y palpamos.
Había sido un gran lector, desde Miguel de Cervantes hasta Víctor Sueiro. Intercambiamos pareceres, vivencias, modos de ver la vida en todas sus manifestaciones. Así, me transmitió esa serenidad que conservé para siempre en las despedidas.
—Papi, nos volveremos a ver —le dije.
—No creo, hijita, no sé si llego a fin de año.
A lo que respondí:
—No sé cuándo, ni dónde, ni en qué forma, pero nos encontraremos de vuelta.
Y nos fundimos en un abrazo eterno, a sabiendas de que sería el último, al menos por este ciclo.
Tuve la noticia mientras me encontraba en mi consultorio, atendiendo pacientes. El corazón estrujado, sintiendo cascadas de emociones ingobernables. Y, por fin, la paz, recordando ese abrazo final apretado, como los hilos de ese tejido de amor que sólo los seres luminosos nos proporcionan.
El amor en cursiva
Alicia Irene Vieytes
Empecé a leer el amor en letra cursiva cuando, agazapada y cubierta por una imaginaria capa invisible, me escurría entre el laberinto de muebles apilados en el garaje de la casa de mis abuelos paternos, en la que vivíamos desde hacía unos años. Papá no quiso ser parte de la Libertadora; arrastrado por la circunstancia de ser peronista en la fuerza, le llegaron los peores destinos: la negación de ascensos y ser ayudante de quienes antes habían sido sus edecanes. Un día lo confinaron a Ushuaia, donde yo nací. Hasta que no pudo más y renunció. Por eso estábamos en la casa chorizo de Lomas, la de sus padres, mis abuelos.
En ese cambalache, yacía un baúl como una ballena encallada. Dentro, un pequeño cajón. Ahí mi mamá guardaba las cartas de sus amoríos con mi padre. En aquel entonces, ellos, jóvenes y pícaros, contrastaban con los que tenía ahora frente a mis ojos.
¿Qué sabía yo de frases hechas y cursis? Creo que me gustaban desde el principio. Me hacían temblar, emocionarme. De “sensación” debe venir “sensacional”. Disfrutaba la lectura desde el momento en que decidía hacerlo.
Primero tenía que montar la escena: llevaba velas, me ponía un vestido que había sido de mi madre en aquellas épocas, verde tornasolado, con escote “espejo”. Me maquillaba. Sacaba el paquetito de cartas del baúl, desataba el moño de la cinta de terciopelo azul y, sentada en un balde de metal dado vuelta, empezaba a leer mientras me miraba de reojo en el espejo de una cómoda herrumbrada.
Entonces, el amor empezaba a fluir por mis venas, llenándome de anhelos y ternura. Tal vez el amor ya no era, pero “había sido”. Y ahí estaban esas cartas para demostrarlo. Escritas en cursiva, con estampilla en el sobre.
Primer amor
Ana María Bonacina
Nos mudamos a Rosario cuando tenía diez años. Nos mudamos del campo a la ciudad. Bella ciudad que comencé a querer al llegar a los 16. Estaba un año adelantada en la escuela secundaria, por lo que, al terminar el 5º año, tenía 17 años recién cumplidos. Hoy digo “apenas 17”, porque estoy hablando del inicio de la década de los setenta. Era una adolescente tímida, pero consciente de que atraía a los muchachos. Alta, de cabellos largos, castaños y lacios, que enmarcaban mi rostro y resaltaban mis ojos verdes. Los Beatles marcaban tendencia, y el movimiento hippie también ejercía su influencia sobre mí. Me vestía con minifaldas y zuecos. Estaba orgullosa de comenzar la carrera de arquitectura a los 17 años.
En ese contexto, los bailes en los clubes a orillas del río Paraná eran lo más popular. Íbamos con mis amigas después de tostarnos bajo el sol del verano en la playa de La Florida. Cálidas noches, acariciadas por la tenue brisa proveniente del río, que desparramaba su aroma. Aroma que todavía llevo en mi memoria: olor a río. No sólo se olía, también impregnaba nuestros cuerpos, como testigo de todo lo que acontecía y que quedaría en la memoria por siempre. Noches especiales para bailar al aire libre en amplias terrazas, ya sea de los clubes Rowing, Regatas, Remeros o Bancario.
La noche de febrero en la que conocí a Guillermo no fue diferente. Llevaba un vestido minifalda, tipo plato, de color naranja y blanco, con dos moños en los hombros. Sí, lo recuerdo perfectamente. De pronto, desde la mesa donde estaba sentada, vi asomar entre un grupo de muchachos la cabeza de uno de ellos, que se destacaba por su altura, su gran sonrisa y su pelo castaño claro. Sus ojos celestes me miraban y, a través de ellos, también me sonreía. Su remera a rayas roja y azul persiste en mis recuerdos. Respondí afirmativamente a su pedido de bailar, y comenzamos a bailar.
Le conté que iba a estudiar arquitectura, y él me dijo que comenzaba a estudiar en la facultad de Agronomía. ¡Cuánta ternura al bailar enredada en sus brazos! Nuestras miradas, llenas de inocente picardía, empezaron a entenderse, y a partir de esa noche comenzó nuestro noviazgo.
Mis padres lo supieron y aceptaron, era un buen muchacho. ¡Qué momento cuándo tuvo que explicar que en realidad no empezaba agronomía! La verdad era que debía cursar un año más en el politécnico. Aquella noche me había mentido porque no había querido decirme que seguía en la secundaria cuando yo empezaba la facultad. Pero el momento pasó, mis padres lo comprendieron y lo disculparon, no sin antes darles todas las explicaciones a través de una charla muy formal en el living de mi casa. Caminatas a la plaza Santos Dumont en Alberdi, barrio donde yo vivía, tardes de playa, paseos en bote. Aficionado al remo, me llevaba a pasear y observaba sus brazos fuertes y masculinos, y admiraba todo su cuerpo. Al año siguiente comenzó la carrera de agronomía e incorporamos a nuestras caminatas el reconocimiento de las diferentes especies de árboles, hojas, flores, etc.
A medida que pasaba el tiempo, comenzó a pedirme que tuviéramos mayor contacto íntimo, me pedía que accediera a tener sexo. Me resistí hasta que accedí y fue con él con quien tuve mi primera noche de amor. Fuimos a su casa, entramos escondidos para que no nos viera su papá. Un recuerdo impecable y delicioso. Pasaron dos años, de nuevo las vacaciones, y empezó a crecer en Guillermo una inquietud que se transformó en una necesidad insoslayable. Quería viajar, pero no en el aspecto turístico, quería recorrer y profundizar el contacto con la naturaleza. Y sus deseos se hicieron realidad. Comenzó con un viaje a Brasil, y regresó a los tres meses. Al reencontrarnos me dijo que seguiría haciendo viajes. Que lo necesitaba y que estaban primero los viajes y luego nuestra relación. Todo se fue desvaneciendo. Mis ilusiones se desmoronaron y sentí que el amor no era lo que había imaginado. Rompí en mil pedazos el diario íntimo que estaba escribiendo desde que me lo regalaron para mi cumpleaños de 15, y después de romperlo lo quemé. La distancia entre nosotros se hizo definitiva, perdí la cuenta del tiempo de sus viajes y nunca más supe de él.
Seguí mi vida, la que me llevó a Buenos Aires, donde fijé mi residencia. Me casé, tuve dos hijos y luego me divorcié. Y en diciembre de 2003, habiendo ya pasado 12 años de mi divorcio, cuando sonó el teléfono y sentí la voz de Guillermo, después de la sorpresa sólo atiné a reírme. Habían transcurrido 33 años. Coordinamos para vernos. Me había encontrado, luego de llamar a mi casa de Rosario y de pedirle mi teléfono a mi hermana.
Al vernos, el sólo mirarnos nos hizo presagiar lo que sucedería.
Me contó que vivía en México desde hacía unos 20 años. Casado, con dos hijos y recientemente divorciado, me confesó que había sentido mucho miedo al pensar en buscarme porque no sabía cómo sería mi reacción, pero, que ahora, al verme, estaba feliz de haberlo hecho. Caminamos esta vez por las calles de Buenos Aires, nos abrazamos, nos besamos y nos volvimos a amar. Envueltos en nuestra burbuja de amor, tuve que escuchar que estaba enfermo de cáncer de colon, que estaba operado y haciendo tratamiento, con resultados alentadores. Nada cambió. Nuestras miradas, nuestras manos y nuestros cuerpos no se separaron. Volvió a México. Al poco tiempo lo seguí y viajé a México para realizar nuestra unión definitiva. Adultos y adolescentes en todos nuestros actos. Amor del más alto nivel. Amor que sobrevivió a las malas jugarretas de una vil enfermedad, la cual, durante 40 días nos permitió sentir la correspondencia de nuestras almas y la simbiosis de nuestras necesidades como nunca lo habíamos sentido. ¿Quién mide le tiempo? En 40 días desde México DF a Valle de Bravo, de Valle de Bravo a Taxco, de Taxco a Acapulco, desde Acapulco regreso a Valle de Bravo y desde allí al hospital en el DF, y en el hospital quedaste, esperando un milagro, hasta que el médico me dijo que no había más nada que hacer, y te lo tuve que decir. Caprichos del tiempo. Reloj implacable. A veces corremos, no sabemos hacia dónde. Yo me detengo, y otra vez me digo: y llegó el día en que sólo la muerte nos pudo separar.
La media manzana
María del Carmen Prieto
“Sólo queda en la memoria lo que queremos olvidar”.
Hubo un tiempo de carencia familiar en el que todas las cosas eran compartidas con mi hermana, que me llevaba tan sólo un año y medio de diferencia en edad.
La ropa heredada, los libros, los juguetes, la comida.
Pero había una fruta que se destacaba en esta repartija y por la que soñaba tener alguna vez: una manzana.
Mi sueño era morder una manzana entera, como un mapamundi con sus vetas rojas y amarillas, tan redonda y brillante. Era una aventura que mis dientes se clavaran en su carne blanca y friable, y que me chorreara su jugo lechoso, mojándome la barbilla. Son esos momentos en los que la necesidad imprescindible se convierte en placer impostergable.
Esa era la belleza. Y verla ser asesinada por el cuchillo en un corte salomónico, del cual me quedaba nada más que su pulpa blanca y su centro duro con algunas semillas negras, hacía que perdiera la magia de esa fruta tan deseada. Nunca esa mitad tendría la plenitud redondeada de una entera.
Era como mirar por una lente fotográfica con un sólo ojo (aunque digan que con el otro miran el alma de quien es fotografiado).
Como la luna, en sus cuartos menguantes y crecientes, que ocultan el esplendor de su totalidad.
O que te regalen un sólo guante o unos anteojos con un sólo vidrio.
Es una desilusión y un desconsuelo.
Ni siquiera el acto solidario de compartirla con mi hermana me conmovía. Yo quería esa roja y fragante manzana entera.
No volví a morder una manzana hasta un tiempo después. Pero ya no tenía la avidez desconsolada de mis siete años.
Hoy, con algunos años más que aquellos siete, entiendo por qué no he podido olvidar esta parte de mis recuerdos: porque mi manzana era simplemente una metáfora de mi niñez partida.
Notas de acordeón
Marta Beatriz Oliva
Hoy es domingo. Cae la tarde. Es hora de devolver el auto al galpón de la casa de mi nona materna, que oficia de cobertizo para el Ford 37 negro. Mi casa no tiene garaje.
Nada más estacionarlo, los acordes del acordeón se escuchan con fuerza.
Mi padre, mi madre y yo entramos a la casa. Atravesamos un comedor diario y desembocamos en el comedor propiamente dicho: una estancia más larga que ancha, con una mesa de madera gruesa que acompaña la longitud de la sala y unas pocas sillas a su alrededor. A un costado, la carcasa de un viejo tocadiscos. Cuadros de fotografías de mis abuelos, retocadas a mano, parecen despegarse del techo de tan alto que están colgados.
Sentado a la mesa está mi tío Miguel, produciendo las mejores notas de su acordeón. Mi mamá se ubica a su costado; del montón de partituras musicales elige una. La presenta al acordeonista. Apoya su brazo derecho sobre la mesa, el izquierdo en el respaldo de la silla. Inclinada, toca una tecla blanca del instrumento musical. Se apresta a cantar:
Chau, chau, chau Moretina bella chau
prima di partire un bacio ti voglio dar…
Yo giro alrededor de la mesa dando saltos, alegre y emocionada con mis pocos años de vida. Mi papá, acomodado en una silla, observa desde una esquina del comedor. ¿Mi nona? No sé dónde está. Quizás en la cocina, haciendo algo para esconder la ternura que siente por tener a su familia junto a ella.
A la Moretina le sigue una jota valenciana.
Chau, chau, chau Moretina bella chau…
Aspetto di tornare…
Otra vez es tardecita de domingo. El Renault 4L ocupa un lugar en el galponcito construido en el fondo del patio de mi casa.
Partimos a lo de mi nona, donde a esta hora resuena la cadencia del acordeón de mi tío Miguel.
La ventana del comedor está abierta de par en par, al igual que las persianas pintadas de verde. Es una ventana alta con un zócalo que nos permite sentarnos.
Lo rústico del lugar se suaviza con la brisa fresca del atardecer, confundiéndose con la melancolía del vals que entona mi madre y con la melodía de acordeón que pulsa mi tío.
Alma, si tanto te han herido,
¿por qué te niegas al olvido?…
Vives inútilmente triste
y sé que nunca mereciste
pagar con penas
la culpa de ser buena,
tan buena como fuiste
por amor.
Yo no corro, estoy sentada junto a mi padre, a un costado del comedor. Sobre mi regazo se sienta mi pequeña hermana. Mi nona está en la cocina. Mi otro tío, mi tío Juan, se une al grupo.
Hoy es domingo por la tarde. La R6 celeste nos transporta a la casa de mi nona.
El resonar del acordeón que ensaya una tarantela nos avisa que arribamos:
Mastro Piero y Catarina, en Italia se casó
y marcharon a la Argentina, que es la tierra prometida
El tamborileo de las manos de mi tío sobre las teclas del acordeón, el canto de mi madre, los colores de las zinnias, de los gladiolos, de la retama del jardín de mi abuela, se entremezclan con la música característica del pasodoble.
Oh Miramar, oh Miramar,
eres coqueta y llevas nombre de mujer.
Vuelve a mi lado con tu encanto de sirena,
que en una noche de luna llena te di mi amor…
—Papi, ¿vamos a Miramar el domingo que viene?
—¡Ya vemos! —me responde con escasas palabras, llenas de amor.
Antes de ayer fue domingo.
Ayer fue domingo.
Hoy es domingo.
Ya no suena el acordeón. Ya no canta mi mamá. Ya no somos partícipes observadores.
Hoy es lunes. Mientras apuro un mate porque ya es hora de acompañar a mi nieta a su clase de canto, la radio me informa que el próximo domingo, en la ciudad de Villa María, se llevará a cabo el Festival Nacional del Acordeón.
Los bares del Daniel, “el poeta”
Juan Carlos Nieto Frontane
Apresurado ingreso al Sorocabana, el “Soro”, como le decimos los cordobeses a este bar del centro de la Docta. Me siento y coloco mi valija en la pequeña mesa. La fría mañana invernal hace transpirar, son las menos diez de las nueve horas.
El encuentro será a las nueve.
Miro a mi alrededor, siento que cierta ansiedad me invade y algunas preguntas acuden a mi mente ¡Después de tantos años!, pienso. Los recuerdos buscan sigilosamente en espacios de mi libido. ¡No, no, es mejor no seguir!, me digo. Pero, ¿cómo estará su vida?
El ruidoso sonar de la moledora y el fuerte chisteo del vaporizador de la cafetera contrastan en mis sentidos con la afro-arábiga dulzura aromática del café tirado a máquina, que va envolviendo suavemente el lugar. Le hago la consabida seña al mozo, con la C formada por los dedos índice y pulgar, marcando además la medida del pocillo. Me molesta el abrir y cerrar de la puerta de ingreso que algún comensal distraído deja entreabierta.
Los transeúntes han comenzado su agitado transitar, los autos y colectivos van transformando la vida cotidiana del lugar. Miro la hora en el antiguo reloj pendular que pende de una pared; son las menos cinco.
Al entrar había descubierto la imagen en bronce del Daniel Salsano; saco de la valija mi libreta, la birome y levanto la mirada disfrutando el perfumado momento. De repente veo entre el gentío la figura del Daniel que me hace señas, reiteradamente. ¡No, no puede ser!, me digo. Imaginativamente me acerco y el Daniel me interpela:
—¡Chupete, estoy encerrado aquí!, ¿a quién se le ocurrió encerrarme?”.
Lo miro atónito y continúa:
—Me quiero ir a tomar un wiscacho en el Bar Unión, Chupete… Vamos, vamos al Unión —repite. Yo entonces trato de persuadirlo:
—¡Y… no sé, sí…! —pero no me deja terminar.
—¡No te preocupes que a mí me atienden! —me asegura.
Dicho esto cruza la San Jerónimo a los saltos, por arriba de los taxis, moviendo alegremente la cabeza. En la plaza San Martin me señala las palomas que lo saludan. Acelera el paso rumbo A la 25 de mayo al 200 y pico. La verdad, no sé cómo entramos, si para mí la puerta estaba cerrada. El Daniel, con su risa contagiosa, mira la mesa con mantel atravesado, señala un vaso con una medida doble de whisky. Después de un prolongado sorbo, dice:
—Es Caballito Blanco, Chupete, te pido uno.
—No, es muy temprano para mí —le digo.
Entonces mira el viejo reloj y una sonrisa se dibuja en su alargada cara mientras murmura:
—Aquí me juntaba con algunos de la barra del secundario, al Marito lo invité, pero él está siempre de gira. Bar Unión… su fantasía se ha cumplido.
Una voz suave escucho entre sueños… “Te quedaste dormido”. Miro de reojo como no queriendo despertar, pero la voz conocida insiste:
—¡Perdoname Juan, es que en la Av. Colón hubo un embotellamiento!
El reloj marca las 9 y 10, el Daniel desde la esquina me cierra un ojo y yo… pido otro café.
Hoy que el tiempo ya pasó
María Cristina Boixadós
Era invierno, aunque el frío no terminaba de llegar. La casa enclavada en la montaña se mantenía aún cálida con los últimos rayos de la tarde que templaban paredes y vidrios. No hacía falta prender la estufa; sin embargo, me gustaba desafiarme con la leña que había logrado juntar en los alrededores. El crepitar del fuego me inundaba de un cierto placer. Quizá porque me exigía atención esa salamandra de líneas modernas, convirtiéndose en algo vivo en esa soledad de naturaleza y humanidad. Alrededor de tres hectáreas, no había voz humana que llegara.
Sólo cinco perras y un gato eran los seres vivientes a los que me acostumbré a vigilar, cuidar y hablar durante cuarenta días en el Valle de Traslasierra. Los ladridos, el maullar, el piar de los pájaros y, especialmente, el cantar del arroyo eran los sonidos que despertaban mis mañanas. Yo venía de la ciudad a pasar un mes en la casa de una pareja alemana que había viajado a su país de origen.
Las perras me fueron marcando el territorio y la cotidianeidad de esa cuarentena. Ellas esperaban, “almidonadas y compuestas”, en la explanada del porche para salir a caminar.
Sólo la lluvia inhibía esa caminata. Era entonces cuando ellas, echadas en los sillones y en la alfombra del living, se quedaban mansas, como comprendiendo la imposibilidad del ejercicio diario. De noche, la jauría dormía allí mismo, con un ventanal entreabierto para escapar y seguir dominando el territorio. A lo largo de los días me di cuenta de que finalmente hablaba con, para y de las perras. El gato, en cambio, apenas se sentía; maullaba a la madrugada, en la ventana del escritorio del segundo piso, donde yo dormía.
En la primera semana, me despertaba por los ruidos extraños que retumbaban en mis miedos. Sí, principalmente no entendía por qué ladraban las perras y las espiaba con sigilo por las ventanas. Pero también me acostumbré a eso.
En ocasiones, ya de noche, el crepitar de las llamas y las voces de la tele tapaban los ladridos. Aunque la música de cuarteto llegaba entera, perfectamente definida, taladrando sierra y bosque. Y un bullir, el de la pava eléctrica, me anunciaba que estaba lista para tomar el último té, calentar el cuerpo y retirarme al dormitorio de planta alta.
Los miedos se iban yendo despacito y, antes de acostarme entre plumones mullidos, cuando todo parecía estar en calma, necesitaba escribir mi hacer cotidiano. Yo sentía el murmullo de un “otro” al percibir el ruido del trazo del lápiz sobre el papel blanco. Y así me fui aquerenciando, reconociendo los sonidos del silencio, amplificados en la oscuridad de la noche y de la montaña.
Sólo los sones diversos de un celular siempre cargado, “siempre listo”, me devolvían al mundo de la civilización, de mis afectos. Ya distinguía el toque de la llegada de correos entre los tantos WhatsApp de amigos y familiares. Y un ring especial empezó a tener “cuerpo y alma”, entreteniéndome en disquisiciones internas: ¿y si le decía que viniera? ¿Su presencia me coartaría la libertad de montañas y bosques?
La adrenalina fue en aumento entre enredos de diálogos confusos y abreviados de WhatsApp, que entorpecían, en parte, mi tranquilidad. Pero no quise renunciar a sentir el vuelo de mariposas y acepté su visita.
Por eso, a mitad de mi estadía campestre, él llegó como marino, piloteando su nave por praderas sembradas de la provincia de Buenos Aires. Se adentró al Valle por el sur, se adentró en esa casa de cemento y vidrio y permaneció una semana, la más fría y lluviosa de la estadía.
Se quedó unos días, se quedó como quedan los amores siempre recordados.
Una madrugada, el calor de mi plumón no fue suficiente. Bajé las escaleras de cemento, sin ruido de pantuflas, y me metí en la cama donde él dormía. Nos dimos el afecto entorpecido de años vividos y ávidos.
Hicimos comidas a cuatro manos en una cocina provista de todos los utensilios del primer mundo.
De noche, soñamos con viajes y contamos nuestros diversos derroteros de exilios y extrañezas.
Durante las cenas, un champagne hacía de las suyas en los brindis y en los sueños…
Y escuchábamos juntos la canción de Zitarrosa:
Quisiera morir, ahora, de amor
para que supieras cómo y cuánto te quería.
El tren de las cinco
Santina Bertoni
Todos los días, sin importar si hacía frío o calor, si arrasaba el viento o había tormenta, cuando faltaba “un palito” para las cinco de la tarde, corría al patio a esperar. Escuchaba el ruido del tren que retumbaba en la tierra y en el cielo, cada vez más fuerte y con distintos matices según el clima.
Lo veía allá a lo lejos, a través de los campos sembrados. El ruido lejano anticipaba la aparición de la densa columna de humo que se perdía en el cielo, y luego el inconfundible pitido del tren acercándose al pueblo.
Apenas pude, con ayuda de mamá, acomodamos unos troncos cerca del viejo paraíso para poder treparme y verlo mejor. Una vez que dejaba de ver el tren, calculaba el tiempo que le llevaría llegar hasta el camino “La Virginia”, que lo conducía a casa.
Mis ojos esperanzados se centraban en observar cada movimiento que pudiera producirse. Cuando anochecía, mamá me obligaba a entrar. Me apuraba a acomodarme sobre una silla contra la pequeña ventana de la despensa… Desde allí podía ver todo el camino; para no perder detalle, agrandaba tanto los ojos que ¡ya me dolían!
Hoy tampoco llegó… quizás mañana.
Anhelaba que llegara. ¡Cuando lo veía venir, corría a su encuentro para que me dejara revisar sus bolsillos y encontrar el infaltable y redondo paquete azul a medio comer de pastillas DRF de anís!
Picaban un poco, pero eran las que comía papá y eso… eso era suficiente para que me gustaran a mí.
Y así pasó el tiempo… Yo sabía que no volvería, pero mi corazón de niña no podía aceptar que la vida me lo quitara tan pronto, sin siquiera permitirnos conocernos lo suficiente, sin que pudiera ver mis primeras palabras escritas.
Sólo me quedaba mirar el cielo y recordar las historias que me contaba cuando imaginábamos figuras en la luna llena o los nombres de las estrellas.
“En cualquier lugar que estén, las estrellas son las mismas”, —decía— mientras sus ojos se llenaban de una húmeda nostalgia, porque su familia había quedado allá muy lejos hacía mucho tiempo, y sólo volverían a encontrarse cuando alcanzaran las estrellas.
Con olor a pan caliente
Marcia Leonor Escala
No fue casual que cruzara a mitad de cuadra, antes de llegar a la esquina de la panadería, acompañada ahora por el viento fresco de julio y el olor a pan horneado. Allí estaba la casa, esa casa inolvidable.
Paredes amarillentas, ventanas cerradas a perpetuidad para que no se filtre el calor. Seguro que la puerta —antigua, enorme— está sin llave, porque en Tucumán se dejan así para que los familiares o amigos entren sin golpear. El sol estival pega fuerte: levanta vapor, hace tambalear veredas, árboles, fabrica espejismos… Siento arder las baldosas a través de los zapatos.
Casi como al descuido, empecé a caminar más lentamente, rozando las paredes con los dedos, igual que antes. Volví a curiosear los troncos descascarados de los plátanos que custodiaban la calle a perpetuidad.
Cuando intenté abrir, el picaporte empezó a elevarse cada vez más alto, más lejos. Tuve que ponerme en puntas de pie para alcanzarlo. Aun así, apenas lo rocé. Di un saltito y, ya está, la abrí.
También como entonces, me paré a levantar del suelo una bellota y la froté para ver cómo las esporas se arremolinaban con el viento.
En el zaguán, la cancel me dio igual trabajo. Ambas delataron mi presencia con chirridos. Adentro, el mismo toldo de siempre, rojo desteñido, cubría el patio y protegía del sol. Quedará así hasta las siete. Con “la fresca” lo acurrucarán contra la pared.
Quise ir sola. Con el pretexto de comprar pan fresco, salí de la vieja casona de la calle Suipacha, donde quedaron mi marido y los chicos preparando el desayuno aquella fría mañana de vacaciones de invierno. Había demorado más de veinte años en volver a Tucumán…
La voz de la abuela me reconoció. Una sonrisa desdentada, amplia como su amor, me recibió. Estaba al lado de la cocina: india sólida, desbordándose en el banquito, mate en mano, repasador en la falda, pava y yerbero en el piso. La abuela confirmó lo que mi olfato ya detectaba: en la olla de hierro, un puchero anticipaba delicias. Me contó que reservó para mí lo que más me apasionaba: caracú y choclos tiernos.
En la habitación del fondo, Nicolás, con puertas abiertas, reparaba eternos relojes de tiempo cristalizado. Se dio vuelta y me descubrió. Tenía el ojo derecho tapado con un tubito negro, que terminaba en un lente de aumento; parecía un pirata. Me miró con el ojo libre, sonrió y me saludó con la mano.
Necesitaba caminar sin otra compañía que mis pensamientos. Pude comprar en la despensa, pero no, elegí la panadería de Corrientes y Av. Mitre, esa que resiste inalterable el paso de las décadas.
La niña estaba en el dormitorio, peinándose frente al espejo oval de la cómoda. Me pidió un beso y aproveché para investigar qué tenía. Me demoré frente a un pote nuevo de crema: cilíndrico, de vidrio opaco, con una etiqueta blanca rectangular, ribete dorado y el dibujo de un limón en el centro, mi preferida. Lo destapé ante la mirada complaciente de la niña. El pote, sin estrenar, estaba lleno hasta el borde, amarillo fuerte, perfume intenso. Venía de fábrica con círculos concéntricos en la superficie, señal de que nadie lo había tocado. Hundí el dedo, desmoroné los redondeles, me embadurné la mano y aspiré el aroma inconfundible.
Tito, mi padrino, apareció de la nada, con su mirada tierna y los brazos abiertos para mí. Ya estaba colgada de su cuello, tan feliz de verlo que no sentí los pinchazos de los alfileres que, a perpetuidad, tenía incrustados en la pechera de sastre de barrio. Reiteró la promesa de hacerme el primer trajecito cuando cumpliera los quince y fuera una señorita, recordándome que todavía era una nena con un Pluto desarticulable que había comprado días atrás.
Fui al fondo a buscar naranjas. ¿Quedaría alguna? Sí, todas las que quisiera. Me trepé al árbol, sacudí unas ramas y las vi caer bombardeando la tierra. Eran tangerinas, dulces, muy dulces, no como las de la vereda, condenadas a la acritud de por vida. Corté hojitas tiernas, verde casi transparente, para hacer el té con el que jugaría a las visitas con Norma Calle, mi compañerita de “la” Patricias Argentinas.
Debajo de la canilla estaba el despintado tacho de aceite, algo abollado, con manija de alambre. Lo llené hasta un poco menos de la mitad para que no pesara tanto. Acarreé el agua sujetando el recipiente con las dos manos y lo vacié cerca del árbol. Hurgué, amasé, intenté modelar algo, pero todo se desmoronaba. Me quedaron las manos cubiertas de barro seco. Ahora tenían el mismo color que las de la abuela. Me llené de sarampión otra vez, sólo para quedarme más tiempo con ellos, mimada y única criatura de la casa.
Regresé con la bolsa tibia del pan y algunas facturas. Caminé tan despacio que, cuando llegué, el pan ya estaba frío.
El Turquito
Daniel Héctor Martínez
Los tiempos cambian. Las personas cambian. Uno mismo cambia. Pero, como dicen todos, hay excepciones que confirman la regla. Muchos lo repiten sin saber de qué regla hablan, y es tan simple como que la regla indica que toda regla tiene una excepción.
Desde que puedo recordar, las navidades del Turquito fueron tristes. Mientras todos los demás esperábamos las fiestas con marcada ansiedad, tirábamos cohetes desde principios de diciembre y especulábamos sobre qué nos iba a traer el Niño Dios (cuando era chico, los regalos los traía él; después, con los años y la publicidad, los empezó a traer el viejo cocacolero con cara de borracho), veíamos a mis viejos empezar las negociaciones sobre dónde pasaríamos cada festividad. Mientras tanto, el Turquito se ponía cada día más callado y distante.
Siempre le preguntábamos si le había pasado algo o si necesitaba ayuda en algo (cosa que a nuestra edad era más una repetición de lo que decían los grandes, porque si hubiera dicho que sí, nada hubiéramos podido hacer). Terminábamos pensando que su tristeza provenía del hecho de que el Turquito no tenía mamá. Comprendíamos el dolor que debía sentir, sobre todo en esas fechas tan particulares.
El Turquito era hijo de Don Omar Ozdemir, turco argentino de segunda generación, conocido por todos como el Turco Omar. Un tipo querido por todo el barrio y muy respetado, especialmente por las mujeres, ya que era el dueño de la sedería Delia. A las mujeres les recomendaba las mejores telas al mejor precio y tenía la capacidad de calcular mentalmente la cantidad justa de tela que cada una necesitaba. Les preguntaba qué iban a confeccionar, ellas le explicaban y él no les vendía ni un centímetro más de lo necesario.
Era buen amigo y bueno con nosotros. Un par de veces rompimos la vidriera jugando a la Pulpo y, en lugar de cagarnos a pedos, salía y preguntaba si alguno se había lastimado.
Don Omar vivía para y por el Turquito. Era todo para él: a la mañana lo llevaba al colegio, tenía preparada la comida para cuando volviera, atendía su negocio, se hacía tiempo para llevarlo al cine, festejarle los cumpleaños… Todo, absolutamente todo, giraba en torno a su hijo.
Con los años, nuestra curiosidad creció, y algunos de nosotros, me incluyo, llegamos a preguntar a nuestras madres por qué el Turquito no tenía mamá. La respuesta siempre era la misma: un silencio, una evasiva o un cambio de tema.
Otra cosa que llamaba la atención de las navidades era que era el único momento en el año en que veíamos a Don Omar borracho. Pero cuando digo borracho, no hablo de alegre, chispeado o medio escabio. Hablo de pedos increíbles. Ya más grandes, lo ayudábamos entre tres o cuatro a llegar a su casa porque no podía mantenerse en pie. En un momento llegamos a pensar que la tristeza del Turquito se debía a que sabía que se venía ese pedo tremendo y que eso lo avergonzaba.
Una Navidad, después de las doce, salimos a reventar nuestras últimas municiones y a hacer alarde de lo que nos había traído el Niño (en mi caso, no hacía mucho alarde porque siempre tuve la extraordinaria capacidad de romperlo todo en 15 minutos). Esa noche, uno de los chicos señaló un hecho particular: todas las Nochebuenas había una mujer parada frente a la casa del Turquito. Siempre salía una tía suya, hablaba brevemente con ella, entraba, y al rato la mujer se iba. Luego se quedaba parada en la esquina hasta que el silencio se apoderaba del barrio, y se marchaba caminando lentamente.
Muchos años después, me enteré de que todas esas partes formaban parte de un todo.
La vida pasó, como les pasa a todos. Crecimos, nos fuimos del barrio y dejamos de vernos. A casi todos nos sucede: si tus viejos ya no están en el barrio, es probable que no vuelvas nunca más. ¿Será por miedo a los recuerdos? ¿A las nostalgias? ¿O al temor de encontrarnos con nosotros mismos y que el niño que fuimos nos reproche las promesas incumplidas y los sueños no realizados? Vaya uno a saber.
En mi caso, el destino quiso que, por mi trabajo, un día tuviera que ir al viejo barrio. Recorrí todos los rincones donde jugué, traté de recordar quién vivía en cada casa que aún quedaba y, por un momento, creí ver a mi vieja joven, hermosa, baldeando la vereda con un negrito de pelo crespo sentado en el umbral. Pero fue sólo una ilusión.
Días después, en una de mis visitas a mi vieja para tomar unos mates, salió el tema de mi ida al viejo barrio. Nos pusimos a recordar cosas, gente, situaciones… Entonces me acordé del Turquito y no perdí la oportunidad de preguntarle por qué no tenía madre.
Esto fue lo que me contó:
Don Omar llegó al barrio con lo puesto. Vivía en una pieza de uno de los tantos conventillos de la zona (nosotros también, pero de más categoría porque teníamos dos piezas). Trabajó en lo que pudo hasta que logró juntar para abrir una mercería, y con el tiempo llegó a tener la sedería. Se enamoró de una chica del barrio, varios años menor, y se casó con ella (o no, eso nunca lo sabremos). Según mi vieja, nunca vio a un hombre tan enamorado de una mujer. Sólo vivía para ella. Cuando nació el Turquito, su felicidad fue completa.
Pero la vida, a veces, es cruel. La piba se metejoneó con otro tipo, le gustó la pierna y todo se fue al carajo.
Una mañana llevó al Turquito a la placita Martín Fierro, que estaba a un par de cuadras. Mientras él estaba en la hamaca, la mina se piró. Cuentan que el Turquito se quedó sentadito en un banco, lloriqueando, hasta que a la tarde Don Omar lo encontró, después de buscarlo desesperadamente.
Por eso el Turquito no tenía mamá. Nunca habló de ella porque jamás la perdonó ni quiso saber nada más de ella.
La mujer que iba todas las Navidades era Delia, su madre, que volvía arrepentida en busca de un perdón para lo imperdonable. La tía del Turquito siempre salía a intermediar y regresaba con la misma respuesta: un doble no.
¿Y por qué un doble no? Uno era del Turquito, que no quería verla, y el otro de Don Omar, que se emborrachaba para tener el valor de decirle que no. Sabía que, si estuviera sobrio, la habría perdonado. Ese era su gran secreto: aún la amaba como el primer día.
Y el Turquito lo sabía.
Quizás esa fuera la verdadera razón de su tristeza: saber que alguien, a pesar de haber sido cruelmente traicionado, aún podía amar. Tal vez, según los códigos de la época, su padre era la excepción que confirmaba la regla.
El bastón
Mirta Del Valle Maldonado
Cuando mi pequeño nieto hizo la pregunta, me sobresalté.
—Abuela, ¿qué tienes al costado de la pierna? Se parece a un bastón.
Estábamos de vacaciones, sentados en la playa frente al mar. Yo, en una reposera, y él a mi lado, jugando en la arena, llenando y vaciando el balde azul con la pretensión de armar un castillo o una torre. Vano intento: al volcar de canto el lindo balde colmado de fina y brillante arenisca, rápido desmoronamiento terroso; el mini montículo tan deseado se desvanecía al instante.
Ante la frustración de mantener la frágil construcción, optó por abandonar los elementos usados y se quedó mirándome un momento, tal vez sorprendido por mi concentración en completar los casilleros del autodefinido que tenía en las manos. Los crucigramas y este tipo de entretenimientos son mis favoritos para los momentos de relax y de ocio.
Por supuesto, al estar en la playa, tomando sol, prestos a un chapuzón, estábamos en traje de baño y embadurnados con protector solar. Momentáneamente solos los dos y cuidándonos mutuamente. Esa fue la indicación dada por el padre del niño, mi hijo, mientras se dirigió a un kiosco cercano para buscar unos refrescos. Algo lo retrasaba, estaba tardando. Nosotros, abuela y nieto, fieles y obedientes a la recomendación, permanecíamos en nuestro lugar, sin movernos.
La pregunta del niño me sobresaltó. No podía dejarlo sin una respuesta. Pasé con suavidad mi mano por el costado de la pierna izquierda, toqué la rugosa y larga cicatriz tan visible al ojo humano y le contesté:
—Es una vieja cicatriz, producto de un accidente de auto.
—¿Un accidente? ¿Cuándo fue? ¡Qué larga esa cicatriz! Se parece a un bastón —insistió con la original comparación.
—Fue hace mucho, mucho tiempo. Antes de que tú nacieras y antes de que tu papá naciera también. Fue cuando el abuelo iba a pedir mi mano a un señor muy recto, que era mi padre.
—¡Uf! Abuela, eso habrá sido en el siglo pasado. ¿Qué es pedir la mano? ¿Te la cortan y la regalan?
Esbocé una leve sonrisa ante la inocencia y la lógica de mi nieto. Por supuesto que no sabía el significado de esa costumbre tan habitual en mi juventud y tan propia de las familias con hijas casaderas. En la actualidad, es una antigüedad. Inclusive, el matrimonio ha alcanzado otro concepto y la unión de parejas es distinta. Más allá de la creencia religiosa que cada uno profese, las familias modernas evolucionaron.
Voló mi recuerdo hacia aquel día en que, junto a mi novio, viajábamos hacia la casa de mis padres. Ellos vivían en un pueblo situado a varios kilómetros de donde yo residía por cuestiones laborales y donde también vivía mi pretendiente. De la ciudad de La Rioja a Frías, en Santiago del Estero, había unos 350 km. Calculábamos unas tres o cuatro horas de trayecto. Viajábamos felices, distendidos, elaborando cientos de proyectos para el futuro. Habíamos decidido iniciar el noviazgo para poder, en el futuro, unir nuestras vidas y casarnos. Pero, ¡claro!, se necesitaba el consentimiento del padre de la novia y, por ende, el formal pedido de mano para cumplir con el ansiado proyecto de vida.
Ese era el único y exclusivo motivo del viaje. Como no quedaba bien que los novios viajaran solos, una cuñada —esposa de mi hermano— y dos pequeñas sobrinas nos acompañaban, sentadas en el asiento trasero. Era mediodía. Un tibio sol se perfilaba en pleno mes de julio, con clima invernal, aunque cálido en esa región del noroeste.
Como buena maestra joven y para evitar que las niñas se aburrieran, comencé a contarles cuentos de hadas, historias fantásticas y a entonar canciones infantiles, a las que se plegaron todas las voces.
En un momento noté cansancio en mi novio, que venía conduciendo, y le propuse ayudarlo a manejar. Yo tenía mi propio automóvil y poseía el respectivo registro de conducir, por lo cual no representaba un riesgo que tomara el volante. Nos detuvimos, hicimos el cambio de lugar y continuamos el viaje.
Los accidentes no son cosas buscadas, nada está previsto, no se puede predecir lo que puede ocurrir en una ruta de mediano tránsito y de descuidado mantenimiento. El bache apareció de repente. Mejor dicho, el profundo hueco en medio de la carretera que agarré de lleno, sin poder esquivarlo, a velocidad importante. Desestabilizó el normal desplazamiento del auto. Ante la imposibilidad de mantener la línea recta y ver que el auto oscilaba en peligroso zigzag, sólo atiné a pedir ayuda al único hombre que nos acompañaba: Juan Carlos, mi novio.
—¡Ayúdame, Juan Carlos! —Fue la última desgarradora voz que se escuchó dentro del habitáculo: la mía.
Quien venía en somnoliento descanso, asustado por el grito y la inestabilidad del vehículo, atinó a enderezarse en el asiento del acompañante, tomar el volante y efectuar un brusco giro. Tremendo volantazo que disparó el automóvil por el aire, dejándolo en posición vertical, cual si fuera un trompo, para luego caer de costado y deslizarse en vueltas interminables hacia la banquina, quedando allí invertido, ruedas hacia arriba, hecho un bollo de hierros retorcidos en medio de una densa nube de polvo, orientado en sentido contrario al que nos dirigíamos.
Silencio tétrico y total. Cuerpos humanos cubiertos de sangre, bolsos y otros enseres desparramados en derredor. En cada giro habíamos sido despedidos, sin entender cómo. Tal vez a través de las ventanillas o del parabrisas, cuyos vidrios habían desaparecido, hechos añicos.
Por suerte, y gracias a Dios, ninguno falleció, aunque todos llevamos heridas y secuelas que quedarían para el resto de nuestras vidas. Mis recuerdos se concentran en mi propia persona, por el disparador que fue la pregunta de mi nieto. Por respeto, relevo de comentarios, por ahora, al resto de los acompañantes.
Un estruendo resonó en mis oídos al momento del volantazo. Un agudo dolor en el miembro izquierdo me hizo suponer que mi pierna había sido arrancada de cuajo. Pensé que el accidente, del que tenía plena conciencia, me amputaba un miembro inferior. Es increíble cómo, en esos contados segundos en los que no perdí la conciencia ni me desmayé, pude razonar plenamente. Sabía que protagonizábamos un grave accidente. En mi mente compungida pasó toda mi vida como una cinta cinematográfica y un futuro por venir, incierto e impredecible. Fue una experiencia horrible, dolorosa, pero excitante.
Desde mi posición, acostada sobre un suelo duro y espinoso, junto a lo que quedaba de un vehículo otrora nuevo y brillante, ahora destrozado y humeante, sintiendo el calor del motor, oliendo a combustible, giré la cabeza. Contemplé la desoladora imagen de mis seres queridos, dispersos y desvanecidos, sucios y ensangrentados. Al momento, no sabía si respiraban. Yo misma tenía la ropa manchada, mis brazos calcinados. Con temor, dirigí la mirada hacia la pierna que no sentía. Estaba allí, junto a la otra, en rara postura: talón hacia arriba, punta hacia abajo, desmembrada y desarticulada por la explosión del fémur, causante del agudo dolor que había experimentado previamente y que me llevó a pensar en la amputación.
Como en un sueño o una nebulosa, vi gente correr desesperada para brindar auxilio. Una larga fila de vehículos de distintos portes se detenía en la carretera; algunos brindaban humanitario socorro. Otros observaban desde lejos el espeluznante cuadro y partían en cobarde huida. Tal vez no querían comprometerse o no soportaban ver tanta sangre y despojos humanos. Sólo ellos sabrán.
Quería ser fuerte y no llorar, pero fue imposible. Las lágrimas salían a raudales. Me sentía culpable de ese tremendo accidente. Esa culpa me acompañó durante años, aún hoy no la supero, aunque está algo mitigada. Pasaron 35 años. Realmente fueron hechos lejanos, una desgracia ocurrida en el siglo pasado. Tenía razón Mateo, mi nieto, cuando lo comentó.
¡Qué solidaridad la de esa gente que nos auxilió! Jamás supe sus nombres para agradecerles. El muchacho joven que sostenía y oprimía mi mano dándome ánimos. La señora y el caballero que iban y venían con noticias reconfortantes:
“El señor respira levemente, sólo está desvanecido”.
“La señora siente adormecidas las piernas, parece afectada su columna”.
“La niña mayor respira, tiene cortes en la cara y en el cuero cabelludo”.
“La más pequeña sólo está asustada, no se le ven heridas, busca agua para la mamá y camina”.
¡Gracias, mi Señor! Todos vivían. Fue un milagro. “Llévate mi alma si lo deseas”, imploré al cielo con fervor. Veía a las personas como ángeles. Una multitud que iba y venía recogiendo bultos y apilándolos a un costado, hasta que comenzaron a cargarnos.
El traslado fue rápido, en distintos vehículos que se pusieron a disposición. Lo más cercano era una sala de primeros auxilios en un pueblito de la vera del camino llamado San Martín. Gran héroe fue el médico rural que, con pocos insumos y comodidades mínimas, recibió a los heridos y les brindó los primeros auxilios, hasta que llegaron las ambulancias requeridas con urgencia desde los centros urbanos de la zona.
El tiempo pasó. Lenta recuperación, varias intervenciones quirúrgicas. A los seis meses nos casamos. Una pareja muy atípica ingresó a la iglesia ese 12 de enero: un novio extremadamente delgado, con signos de convalecencia, y una novia con atuendo sencillo, caminando apenas, apoyada en muletas. La fe, la esperanza y el amor todo lo pueden. Faltaba bastante para que la pareja recuperara totalmente la salud, pero mejor hacerlo juntos, unidos en matrimonio, cuidándose mutuamente.
Así fue. Años y años de plácida convivencia, en total armonía. La llegada de un hijo colmó de felicidad a los esposos, que reencauzaron una vida plena, “hasta que la muerte los separe”, como juraron ante el altar aquel día de estío. Treinta años compartimos, hasta que él, mi esposo, partió hacia otro plano en serena paz.
Hoy camino y me desplazo con una leve dificultad, con cierto renqueo. Tengo un apoyo, un compañero que me brinda seguridad y que, desde el accidente, nunca me dejó: un bastón, un bastón de madera lustrosa y empuñadura metálica. Una tercera pierna que me da un caminar elegante, sobrio y majestuoso. Lo quiero, lo cuido y lo respeto. No me avergüenza su uso, como tampoco me avergüenza más la extensa cicatriz de mi pierna izquierda, que va de la cadera a la rodilla con una leve curvatura en un extremo, resguardando la placa de titanio que reemplazó el hueso destrozado.
Los primeros años, la cicatriz me producía cierto escozor y la ocultaba de la vista de terceros. Hoy no, por eso la descubrió mi nieto y la asoció al bastón que uso. A mis amigas les aconsejo que usen un bastón si lo necesitan, que no sean coquetas.
—¿Abuela, te quedaste tildada? ¡No me has respondido! —Reaccioné presta ante la demanda de Mateo.
¿Cuánto pasó desde la pregunta inicial? ¿Fracciones de segundos o una eternidad? No lo sé. Aún estoy embriagada por los recuerdos.
—¡Miren, miren lo que traigo! —Es mi hijo que llega con helados y refrescos.
—Mamá, ¿te sientes bien? Tienes los ojos húmedos —pregunta con algo de preocupación.
—No, hijo. Es la brisa y la arenilla que me acosan —contesto disimuladamente.
Alzo el bastón y lo dejo sobre el regazo. Lo aprisiono fuerte con ambas manos. Unas hebras plateadas de mi cabello se deslizan y juegan cosquilleantes sobre el rostro todavía terso. A lo lejos, sobre olas azules, creo distinguir una mano muy querida que me saluda. Mientras, mi hijo, quien de niño caminó aferrado a esa mano, juega con risa cantarina junto a su pequeño retoño.
El patio de la nonna
Zulema María Biolatto
Una casita baja, de ladrillos desnudos y techo de zinc; una pequeña galería cubierta de enredaderas y tres habitaciones: la cocina con su fogón a leña, una sala-comedor que sólo se usaba cuando venía alguien de visita, y su dormitorio, sencillo y pulcro, con un hermoso cubrecamas tejido al crochet por sus propias manos, que transmitía calidez al lugar.
Cada habitación tenía una pequeña ventana con vidrios repartidos, vestida con visillos también tejidos por ella, que miraban hacia el patio. Así de simple y austera era la casa de la nona.
Pero mi recuerdo de hoy, nostálgico tal vez, es su patio. El patio de la nona.
El patio, que más que eso, era un verdadero jardín. Y hoy, con una visión de añoranza, diría: un bosquecillo de cuentos.
En él se mezclaban un sinfín de verdes, salpicados por el blanco de los jazmines, el rojo de los geranios, el amarillo de la retama, el azul de las campanillas que se enredaban en el tejido… En primavera, las glicinas y la madreselva embriagaban las tardecitas con su perfume.
Había algunos árboles frutales: un duraznero, un naranjo, una higuera y un mandarino, que le proveían lo necesario para elaborar riquísimas mermeladas que, con mucha paciencia y dedicación, cocinaba sobre un rústico brasero.
En el patio de la nona no faltaban los canteros de verduras y hortalizas, que cultivaba con la ayuda de algún nieto. Sobre la mesa del comedor, en una fuente de loza blanca con flores azules que cuidaba celosamente porque la había traído de Italia, siempre había frutos de su quinta: tomates, pimientos, mandarinas o higos, según la estación.
En el centro del patio se erguía un viejo y frondoso algarrobo, el único de flora autóctona. Allí colgábamos una hamaca y, mientras jugábamos, el trino de los pájaros y el chillar de las chicharras ponían música a nuestros juegos.
La nona era pequeña y dulce. Usaba largos vestidos de tonos oscuros, resguardados siempre con un amplio delantal de “griseta”, una tela rústica de trama gruesa. En invierno, además de algún saco o campera de lana, solía abrigarse con una capita corta, también tejida por sus propias manos.
Cuando la visitábamos, nos preparaba una rica merienda con sus mermeladas y una taza de leche caliente aromatizada con cascarilla. Mientras merendábamos, nos contaba historias.
Hoy, siendo yo abuela, al preparar una mermelada, al sentir el perfume de las glicinas o el chillar de las chicharras, me vienen a la memoria pantallazos del patio de la nona, que más que patio era un jardín, o el bosquecillo de los cuentos.
Mi encuentro con Faustina
Lidia Zini
Quise rescatarte del olvido y me encontré sin fechas, sin fotos, sin datos, pero la certeza de tu existencia me animó a recuperar tu huella. No sé hasta cuándo estuviste en esta vida porque te fuiste antes de que yo naciera, y ya nadie queda para contarme cómo eras.
De mis hermanos mayores no logré datos precisos. La más grande ya poco recordaba, pero se endulzaban sus ojitos gringos cuando hablaba de tu piel trigueña, tu cuerpo pequeñito y ese andar encorvado que no dejaba saber cuántos años cargabas sobre la espalda.
El mayor de los varones ubicaba tu origen en la región de las misiones jesuíticas, por donde las culturas guaraníes habitaban. Cuando los pueblos del norte de la Mesopotamia no tenían definidos ni sus límites ni las rutas, únicamente separados por los ríos, hablaban castellano, guaraní y portugués. Será por eso que mi madre decía que naciste en Brasil.
Y al mencionar a mi madre, tu hija menor, comencé a entretejer recuerdo, palabra y emoción para que resuciten los cuentos, las historias y las leyendas que narraba a tus nietos y, tiempo después, a tus bisnietos. Historias que siempre sucedían en selvas, ríos y tierras coloradas, “allá por el Mato Grosso”, decía con tanta pasión.
Entonces, no sólo aparecieron los cuentos; también recobraron vida los sabores de sus comidas: el mbaipy, el reviro, el quibebe. Sus manos tejiendo maravillas con hilo velero. Su amor por las plantas y su saber sobre cuándo sembrar su huerta. Su conocimiento de las hierbas medicinales y cómo usarlas: el té de cangorosa para calmar el dolor de garganta, de marcela, paico y carqueja para la buena digestión, de cedrón para fortalecer el corazón, y el de ruda con ajenjo y ajo para combatir los parásitos. ¿De quién aprendió tanto?
Y ella, tu hija, también partió. Es tarde para la pregunta. Cuando fue el tiempo, yo andaba por ahí queriendo transformar el mundo. Me repito entonces hoy esa pregunta: ¿De quién aprendió tanto? ¿De dónde tanta sabiduría sin ningún libro? Y cuando hallé la respuesta, se me anudó la garganta. De vos, su madre: Faustina Calistro.
Y te encontré. Sin fechas, sin datos, te signifiqué en las emociones y en los recuerdos. Te descubrí en mi madre, en mí misma, y ya no me inquieta saber dónde irán a parar las historias que cuento y escribo, mis pensamientos, mis creencias, mis saberes. Porque habrá, en otro tiempo, alguna nieta que me rescate. No existe el olvido mientras haya alguien que continúe tu rastro, mi querida abuela Faustina.
Qué nadie me quite la ilusión
Aníbal Antonio López
La fuente estaba siempre alegre, con colores, movimientos y sonidos, en la plaza principal de aquel, mi pequeño y amado pueblo entretejido en las sierras cordobesas…
Unquillo, conocido como “Pueblo de Artistas”.
Nadie pasaba sin mirarla, y casi todos se detenían… niños y grandes, lugareños o visitantes, ateos o creyentes, optimistas o pesimistas.
Búsquedas en bolsos, carteras, monederos y bolsillos. Por cada moneda que caía, algo se quebraba en la fuente: el farol mayor, el rostro de algún niño, el sol o la luna o un par de estrellas. A la vez, alguna ilusión despertaba en el responsable de ese quiebre. Quiebre momentáneo, ilusión duradera.
Los vecinos volvían siempre, pero sólo un día al año tiraban la moneda. De los visitantes, más de uno retornaba y se paraba frente a ella nuevamente. Quizás, incluso, en voz alta, recitaban palabras de agradecimiento y tal vez arrojaban una nueva ilusión. Las monedas no eran eternas porque, en cada limpieza, de ahí pasaban a la obra de la iglesia: un templo hermoso, pero siempre en construcción.
Un año, la fuente cobijó peces de colores; otro, plantas acuáticas; otro, luces de esperanza. Otro… otros… no sé, porque de tanto cruzar la plaza todo era tan familiar que casi no la miraba.
Hoy la cruzo de vez en cuando, y cada tanto recuerdo que a los doce yo también tiré mi moneda. Fue un 11 de febrero de hace 61 años, para la fiesta del pueblo… una fiesta de la que aún participo.
Mi moneda ya no está. El agua que contenía luces y sombras, rostros y flores, tampoco; ya no la llenan. Mi deseo aún no se cumplió, pero eso no me quita la ilusión… ilusión de verla de nuevo florecer, de volver a ser niño y, moneda en mano, arrojarla con fuerza para que en sus aguas se pierdan los rostros quejosos, las penas, el dolor. Y, al volver a ser espejo, mi rostro y el del prójimo —vecinos o visitantes, juveniles o añosos— se reflejen con sonrisas de empatía, esperanza, paz y amor.
Armeto
José Regino Villalba
Corría el año 1968 y me hallaba trabajando en un campamento en Fracrán, en la provincia de Misiones. La Ruta Nacional 14 era de tierra, razón por la cual, cuando llovía, nadie podía transitarla. Esta zona, en particular, era totalmente despoblada: la “localidad” contaba con apenas cinco casas, y el resto era monte virgen.
La vida en el campamento era rutinaria. Cuando se podía trabajar, se trabajaba de sol a sol, pero cuando llovía…
Vivíamos en carpas, por lo que el frío del invierno era implacable. Colocábamos diarios viejos entre las mantas para mitigar las bajas temperaturas y usábamos prendas de vestir de a dos. Una fogata permanente, con troncos dispuestos en forma de estrella, nos mantenía calientes. En su centro, un soporte de tres patas sostenía la olla donde cocinábamos lo que la imaginación permitía, incluyendo los reviros[ Reviro: Masa de harina, grasa, sal y agua, cocida en una olla.] mañaneros, que junto con el mate cocido constituían nuestro desayuno, y a veces, también el almuerzo.
Habíamos techado con ramas y hojas un espacio que hacía las veces de comedor, cocina, y lugar de reunión. Un tendido aéreo de alambre de cobre, sujeto a tacuaras amarradas a las copas de los árboles, servía como antena para escuchar música y algunas noticias en una radio a pilas, aunque la mayoría de las emisoras captadas eran brasileñas. Recuerdo especialmente a un trovador popular de Río Grande do Sul, el famoso Teixeirinha, y a un joven cantor melódico llamado Roberto Carlos.
En días de lluvia, la actividad era interna: jugar al truco, escuchar la radio, fumar cigarros armados con tabaco picado en chala peinada[ Chala: Cáscara o vaina del maíz.
], contar anécdotas y beber sin control.
Cada fin de mes, un grupo viajaba a Posadas para cobrar el sueldo y visitar sus hogares, mientras que dos o tres de nosotros quedábamos en el campamento para cuidarlo y esperar la gira de pago, que recorría la provincia abonando los sueldos a quienes quedaban de guardia.
Ese fin de semana estaba lindo y no había señales de mal tiempo. Un compañero de origen brasileño, llamado Armeto, me dijo:
—Che, ¿será que me puedo pegar una escapada a San Pedro? Tengo que hacer unos trámites y, ya que tenemos la camioneta y el camino está lindo —son sólo 30 kilómetros—, podría ir y volver antes del mediodía.
El uso del vehículo estaba restringido, pero siempre hay argumentos para justificar una excepción. Además, nos faltaban algunas cosas, y, a pesar de estar tan cerca, yo no conocía San Pedro.
—Bueno —le dije—. ¿A qué hora salimos? Porque yo también voy, y dejamos a Luisito de guardia. No muy temprano, porque el rocío deja resbaladiza la ruta, y hay varios cerros bravos. Así que una vez que se seque, le metemos.
—José —me dice Armeto—, ¿te puedo pedir un favor?
—Sí, ¿qué querés?
—Vos tenés un 32, ¿me podés dar un plomo?
—¿Y cómo hacemos para desarmarlo?
—¡Nooo! Le disparamos a un montón de tierra y recogemos el plomo. En el viaje te explico para qué lo quiero.
Sin preguntarle más, así lo hicimos.
Al día siguiente salimos. Sin inconvenientes, y después de menos de una hora transitando serranías, llegamos a San Pedro.
Aquel viejo camino tenía una particularidad: la vegetación de la zona era virgen, con grandes árboles y tupida selva. Al pueblo sólo se lo divisaba después de tomar una curva, y allí, de sorpresa, aparecía San Pedro. Las desparramadas casitas ascendían hacia un cerro, y en su coronación, una cortina de araucarias servía como telón de fondo.
Esa primera imagen era impactante. El poblado se asemejaba más a una escena del Far West, y su ritmo de vida no tenía diferencia. En aquellos tiempos, la vida valía muy poco. Los obrajes y aserraderos, junto con la lejanía de cualquier centro poblado mediano, endurecían hasta al más manso.
En el transcurso del viaje, Armeto me contó que le habían dicho que en el pueblo vivía un hombre que se ganaba la vida fabricando hermosos cuchillos y tallando en cualquier material. Por otro lado, en la comisaría, ese sábado quedaba sólo un policía de guardia, porque los demás iban a rastrear la zona en busca de un brasileño que había matado a su mujer y que, según suponían, estaba escondido en el monte.
El guardia, por unos pesos, podía canjear el plomo que yo le había dado por otro que estaba en un expediente por asesinato y que también era de calibre 32.
Mientras yo me quedaba en un almacén de ramos generales comprando lo que necesitábamos, Armeto fue a la comisaría.
No pasó mucho tiempo hasta su regreso. Armeto tenía cara de felicidad; había conseguido su objetivo, y por ello me dijo:
—¡Voy a llevar el doble de caña para festejar en el campamento! Así que terminamos acá y vamos hasta lo del tallador; quiero encargarle que me haga un San la Muerte.
Llegamos al rancho del hombre, y Armeto le explicó lo que quería.
—No hay problema, vayan a tomar algo y en media hora vení a buscarlo. Son cincuenta pesos, y si lo querés “colocado”, veinticinco más. Ah, y traé una botella de cachaza[ Cachaza: Caña, bebida alcohólica brasileña.
] para la anestesia —dijo entre risas.
Yo no entendía ni medio, pero para no demostrar mi ignorancia, sólo observaba en silencio.
Pasado el tiempo estimado, volvimos. Allí, por primera vez en mi vida, vi esa figura tallada en miniatura en un plomo: un San la Muerte que impactaba aún más por su tamaño diminuto.
Siempre en silencio, presencié lo que siguió.
El tallador empapó un trapo aparentemente limpio con cachaza, lo pasó varias veces por la muñeca izquierda de Armeto y le dijo:
—¡Mandate un trago grande porque voy a cortar! No sangra mucho ni duele tanto, pero por las dudas…
—Dale, sí —le contestó Armeto, desafiante—. ¿O te creés que no soy hombre? Ya pasé por situaciones peores, que si llego a abrir la boca, me meto preso solo…
Y siguió con un largo trago del pico de la botella.
Vi cómo el hombre cortó longitudinalmente la piel, un poco más de dos centímetros, y con una varilla de madera, fina como un lápiz, estiró un poco la piel e introdujo en su interior la talla de plomo. Luego cosió la herida con aguja e hilo negro, le puso un pegamento que usaba en el taller, colocó unas hojas verdes (quién sabe de qué planta) y le hizo un vendaje bien apretado.
—Bueno… ya está. Cuídate un par de días y recién el lunes o martes cambiá el vendaje. Si se pega, poné la mano en agua tibia con sal, pero las hojas van a evitar que se pegue. Y si te preguntan por el vendaje, decí que es un corte sin importancia, que lo vendaste para que no pongan huevos las moscas.
Armeto le pagó, y con los ojos brillantes —no sé si de la emoción o por la cachaza—, volvimos al campamento.
Luisito no preguntó nada, y la cosa quedó en el olvido. Yo terminé mi contrato meses después y así pasaron los años.
Un día, una de mis hermanas me preguntó:
—¿Vos tenías un compañero de trabajo que se llamaba Armeto?
—Sí —le contesté—, fue en la época que andaba por Fracrán. ¿Por qué?
—Es el papá de una excompañera de colegio, y me contó que hace mucho que está internado en el hospital con cáncer. Nadie sabe cómo sigue vivo.
Al día siguiente fui al hospital. Entré al pabellón donde podría estar, y me lo indicaron. En una cama, tapado con una sábana, estaba boca arriba el flaco Armeto. Sus ojos azules miraban sin ver al cielorraso, y respiraba por la boca, totalmente ausente pero vivo. Era la radiografía de un ser humano.
Mientras lo observaba, sentí la presencia de otra persona. Me di vuelta, y era una enfermera, una morocha de varios años. Me preguntó:
—¿Le conoce al señor?
—Sí —le dije—, éramos compañeros de trabajo en el interior. Siempre fue flaco y huesudo, pero no tanto.
—Es el cáncer —me respondió la mujer—. Estamos sorprendidos de que todavía esté vivo. Yo tengo mis sospechas, pero…
—Lo que sucede —le dije— es que tiene un San la Muerte injertado. Dicen que quien lo lleva no puede morir, y él hacía un culto de eso.
—¿Está usted seguro? Mire que yo sospechaba, pero si lo comentaba me iban a decir que estaba loca. Por eso preferí cerrar la boca.
—Sí, señora, yo fui testigo cuando se lo tallaron en una bala que había matado a un ser humano y se lo colocaron bajo la piel. Fue en San Pedro, allá por el año 1968.
—Entonces, la única forma de que descanse es que se lo saquen. Si no, sólo Dios sabe cuándo se irá. ¿Dónde lo tiene?
Tomé el brazo de Armeto y le mostré. La enfermera lo palpó y dijo:
—Parece un simple callo. ¡Lindo trabajo le hicieron!
Le conté toda la historia, rezamos un par de oraciones, y me retiré.
Pasaron unos días, y en casa de mis padres, mi hermana me dijo:
—¿Sabés que murió tu amigo Armeto?
—No, no sabía —le respondí—. Fui a verlo al día siguiente que me dijiste, y verdaderamente era impresionante verlo en esas condiciones. Pero me alegra que ya descanse.
Aún tenía una duda dando vueltas en mi cabeza, así que fui nuevamente al hospital para hablar con la enfermera. Entré al pabellón, pero en la cama donde había estado Armeto ya había otro hombre. Fui a la guardia y pregunté por la enfermera. Como no sabía su nombre, di su descripción física.
—Ah… es Carmen, la brasilera. Mire que es medio macumbera[ Macumbera: Bruja, mujer que se dedica a la hechicería
] —me respondieron.
En ese momento, la vi venir y le dije:
—Buen día, señora, ¿se acuerda de mí?
—¡Ah! ¿Cómo le va? —respondió—. Sí, claro que me acuerdo. Usted no sabe lo que me costó convencer a uno de esos médicos primerizos para sacarle el santito a Armeto. No quería saber nada. Decía que era un invento mío, que eso no existía, que era una creencia de ignorantes… Pero la curiosidad pudo más, y como no había riesgo de vida, con un bisturí raspamos lo que quedaba de piel. Con una pinza le saqué el santito, y en el mismo momento, Armeto lanzó su último suspiro. ¡El médico del susto se orinó encima!
La mujer me mostró la talla, muy bien hecha. El pobre doctor, con ganas de vomitar, se escapó al baño. Ella, resignada, pensó: “Y sí, mi hijo, en pañales de seda no se conoce la vida”.
La mujer me agradeció por los datos que le había dado, porque permitió que un doliente descanse. No pregunté más, la saludé y me retiré.
Armeto ya descansaba en paz.
Voy a volver
Rogelio Ripoll
Cuando uno decide migrar, lo hace consciente de que deja atrás una parte de su historia, estancada en el lugar de partida, mientras comienza a escribir una nueva en el destino elegido. Pero la nostalgia y las raíces se convierten en parte inseparable de la mochila que cargamos. Esa carga, sin embargo, la llevamos con gusto, porque nos permite acceder a los recuerdos, tanto los alegres como los dolorosos, que forman parte de lo que somos.
En silencio y con resignación, he caminado el dolor de las ausencias, asimilando las lecciones y enseñanzas que me dejaron. Pero ahora, voy a volver.
Volveré porque necesito sentir, en todo mi cuerpo, ese aire seco y ardiente del viento Zonda, y luego refrescarme con el fresco y terroso viento Sur. Volveré para caminar por los cerros y cordilleras, entre paisajes áridos y pedregosos que, a pesar de su aspereza, están llenos de vida. Volveré porque quiero escuchar el relincho vigilante de una tropa de guanacos alimentándose, atentos al grito de advertencia que los hará correr en una protectora huida. Volveré para reír con la torpeza del quirquincho, que corre rápidamente hacia la arena buscando refugio, o admirar la agilidad de la liebre, que desde la distancia evalúa si ya está a salvo.
Volveré para buscar la sombra de un algarrobo o el reparo de una retama, protegiéndome del sol ardiente que parece lanzar puñales de fuego. Quiero volver a sentir en el rostro la arena que levanta el viento, sin miramientos, mientras recorro los caminos polvorientos que alguna vez me fueron familiares.
Volveré para encontrarme con los ranchitos de los puesteros, esos criadores de cabras que siempre reciben a los visitantes con amabilidad y curiosidad. Con el tiempo, esas visitas se vuelven habituales, y uno termina incorporado a su familia, compartiendo, casi como un homenaje, un chivito a la parrilla, quesillo de cabra con arrope de tuna, o semitas calientes recién horneadas.
Al recordar esos días, pienso en Miguel, un puestero y minero artesanal de Las Higueritas, ahora sumergidas bajo las aguas del dique Punta Negra. Era un hombre de baja estatura, delgado y de carácter afable, aunque podía ponerse “picante” si el tinto corría por sus venas. Nunca reveló cómo encontraba oro, pero una vez me advirtió, sin titubear: Los perros me avisan y yo apunto.
Miguel desaparecía durante tres o cuatro meses, montado en su caballo, acompañado por dos mulas, sus herramientas de minero y un fusil Máuser de la Segunda Guerra. Se rumoreaba que había amasado una fortuna considerable, pero prefería la vida simple y tranquila de puestero. No puedo evitar extrañar su figura, y aunque el progreso ha borrado su paisaje, su memoria sigue intacta en mi corazón.
El año 1977 me marcó profundamente, no sólo por el terremoto de Caucete, sino también por mi experiencia como encargado de un yacimiento de mármol en la zona. Sin tener conocimientos previos, me encontré liderando un equipo de mineros compuesto por chilenos, un boliviano y sanjuaninos. Aprendí a manejar dinamita, a calcular distancias de seguridad y a respetar las rocas que volaban tras cada explosión. Esos días de trabajo duro, cruzando ríos y quebradas, dejaron en mí recuerdos imborrables.
Extraño los túneles verdes que forman los eucaliptos en los callejones y las hileras de álamos que flanquean las fincas. Extraño los cerros nevados, las veredas anchas de baldosas brillantes y las calles que me vieron crecer. Mirando hacia atrás, me doy cuenta de que la niñez y la adolescencia pasaron demasiado rápido. Ahora, al regresar, me emociona pensar en la transformación de una ciudad que crece y se moderniza, pero que aún conserva algo de su esencia.
Tras once horas de viaje desde Buenos Aires, estoy saliendo de San Luis. Este colectivo, lleno de comodidades, es muy diferente de los antiguos que usábamos en los años 1960 y 1970, cuando un viaje como este podía demorar 24 horas. Hoy, en apenas 16 horas, llegaré. Pero el tiempo parece insuficiente para procesar todas las emociones que me invaden.
Regreso para asistir al nacimiento de mi primera nieta. ¡Mi primera nieta! Dios mío… algo bueno debo haber hecho en la vida para merecer este regalo. En mi mente, mis padres y mi hijo Fernando, que ya han partido, están presentes. Pienso en mi hijo menor, que está dejando atrás la adolescencia, y en mi hija y su esposo, llenos de felicidad ante la llegada de su primera hija.
La historia no se ha estancado; sigue escribiéndose. Mis ojos se humedecen, cargados de recuerdos y de esperanza por los momentos que vendrán.
Estoy volviendo… y este regreso vale la pena.
Mi profesión: Y jugando empezó todo
María Isabel de Diego
Llené de agua mi florero preferido y coloqué, una por una, las varas de Lilium naranjas, regalo de despedida de mis alumnos. El naranja, ese color vibrante, representa la energía constructiva, la vida y la creatividad. Es el color del optimismo y el coraje, justo lo que necesito al comenzar esta nueva etapa de retiro.
Después de 35 años de trabajo docente, nueve de los cuales fui Rectora en un colegio secundario, llegó el momento del jubileo. Mi vocación profesional ha llegado a su fin, pero no sin dejarme innumerables lecciones. Durante todos estos años crecí, no sólo profesionalmente, sino también como persona.
A menudo me preguntan por qué elegí ser profesora de Geografía. Siempre respondía de manera casi automática: porque quería enseñar aquello que despertó en mí una gran curiosidad y pasión. Quería que los jóvenes comprendieran la maravilla de la Tierra que nos contiene.
Sin embargo, si miro más atrás, me doy cuenta de que mi pasión por enseñar comenzó mucho antes, cuando era una niña.
Aunque me recibí de Perito Mercantil, porque en ese momento en casa pensaban que ese título sería la clave para conseguir un “buen trabajo”, ese camino no me hizo feliz. Sentía que algo me faltaba. Lo mío era otra cosa. Estudié Geografía, aprendí a enseñar, y más tarde me preparé para la gestión educativa. Finalmente, seguí lo que mi corazón de niña me susurraba desde siempre: aquellas tardes mágicas jugando a la escuela con mis hermanas menores.
En esos días de infancia, yo siempre era la maestra. Pero cuando mi hermana menor comenzó el primer grado, los roles cambiaron: mi hermana del medio se convirtió en la maestra, y la más pequeña pasó a ser la alumna.
La escuela de nuestros juegos creció. Incluso llegó a tener una Dirección, y, por ser la hermana mayor, yo era quien dirigía.
Nuestra “escuela” funcionaba en el dormitorio de mi tía paterna, que vivía en la planta baja de la casa. Ella era soltera y no tenía hijos, pero nosotras éramos sus adoradas sobrinas. Nos permitía hacer y deshacer con tal de vernos felices.
Colocábamos pequeñas mesas y sillas, ajustadas a nuestra estatura infantil. El escritorio de la Dirección era la máquina de coser, una Singer con tapa de madera, que bajábamos para apoyar un cuaderno, varias lapiceras y, por supuesto, un pequeño globo terráqueo. Desde ahí, observaba atentamente el desarrollo de las clases.
Con los cuentos de Andersen practicábamos la lectura, a pesar de que los conocíamos de memoria. En el pizarrón —que no era otro que la puerta del dormitorio— escribíamos cuentas y oraciones para repasar la ortografía. Al globo terráqueo lo hacíamos girar y elegíamos países al azar, soñando con explorarlos algún día.
Pasábamos horas escribiendo y dibujando con tizas de colores pastel, de una consistencia cremosa que nuestra tía nos compraba especialmente. Al borrar, una nube multicolor de polvillo se elevaba y caía sobre los muebles, e incluso sobre nuestras cabecitas rubias. Mi tía nos espiaba desde una esquina, divertida y enternecida por nuestras fantasías.
Fue en ese tiempo cuando nació mi vocación docente.
Hoy, al mirar atrás, hago un balance y el saldo es positivo. Me retiré con el corazón lleno de emoción, arropada por el reconocimiento y el cariño de muchísima gente.
Recordar aquellos juegos de mi infancia y todo lo vivido a lo largo de mi carrera me llena de felicidad. Suelto una amplia sonrisa de satisfacción, consciente de que, desde aquellos días de tizas y cuentos, mi vocación siempre estuvo ahí, guiándome.
Sabores
Ana María Figueira
Una pizca… un poquito de…
Esa era la medida exacta de los condimentos en los guisos de mi abuela: panceta, chorizo colorado y todo lo demás. Los preparaba al rescoldo, en su olla de hierro, revolviendo con la cuchara de madera.
—Pues, niña… no sé qué decirte… un puñadito.
Los domingos subíamos al tren a vapor “La Plata vía Temperley”. Mi madre llevaba la tarta de manzanas con caramelo, cantidad suficiente. Mi padre, el limoncello que preparaba con limones de su planta preferida, almíbar en cantidad dudosa.
Siempre la cocina de mi familia fue un mundo inesperado. Lo previsible era la mesa larga, poblada de tíos, hermanos, primos y ese amigo de toda la vida.
La abuela, en la cabecera —lugar heredado para presidir la escena familiar— lucía su delantal enharinado con un gran bolsillo donde siempre llevaba algún trocito de chocolate con frutas abrillantadas por ella. Parada ante la olla, cucharón en ristre, comenzaba a llenar las cazuelas humeantes que pasaban de mano en mano hasta llegar a destino. Se podía repetir; siempre había un poco más. Esa olla no tenía fondo, era inagotable.
—Con pan, niña… se come con pan.
Pan amasado bien temprano, tibio y crocante. Algo de harina, algo de agua, pizca de sal y levadura. El vino patero llenaba los vasos. Lo preparaba mi tío Magín, el mayor. Los niños, con agua y algunas gotitas, digamos un “algo incierto”.
El almuerzo del domingo era un concierto de voces, debates futboleros y una guerra cruzada de migas entre los chicos.
—¡Niños, el pan no se tira! Hay niños que no tienen ni pan.
Luego llegaba la tarta de mamá, los bollitos de anís de la tía María y el limoncello de mi padre que, por ser un gallego de licores extraños, siempre perdía jugando al mus.
La mancha, la rayuela hasta llegar al cielo a los saltitos, las escondidas bajo el delantal de la abuela.
Aún conservo el viejo delantal y su cuaderno con hojas color sepia, perfumadas y quebradizas, con resabios de sus manos que las acariciaban leyendo fórmulas de alquimista.
Mi hoy, con prisas, extraña aquellos sabores; su cálido abrazo de canela y miel.
Tiernos abrazos de abuela, con una pizca de…
Amor.
Gloria y condena
María Mercedes Novillo de Mabres
Es extraño esto que me pasa. No sé si decir “esto que me pasa” o “esto que pasa”, porque ¿a quién le pasa? ¿A cuál de las dos? ¿A la que está, el rostro sobre el libro apoyado en la mesa, pero no leyendo, no, porque su mejilla derecha descansa sobre las hojas que se han arrugado un poco al caer bruscamente la cabeza, sin el cuidado que caracterizaba todos los actos de su vida, y el cuerpo flojo pero aún sostenido en la silla? ¿O me pasa a mí, que estoy aquí, de pie a su lado y me siento bien, algo sorprendida pero bien, sólo que mejor que de costumbre, más liviana, casi ingrávida?
Lo más correcto, entonces, sería decir “esto que nos pasa”. Y bien, parece que llegó el momento. Se cumplió su deseo (¿su deseo? ¿mi deseo?). En un poema que escribió hace tiempo, ella había expresado algo como: “Quiero acabar, cuando llegue el momento, con un libro entre mis manos, así, sin darme cuenta”. ¡Y a fe que no nos dimos cuenta! Un segundo o dos, tres a lo sumo, habrán pasado, y aquí estoy sólo yo tratando de hacer un resumen de la situación para analizar, evaluar, juzgar todo, como lo hacíamos con cada uno de los pasos de nuestra vida, porque así lo exigía el mandato.
La fecha estaba prevista, sin exactitud, pero tenía que ser pasando el 2000, después de haber transpuesto el umbral del nuevo milenio. Eso fue planificado hace muchos, muchísimos años, cuando ella era aún niña y, ansiosa, un fin de año cualquiera —¿qué importancia tiene ahora un año más o menos, una década más o menos?— al participar en los festejos de la celebración del nuevo año, imaginó (con esa imaginación desbocada que tenía, aunque hacía esfuerzos por domeñarla) lo maravillosa que sería esa ocasión, la Fiesta de las Fiestas, el Año Nuevo del 2000.
En su ingenuidad esperaba confiada que ese fin de año, de siglo y de milenio marcara el fin de la injusticia, de la guerra, del sufrimiento, de la pobreza, del odio y del dolor que castigan a la raza humana desde el comienzo de los tiempos, y diera inicio a una era de amor universal, de paz y felicidad. Y deseó fervientemente, con el increíble poder paranormal de los púberes, ver, estar, participar en esa Apoteosis de la Humanidad, ese paso mágico del 31 de diciembre de 1999 al 1º de enero del 2000.
Pensaba: “En esa fecha yo tendré 67 años y eso es ser muy, muy vieja. ¿Viviré? ¡Qué pena sería no llegar a ese Año Nuevo único! Quiero vivir, voy a vivir hasta el año 2000”. Fue tal la fuerza de su pensamiento que su cerebro grabó la orden, por misteriosos mecanismos la transmitió para que las células de su organismo la recibieran, y todo quedó programado.
Bueno, la computadora funcionó tal como su pensamiento lo determinara. El 2000 ya pasó. Por eso está ella así, por eso estoy yo aquí. ¡Pero cuánto tiempo fuimos una sola! Ahora que la miro desde afuera, tan desvalida, la recuerdo fuerte, orgullosa, feliz a veces, a veces desdichada, siempre empeñada en cumplir el mandato que la condenó —nos condenó— a partir de un día del invierno de 1943.
Ana María, sorprendida, recibió un diploma y un libro de regalo. El diploma acreditaba su condición de ganadora del concurso y el libro —¡oh, el libro!— era la concreción de sus mayores anhelos.
***
Ana María tenía 10 años y cursaba el 4º grado. Ese día su padre, el profesor, la despertó con una suave palmada en el hombro; ella lo percibió al instante y se incorporó en la cama, los ojos aún turbados por los sueños.
—¡Siempre soñando esta chica, tanto dormida como despierta! —decía su madre.
—Ani, levántese, vamos a ir a la inauguración de una Biblioteca Pública. Hay un concurso de lectura a primera vista y usted lo va a ganar.
La atención de Ana quedó detenida en la primera palabra de su padre; él había dicho: “Ani”, y eso bastó para que ella no escuchara lo demás. Después preguntaría. Porque ese “Ani” tenía connotaciones especiales, era algo así como una clave secreta en la comunicación de padre a hija. Cuando la nombraba “Ana María” se trataba de órdenes, pedido de informes sobre sus estudios, siempre temas formales y generalmente desagradables. El Profesor, con el peso de su autoridad inefable, inapelable, era quien decía: “Ana María”.
Pero a veces era sólo el padre cariñoso que se dirigía a ella diciéndole: “Anita”, y ese diminutivo en sus labios anunciaba el próximo regalo: un caramelo, un bombón, un paquete de pastillas de menta, pequeñeces que sabían a magia porque salían de los bolsillos de ese papá que pocas veces actuaba como tal.
Sin embargo, en esa ocasión, él había dicho “Ani”, lo cual constituía un auténtico prodigio. No más Profesor, no más padre. Quien decía con voz traviesa, de risueñas inflexiones: “Ani”, era siempre un cómplice, un amigo que solicitaba su compañía para hacer algo distinto, algo que sólo a ellos dos interesaba: alquilar un bote y remar en el lago del parque Sarmiento, realizar un paseo a las sierras o una larga caminata hablando de cosas divertidas, inventando versos, observando la naturaleza, proponiendo y resolviendo adivinanzas, haciendo cálculos matemáticos, juegos gramaticales u ortográficos, acertijos…
***
Ana saltó de la cama, se vistió, se lavó, se peinó y preguntó gozosa:
—¿Adónde vamos?
Hubo que repetirle las palabras de la invitación, ya olvidadas. La madre insistió en la prolijidad del moño en el cabello y en la cintura. El padre alzó un libro, al azar, de su escritorio y dijo:
—Vamos, Ani.
Llegaron a un local lleno de gente, en un barrio desconocido, frente a una plaza. Bandera, discursos, aplausos, referencias a Sarmiento, impulsor de las Bibliotecas Públicas; además de los adultos había muchos niños y también jóvenes. El concurso consistía en leer a primera vista, en forma correcta y expresiva, una lectura escogida por el jurado, de alguno de los libros aportados por los concursantes.
Después de cada lectura se escuchaban murmullos de aprobación, duda o entusiasmo por parte del público. Cuando le tocó el turno a Ana, el presidente del Tribunal que juzgaba a los candidatos abrió el libro Plenitud en una poesía. Y Ana leyó, leyó como siempre lo hacía: viviendo y sufriendo, amando cada palabra escrita, instalándose en la hoja, apropiándose, como una ladrona, del pensamiento del autor, haciéndolo suyo, sólo que esta vez, en voz alta.
Le siguieron otros concursantes, y tras una breve deliberación, el jurado le entregó el 1º Premio de las dos categorías: niños y jóvenes.
Ana María, sorprendida, recibió un diploma y un libro de regalo. El diploma acreditaba su condición de ganadora del concurso, y el libro, ¡oh, el libro!, era la concreción de sus mayores anhelos.
Así fue como vivimos, trabajamos y amamos, con la carga de la condena que pesó siempre sobre nosotras: aquel mandato de ser la mejor, de continuar esforzándonos para merecer siempre el 1º premio.
Tampoco pudo Ana desprenderse de su segunda y bendita condena, su condena a perpetuidad: el apasionado amor a la lectura, iniciado aquel día de 1943 y que culminó hoy, cruzando el umbral del 2000.
Cuando su cabeza cayó sobre la Antología Poética de Neruda.
Voy a limpiarla, suavemente, con mis dedos, para no manchar las hojas. Después… me iré, libre al fin, sin mandato, sin gloria ni condena.
El vestido de novia
María Eva Duarte
Enamorados, cuando supimos que nos asignaban la casa, decidimos fijar la fecha de la boda. La lista de preparativos era interminable: iglesia, registro civil, anillos, invitados… y, por supuesto, el vestido.
Revisé la revista Burda Novias hasta que encontré el modelo perfecto, sencillo y precioso. Mi novio, Alberto, y yo recorrimos sederías buscando la tela ideal. Sin éxito. Los vendedores se excusaban: “Esa tela no se consigue en el país”.
Frustrados, pasamos por la tienda del barrio, un lugar modesto donde mi abuela solía comprar tejidos. Allí, el vendedor mencionó tener algo similar. Fue al depósito y regresó con un corte de tela. Pero justo cuando comenzaba a desplegarlo, se cortó la luz.
En la penumbra de un farol, vimos que el metraje no alcanzaba. Sin embargo, agotada y obstinada, compré la tela.
La modista, una artista que trabajaba para las mejores casas de moda, tomó medidas con precisión. Observó la tela, hizo un corte en semicírculo y me lo probó, transformando mis nervios en admiración.
Llegó el gran día. La iglesia de Santo Domingo estaba repleta de amigos y familiares. La Marcha de la Coronación de Meyerbeer resonaba, elevando nuestras emociones. En el altar, Alberto me esperaba con lágrimas en los ojos.
Tras la ceremonia, en el atrio, alguien pisó el vestido, un incidente que quedó inmortalizado en una fotografía llena de risas.
El vestido fue testigo de nuestra nueva vida: el nido que estrenamos, los hijos que esperamos, las risas, las lágrimas, los silencios y los ruidos que formaron nuestra historia juntos. Durante casi 42 años, construimos una vida llena de amor y esperanza.
Ahora, Alberto ya no está, pero el vestido sigue guardado en una caja, envuelto en papel azul. Es un símbolo de todo lo que fuimos, un recordatorio de un amor que sigue vivo en cada hilo, en cada recuerdo.
El piano
Matilde Gerosa
Despidió al camión de la mudanza. Cerró la puerta de la casa y repasó con la mirada las paredes. Cada una de ellas mostraba las marcas de los cuadros descolgados. Aún le quedaba media hora para que se llevaran el piano. El sobrio mueble vertical revelaba sus años bien cuidados. Lo veía más alto en la sala vacía.
La marca alemana relucía sobre la placa de bronce. Levantó la tapa, acarició el teclado con un suave glissando y volvió a cerrarlo.
Sería donado a la escuela más pobre de la zona, como le había propuesto a su madre.
Se sentó en el piso frente a él. Rodaban los recuerdos junto a las lágrimas. Se inclinó para abrir la tapa inferior. Allí estaban las dos tacitas, ahora vacías, una en cada rincón, a los costados de los pedales. Sonrió al recordar la expresión de sorpresa de su madre cuando el afinador le dijo:
—Hay que darle de beber al piano. La madera tiene sed y hay que mantener a raya a las polillas para que no se coman el paño debajo de las teclas.
Su madre había seguido al pie de la letra las indicaciones: mantenía llena la bolsita de naftalina y renovaba periódicamente el agua de las tacitas.
Sacó las tazas y encontró junto a una de ellas una cajita con un mensaje que decía: El piano y yo nos debemos una oportunidad juntos en otra vida.
Cerró con cuidado la tapa y depositó sobre ella un beso de despedida, embebido en llanto.
El sonido del timbre la sacó de sus pensamientos.
Chenonceau
Alicia Terrén
Me acomodaron envuelta en una lona en el gran bote del carnicero, escondida entre las carnes de cerdos, pollos y vacas que cada dos días llegaban al castillo.
Avanzamos por el río Cher, y en el trayecto, los nazis detuvieron el bote dos veces para revisarlo y adueñarse de algunas carnes. Todos sentimos un miedo terrible de que me descubrieran.
Por fin llegamos. Para mí, el lugar era desconocido, pero sabía que era el castillo de Chenonceau. Envuelta como estaba, Maurice, el carnicero, me cargó sobre sus hombros junto con un cerdo y varios pollos colgados de un gancho. Tratando de pasar desapercibido, me llevó a la gran despensa que precedía a las tres cocinas.
Una mujer robusta y bella, muy aseada y prolija en sus ropas, me sacó la lona y me ayudó a levantarme. Su nombre era Simone. Me condujo por corredores y escaleras hasta un pequeño dormitorio con bañera, donde me sumergí en el agua caliente con enorme placer. Lavé también mi cabello, que caía hasta la mitad de mi espalda.
—¡Qué hermoso pelo color bronce! —exclamó Simone. Lo escuché orgullosa, propio de una muchacha veinteañera.
Comí vorazmente y dormí profundamente esa noche. Había caminado durante dos días por el Valle del Loire, cargando la tensión y angustia de lo recientemente vivido. Al llegar al río Cher, encontré a Maurice en su bote, esperándome.
A la mañana siguiente, Simone me llevó a conocer parte del castillo. Era imponente y espléndido. Allí habían vivido Enrique II, rey de Francia, con su esposa Catalina de Médicis y su amante favorita, Diana de Poitiers. Después me mostró su gran obra: el hospital. Lo habían armado en las dos galerías del primer y segundo piso que hacían de puente de orilla a orilla del río, con suelos ajedrezados y ventanales que iluminaban las 120 camas para los heridos.
Gastón Menier, un prestigioso político y acaudalado chocolatero, dueño de Chenonceau, había convertido el castillo en hospital durante la Primera Guerra Mundial. Simone, que era enfermera, se había casado con su hijo Georges, y en la Segunda Guerra Mundial volvieron a transformar el castillo en hospital. Más tarde, Simone se convirtió en un eficaz miembro de la Resistencia.
Toda Europa era un infierno en 1942, y no era factible que yo pudiera cruzar el río y seguir mi camino hasta la granja de mis tíos, buscando dónde esconderme. En ese momento, ellos eran lo único que tenía en el mundo.
De a poco adquirí habilidades para ayudar en el hospital. Los tres trabajábamos sin descanso. La mitad del castillo estaba ocupada por los alemanes, mientras que la otra mitad, llamada Zona Libre, era controlada por el gobierno de la Francia de Vichy. Todos dormíamos con un ojo abierto.
Sólo cuando los nazis dejaban la guardia por uno o dos días podía salir a pasear y tomar el sol en los jardines. En la puerta de entrada del castillo se podían leer las palabras escritas por los soldados de María Estuardo: No sean vencidos por el Mal. Me conmovió leerlo en un lugar donde el Mal se podía oler.
Esperaba con ansias los días en que Maurice llegaba para poder verlo. Algunas veces almorzábamos en los jardines cuando los alemanes no estaban. ¡Qué lindo era caminar por la orilla del río, bordeada de añosos árboles! ¡Recorrer las viejas caballerizas y la enorme leñera! Disfrutábamos recogiendo verduras y hortalizas de la quinta, paseando por los invernaderos o perdiéndonos en el laberinto. Pero qué angustia sentía al saber que en cualquier momento podrían regresar los enemigos.
Por las noches tenía pesadillas: escuchaba caer bombas, ruidos de armamentos y gritos extraños. Con el tiempo, Maurice y yo nos enamoramos y comenzamos a planear nuestro futuro: casa, hijos.
Una calurosa noche de agosto de 1944, Maurice se quedó a dormir en mi habitación, como tantas otras veces. Escuchamos un gran estruendo que nos hizo salir a los corredores en ropa de noche. Una bomba había caído cerca de la capilla, rompiendo sus hermosos vitrales. Todos los habitantes del lugar temblamos del susto, que nos duró mucho tiempo.
Los refugiados escondidos dormían una o dos noches en los sótanos, hasta que la Resistencia les encontraba un destino. Hubo que habilitar como salas de emergencia los dormitorios personales de los dueños. Primero fue la sala de guardia, por su amplitud y fácil acceso, y luego, poco a poco, cada una de las habitaciones.
Maurice y el personal de limpieza ayudaban con los heridos. Faltaban elementos médicos como gasas y calmantes del dolor, a pesar del esfuerzo del gobierno y de la Resistencia para proveernos de lo indispensable.
Un día, Maurice llegó muy agitado.
—Los alemanes ya saben que se usan las galerías como puente para que la gente pase al otro lado. Van a cerrar el paso —dijo.
Una conmoción se desató entre todos. Por suerte, ese día no había refugiados. Maurice me abrazó y dijo que había una posibilidad de salvar mi vida: debía irme. Simone me convenció para que partiera en ese momento, antes de que llegaran los nazis. Me rehusé, desesperada. No podía imaginar mi vida lejos de Chenonceau. Alejarme de los heridos, de mis amigos y, sobre todo, de Maurice, me parecía imposible.
Pusieron una bolsa sobre mis hombros con agua, comida y abrigo, y me acompañaron hasta la puerta. Yo estaba aturdida, incapaz de comprender el hecho de volver a caminar sola de noche por lugares extraños, separándome de quienes amaba.
Simone y Georges me abrazaron llorando. Ella dijo:
—Eres irremplazable.
Maurice me acompañaría un tramo del camino. Me aterraba la idea de volver a la soledad o, peor aún, de encontrarme con los nazis. Nos tomamos fuerte de la mano y salimos a la fría noche.
—Tus tíos te recibirán con cariño. Seguirás a mi lado donde estés. Quisiera ir contigo —me dijo Maurice.
No lo dejé hablar más.
—Tu lugar es este, Maurice —le dije, pronunciando su nombre, sabiendo que no lo volvería a decir por mucho tiempo—. Simone te necesita más que nunca. La gente te necesita.
Nos abrazamos largamente. Di la vuelta y comencé a caminar.
Una historia de amor
Lydia Musachi
Hoy tengo a flor de piel mis emociones. Pongo una escalera imaginaria y trepo hasta el altillo de mis recuerdos, donde guardo lo que quedó marcado a fuego en mi corazón, los tesoros más preciados de mi amor y de mi juventud.
Envueltas cuidadosamente están las cartas ajadas y amarillas, pequeños mensajes, fotografías en blanco y negro y algunas pocas en colores también. Te veo en el tiempo y en las fotos, en tus pequeñas esquelas llenas de amor y nostalgia. Y en el silencio en que me refugio, cual mágica caricia, aparece de pronto el sonido de tu voz, el olor de tu piel, el sabor de tus besos. Y, sin darme cuenta, vuelvo a recorrer el camino que hice a tu lado para aprender todo sobre el amor. Amor con mayúsculas, de esos que, si hubiéramos vivido en la Edad Media, por él nos hubieran asesinado en la plaza pública y tirado nuestros cuerpos a las bestias.
Fueron duros nuestros siete años. Fuimos piratas del amor y, sin querer, tomamos por asalto las naves de nuestros hogares. Hubo mucho llanto y muchas risas compartidas, mucho más llanto que risas. Vivimos difíciles situaciones, llenas de reproches, de celos y de habladurías, momentos cargados de lágrimas, donde nos desgarrábamos el alma buscando una solución, aunque ya supiéramos cuál debía ser.
Luchamos a capa y espada. Fuimos muy felices en los momentos compartidos a puro coraje y a pleno sol. También lo fuimos en la oscuridad, porque debimos recurrir a ella para proteger nuestros momentos de paz y alegría. Estar juntos era nuestro sueño y nuestra lucha diaria.
Los viajes que hacíamos en silencio, con música suave haciendo de nexo y mi cabeza apoyada en tu hombro, tranquila como las ondas de un estanque en una madrugada de verano.
Nos regalábamos caminatas tomados de la mano, entre los grandes árboles de un hermoso lugar donde nos deteníamos a tomar el té con scones a la vera de la ruta que transitábamos. Nos acariciábamos la cara y el pelo, como si fuéramos chicos haciendo travesuras, y allí encontrábamos la paz que nos faltaba cuando estábamos separados por apenas unas cuadras y unas pocas casas, pero que significaban para nosotros estar cada uno en las antípodas del otro.
Y la vida nos pasó por encima. Cuando ya no pudimos más con el peso de las responsabilidades y el egoísmo de nuestra felicidad ofendía a nuestros seres queridos, tuvimos que decidir. Y, valientemente, una tarde muy triste lo hicimos. Nos destrozamos el corazón, amordazamos nuestro llanto y prometimos seguir cada uno por su lado.
Varias veces fuimos abuelos los dos. Una mañana nos cruzamos al salir del banco, nos dijimos “hola” y nos miramos. Sé que pensaste lo mismo que yo, pero conservamos la misma mirada y nos reconocimos como siempre. Tu pelo ha cambiado de castaño oscuro a un blanco luminoso, caminas erguido como siempre y me pareció que no te pesaban los pocos kilos que te han ido dejando los cumpleaños. También habrás notado que el tiempo ha clavado sus garras en mí, y que he acumulado algunos kilos, varias arrugas y muchas tristezas.
Hoy, con un nudo en la garganta, recuerdo algo que me dijiste cuando nos separamos: La vida nos exige este sacrificio, pero pido a cambio, que cuando se hayan cumplido los proyectos que Dios tiene para nosotros, me permita llegar hasta tu casa y golpear la puerta. Y, si ya no puedo con las manos, que me permita hacerlo con el bastón.
Ya no podrás cumplir con tu promesa, pero igualmente, pese al terrible dolor que estoy sintiendo, le doy gracias a Dios por haberte puesto en mi camino y por la inmensa alegría de saber que fuimos lo que Él dispuso que fuéramos el uno para el otro.
Así, mezclados entre mis lágrimas, descubro en estos días de finales de verano que nada sucede por casualidad, y que los caminos de la vida son insondables. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos y, de pronto, una mañana nuestras miradas se cruzaron para decirnos adiós.
Puestero de la Cañada
Lydia Musachi
Amanece, y las nubes rosadas bailan una danza con tules al sol que atraviesa el horizonte de la cañada. Don Sanabria toma sus amargos de pie en la puerta de la galería de su simple casa de puestero. Vive su soledad como si no le pesara, llevando el recuerdo de su esposa fallecida hace ya cinco años en todos sus actos cotidianos y en el fondo de su alma. No se ha querido jubilar para no verse obligado a dejar el puesto donde tantos años ha vivido feliz con su familia.
Sus hijos, al crecer, fueron formando sus hogares y desparramándose por los campos de la zona. La única hija mujer fue la que le dio la alegría de estudiar en la ciudad y, claro, al recibirse de contadora, se casó con un compañero de facultad y se quedaron a vivir en Villa María. Pero no siente nostalgia por sus hijos y nietos; los domingos siempre alguno cae de visita, con asado, algún vinito y las bicis para que los chicos anden a sus anchas por los caminos del campo. Siempre les advierte que tengan cuidado porque hay muchas yararás. Precavido, se ha hecho traer por el patrón unas ampollas de antídoto y jeringas por si ocurre que alguien, incluso él mismo, resulte mordido por una de esas víboras tan venenosas.
Prepara unos caballos para que los más grandes lo acompañen a dar una vuelta por el campo o para llegarse hasta el boliche de Andrada a tomar una gaseosa. Para ellos es una aventura; para él, una gran alegría.
El lunes ya comienza su jornada de trabajo en solitario, pero a sus anchas, con el sabor dulzón del domingo pasado con sus afectos. Ensilla su alazán y carga con todos los elementos necesarios para su recorrida: la california para tensar los alambrados, las tenazas para añadir, retorcer o lo que cuadre, su lazo imprescindible por si tiene que cuartear o enlazar algún animal, y su infaltable cuchillo en la cintura, fiel herramienta para todo uso en las tareas del campo. No le falta tampoco el curabicheras, por si a algún ternerito recién nacido se le ha embichado el ombligo.
Hace su recorrida silbando o cantando algún chamamé, abre el molino, controla los flotantes de los bebederos y cuenta el ganado, no sea cosa que haya andado algún león haciendo de las suyas con el terneraje. Anoche sintió que merodeaban por el monte del potrero del sur; se oían sus rugidos de amores o de pelea, pero seguro que eran varios.
Aún quedan animales autóctonos en los campos de la Cañada San Antonio. Hay extensiones todavía sin cultivar, cubiertas de pajabrava y elevados tacuruses. Uno de esos animales es el puma o león americano, al que los paisanos llaman “el león”. Don Sanabria ha visto también una familia de avestruces sobreviviendo entre el monte y el borde del arroyo. El macho empolla el nido, siempre alerta porque suelen andar cazadores furtivos o tal vez algún zorro que quiera comerse sus huevos.
Él tiene conciencia de que queda poca fauna natural en estado salvaje y trata de protegerla a su manera. Cuando los furtivos no entienden razones y entran sin pedir permiso a los campos bajo su cuidado, pueden llevarse un disgusto porque Sanabria, el puestero viejo, no es de arriar con las riendas.
Cuenta que en otros tiempos ha visto una pareja de aguará guazú y que las corzuelas o guazunchos, habitantes del norte de Córdoba, Santa Fe y Santiago del Estero, también han llegado a correr por estos campos. Hoy no quedan en su hábitat natural más que unos pocos ejemplares que, cada tanto, cruzan los caminitos del monte. Ahora hay leyes que los protegen, y habrá que esperar a que sus poblaciones se recuperen.
Entre las tareas del puestero está la esquila de las ovejas, que para noviembre ya debe estar terminada, para que no sufran el intenso calor del verano. En abril o mayo, el trabajo más importante es hacer rodeo para la yerra: se vacuna, se marca y se castra. Para eso vienen el patrón, el veterinario y, a veces, también sus hijos, para observar los trabajos del campo. Luego de una jornada que dura desde la salida hasta la puesta del sol, se comen los testículos de los novillos castrados, asados a las brasas, aprovechando el fuego donde se calientan las marcas.
Cuando hay mucho ganado y muchos peones trabajando, se carnea algún novillito para asar sus costillares y alimentar a todos, ya sean peones, visitas o vecinos que han venido a dar una mano en la yerra.
Terminados los trabajos de la temporada, Sanabria retoma su rutina de recorrer el campo al amanecer, cebarse algunos mates y preparar su comida en el fogón.
Tiene por fiel compañera a la soledad y a sus perros, pero no lo aflige la tristeza, ya que ser puestero en la cañada es para él una bendición. Ama su trabajo y agradece los regalos que la naturaleza le proporciona cada día cuando el sol asoma sobre el horizonte sin límites de la llanura pampeana.
Mi historia
Romeo Montú
Les voy a contar la historia del servicio militar obligatorio… mi historia.
En primer lugar, para contextualizar, el 13 de diciembre de 1901 se sancionó la ley Nº 4031, durante el gobierno de Julio Argentino Roca. Dicha ley establecía el servicio militar obligatorio: todas aquellas personas mayores de 20 años debían cumplir con este deber hacia la patria.
Durante mayo de 1973, se modificó la ley anterior, reduciendo la edad mínima a 18 años. Dos clases fueron excluidas, las de 1956 y 1957, pero los jóvenes de la clase 1958 —y ahí me incluyo— fuimos convocados para servir a la nación.
La Base Naval Puerto Belgrano, inaugurada en 1905, albergaba instalaciones para la reparación de buques de guerra, mercantiles y pesqueros. Fue en ese lugar donde se desarrolló mi historia.
En aquel entonces vivía en el campo, rodeado de naturaleza. Sentado alrededor de una mesa, escuchaba por la radio el sorteo de 1976. Cuando anunciaron los últimos tres números de mi documento, acompañados del número “877”, supe que me había tocado hacer el servicio militar en la Marina. Poco tiempo después, recibí la citación para la revisión médica en Santa Fe. Allí me declararon apto. La idea de explorar barcos, conocer el mar y visitar la Fragata Libertad me emocionaba.
Sin embargo, los días previos estuvieron cargados de nervios. Abandonar el campo, el aire libre, los animales y las aves no era sencillo. Finalmente, llegó el momento, y mi vida cambió de rumbo.
Me presenté en el Regimiento Militar de Santa Fe. Desde allí, nos trasladaron en tren hasta Retiro (Buenos Aires) y luego, en otro tren, hasta Punta Alta, en la provincia de Buenos Aires.
Fue la primera vez que viajé en tren y también la primera vez que salí de mi provincia. Nos llevaron a Campo Sarmiento, ubicado en el predio de Puerto Belgrano, en el partido de Coronel Rosales.
Mi vida cambió radicalmente. Dejé atrás el campo para convivir con numerosos conscriptos como yo y enfrentar el respeto que imponían los oficiales. El verde del paisaje quedó sustituido por los muros de un campo militar.
Los primeros 90 días fueron difíciles. Todas las mañanas, después de izar la bandera argentina, nos reunían en un galpón grande donde, sentados en el suelo, recibíamos charlas técnicas sobre embarcaciones y las distintas áreas de un barco.
Por las tardes, aprovechábamos el tiempo libre para lavar nuestra ropa, asegurándonos de que nadie nos la robara, ya que, de lo contrario, debíamos pagarla. Fueron meses de adaptación, llantos, angustias y cartas escritas a mis padres, esperando respuestas que a veces llegaban con algo de dinero para darnos un gusto.
Después de ese período, nos trasladaron al Batallón de Seguridad, situado cerca de nuestra residencia. Allí nos asignaron tareas para el resto de los 12 meses que nos quedaban.
Siempre me gustó estar en un barco. Me daba la sensación de estar en el mar. Durante la estadía en el batallón, preguntaron quién sabía conducir automóviles, manejar camiones o reparar vehículos. También buscaban mecanógrafos para tareas administrativas. Yo no tenía experiencia en ninguna de esas áreas. Pero cuando preguntaron quién sabía cocinar, levanté la mano sin dudar.
Haber crecido en el campo me dio ciertas habilidades: preparar asados, tortas fritas y pastelitos de membrillo. Entre los presentes, eligieron a tres cocineros, y yo fui uno de ellos.
A partir de ese momento, me trasladaron al lugar donde se preparaba la comida para los soldados y el personal jerárquico. La organización se llamaba “Comando y Servicios”. Aunque las comidas eran distintas para cada grupo, se mantenían equilibradas y adecuadas.
Esta experiencia me permitió explorar Buenos Aires. Conocí el subte, los imponentes edificios, la avenida más ancha del mundo y los buques que tanto deseaba ver. Recuerdo haber visitado el portaviones 25 de Mayo, el crucero General Belgrano (que más tarde sería hundido en la Guerra de Malvinas) y la Fragata Libertad.
Cada cuatro meses podía visitar a mi familia. Sin medios para viajar en colectivo, hacía dedo hasta mi casa. Era más rápido y económico. Pasaba cuatro días en casa antes de regresar a la base en un viaje de 22 horas.
Dentro del puerto había varias instalaciones: cine en blanco y negro, la iglesia Stella Maris, una cancha de fútbol. A veces salíamos a distraernos en Punta Alta, y en otras ocasiones viajábamos hasta Bahía Blanca.
Después de catorce meses, el 30 de junio de 1978, me dieron la baja. Cuando regresé, mi familia ya no vivía en la misma casa; se habían mudado a otro campo cercano.
Esa noche me quedé en casa de un compañero a quien había conocido durante la revisión médica. Pasamos juntos los catorce meses, aunque en diferentes compañías: él estaba en la Compañía Charly, y yo en el Comando de Servicios. Regresamos juntos en tren.
El 1 de julio de 1978, mi padre vino a buscarme. Esa misma tarde vi el inicio del Mundial de Fútbol que se celebraba en Argentina, y fui testigo de cómo nuestro país salió campeón del mundo.
El servicio militar obligatorio estuvo vigente en Argentina entre 1901 y 1995. Se seleccionaba a los conscriptos por sorteo, utilizando los últimos tres números del DNI de cada ciudadano varón.
El 31 de agosto de 1994, durante el gobierno de Carlos Saúl Menem, el servicio militar obligatorio fue suspendido mediante un decreto. La medida fue motivada por casos de abuso contra soldados, incluyendo la muerte del soldado Omar Octavio Carrasco.
Hoy, a mis 65 años, recuerdo con claridad aquella etapa de mi vida. Nunca regresé a Puerto Belgrano, no porque no quisiera, sino porque no tuve la oportunidad. Sin embargo, sueño con volver algún día a ese lugar que guarda una parte de mi adolescencia.
Escondido
Lidia Esther Garro
¿Cómo llegaste hasta esta casa vieja, si al pueblo viniste sólo para visitar el cementerio? ¿Qué estás buscando en este lugar? Lo único que abunda es el guadal y el viento, a vos nada más te quedan algunos muertos.
Fue sin darte cuenta, de golpe tuviste ganas de recorrer las calles polvorientas donde todos son desconocidos y sin saber lo que buscas, terminaste parada ante la puerta. La casa ya era vieja cuando vivían la abuela y la tía Elena, que nunca tuvieron casas ni cosas nuevas. Ahora, sumida en el abandono, el que se ocupa de demolerla es el tiempo. Sólo quedan algunas chapas del techo y las maderas de las ventanas hace mucho que deben haber sido leña. En el patio reinan los yuyos y el horno de barro es abrigo de alimañas.
¿Qué buscas en esta tapera, si los recuerdos buenos de la infancia están en otro lado? Lo lindo estaba en la quinta, donde la tía amasaba pan para sus diez hijos y para las visitas, rezongando con su vos ronca mientras ordeñaba la vaca, sacaba la crema y batía la manteca, multiplicándose para atender a todos, que el marido que le deparó la vida sólo servía para hacerle críos. Te gustaba ir al campo, con los ruidos y los olores tan distintos a los de tu casa.
Pero en esta casa vivía la abuela, ¿te acordás? Era Enero y hacía mucho calor, siempre iban una semana en ese mes tu mamá, tus hermanos y vos, tu papá no tenía mucha onda con la parentela y se quedaba en casa. Ese verano se juntaron un montón de parientes, además de los tíos más jóvenes, todavía solteros, venían los primos de la quinta, ustedes que eran los puebleros y la tía que venía de la ciudad con tu primo de quince años.
Vos no tenías más que doce o trece y eras muy inocente, no como los chicos de ahora que a los cuatro años ya se las saben todas. ¿Dónde habías escondido ese recuerdo para que aparezca después de cincuenta años? Porque no lo olvidaste, sólo lo escondiste, para que no doliera.
Hacía tanto calor ese día que nadie pudo dormir la siesta, buscando un poco de fresco se armó una rueda de mates debajo de los árboles al final del patio. Siempre te jodieron los bichos y las moscas por eso te fuiste adentro a leer una revista, ahí estabas cuando entró tu primo. Haciéndose el gracioso te quitó la revista y comenzó a jugar escondiéndola para que no la agarraras, fue jugando que te metió en un cuarto y te tiró en la cama. Tenías puesto un vestido, “sos gorda para usar pantalones” decía tu mamá. Le resultó fácil levantarlo, “quédate quieta que es un jueguito” te dijo metiendo la mano adentro de tu bombacha. Con pánico sentiste la mano caliente que hurgaba en tu cuerpo, ¿de dónde sacaste fuerzas para empujarlo? No sabés pero lo hiciste, lo empujaste y llorando corriste a encerrarte en el baño.
Pero no se lo contaste a nadie ¿Por qué? Por vergüenza, por miedo a que no te crean, si tu primo era la estrella de la familia, llegaba con los recortes de diario con su foto y el titular “Joven promesa del futbol”, todos lo querían y lo aplaudían. Además vos lo querías mucho a él y a la tía ¿A tu mamá se lo ibas a contar? Si decía que siempre buscabas algo para llamar la atención porque tenías celos de tu hermana.
Además tenías doce años, no es como ahora que están los derechos de los niños, la educación sexual y tantas cosas más, en tu casa no se hablaba de sexo, mira si serías estúpida que cuando nació tu hermana tenías seis años y creíste que la trajo la cigüeña. Por instinto sabías que eso estaba mal, que era feo que te tocaran, te sentiste sucia y no querías que nadie lo supiera.
Ahora se habla de sexo, acosos, abusos y violación y algunos viejos dicen que no está bien, que antes esas cosas no pasaban… ¡Mentiras! Siempre pasaron pero no se hablaban, se ocultaban por vergüenza como lo hiciste vos.
Lo enterraste en un rincón bien escondido y lo olvidaste, o eso parecía, porque ahora revivieron todos los detalles. Tampoco da para contarlo después de tantos años, ¿para qué?, ¿se habrá acordado él alguna vez de lo que hizo? Seguro se le borró de la cabeza lo que pasó ese verano, como se le borró todo. Si al final se había olvidado hasta su nombre y ahora está muerto, tan muerto como esta casa que se cae a pedazos.
Cuando sacamos a pasear los pensamientos
Stella Maris Crespo
Terrible día. El viento sopla y, a pesar del sol, sentí un frío atroz. De pronto, me encontré en el andén de una vieja estación donde los pájaros habitan y se han adueñado del lugar. Allí se confunden los recuerdos de esperar a alguien llegar.
Me pregunto qué hago sentada en la sala de espera, si tal vez lo que espero no llegue. Es tarde para presumir de tanta tristeza. Esa misma tristeza que consume mis pensamientos al no saber si existo en un mundo ideal.
Ya ha pasado un buen rato, y mis lágrimas caen. Se sintió un ruido. Presiento que es un tren. Me acerqué para ver, deteniéndome a mirar cómo el viento se llevaba todo. Pero, al mismo tiempo, sentí esa sensación de estar frente al mismo desierto, donde el tren pasaba sin pena ni gloria.
Fijé mi mirada en lo que se voló. Ni siquiera ese viento frío pudo llevarme a la realidad.
Terror en un domingo de carnaval
Olimpia Pérez de Busto
En la ciudad de Tartagal, a 50 km de la frontera con Bolivia, vivíamos mi esposo y yo. Nuestro norte argentino, de belleza admirable por su vegetación, estaba tranquilo ese domingo de carnaval.
La alegría desbordaba entre los integrantes de las comparsas y murgas que desfilaban alrededor de la plaza principal. Se desataba “el diablo del carnaval” con un desenfreno que, en ocasiones, era provocado por el alcohol, el acuyico de coca y otras sustancias.
Alrededor de la ciudad, en las carpas, los bailes y los juegos peligrosos también representaban un riesgo para el ciudadano común.
Mi casa, ubicada en el centro de la ciudad, era un lugar donde la seguridad nos daba tranquilidad y confianza.
Ese domingo mis hijos no estaban en casa; se encontraban de vacaciones.
A las 8:30 de la mañana, unos golpes fuertes me despertaron. Busqué a mi esposo, pero no estaba.
Sorprendida y asustada, me dirigí a la puerta del dormitorio.
Con espanto, vi a mi esposo defendiéndose de un hombre que empuñaba un cuchillo carnicero. El terror me paralizaba, y sólo atinaba a retroceder mientras veía cómo el atacante blandía el cuchillo con gran destreza, hiriendo el rostro de mi esposo.
Mi esposo logró entrar al dormitorio y cerró la puerta, apretando el brazo del atacante. Mientras tanto, me pedía ayuda desesperadamente.
En medio de esa situación, el agresor, enardecido por el alcohol y las drogas, empujó la puerta con tal fuerza que mi esposo perdió el equilibrio. Fue entonces cuando este hombre me tomó del cabello y clavó el cuchillo en mi cuello.
—¡Si te mueves, la mato! —le gritó a mi esposo.
Sin posibilidad de defendernos, el atacante obligó a mi esposo a atarse los pies con una corbata, amenazándolo con el cuchillo cada vez que dudaba. Finalmente, lo empujó a la cama, dejándolo inmovilizado. Yo quedé a merced de aquel hombre, quien se apoderó de relojes, anillos y la billetera de mi esposo.
Siempre tirándome del cabello y clavándome el cuchillo en el cuello, me preguntaba una y otra vez:
—¿Dónde está tu plata? ¡Quiero plata y oro!
De pronto, se escucharon unos golpes en la cocina, como si alguien hubiera entrado.
—¿Quién viene? —me preguntó, alterado.
—Mis hijos —Mentí.
El atacante, nervioso, me arrastró hacia la cocina, siempre con el cuchillo en mi cuello. Cada vez que presionaba el filo, mi cabeza giraba, y en ese momento pude ver su rostro pintarrajeado, rojizo, con el cabello revuelto y los ojos desorbitados. Parecía un loco.
Sentía que mi muerte estaba cerca y sería espantosa.
Mientras tanto, mi esposo, con gran esfuerzo, logró abrir el cajón de la mesa de luz donde guardaba un revólver calibre 38. A pesar de estar maniatado, se paró junto a la cama, apuntando a la puerta del dormitorio, esperando que el atacante regresara.
El ruido en la cocina no era más que nuestro viejo perro Cocker spaniel, ciego y torpe, que chocaba con los muebles. Ese ruido hizo que el delincuente me empujara de nuevo hacia el dormitorio. Justo cuando asomó la cabeza en la puerta, mi esposo apretó el gatillo.
El disparo resonó como un trueno. Cerré los ojos, convencida de que mi esposo había matado al atacante. Pero cuando abrí los ojos, vi que el hombre me había empujado al suelo y escapaba por la cocina.
Tomé unas tijeras de la cómoda y corté las ligaduras de mi esposo. Salimos corriendo al garaje y nos refugiamos en el coche. Sin pensar, mi esposo dijo que si veía al atacante, no dudaría en atropellarlo.
Vestidos aún con nuestros pijamas, nos dirigimos a la casa de mis suegros, a unas pocas cuadras. Mientras tanto, un vecino, que había visto movimientos sospechosos, llamó a la policía.
Dejándome al resguardo, mi esposo regresó a nuestro hogar, decidido a enfrentarse al delincuente. Pero ya se había esfumado.
Por meses vivimos con miedo. El oficial de investigaciones nos advirtió:
—Deben extremar precauciones, porque ustedes vieron su rostro.
Epílogo
Nueve meses después, la policía detuvo a un delincuente en un barrio alejado. Había atacado a una joven madre con un bebé, amenazando con un destornillador en el cuello del pequeño mientras exigía:
—¡Dame plata o lo mato!
Vecinos alertaron a la policía, que actuó rápidamente y logró capturarlo. Por la similitud en el modus operandi, la justicia me convocó a una rueda de reconocimiento en el juzgado. A través de una mirilla, debía identificar al atacante entre cinco hombres.
Habían pasado nueve meses. Las personas cambian, y todos los sospechosos estaban vestidos de manera pulcra y bien peinados. Observé con detenimiento, pero no podía reconocerlo con certeza. El oficial insistió:
—¡Observe bien! Uno de ellos es su atacante.
Sentí una gran frustración. ¿Y si me equivocaba y señalaba a un inocente? Con un gran conflicto interior, resolví decir:
—No veo en ninguno a mi atacante.
Nos retiramos del lugar decepcionados. Sin embargo, elevé un pensamiento a Dios:
—Padre, si no lo reconocí aquí, haz que sea encontrado y condenado.
Y con eso, dejamos el resto en sus manos.
El pozo y la luna
María Cecilia Nebuloni
Esta noche la luna me arroja al pasado. Puedo ver mi pequeña figura perdida en la inmensa pampa, bajo un cielo desbordado de estrellas. Y esa luna… Y mis ojos, los suspiros, la fascinación infantil que no me permitía comprender pero que despabilaba mis emociones tan vivamente que aún hoy las puedo sentir. Mi cuerpo guarda el registro de esa contemplación, de aquel disfrute tan vivo como mi idea de ese astro encima del pozo.
Aquel hoyo negro y profundo al que estaba prohibido acercarse sin un adulto se tragaba la luna. Yo lo había visto más de una vez, cuando Clyde me acompañaba. Y como después la luna se encogía y desaparecía, estaba convencida de que el pozo la devoraba poco a poco.
Lo que nunca podía responderme era cómo lograba la luna escapar de esa boca oscura para aparecer otra vez en el cielo y volver a pasar por el mismo lugar.
Por eso no nos dejaban acercarnos solas. ¡Cuánta magia, cuánta certeza, cuánta simpleza había en la mirada de los niños!
El ulular de un búho entre los árboles me trae al presente.
Ya no importa, porque aunque ahora comprendo los movimientos del astro y el pozo lo taparon y decoraron con plantas, una vez al mes, la luna llena, el pozo florido y yo nos reunimos en el parque a pensar la noche.
Un sueño hecho realidad
Teresa Elsa Domínguez
Nací y me crié en el barrio suburbano de Mataderos. Mis padres siempre nos inculcaron valores esenciales para la vida: amor al trabajo y al estudio, decir siempre la verdad, seriedad, respeto a los mayores y ser buena persona. Traté de cumplir con estos principios porque no sólo eran buenos para mí, sino también para mi entorno y para todos los ámbitos de mi existencia. Ellos ya no están, pero los llevo en mi corazón y recuerdo. Debido a las dificultades de su época, no pudieron estudiar, pero trabajaron incansablemente y me pidieron que yo sí lo hiciera.
Cursé mis estudios primarios completos en la escuela del barrio, y luego mi madre me inscribió en el Liceo de Señoritas de Caballito, donde realicé el ciclo básico. Mi hermana mayor y yo íbamos juntas en colectivo, que tomábamos en la esquina de nuestra casa. Como nuestro barrio era de trabajadores y familias humildes, muchas vecinas comenzaron a pedirme que ayudara a sus hijos con los deberes escolares, ya que ellas no podían hacerlo. Mi hermana recibió esas solicitudes primero, pero no le interesó, mientras que a mí no me desagradó la idea y acepté.
Lo hacía de buena gana y sin cobrar nada, pero una madre me sugirió que merecía recibir una remuneración. Finalmente, acepté, y de esta manera comencé a ahorrar mis primeros pesos para pequeñas compras personales. Un año, una vecina angustiada me pidió que preparara a su hijo, que había perdido un año por enfermedad, para rendir un examen libre. Pedí los contenidos necesarios a la escuela y me puse manos a la obra. El niño era inteligente y aprendió rápidamente. Cuando llegó el día del examen, acompañé a la madre y al niño para darle confianza. Todo salió perfecto: aprobó y pasó de grado. La madre estaba feliz y, además de pagarme las clases, me regaló una preciosa cartera de cuero.
Tras esto, mi madre, con una gran visión, me dijo:
—Hija, si tanto te gusta lo que estás haciendo, ¿por qué no te cambias a una escuela Normal y estudias para ser maestra?
—Sí, mamá, tienes razón —le respondí.
Fuimos al Normal de Señoritas de Caballito, en el mismo edificio del Liceo, pero en el turno de la mañana. Allí nos informaron que no había vacantes y que la lista de espera era muy larga. Salimos desanimadas. Mi madre, que tenía buena relación con las vecinas, le contó nuestra frustración a una señora, quien mencionó que se había abierto un nuevo Normal mixto en San Justo, provincia de Buenos Aires, al cual se podía llegar en colectivo.
Nos dirigimos allí llenas de esperanza. Había mucha actividad y chicos en los pasillos. Hablamos con el secretario, pero nuevamente recibimos la noticia de que no había vacantes. Salimos desconsoladas. En el pasillo, un grupo de muchachos nos preguntó qué ocurría. Mi madre les contó la situación, y ellos nos pidieron que esperáramos.
Poco después, regresaron y nos dijeron:
—Vuelvan a Secretaría, el secretario va a inscribirla.
Así fue como, gracias a esos chicos, me aceptaron en el cuarto año mixto del turno tarde. Inicié una etapa maravillosa de mi vida. No sólo estudiaba lo que realmente me apasionaba, sino que también forjé amistades duraderas con mis nuevos compañeros. Me adoptaron como parte de su grupo, y el colegio se convirtió en una extensión de nuestras vidas.
Obtuve mi título de maestra a los esplendorosos diecisiete años. Con él, me inscribí en el listado del Consejo Escolar de La Matanza, trabajando como maestra suplente en distintas escuelas a lo largo de la ruta 3. Estrené mi delantal blanco llena de ilusión. Ver las caritas de bienvenida de los niños y sus ojitos inocentes confirmó que estaba en el camino correcto. Los pequeños inconvenientes como madrugar, caminar por calles de tierra o comprar mis propias tizas desaparecían ante la gratificante tarea de enseñar.
Impulsada por mi sed de conocimiento, me inscribí en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA para estudiar Historia. Trabajaba por la mañana y estudiaba por la tarde. A pesar del ritmo exigente, aprobé las materias y completé la carrera en cuatro años. Al recibirme, decidí dedicarme a la enseñanza como profesora en Historia en escuelas secundarias.
Ingresé en la prestigiosa escuela trilingüe Goethe Schule, donde di clases desde primer hasta sexto año. La experiencia fue enriquecedora y reafirmó mi vocación. Año tras año, los alumnos me elegían como profesora consejera, un cargo que servía de puente entre ellos, sus padres y los profesores.
Hoy, ya jubilada, conservo hermosos recuerdos de mi vida profesional. Atesoro fotos, banderines y cartas de agradecimiento. Mantengo amistades con colegas y exalumnos, porque el amor por la docencia crea lazos indisolubles. Mi vida profesional fue, sin duda, un sueño hecho realidad.
Una fecha especial
Julia Meso Ramírez
Era el día de mi cumpleaños, un festejo atípico porque las complicaciones emocionales del último tiempo atosigaban mi razón. Sin embargo, ante tantos avatares de la vida, sentía la necesidad de celebrar. Marcar un año más de existencia me parecía vital, como una forma de replantearme que, en este paso efímero por la infinidad de mi existencia, el gozo, la felicidad y el festejo son esenciales. En definitiva, son las herramientas necesarias para transitar el camino que nos toca. Eran tantas las emociones que, por un momento, hasta me sentí filósofa.
Ahí estaba, frente a mi hermosa torta: vistosa, decorada con flores y mariposas de colores vibrantes, y de una altura considerable para la importancia especial que yo le había otorgado a esta fecha. En la cúspide del pastel, como una prolongación, estaban los números tres y seis. Unidos, formaban el treinta y seis. Esa visión me impactó.
Mi mente se disparó, quedando cautiva de los números que deslumbraban mis retinas con el brillo de la purpurina que los cubría. Eran las dos velas alusivas al festejo. ¡Treinta y seis! Qué increíble. Treinta y seis jóvenes años, con un futuro lleno de expectativas, ilusiones y proyectos. Casada, con cuatro hermosos hijos, soñaba con un futuro pleno: nietos que llenaran la casa de sonrisas tiernas, esas que logran cosas inimaginables.
De repente, mis pensamientos volaron hacia el futuro lejano. Me imaginé llegando a los sesenta años, una etapa de jubilarme, de enfrentar los cambios que trae el tiempo. Los huesos empiezan a doler, la energía no es la misma, y las obligaciones laborales se disuelven. En ese escenario, visualicé la necesidad de buscar nuevas actividades para llenar los espacios que los hijos dejan vacíos al formar sus propios hogares. Cuánto movimiento de ideas en mi cofre craneal, todo provocado por esos dos números sobre la torta.
En medio del alboroto festivo, las risas, la música y el murmullo alegre de los invitados, me sentía plena. De repente, la voz cantarina de mi nieta resonó en mis oídos. Había llegado como un torbellino. Con la inocencia de los niños, tomó los números de la torta entre sus pequeñas manos y exclamó:
—¡Abuela, esto está mal puesto! El seis va adelante, tiene que decir sesenta y tres, Abu.
Así, sin anestesia y con la franqueza propia de las criaturas, sus palabras me devolvieron a la realidad. En ese instante, entendí por qué me dolían los huesos y me sentía tan cansada. No eran treinta y seis años. Eran sesenta y tres.
Y ahí, entre la ilusión de mi mente y la claridad de su inocencia, acepté mi realidad, con una sonrisa que mezclaba nostalgia y plenitud.
Sólo un recuerdo
Beby Guerrero
Me parece verte sentado en la sillita diminuta del jardín. Tu rostro daba pena.
Apenas podías contener un puchero, y tus ojitos asustados, con una lágrima que pugnaba por salir.
Y yo, con una calma fabricada —pues ya me habían dicho en casa: “Quédate quieta y atiende a la señorita”— te miraba. Pero vos no te dabas cuenta. Éramos unos bebés y a muchos nos costaba desprendernos de la mano de mamá.
Al poco tiempo, el tesón de las jardineras hizo que amáramos el jardín como nuestra casa.
Pronto nos vimos en una ronda tomados de la mano. Yo, menudita de cuerpo, me sentía poderosamente protegida por tu mano ancha. Eras ya un niño alto, sano y fuerte.
Cuando pasamos a la primaria, deseaba que los días de fiesta patria o religiosa nos sentaran juntos. Tu cabello lacio se despeinaba y, de un manotazo, lo corrías hacia atrás, mirándome.
Recuerdo esos dientes tan blancos y separados, en una sonrisa ancha y despreocupada. Tus rodillas, marcadas con raspones, pues en los recreos el juego de la bolita era prioritario.
Pero yo adoraba esas rodillas al aire, apenas tapadas con tu guardapolvo que no se escapaba de los juegos: terminaba sucio o roto.
Recuerdo tus gestos cuando se me caían los lápices de colores o la goma de borrar. Enseguida corrías y me los alcanzabas con una sonrisa. Y yo te miraba diciéndote “gracias” muy bajito.
Un día, en un examen, no recordaba la respuesta del tema que nos había tocado. No sé cómo te las ingeniaste, pero la escribiste en un diminuto papel que me mostraste desde tu pupitre.
La fiesta de fin de año nos encontró ocupados con el coro y los personajes que debíamos interpretar. Mi poesía, tímidamente dicha delante del público, venía cargada con un dejo de amargura: ya no te vería más…
Por eso se me escapó una lágrima cuando te escuché cantar, acompañado de tu guitarra, esa bella canción preferida de las maestras.
El comienzo del secundario hizo que te perdiera de vista. Me enteré de que seguías en nuestra ciudad.
Y un buen día llegó la noticia: estabas de novio.
Te observé algún sábado, en la plaza, donde nos encontrábamos todos los adolescentes y jóvenes, disfrutando el tiempo cálido del estío. Ibas con ella y tu mano ancha, esa que yo adoraba, posada sobre su hombro. No me veías, pero yo no podía evitar mirarte.
Pasó el tiempo. Diferentes caminos hicieron que nuestras vidas fuesen distintas.
La distancia fue determinante para no vernos más. Formaste tu familia, y yo hice lo propio en nuestro pueblo.
Pero un encuentro de la promoción hizo que nos encontráramos una mañana de diciembre.
Sonreíste de lejos al verme llegar al lugar donde nos habían citado.
Me costó reconocerte. En pocos segundos me pregunté dónde había quedado “mi” muchachito, con sus rodillas gastadas, su guardapolvo roto y su guitarra. Frente a mí había un señor alto, canoso, con algunas arrugas, pero con la sonrisa de siempre.
Tu abrazo fue cálido, y me esforcé por no llorar.
Aunque ese abrazo indicaba que éramos dos personas distintas, cada una con su vida.
Y de aquella infancia, sólo quedó un recuerdo feliz.
Mi mar
Laura Voda
Mi mar del sur coquetea en las costas de Argentina; más precisamente, en el punto donde se abrazan, en un rizo de espuma blanca, el Río de la Plata y el Mar Argentino. Este encuentro, infinitamente renovado, traza una línea extraña, perpendicular a la costa, como una aguja que se clava en la arena.
De niña, veníamos a estas costas cuando finalizaba el verano. Con nuestros padres y seis hermanos más, viajábamos cuatrocientos kilómetros en una camioneta que siempre necesitaba demorarse en algún lado. Nosotros, somnolientos por el traqueteo y con las mejillas rosadas de tanto dormitar unos sobre otros, como en un caleidoscopio siempre distinto, bajábamos a entretenernos con las maravillas que nos señalaba mi madre:
—Miren esa planta acuática, tiene tallos gruesos, como un globo, para flotar y no hundirse. Miren qué suaves son sus flores celestes…
—¡Miren, ese pajarito rojo… y aquel amarillo! A ese le dicen cabecita negra…
Si viajábamos de noche, el entretenimiento consistía en atrapar luciérnagas. (Recuerdo que desaparecieron de los campos por los pesticidas, pero por suerte ahora regresan, iluminando la noche con sus pequeñas joyas).
Mientras tanto, mi madre cebaba unos mates a mi padre, y él se frotaba los brazos para aliviar el esfuerzo de manejar por caminos desafiantes. El último tramo era una tortura: mi padre siempre tomaba “el camino viejo”, sin asfaltar, porque así ahorraba unos cuantos kilómetros. A su voz de “suban las ventanillas” se acababa el aire fresco. Cerrarlas evitaba que nos llenáramos de polvo, que entraba por todas las rendijas. “¡Agárrense!”, decía también, justo antes de un badén o un lomo de burro. Creo que a mi padre le hubiera encantado correr un Camel Trophy. Amaba conducir (¿habrá heredado esta pasión de mi abuela —su madre—, que fue la primera mujer en conducir un automóvil en su ciudad natal? ¡Qué atrevida!).
Esa pasión de mi padre por los autos era genuina. Gracias a su trabajo, conocía todas las rutas del país: caminos rojos en Misiones, pedregosos en Jujuy, rodeados de viñedos en Mendoza, y los solitarios de la estepa patagónica.
Ya en la playa —más bien solitaria porque el verano agonizaba— ganábamos cierta libertad tras cumplir con los rituales de rigor. Cada día, mi papá se metía al mar, analizaba las hondonadas y nos indicaba hasta dónde podíamos entrar. Mi madre elegía un objeto llamativo, como una sombrilla roja, y nos llevaba hasta la orilla. Allí nos hacía memorizar su ubicación respecto de ella, para que no nos desorientáramos al salir del agua.
Otro asunto importante era la pesca. Desde la orilla o desde el muelle con el mediomundo, se conseguían pequeñas piezas que acababan en la sartén, donde el aceite dorado las hacía crujientes, bien cocidas, deliciosas. Mi madre se encargaba de la fritanga una vez que el pescado estaba limpio.
Recuerdo que, de muy pequeña, mi abuelo materno —un vasco pescador y cazador— y mi papá me llevaron al muelle. Mientras mi padre “colaba el agua” con el mediomundo, mi abuelo, apoyado en un poste que se balanceaba suavemente con el oleaje, sacó una bolsa extraña y, de ella, una lata. Dentro de la lata había un palito atravesado, y enrollado en ella, el sedal con un anzuelo al final. El viejo giraba el palito con la mano hasta que la carnada tocaba el agua. Cuando sentía el pique, daba un tirón y, de las profundidades, emergía un plateado pejerrey con su destino final asegurado.
El resto de las vacaciones eran simples y felices: rodadas por las dunas, piruetas en las olas, peleas por los buñuelos de manzana que nos esperaban para la merienda…
Mi madre nos dejó hace poco, mi padre y mi abuelo hace ya mucho tiempo. Me los imagino ahora charlando juntos de fútbol, caza y pesca en algún mar de nubes. Hoy, al recordarlos, comprendo cuánto amor por el mar tejieron en mi vida.
Mis hijos también han aprendido a disfrutar del mar desde pequeños. Mi esposo es otro fanático del mar. De novios, llegó a acampar cerca de donde vacacionábamos para pasar unos días conmigo. Ese cálido amor, que ya lleva más de cuarenta años, era motivo de felicidad para mis padres.
Ahora vivimos en la costa. Cuando le conté a mi compañero que mi abuelo pescaba con una lata, él me explicó que ese aparatejo milagroso se llama reel patagónico. Me hizo uno, y con él pescamos una decena de pejerreyes en San Blas, otro balcón frente a mi mar.
Como mi padre, disfruto conducir por la Ruta 11, avistando renegridos, cigüeñas, pequeños zorros, perdices, patos, flamencos, lechuzas y nutrias.
Pero la verdadera devota del mar era mi madre. Le encantaba, la serenaba. Cerca del mar, resplandecía.
Y entre las olas de la memoria y el vaivén de los años, sólo puedo decir:
“Gracias, madre, por enseñarme a amar… por enseñarme a amar el mar… por enseñarme a amar… mi mar…”.
Breve historia de una gripe chiquitita
Mercedes Novillo
Una gripe chiquita, chiquita, de esas que pueden pasar inadvertidas, me acechaba desde ayer.
Hoy se hizo presente, furiosa, al ver el desprecio con que la trataba, ignorándola. Dijo: “Aquí estoy”. Y yo recordé un versito de mis años de infancia:
Aquí estoy porque he venido
Porque he venido aquí estoy.
Si no te gusta mi presencia
Como he venido me voy.
No me gusta su presencia, pero ella está, claro que está, castigándome por no hacerle caso, instalada en mi cuerpo y, casi diría, dispuesta a aposentarse en mi alma. Yo no la tomaba en serio porque hace mucho calor, una temperatura desusada para agosto, y sin embargo…
Sin embargo, no podía complacerme en el lamento. Tenía que terminar un trabajo, así que, después de almorzar, contrariando mi costumbre, olvidando mi siesta, me senté frente a la computadora y me puse a desfacer entuertos. Leer, corregir, seleccionar, eliminar, guardar, cambiar nombre, elegir imágenes para insertar… Se dice fácilmente, pero ¿saben ustedes cuántas imágenes hay que mirar para decidirse por una? ¡Cincuenta, cien, mil! Y eso cansa, por más que se trate de bellas imágenes.
Y estas no eran muy bellas: el Viejo Vizcacha, ¡qué les parece! Gauchos y caballos de Molina Campos, gran artista, hermosas como caricaturas, pero… Finalmente, encontré un Martín Fierro que mataba —era de Castagnino, claro—, perfecto para el uso que pensaba darle, pero muy oscurecido por sombras dignas del homónimo Don Segundo. ¿Qué hacer? Seleccionar, iluminar, iluminar, iluminar…
Me sentía cansada. Es por un rato nomás, me dije. Y cuando quise acordar, era media tarde, la hora del té, en el caso de que yo lo tomara. ¿Y la gripe? Supongo que, más sabía que yo, se fue a dormir la siesta, esa maravillosa pausa que hoy extraño más que nunca.
Ahora, a imprimir, me dije, pensando en poner punto final a tan tediosa tarea. Preparé todo como de costumbre, y al accionarla y ordenarle que imprimiera, la impresora me contestó descomedidamente con una suerte de gruñido feroz que me desconcertó. Iba a decir que me ofendió, pero ya estoy acostumbrada a sus desplantes, de modo que, sin darme por enterada, insistí.
Obedeció, a disgusto, de eso me di cuenta, porque la impresión no era sobre una hojita suave y discreta, una A4 de esas que entran dócilmente a la boca abierta del monstruo; no, era una hoja de cartulina, dura, áspera, que parecía decirle: “Te vas a esmerar conmigo porque si no…”.
Y aquí estoy, esperando que mi gripe, aburrida, se vaya en puntas de pie para salvar su honor pisoteado porque, al fin de cuentas, no pudo darme el zarpazo; que el plomero se acuerde finalmente de mí y dé señales de vida; que el repartidor de café aparezca resoplando (viene en bicicleta y hace mucho calor) y con cara de pocos amigos, como diciendo: “¡A quién se le ocurre pedir café recién molido en un tórrido día de un agosto que se volvió loco!”
Un agosto tan loco como yo, que voy a mirar detrás de la puerta, dentro del ropero, debajo de la mesa, para ver si la gripe chiquitita se fue, si me olvidó, como yo la olvidé a ella.
Miedo
Marisa Raquel del Carmen Piris
Soy parte de una generación de dos milenios, de dos siglos, hasta podría decirse de dos mundos diferentes. Como muchos, soy la transición que vive con un pie en los preceptos de un pasado arraigado y el otro en un presente cambiante, en constante movimiento, a veces incomprensible, lo que obliga a una permanente adaptación que no siempre puedo alcanzar.
Promediando el siglo pasado, llegué a este lugar del planeta, el país del fin del mundo, como antes se lo solía llamar, con un aterrizaje forzoso, sin poder respirar por ese cordón apretando mi cuello. Me fascinaba escuchar ese nombre del lugar donde nací, pero con el tiempo aprendí a no romantizar tal calificativo.
El nombre Argentina proviene del latín argentum y refiere al precioso metal más codiciado después del oro: la plata. Los conquistadores que llegaron a estas tierras venían en busca de riquezas, avasallando civilizaciones, sembrando el miedo, sometiendo, esclavizando, matando inocentes, destruyendo bosques. Todo eso en nombre de Dios. No es más que lo mismo que vemos hoy, en nombre del progreso y de la inserción en el primer mundo, pero llevado a cabo de manera más “civilizada”. Yo diría: solapada. Tal parece que ese es el propósito del hombre en este plano: poder y riqueza desmedidos, sin importar el precio.
El miedo es, sin duda, el factor más condicionante que impera en nuestra sociedad actual. Las circunstancias que nos rodean pueden cambiar bruscamente y recrudecer de repente, al punto de lo intolerable, lo insoportable o lo inimaginable. Y aquí estoy yo, de pie, en medio de este caos, intentando cada día sostenerme; tambalear sin caer, pelear saliendo ilesa, enfrentar sin exponerme. Como dijo Paul Tillich, filósofo y teólogo existencialista: Temblar y vacilar permite conservar la esperanza de que nada tenga que seguir siendo como es ahora.
Tratando de empujar las manecillas del reloj en reversa, vuelvo una y otra vez al tiempo de la libertad verdadera, cuando la felicidad era tangible, cuando se materializaba en cada momento. Una foto en blanco y negro, en la que me veo montando una yegua en Carlos Paz, me lleva de nuevo allí, y al menos por un instante me permito escapar a donde no es como es ahora.
Era mi cumpleaños número seis. Como buena apasionada de los caballos, mis padres me regalaron ese paseo. La yegüita estaba embarazada, a punto de parir, y apenas podía caminar ni mantenerse en pie. Sin embargo, me cargó sobre su lomo y me llevó un poquito. Con el tiempo entendí el sacrificio que ese bello ser había hecho por mí, con amor y compasión. Por eso, ese recuerdo sigue entre mis más queridos.
Durante esas vacaciones, mis padres habían alquilado un chalecito pintoresco que yo veía como la casita encantada del bosque, como las de mis libros de cuentos. Fue allí donde descubrí que la tierra también podía tener estrellitas: no estaban en el cielo nocturno, sino en el suelo, brillando a pleno sol. Recogía piedritas de mica frenéticamente, deseando compartir esas luminarias con mis mejores amigos al regresar.
Por aquel entonces, no había miedo. Sólo había confianza, ternura y asombro por las cosas maravillosas que encontraba en mi camino al descubrir el mundo.
La desilusión, el miedo y el dolor llegaron de a poco, pero inexorablemente. Primero fue el día en que mi nono se fue. No lo vi partir: yo estaba enferma en cama durante una epidemia de sarampión que no logró matarme, pero sí a otros niños. Fue entonces cuando conocí el rostro de la muerte. Luego se fue mi mamá, y más tarde mi perro, y después también mi papá.
Y entonces llegó otra forma de miedo, una a la que llamaron la dictadura. Yo estaba cursando quinto año de secundaria en un colegio de monjas, al que había asistido desde el jardín de infantes. Trece años creciendo con las hermanas de una congregación italiana.
Recuerdo el día de “la toma de las escuelas”. Un grupo de muchachones gritaba y agitaba afuera, intentando trepar el muro más bajo del patio de la iglesia para ingresar. Las monjas nos reunieron a todas en el hall central y nos repartieron escobas, trapeadores, secadores y plumeros con mango largo, instándonos a defender con valor nuestro querido colegio y nuestra integridad. Fue tan divertido y excitante porque no teníamos idea de lo que realmente sucedía. La toma de conciencia de una aplastante realidad llegó con “la noche de los lápices”.
Un par de años después, el miedo a estar sola, a no saber cómo seguir, me llevó a casarme. Y así conocí otra clase de miedo.
Mi suegro era un hombre rico, con el poder que otorga la riqueza: dominante, violento, iracundo, un monstruo que arreglaba todo con gritos y golpes. Su familia, y por ende su hijo, replicaban ese comportamiento anormal que yo no sabía cómo manejar.
Cuando mi querida tortuguita —lo único que quedaba con vida de mi pasado feliz— murió, yo estaba sumida en un terrible divorcio. Perdí todo, incluso a mis hijos. Y entonces, además del miedo, conocí la injusticia. Entendí que la justicia sólo pertenece a quien tiene poder.
La tempestad me azotaba con una furia que jamás imaginé. Al mismo tiempo, el país sufría “el corralito”. Apenas me había mantenido a flote, y otro golpe me derrotaba.
Entonces me fui. Huir fue mi única salida. Pero descubrí que huir no es más que otra forma de miedo.
Corrí y corrí como Forrest Gump. Llegué al otro lado del mundo, donde el verano es invierno, y el agua del inodoro gira en sentido contrario. Allí conocí a mi príncipe azul, que no llevaba corona ni títulos, pero tenía un gran corazón. Me enseñó todo sobre ese lugar y me mostró lo que el amor bueno puede hacer.
Pero lo bueno dura poco. Un día mi amado abrió sus alas y se fue. Regresé al país del fin del mundo.
El sendero ha sido largo y arduo, pero continúo. Recuerdo los tiempos de bonanza: mi infancia con mis padres, mis hijos que han crecido, mi gran amor que ya no está. Esto me permite seguir de pie, aunque no sé por cuánto tiempo.
Estoy aquí, en medio de una nueva tormenta, una que no esperaba al final de mi vida. Tal vez mañana nada tenga que seguir siendo como es ahora.
Puede que no tenga victorias notables, pero puedo sorprenderte con las derrotas a las que logré sobrevivir. Antón Chejov.
¡Una vida de ferroviario, mientras tuvo el tren…!
Juan Carlos Zabala
Este relato cuenta la vida de un hombre cuya existencia estuvo marcada por su trabajo y pasión: los rieles, los trenes, el ferrocarril. Aunque no estuve físicamente en muchos de sus momentos, soy su hijo mayor, tengo 68 años, y estoy seguro de que puedo escribir su historia en primera persona.
Fue el cuarto hijo de una familia humilde cuyo único patrimonio era un carro de carga con caballos. Su padre y tres hermanos mayores se dedicaban a recolectar granos que quedaban en los rastrojos después de la cosecha para venderlos a pequeños acopiadores en un pueblo manisero de Córdoba, donde hoy se levanta una gran aceitera. La familia decidió que el hermano menor no trabajaría con ellos en el campo y, en cambio, “estudiaría para ser alguien leído en el futuro”.
Así, Juan, nuestro protagonista, terminó la escuela primaria y consiguió ingresar como aprendiz auxiliar en el ferrocarril, cumpliendo el sueño de su familia de darle una vida mejor.
Desde ese momento, su vida giró en torno a las estaciones de tren, que tenían su propio escalafón y categoría. Cada traslado marcaba un capítulo en su vida, una sucesión de pueblos y localidades que definieron su carácter y formaron los cimientos de una hombría de bien.
Su primera experiencia laboral lo llevó a Carnerillo, donde conoció a Esther, una maestra rural y catequista con quien se casaría a los 24 años, en 1954. Desde allí, los traslados comenzaron a formar parte de su vida:
En Las Perdices (1954-1956), en medio de la Revolución Libertadora, su esposa dio a luz a su primogénito —yo—, mientras él hacía escapadas a la clínica del pueblo, pese a estar bajo autoridad militar y no poder abandonar la estación. Allí también comenzó su pasión por el fútbol, destacándose como wing izquierdo del club local.
Luego, fue trasladado a Los Cóndores (1956-1959), donde llegó su segundo hijo y consolidó su papel como referente comunitario, participando en comisiones y actividades de bien público.
Juan soñaba con ser Jefe de Estación, un ascenso que requería pasar por estaciones pequeñas y asumir tareas que iban desde cortar el pasto hasta despachar trenes. Así llegó a Cayuqueo (1959-1961), un pueblo diminuto con pocas casas y una escuela rural. Allí vivió con su familia en condiciones precarias, enfrentando desafíos como matar víboras en el patio o correr al médico más cercano cuando su hijo pequeño se tragó una araña pollito. Pero Juan era feliz: ¡ya era Jefe de Estación!
Más tarde, se trasladó a Pasco (1962-1968), donde permaneció siete años. Fue una época marcada por la participación activa en actividades parroquiales y sociales, además de ser el locutor de la tómbola dominical.
Luego vino Wenceslao Escalante (1969-1971), donde organizó eventos importantes como el Día de la Primavera y un Festival Provincial de Doma y Folklore, mientras desarrollaba su afición por las bochas.
Finalmente, en 1972, llegó el traslado que marcó su gran revancha con la vida: regresar a General Deheza, el pueblo que lo vio nacer. Ahora convertido en una ciudad, Juan se reencontró con su familia extendida y vivió los años de estudio secundario y universitario de sus hijos. Yo me recibí de contador en 1978, y mi hermano menor, de médico en 1981.
Durante esa etapa, también se convirtió en abuelo. Sus nietos, cinco en total, fueron su gran alegría y su mayor orgullo en los últimos años de servicio.
En 1983, recibió el “Primer Premio a la Estación del Ferrocarril” por su desempeño ejemplar. Fue un reconocimiento que llenó de orgullo a toda la familia.
Con la privatización y automatización de los ferrocarriles en los años 80, llegó el retiro anticipado. A pesar de los cambios y los desafíos de los últimos años de su carrera, Juan siempre conservó su amor por el ferrocarril y los valores que lo guiaron toda su vida.
A lo largo de su vida, Juan dejó un legado invaluable: responsabilidad, decencia, amistad, amor por la familia y una red de amigos que lo recuerdan con cariño en cada pueblo por el que pasó. Su ejemplo de vida, construido sobre cimientos humildes, demuestra que los orígenes no son barreras, sino desafíos.
Juan fue más que un ferroviario; fue un hombre íntegro que sembró valores en todos los que tuvieron el privilegio de conocerlo. Y así será recordado siempre: como el inolvidable Jefe de Estación.
El dragón chino
María Del Rosario Flavia Zacagnini
Mi abuelo materno era un hombre muy especial: corpulento, de mirada penetrante, pero a la vez muy dulce. Sus ojos verdes eran muy expresivos. Leía mucho, escuchaba música clásica, le gustaba cocinar e inventar historias para mí. Estaba jubilado de inspector de escuelas, maestro de ley. Cada día me enseñaba algo.
En noches cálidas, nos acostábamos en el patio sobre un “cobertor” y mirábamos las estrellas. Jugábamos a ver quién veía primero un “satélite”; para mí, eran estrellas que se movían.
De pequeña, adoraba salir con él. En cada esquina encontraba algún conocido con quien compartía una charla, mientras yo aprovechaba para hamacarme un rato en la placita, que estaba a media cuadra de su casa. Íbamos a hacer las compras diarias: a la panadería, a la fiambrería. Allí me enseñaba a reconocer un buen queso por la forma de sus agujeros. Aún hoy, cada vez que elijo queso, observo con atención antes de comprarlo y recuerdo sus enseñanzas.
Tenía por costumbre preparar un vermut para recibir a sus cuñados, sobre todo a dos de ellos. Llegaban antes del mediodía. Cortaba unas salchichas en lata y el queso en cubitos, un poco de pan, y listo. Los tres hombres se sentaban en el patio, debajo de la parra. Era un lugar muy agradable y fresco, que se abría a un fondo grande donde el abuelo cultivaba verduras y tenía algunas gallinas. Recuerdo el pozo donde colocaba los desechos orgánicos y los tapaba con tierra para abonar su huerta.
En esas charlas, a las que yo asistía sentada a un costado, sin participar porque tendría ocho o nueve años, se hablaba de política, del mundo, de literatura. Las palabras me fascinaban. Aunque no entendiera la mayoría de los argumentos y desconociera el significado de muchos vocablos, me quedaba escuchando, embelesada, a esos hombres que, ante mí, eran la fuente de la sabiduría: sabían absolutamente todo.
Una frase que el abuelo siempre decía me quedó grabada: No hay que temerle al oso ruso, sino al dragón chino cuando despierte. La niña que era entonces imaginaba un dragón enorme, despertando de un largo sueño y lanzando fuego por la boca. La imagen era aterrorizante.
El oso —el comunismo ruso—, por aquellos años, era el demonio. Las lecturas del Reader’s Digest venían repletas de historias que pretendían inculcar el miedo al régimen soviético. Yo no comprendía la política y sus bemoles, pero me resultaba gracioso ese temor tan grande hacia algo intangible porque lo sentía absurdo.
Esta revista norteamericana publicaba artículos de todo tipo: algunos resumidos o reimpresos de otras revistas, chistes, anécdotas, citas y un vocabulario con doce palabras, de las que te daban tres opciones de significado (mi sección preferida). En la parte posterior de la página estaban las respuestas correctas.
Pasaron los años. El abuelo y los tíos ya no están. Yo crecí, fui madre, estudié. Sigo admirando a las personas sabias; me sigue fascinando la palabra bien empleada.
En el 2020, año de la pandemia, tomó sentido esa frase que escuchaba de niña. Llegó la hora: el dragón chino despertó. No tenía la forma que había imaginado. Es sólo visible con un microscopio. Es redondo y presenta en la superficie una serie de puntas que dan una imagen que recuerda una corona real o solar, por lo que se lo llama “coronavirus”.
Llegó para aterrorizar al mundo entero. Estuvimos encerrados esperando que los científicos encontraran una cura o una vacuna para este flagelo.
Esa niña, abuela ahora, en el encierro obligado, se encontró acompañada de tantos recuerdos, reflexionando sobre lo vivido, sobre la humanidad y su fiebre consumista. ¿Cuántas cosas superfluas nos han vendido? ¿Cómo se ha deshumanizado el ser humano? Qué triste mundo hemos creado.
Tomo conciencia de lo frágil que es la vida, de la importancia del tiempo y de la necesidad del otro. Y allí aparece esa persona extraordinaria que guió mis pasos en la infancia. Escucho sus palabras y me maravilla que, después de tantos años, sigan vigentes sus ideas.
Nadie sabía cómo terminaría esa pesadilla. Deseaba tener la mente y el corazón de entonces, y que el abuelo me contara que un príncipe muy valiente se enfrentó al dragón amenazante y, con una espada brillante, lo mató, salvando así a la humanidad.
Sabor a dulce
Sonia Sager
—Hola, abuela.
—¿Cómo me encontraste?
—Seguí el aroma de tu perfume.
—¿Qué hace mi nieta preferida?
—¡Abuela, no digas eso!
—¿Por qué no, si es verdad?
—Bueno, quiero que me cuentes algo de tu familia.
—Esa cabeza, ¿qué anda buscando o tratando de desentrañar?
—No puedo entender por qué te aislaron de tu familia, ¿cómo tu mamá no hizo nada para ayudarte?
—Ay, querida nieta, hay tantas cosas que te costarán entender en esta época.
—Lo mismo quiero saber, para poder acomodar un poco tu historia.
—Eran tiempos donde las mujeres teníamos que casarnos para que un hombre nos mantuviera económicamente y tener hijos. Yo ya tenía una pequeña, tu tía Federica, porque era viuda.
—Abuela, ¿por qué no te quedaste sola y trabajaste?
—No, mi querida, eso era imposible.
—Entonces, fue ahí que te casaste con el abuelo Juan.
—Sí, pero mi padre y mis hermanos varones decían que no tenía dinero suficiente y que querría vivir del dinero de ellos o de la parte que me correspondía.
—¡Qué mente podrida y egoísta que tenían, abuela!
—Ay, nieta, no se podían discutir esas cosas.
—¿Cómo que no?
—La palabra del padre era apoyada por la de los hermanos varones y allí se terminaba todo.
—¿Ninguno de tus hermanos, hermanas o tu mamá te apoyaron o ayudaron?
—No, no.
—Entonces, ¿fue en ese momento que decidieron borrarte de la familia?
—Sí, querida, fue muy triste y dolorosa esa separación.
—¿En algún momento volviste a ver a tus hermanos?
—A mis hermanos varones nunca más los volví a ver, salvo cuando fallecieron mis padres. Con dos de mis hermanas, sabía verme muy de vez en cuando.
—¿Fuiste al velorio? Me imagino que no.
—Nieta, nieta, eran mis padres y hacía años que no los veía.
—Bueno, abuela, los querías ver por última vez.
—¿Te acuerdas de Juana?
—Sí, sí, que vivió acá en tu casa muchos años.
—Ella, cuando su esposo y su hija la echaron de la casa, me pidió venir a vivir acá porque a la casa de nuestros padres no podía volver.
—¡Qué alma tan buena y caritativa tenías y sigues teniendo, abuela! Criabas 11 hijos y mantenías a tu hermana.
—No la iba a dejar a la buena de Dios.
—Y sí, pero ella tampoco te ayudó a vos.
—Veamos, ¿te acuerdas de Emma? Bueno, no la conociste. Ella vivía en Alemania, y cuando venía, paraba también acá.
—De ella sé porque mi mamá me contaba que cuando nací me trajo de regalo una camperita y una gorrita tejida por ella.
—Claro que me acuerdo de eso. Querida nieta, pienso que no hubieras podido vivir en esa época; tu rebeldía te hubiera traído muchos problemas.
—Sí, como ahora, abuela, que suelo meterme en cada lío…
—¿Sabes? Terminé el dulce de mandarinas, ¿quieres llevar un frasco para comer? Vamos a la cocina.
—Claro, abuela, si tus dulces son los más ricos. Tienes que pasarme las recetas para hacerlo cuando tus manos ya no puedan.
—Claro, por supuesto.
—¿Puedo poner el dedo dentro de la olla?
—Cómo no voy a dejarte.
—¡Qué rico!
—Toma tu frasco, cuidado que no se te caiga.
—Gracias, mi dulce ángel de la guarda.
—Mi nieta preferida, me extrañarás cuando ya no esté.
—Abuela, deja de hablar de eso. Falta mucho.
—Nunca se sabe.
—Bueno, bueno, dame un beso con sabor a dulce y me voy.
Nombres
Nora Mugetti
Mi madre nació en una familia con mucho dinero y poco afecto, y quizás ese fue uno de los motivos por los que se enamoró de mi padre. Un muchacho de una familia italiana, humilde, trabajadora y con mucho amor para dar.
Cuando se casaron, alquilaron una casita frente a la casa de los suegros. Por fin, mi madre sintió que tenía una familia que la contenía y ayudaba. Mi padre tenía dos trabajos, pero ella no se sentía sola.
Al poco tiempo quedó embarazada de su primer hijo. La niña, la primera nieta de su familia, llegó con la promesa de un futuro brillante. Mi madre conservaba la ilusión.
Pronto, esperaron a su segundo hijo. ¿Sería el varón tan deseado? Su padre le había dado trabajo a mi papá en la fábrica, lo que les permitió acceder a su primera casita. A pesar de estas buenas noticias, mi madre empezó a sentir una angustia inexplicable, un miedo que latía muy adentro y la invadía a veces. ¿Por qué? ¿A qué? ¿Sería por la cercanía entre su padre y su marido? ¿Sentía los tentáculos de su familia entrando en su nueva vida, aquel veneno que lo contaminaba todo y del que quiso escapar?
El parto fue traumático y el bebé resultó ser otra niña. Mi madre empezó a entrever que nada sería como lo soñó. ¿Y si nunca podía darle el varón que tanto deseaba? Con su marido cada vez más ausente por el trabajo, empezó a sentirse sola.
Volvió a quedar embarazada. Era su última oportunidad; si no venía el varón, no lo intentaría más. Había quedado con muchos kilos de más tras el segundo embarazo y ahora engordaba mucho más. La angustia la descargaba comiendo. Se sentía desbordada y no sabía a quién recurrir. No tenía amigas en quienes confiar.
Llegó el momento del parto y fue… otra niña. La bebé, sensible al estado emocional de su madre, lloraba todas las noches. Por eso, su abuelo se presentó en la casa y ordenó que mi madre y la bebé durmieran en otra habitación: su marido necesitaba descansar para rendir en el trabajo.
De nuevo, mi madre sintió la presencia autoritaria e invasiva de su padre, aquel del que había intentado escapar casándose con un hombre humilde que ahora su padre moldeaba a su imagen y semejanza.
Aquí comienza otra historia, una historia plagada de dolor, desentendidos y sueños rotos. Aquí se produjo un quiebre, un antes y un después. Mi madre perdió la ilusión, aumentó su angustia y enfrentó la decepción.
Esos deberían haber sido nuestros nombres.
La Lorenza
Lidia Zini
El domingo era día de misa para una familia católica. Me habían enseñado que quien no cumplía con este precepto incurría en pecado, situación que después me obligaba a ponerme de rodillas en el confesionario, donde el cura escuchaba mi arrepentimiento y, con la penitencia del rezo, me perdonaba a mí y a toda la cristiandad que estaba en la cola. Nunca entendí cómo sólo diferenciaba la gravedad de la falta por la cantidad de oraciones que otorgaba como penitencia. Por eso, en mi vida, me confesé una o dos veces.
En aquel entonces, cada domingo, mi madre, mi hermana y yo partíamos hacia la iglesia bien temprano para llegar a la misa de siete. Durante el invierno, cuando a esa hora todavía era de noche, lo que realmente podía hacerme temblar no era el frío en la nariz y las rodillas, sino el encuentro con Ella, que aparecía en cualquier puerta o recoveco de las calles del centro.
Sentada en un umbral, con las piernas tapadas con cartones, estaba pasando la noche La Lorenza. La recuerdo como la única mujer que vivía en la calle. Había otros personajes, pero al llegar la noche tenían un rancho o algún bendito refugio donde dormir. Ella no tenía, o quizás no quería, una cama o un techo. Parecía haberse aquerenciado en las veredas. Siempre con la cara enojada, bastaba mirarla para que desatara toda su bronca en palabras… “malas palabras”, pensábamos nosotras, las que íbamos a misa.
Cuentan los historiadores del lugar que había tenido una casa, un esposo y un negocio, pero los problemas conyugales la sumergieron a ella y a su pareja en el alcohol. Tras varios traspiés con los que la vida la golpeó, la calle se transformó en su hogar. Tal vez, así evitaba tener que explicar quién era y por qué cargaba con su locura.
Una noche, el recodo que le atajaba el viento sur no pudo contra la muerte, que la sorprendió allí mismo. Habrá mucha gente que sepa todo sobre su historia, pero yo quiero quedarme únicamente con su imagen gruñona, con esa vincha rioja punzo caída sobre su frente, entre los cabellos más amarillos que el trigo.
Estoy segura de que no necesitó penitencia alguna para ser absuelta. Hoy veo tantas Lorenzas—sin locura, simplemente transformadas en parte del paisaje cotidiano. Y, mientras camino, me pregunto: ¿dónde me ampararía yo?, ¿cuál sería mi reparo si, por esas cosas de la vida, me toca ser La Lorenza?
El poncho de Güemes, censurado
Eduardo Jorge Ojeda
Corría el año 1978, e iniciando mi carrera docente como profesor me ofrecieron horas de Historia y de Formación Moral y Cívica en el colegio Secundario “Bachillerato N° 14 de Makalle”, en Chaco a unos 40 km de la ciudad de Resistencia.
Para poder llegar al colegio desde Resistencia, debíamos tomar un colectivo a las 6 de la madrugada y luego caminar un kilómetro y medio para llegar en horario de inicio de clase 7,30 horas. Cuando por alguna circunstancia perdíamos el colectivo, lo único que quedaba era un aventón o como llamábamos en ese tiempo “hacer dedo en la ruta”. Ante esa circunstancia debíamos tomar un colectivo urbano que nos dejaba en la Ruta Nacional 11 y desde allí llegar a una rotonda donde se encuentra el empalme con la Ruta Nacional 16.
Miles de anécdotas vienen a mi mente de esa etapa de mi vida. Atento que estuve trabajando en dicho Bachillerato desde 1978 a 1992, aquí narro una de ellas y le daré por título “El poncho de Güemes, censurado”.
Una fría mañana del mes de julio del año 1979, época de la dictadura militar llamada “Proceso de Reorganización Nacional”, los argentinos somos así, siempre estamos refundando algo o iniciando desde cero. A lo largo de nuestra historia siempre es así: cada vez que aparece un mesiánico funda de nuevo todo, olvidando o pretendiendo ignorar la historia, pero eso es otro tema. En esa época se aplicaba un reglamento de vestimenta para los profesores de tal manera que en el caso de los varones correspondía pantalón, camisa, corbata (sí, con 40 grados a la sombra, pero con corbata) y saco que podía ser suplantado por una campera de abrigo. Las mujeres: vestido o polleras con un largo por las rodillas, y de usar pantalones con remeras o pullover largo que tape las nalgas. Esa mañana me encuentro con una estimada colega llamada Laura, en la ruta por hacer dedo, así que viajamos juntos. Ella vestía pantalón, pullover y como abrigo un poncho que había comprado en Salta, el típico poncho de Güemes, de color rojo con adornos de tiras negras en los bordes, muy abrigado por cierto. Al ingresar al establecimiento, nos cruzamos con la directora quien al instante se acerca a saludar e inmediatamente le ordena a Laura que se quite ese poncho por ser una prenda subversiva por el color rojo del mismo y no ser una prenda adecuada para una profesora. Se imaginan la situación planteada, el frío de la mañana y tener que sacarse el abrigo por la censura al poncho típico de los gauchos del General Güemes.
La situación subió de tono hasta que la profesora tenía dos opciones, volver a Resistencia y tener la falta o sacarse la abrigada prenda de vestir. Al final optó por la segunda, atento la aplicación del reglamento de vestimenta, y desde allí quedó la anécdota “El poncho de Güemes, censurado”.
Esto nos recuerda la famosa frase “más papista, que el papa” y muchas veces esa mínima cuota de poder saca lo peor de una persona, anécdotas de un docente chaqueño.
Crónica de nuestros bosques
René Verón
Un triste recuerdo del ayer.
Para llegar a un relato cronológico de nuestros montes nativos he tenido que remontarme a los años 60 y 70 cuando conocí las masas boscosas que circundaban el departamento Maipú. Y digo circundaban, ya que hoy en día han dejado de existir. En aquel entonces era una espesura virgen llena de diferentes especies de árboles típicos de esta parte de la región del Chaco Impenetrable. Con el correr del tiempo y la llegada de terratenientes en busca de tierras aptas para el cultivo de soja, materia prima muy rentable y muy demandada por el mercado mundial debido a sus características, esta geografía se vio muy afectada.
En el año 1982 se produjo la distribución de tierras en las cuales se entregaron lotes de 100 hectáreas para las distintas comunidades indígenas, principalmente Qom y Mocqoit que, al realizar los deslindes, fueron observando la riqueza natural por lo que comenzaron a comercializar estos productos del monte que, generalmente, no eran bien rentados Así comenzó la tala de nuestro bosque nativo.
Las topadoras fueron llevándose los montes y con ella su flora y su fauna, convirtiéndola en chacras que apenas tenían cortinas de árboles de no más de 50 metros que se utilizaban para protección de los vientos. A esto hay que agregar los diferentes agroquímicos que se utilizan en los cultivos y el ya estudiado cambio climático que todo esto trae aparejado. Es así que en el año 2001 un tornado azotó en el lugar y año tras año se vienen produciendo sequías y se intensifica el calor.
Estas prácticas que sólo benefician a unos pocos terratenientes están causando mucho daño en el medio ambiente y por consecuencia también en las comunidades rurales. Todavía muchas de ellas siguen establecidas en la zona rural resistiendo al avance sojero, como resisten nuestra flora y nuestra fauna, por ejemplo el caso de Raíz Chaqueña, donde un árbol raro, mezcla de quebracho y algarrobo, dos gajos de una especia y tres de la otra, se mantuvo erguido, rodeado por un alambrado y custodiado por un cartel firmado por el explorador Moncho Otazo que reza “Protejan este árbol”.
Este árbol ya no existe. Una topadora se lo llevó puesto y ahora allí es todo chacra. Nunca sabremos si esta especie fue producto de un injerto o fue la madre naturaleza la que unió ambas especies y que bien, hoy en día, podía haber sido un lugar de estudio para las nuevas generaciones.
Si bien existía una ley que prohibía los desmontes, no fue suficiente para frenar estas prácticas. Inclusive la ley que establece la reforestación de árboles nativos tampoco dio un resultado positivo y hoy nos encontramos con el 79%-80% de nuestro monte nativo prácticamente desaparecido. Esta es la cruda realidad en la que vivimos que se convirtió en un triste recuerdo del ayer.
Las visitas
Víctor Berenstein
Un transcurrir repetido: sopa al mediodía, sopa a la noche, té a la mañana, té a la tarde. Un menú que se repite semanalmente creando una monotonía que impregna el estado de ánimo de quienes viven en una residencia de personas mayores.
Sin embargo, las actividades programadas, de algún modo, logran romper esa repetición monocorde. Los talleres con juegos, música y ejercicios brindan un respiro y una oportunidad de escape a la rutina diaria. A su vez, las enfermeras y asistentes, con su dedicación y empatía, por momentos deshacen ese clima monótono. Sus charlas amables, las pequeñas bromas y los cuidados atentos logran que la residencia transmita afecto y humanidad.
Las visitas familiares aportan un toque de dinamismo. Llegan a tener distintos matices: desde una formalidad de compromiso, donde los abrazos son breves y las palabras medidas, hasta un desborde de cariño, lleno de risas y recuerdos compartidos. En medio de estos encuentros, se observan y registran innumerables momentos. Es así como nace el siguiente relato:
Un hijo llega a ver a su madre postrada en cama desde hace meses. La habitación huele a medicinas y a recuerdos estancados. Él se sienta en la silla junto a la cama, pero su atención está en su celular. “Tiki tiki tiki”. Sus dedos se mueven rápido sobre la pantalla, como si tejieran una barrera invisible entre él y la realidad que lo rodea.
¿Está con el celular porque la situación lo angustia? Cada notificación es una distracción de la tristeza palpable, una forma de escapar del dolor y la impotencia. El brillo de la pantalla es un refugio frente a la mirada apagada de su madre, que parece perderse en un limbo entre el presente y sus memorias.
¿O es por desinterés? Tal vez el hijo la ha visitado tantas veces. El celular es una rutina, una manera de llenar el silencio incómodo que se posa en la habitación como un invitado no deseado.
¿Podría ser por mandato social? Las visitas se han convertido en una obligación, un deber filial que cumple más por compromiso que por verdadero deseo. La tecnología se convierte en una excusa para evitar la conversación, para mantener las apariencias mientras su mente divaga lejos de allí.
¿O tal vez, simplemente, no quiere tomar conciencia de que todos pasaremos inevitablemente por un final? Mirar la pantalla es evitar el espejo del futuro, es negarse a aceptar que algún día él también estará en esa cama, esperando visitas que tal vez nunca llegarán.
¿Y si es por culpa? Cada “Tiki tiki tiki” podría ser una forma de silenciar la voz interna que lo acusa de no haber estado lo suficiente, de no haber hecho más, de no poder cambiar la realidad inevitable de la fragilidad humana.
Mientras tanto, su madre lo mira con una mezcla de ternura y resignación. Sabe que el tiempo juntos es escaso, pero no dice nada. Aprecia su presencia, incluso si está mediada por una pantalla, porque al final del día, tener a su hijo allí, aunque sea distraído, es mejor que estar sola.
Y así, el “Tiki Tiki Tiki” continúa llenando el espacio con un ruido que es más fácil de soportar que el silencio de las despedidas no pronunciadas.
Efecto colateral
Alicia Brescia
Lo que parecía tan lejano, cuyo origen surgió en China, en el Oriente, algo que no conocíamos: la palabra Coronavirus. Nadie entendía que aquel brote del virus en esa ciudad china llegaba para expandirse y apoderarse de cada rincón del planeta, atravesándolo.
Nadie pudo escapar de la pandemia, de una u otra forma, nos tocó; el gran efecto sobre la población, el mundo, nos impactó.
Desde aquel 2019 a la fecha, no cabe duda, que nada siguió igual, Nos vimos atrapados en una red desconocida, invisible, agresiva y mortal.
No teníamos herramientas y no sabíamos a qué nos enfrentábamos, la batalla fue desigual. Los profesionales de la salud dejaban todo para salvar vidas, los reconocíamos y llamamos “Héroes”. Fue algo totalmente agotador pelear contra un mal tan agresivo.
El SARS V2 había aparecido, se había instalado y nos invadió.
Pasaron unos años de aquella noticia alarmante y aún hoy podemos ver el efecto de esa realidad. Se perdieron fuentes de trabajo, sueños, anhelos, poder económico, se prohibieron por decreto y normas, a las que llamaban preventivas, las reuniones familiares, las cenas de Nochebuena y Fin de Año, desapareció todo evento social, las recreaciones, los gimnasios, las escuelas e instituciones escolares cerraron, los negocios, galerías. Sólo atendían farmacias y mercados de productos alimenticios. Pararon las oficinas públicas, los bufetes, tribunales; consultorios y otras especialidades ajenas al COVID-19, debían esperar o retardar en sus diagnósticos, y la lista podría seguir enumerando.
Aunque el mundo entero no se rendía mientras buscaba una cura, aparecían los laboratorios internacionales con el desarrollo de unas improvisadas vacunas…Y así con la esperanza de “que siempre que llovió, paró “; íbamos camino de a poco a una nueva “normalidad”.
Sin dudas que con tantos cambios, la vida que antes teníamos al llegar la pandemia, se iba levantando muy lentamente. Las restricciones, el aislamiento, siguiendo las medidas impuestas por el protocolo, completando las dosis de vacunación en serie; las cepas del virus se iban atenuando y volvimos a respirar.
Fue como una bocanada de aire ante tanto ahogo.
Pienso, y sé que muchos así lo harán, este fenómeno inimaginable nos ha dejado huellas muy marcadas, algunas demasiado lamentables como es perder a los seres queridos, situaciones irrecuperables que fueron víctimas del desconocimiento, la negligencia, el poder, el egoísmo, el engaño, la burocracia y la insensibilidad.
Pasaron muchos episodios de toda índole, se perdieron muchas vidas en el mundo, pero también podemos entender que de todo lo que nos pasó, hemos aprendido. Hubo algunos aciertos, para que de ahora en más, repasar sobre lo acontecido, haciendo un verdadero balance de este análisis, ante tanta tragedia.
Coincido, segura, que el mundo cambió. Que en mi mente y en varias otras, hay cambios.
Es un mundo del antes y del después, que con la colaboración y la voluntad de todos se sale adelante, incluso se las situaciones más terribles.
Es como poner play en el espíritu, en la energía interior, predisponerse y entender.
A mí también me atravesó esta pandemia, la sufrí, me angustié y llevo con dolor un duelo. Me indigné, me descargué, y aunque lo acepte y siga reconstruyéndome, me voy reinventando como gusto decir ahora. En pocas palabras: apreté el botón stop y me reinicié.
El rubio de Parque Chas
Daniel Guillermo Salz
Lejos quedó aquel tiempo.
¡Ay, los veranos! El del 62 fue el peor. Crisis en Argentina. Una vez más, despedían a mi padre de un trabajo. Era vergonzoso verlo en pantuflas, sin hacer nada, ni siquiera lavar o barrer. Lo peor eran las preguntas de amigos y vecinos: “¿Tu viejo?”.
Había que “pasar el invierno”, se decía entonces, pero estábamos en febrero y el invierno habitualmente termina en septiembre. ¿Siete meses sin ingresos? Respondió a un aviso clasificado y consiguió un trabajo temporario. Humillante, decía mi padre. Mi madre respondía que era mejor que nada. De la sección de “Despacho” de la empresa de alimentos donde trabajaba y fue despedido, pasó a limpiar oficinas por horas. Trabajo nocturno que apenas alcanzaba para comer, pero no para pagar la hipoteca de la casa. Mi vieja se puso a vender casas prefabricadas y esperaba que yo creciera de golpe y también “ayudara a la familia”.
Hoy día, cincuenta años después, el recuerdo que todavía me mortifica de aquel verano es el barrio vacío de chicos con quienes jugar. Mis amigos de Parque Chas veraneaban en Piriápolis o en la costa argentina. Mientras ellos jugaban en la arena y con las olas del mar, yo no tenía más opción que pasear en bicicleta cuando bajaba el sol o picar una pelota de calle en calle, por si me cruzaba con alguien para ir a la plaza a patear un rato.
Una tórrida tarde de febrero de 1962, estaba haciendo jueguitos con la de goma —la “Pulpo”— en la vereda de mi casa. Me desafiaba a llegar a cien sin que la pelota tocara el piso, cuando oí una voz de gallo —es decir, no la de un niño— que me dijo:
—Te juego un cabeza, a seis.
El pibe que me desafiaba era del barrio, medio pobretón como yo, tampoco vacacionaba en una playa.
No sabía su nombre, le decíamos “el rubio de la calle Tréveris”. Su cabello era largo, lacio, opaco, de un amarillo verdoso como de plátano inmaduro, escaso y grasoso. Su familia había emigrado a Buenos Aires desde algún lugar del mundo que entonces yo no conocía. Con el tiempo, gracias al Doctor Google, deduje que era Bosnia o Croacia. Se pronunciaba Delich, se escribía Delić.
Aunque me llevaba varios años y centímetros, acepté el desafío. Jugamos de vereda a vereda, entre dos árboles que hacían de arcos de fútbol. Empezamos, y rápidamente fui tres a cero arriba. Fácil. El rubio hacía trampas: bajaba a la calle para cabecear. No sabía darle fuerza con los parietales; le pegaba con la frente dando un saltito hacia adelante, lo que hacía muy fácil atajarla.
Crucé la calle para señalarle que no respetaba las reglas, cuando me sobrevino la primera arcada. Tenerlo cerca me provocaba un tremendo asco por el olor que emitía su cuerpo, un hedor que aún llevo impregnado en mis narinas. Hurones amenazados olían mejor. Para completar el asco, tenía una marca de pelota de cuero en el cuádriceps, señal de no haberse bañado desde el último partido. Lo peor eran los choricitos negros de tierra acumulada en su cuello, pegados por el sudor.
Desconcentrado, iba ganando cinco a tres, pero sabía que no podría terminar el juego sin vomitar.
—Me voy a mi casa, tengo que ayudar a mi mamá —le dije.
—¿Qué? ¡No terminó! ¡Sos un tramposo! —me gritó.
Tomé la Pulpo, me metí en casa y cerré con llave. Desde la calle, el rubio gritaba:
—¡Ruso cagón!
Pasaron los años. En el 68, hubo un cruce con este muchachote en un intercolegial. Me tiró una patada de atrás cuando yo entraba al área. Dejé pasar el golpe y le metí un hachazo al tobillo. Nos atajaron los demás. El árbitro nos dijo paternalmente:
—Esto es un juego, no hay que pegarse. Dense la mano, chicos.
Mirando para otro lado, le toqué los dedos y me fui a mi posición. El rubio escupió al suelo.
El tiempo transcurrió, como es su costumbre y su único propósito. En mi adolescencia temprana enfrenté experiencias intensas, imposibles de dejarlas ahí mismo donde las tropecé. Fue una época marcada por el abandono del hogar, de un padre que, aunque presente físicamente en un tiempo, siempre fue una ausencia tangible. “Locuras juveniles por la falta de consejo”, dice un tango, pero lo cierto es que recibí tantos y tan contradictorios consejos que terminé a la deriva entre una religión con la que no conectaba y una organización política anarquista que nunca llegué a entender del todo.
Esa deriva me enseñó, aunque de forma accidentada, a buscar sentido. Y gracias a las lecturas y al sincretismo cultural que absorbí en aquellos años, aprendí lo más importante: a pensar por mí mismo. Aún más crucial, aprendí a pensar en mí mismo.
Abandoné templos y mítines anarquistas y me aboqué a lo racional y lo inmediato: estudiar y activar en un partido socialista de verdad. Me fue bien. Logré entrar a la Facultad de Economía de la UBA, un logro inmenso para alguien como yo, un don nadie. Cuando se lo conté a mi madre —vivía con ella a mis diecinueve años—, su única respuesta fue: “Cuidate”. Me pareció más entusiasta la perra moviendo la cola por mi alegría que esa frase seca que pretendía ser aliento.
En los primeros años de estudio, el aula se convirtió en mi templo. Descubrí que tenía talento, que era un buen estudiante. Mi mayor virtud era —y sigue siendo— mi facilidad para los números. Aparte de las aulas, encontré un refugio en el local partidario de la izquierda socialista. Era un lugar modesto, pero para mí era un albergue de certezas en medio del desconcierto de aquellos años previos al gran golpe. Sin embargo, el teatro de operaciones más íntimo, más mundano, seguía siendo el café del barrio, donde me encontraba con los conocidos de siempre.
Por las noches, nos reuníamos en La Nochera, el bar de la calle La Pampa. Por suerte, el enemigo de mi infancia no frecuentaba el lugar. Una vez, sin embargo, alguien trajo su nombre a la conversación. “La familia del rubio”, dijeron, “habría emigrado desde algún lugar detrás de la ‘Cortina de Hierro’”.
—La familia no, pero él es de acá. Me parece que los viejos se tuvieron que rajar de allá. Tienen pinta de nazis —Luis soltó la bomba con indiferencia.
Otra noche, justo antes de entrar al bar, Diego me detuvo con un gesto urgente y me dijo:
—Guillermo, andá con cuidado. ¿Estuviste repartiendo volantes en la facultad?
—¿Cómo sabés?
—El rubio de Tréveris anduvo diciendo por ahí que te tienen fichado.
Entramos en silencio. Luis ya estaba en la mesa, pero Diego lo interrumpió antes de que dijera nada.
—Ya le avisé.
El rubio no sabía que Luis también estaba comprometido, quizá más que yo. Corría el año setenta y cuatro, y el que no se subía a la ola del entusiasmo político era un marciano —o eso creíamos entonces.
—¿Me vio volanteando en la facu? ¿Estudia ese tipo?
—Por supuesto que no. Ni siquiera terminó el secundario —respondió Luis.
—¿Entonces?
—¡Adiviná!
—¿Me denunció?
Nunca lo supe.
Una noche de 1975, entraron a mi casa. Zafé por los pelos. Luis no.
Mi barrio
Juan Carlos Nieto Frontane
Recuerdo que mi barrio tenía particularidades que lo hacían distinto, distinto por tener al río Suquía como límite de juegos y aventuras ferroviarias.
Recuerdo la búsqueda de tornillos y tuercas en el pedregullo blanco, separador de durmientes de quebracho negro en las vías férreas. Recuerdo hacerlos explotar en navidad.
Me recuerdo saltando, subiendo y bajando los vagones de carga o pasajeros abandonados, eran nuestro refugio de fumatas de palitos secos.
Recuerdo la estación, el reloj, las puertas de ingreso, los pasamanos, las bisagras, picaportes y manijas de bronce labrado estilo inglés de finales del siglo diecinueve.
Recuerdo el aroma a creolina cruzando el andén, los carromatos valijeros, el quiosco de diarios y el frente de madera labrado, los baños, el bar y sus vitreaux, las mesas y sillas del mismo estilo.
Recuerdo la playa y la pirca de mampostería y caños redondos, el boulevard del inglés y las esquinas del hospital de niños
Recuerdo el mangrullo, el policía de tránsito dirigiendo con sus brazos extendidos y su estridente silbato.
Recuerdo el hospital Rawson, el molino harinero y la plaza del cañón de los Andes.
Y me recuerdo subido sobre el sombrero del buzón de mi plaza, en los suburbios del barrio Centro, abrazando en libre vuelo historias de pantalón corto, championes y cordones de piolín.
Barbie’s
Lilián Del Valle Quiroga
En Julio de 2023, movida por el entusiasmo mundial, asistí a la función de Barbie.
Sí, una película plena de color, con una Barbie que sólo quería ser.
Somos contemporáneas, Barbie y yo, pero en los tiempos de mi infancia vividos en el campo, no la conocí. Mi padre, alimentando mi niñez, me dejaba en los zapatos de enero los típicos muñecos gorditos. Mi padre era un Rey Mago, porque, como canta el Indio Solari, “ciertos Reyes no viajan en camello, ellos andan al tranco del amor”.
Lo demás era jugar con mi hermano Raúl, a las bolitas, a la pelota, remontar barriletes o bañarnos en el canal bordeado de duraznos.
Cuando nos mudamos a un barrio en la ciudad, yo tendría unos nueve años. Eran los tiempos de compartir con mis nuevas amigas y bailar con esos discos de colores y vestir minishorts igualmente coloridos. El baile y las charlas en la esquina definieron esa segunda etapa de mi niñez.
Luego vino la secundaria, la universidad, el amor, el trabajo… y el tiempo corriendo.
Y Barbie seguía sin aparecer en mi vida.
Hasta que tuve mi propia Barbie personal en brazos: la que dormía de día y lloraba de noche. La que me “obligaba” a ver programas infantiles, como Reina de Colores. Fui ahí, entre canciones y publicidades, donde conocí a Barbie.
Y vi una muñeca hermosa, perfecta en lo visual. Pero también vi una Barbie bombera, una Barbie doctora con su estetoscopio, una Barbie en la cocina, una Barbie fashionista —o influencer, como dirían ahora—, una Barbie cantante… Distintas Barbies que trabajaban en lo que querían ser. Y las niñas que jugaban con sus Barbies soñaban con ser aquello que la muñeca representaba, imaginando que eran su par. ¿Cuántas profesionales habrán nacido bajo la influencia de Barbie?
En el cine, disfruté de una escenografía atrapante, llena de vibrantes colores, una música divertida y toda la tecnología puesta al servicio de película que, sin duda, hará historia.
Pero también vi una Barbie agobiada por los problemas que nos pasan a las mujeres… y, ¿por qué no?, a los Ken. Debemos ser perfectos, madres, padres, trabajadores, buenos hijos, divertidos, empáticos, ser lo que queremos ser pero también ser lo que la sociedad exige que seamos.
La película también nos muestra que, a veces, los “amigos” a la primera nos traicionan, pero también que, a veces, no valoramos a esos amigos que, al final, se rebelan y nos salvan.
Entonces, esa Barbie que nos muestra la película dirigida por Greta Gerwig, es el reflejo de nuestra generación, de las chicas que con mucho sacrificio estudiamos y trabajamos, ya sea en lo que nos gustaba o en lo que podíamos, pero siempre independientes y cuidándonos entre nosotras.
Fuimos unas Barbies que tratábamos de ser. Que íbamos al trabajo o a estudiar con lápiz labial y ojos pintados, pero también con toda la responsabilidad y con toda la esperanza de cumplir sueños.
Jugando o no con Barbie, somos el resultado de los movimientos generacionales de los que la muñeca formó parte.
Y ahora, con varias décadas encima, Barbie nos da un mensaje de aceptación, nos aconseja que cuando no damos más, está bien llorar, que las lágrimas sanan y limpian, que está bien vivir los duelos pero no quedarnos ahogados en la pérdida.
La intención de esta obra de arte es salvífica. Con su mensaje, quiere exorcizar esas creencias sobre ser fuertes que nos marcaron en nuestro tiempo. Pero también es un mensaje de educación emocional para los más jóvenes, sobre todo para los niños.
Con una explosión de colores y canciones, Barbie nos abraza y nos dice: “En la vejez también podemos ser bellas; gorditas, somos hermosas; no importa el color de nuestra piel; y, si tenemos una discapacidad, somos igualmente bellas”.
Y, al final de tantas luchas, ilusiones y desilusiones, Barbie nos invita a no quedarnos quietas. Nos anima a seguir trabajando en nosotras y por nosotras, sabiendo que somos mujeres bellas, saludables y empoderadas.
Ahora sí es mi barrio modelo
Ma. Cristina Boixadós
No sé aún si mi nueva casa es parte de un barrio modelo. Me pregunto si merecería hacerse una película, como la de Mara Pescio.
Mara buscó los rastros de una tía que desapareció durante los años de dictadura, indagando entre los decires de los primeros vecinos del complejo corporativista del Hogar Obrero, ese que se yergue en Capital Federal. No la encontró, pero sí halló algunos de los manuscritos en los que su tía volcaba sus primeras impresiones sobre las vidas de los doscientos favorecidos, con la intención de hacer una novela.
Mara no llegó a conocer a esa tía. La familia la olvidó y la silenció cuando ella partió a Moscú en los años 60, buscando otras formas de vida. Luego, dicen, se perdió en Italia. A nadie le interesó su devenir, salvo a su sobrina Mara, quien la reivindica en esta película.
Yo, al igual que Mara, también busco relatos de los habitantes de mi nuevo hábitat: dos monoblocks enfrentados, donde las ventanas abiertas y las luces nocturnas dejan escapar palabras, gritos y risas que llegan a mi primer piso. Yo quiero escribir sobre mis nuevos vecinos. Mi balcón es el punto de escucha. Desde allí, escucho su andar y sus voces. Se oye de todo más de lo que se ve.
—Iván, por favor, son 1500 pesos para la inscripción. ¡No es tanto, por favor!
—Te dije que no me molestés más. ¡No quiero saber nada!
También se escucha el altoparlante vociferando a media lenga:
—¡Compro lata, latones, tela, cartones, zinc, hierro viejo!
Esta última es la forma antigua, ya poco frecuente, de recoger los objetos de consumo en desuso. Ahora los llamados cartoneros recogen a pie con sus carritos caseros, los desechos de una ciudad más de la pobreza.
Ese vociferar grave e ininteligible del altoparlante, que obliga a agudizar los oídos, me lleva de vuelta a mi infancia, a un barrio menos corporativista, uno pensado por los modelos ya lejanos del arquitecto Lapadula. Mi madre decía que eran “copias de modelos rusos”.
Más allá de estas voces y recuerdos, nunca imaginé que encontraría rastros de una tía que no es mía, que vivió aquí sus últimos años y que también desapareció, y a la cual nadie nombra, como si su muerte hubiese borrado su paso por esta vecindad, por la vida.
Sin embargo, unos papeles hallados en una baulera quieren trascender su cuerpo. La sacan del anonimato: son sus cenizas que salvaguardan su memoria en su propia casa. Ahora llegan a mí, a pesar de que una empresa de limpieza dejó el departamento “limpio, limpio, impecable”, según dice el vendedor. Y a pesar de que una cuadrilla de albañiles lo remodeló y pintó sus paredes, allí estaban.
No quisiste desaparecer, Mirta Isabel, y dejaste esa baulera para vencer al olvido. Dejaste tu huella en la vida: estudios, trabajos, especialización, y un amor, o quizá varios. Sólo ese amor logró arrancarte una poesía, que ahora encuentro entre papeles amarillos, y me enternece, me conmueve, nos identifica. Por esto empiezo a dar vida a esta tía, que desapareció “por el gas”, y no el lacrimógeno.
Podrías tener mi edad, un poco más, escribes a máquina, eres licenciada en Ciencias de la Educación y en Filosofía, profesora en la Universidad Católica, con título de maestra normal nacional de la Escuela de Villa Dolores, donde te dedicaste a la docencia, al igual que en otra de San Luis, y redactaste tantos curriculum como tus años de docencia secundaria.
Secundaria también debió ser tu vida afectiva… Fuiste, quizá, la otra dentro de un triángulo amoroso. Parece que no pudiste más, que estás dolida porque él no está, no viene. Y dices al final de tu dolor, grabado entre pliegos de papel:
¡De lo que yo soñé hubo muy poco!
Nada más que mi asombro naufragando
en toda tu implacable cobardía.
La rueda de la vida es así. Casi siempre hay un amor frustrado, una herida que no se cierra, que se abre, como yo ahora abro tus ventanas y siento que, de algún modo, abro también tu historia.
Estoy feliz en tu casa, renovada. Le bajé paredes, le puse rejas —la inseguridad y la pobreza aumentan exponencial y simultáneamente, Mirta Isabel—.
¿Vos también escuchabas los diálogos de los vecinos? ¿Los gritos de los chicos jugando? ¿El piar de los pájaros? ¿El eco de los besos adolescentes? ¿Te preguntabas cómo sería el olor de los cerezos?
O bien, ese amor que te desdibujaba, te desdoblaba, ¿te dejó el aroma del despertar a tientas?, ¿pudiste rescatar algo más que no fueran dudas? Ojalá que sí, Mirta, que alguna vez hayas sentido su espada atravesar tu armadura, que su silencio estuviera acompañado del olor de unas tostadas crocantes. Que no todo haya sido un doblete.
La rueda sigue girando, y ahora soy yo quien reconstruye su vida entre estas paredes que guardan algo de tu existencia.
Ahora sí es un barrio modelo. Un plan social de 1952. Es peronista, no socialista. Mi gente lo compara con complejos de Londres, Barcelona, Madrid… Para mí, lo importante es que tiene vida: peleas, arboles, pájaros, mosquitos y el olor a comida a la hora del almuerzo y la cena. Pero sobre todo, tiene los postigos que se asemejan a las aberturas italianas, como las de la casa de Paolo en Aranno.
Por eso me terminé de enamorar.
Ahora es más fácil asirse de algo para seguir en la rueda de la vida.
La vuelta del perro
(Aguafuerte con pinceladas de mi propia historia)
María del Carmen Martínez
Es una tarde de septiembre, la primavera invade el aire con perfume a jazmines, trinos y colores. El cielo celeste y el sol brillante caen a pleno sobre mi pueblo, que duerme su siesta de domingo.
Salgo a dar la vuelta del perro. Hay siete cuadras asfaltadas en la avenida principal y ahí se termina la cosa. La calle se convierte en tierra y el paisaje cede lugar a la zona de quintas, al menos de este lado de la vía, yendo hacia el sur, hacia el mar, de donde hoy, sopla el viento.
Del otro lado de la vía, donde yo vivo, dos cuadras más y otra vez fin de la zona urbana. Nunca entendí, por qué vivo del ‘otro lado’ de la vía. ¿Quién lo decretó? No he encontrado aún, una respuesta lógica sobre cuál es un lado o el otro.
La vuelta del perro son cinco cuadras, desde la esquina del banco, hasta el recientemente inaugurado monumento a las Malvinas, gracias al cual, se le sumó una cuadra más a la tradicional vuelta. El viento sur agita la bandera patria, en estos días rodeada de pasacalles partidarios, que se disputan un lugar y se deshilachan como las promesas de los politicuchos de turno, que se acuerdan del pueblo cada vez que se aproxima la fecha de las elecciones.
Paso ahora por la plaza centenaria, prolija, con árboles que fueron testigos mudos de polvorientas calles, de una entonces alambrada plaza, con molinetes en sus esquinas y caballos atados a sus postes. Mucho ha cambiado desde entonces. Ahora tenemos tres rotondas en cinco cuadras. Innecesarias. Absurdas… Obras que se comen el presupuesto y provocan descontentos.
El pueblo está desierto y silencioso. Un perro callejero duerme la siesta con displicencia en el medio de la avenida, ni se mosquea cuando le paso cerca. Es manso por conveniencia, el negro de la cuadra. Sabe a ciencia cierta que los autos paran o lo esquivan.
La vuelta me lleva ahora hasta la vieja y remozada estación, al parque Centenario que hoy la rodea. Aquí es donde comenzó todo. Hoy convertida en Museo y Centro Cultural, luce paredes blancas, techo y aberturas verdes. Durante la semana cobra vida con los muchos que vamos a las asistencias técnicas que allí se dictan.
Muy distinta era la cosa, cuando los domingos llegaba el tren, y los muchachitos de pantalones cortos y percudidas rodillas se acercaban a curiosear, a ver qué noticias traía un tal Foggia, que cuentan, bajaba del tren, trayendo los diarios y anunciando a viva voz algún “¡Ganó Boca!”.
Las mujeres más jóvenes del incipiente pueblo iban en grupitos, algunas a esperar el regreso de un amorío, otras a pispear si bajaba algún galán… Hoy, hace más de 60 años que el tren se detuvo por última vez. No tengo recuerdos; apenas tenía un año cuando eso pasó. Pero sí transité por los molinetes y el sendero serpentino que cruzaba las hoy inexistentes vías
En el andén, hoy innecesario, descansa un desvencijado sulky. Perteneció a Taqueño, uno de esos personajes entrañables de la historia del lugar. Por las mañanas, Taqueño vendía leche y achuras, porque trabajaba en el matadero. Proveniente de una familia numerosa, no dudaba en dejar una botella gratis donde hiciera falta. Tan solidario como parlanchín y de lengua filosa, si percibía la burla. Cuando llegaba la noche, me acuerdo, se convertía en “La Rubia”, con altos zuecos y coloridos pantalones pata de elefante.
Como dije antes: acá empezó la historia, con la llegada del tren. Cada 20 kilómetros se construía una estación y nacía un pueblo que tomaba su nombre. Fue en la primavera de 1911, un 10 de octubre, cuando se aprobó el proyecto para que el agrimensor Villanueva ejecutara el replanteo del pueblo que se llamaría ORIENTE.
Parada en el andén, tengo enfrente una cuadra que parece detenida en el tiempo. Los antiguos edificios de ladrillos y paredes de 30, hoy abandonados, se desmoronan lentamente.
Es hora de volver, ahí a dos escasas cuadras que me separan de una avenida sin asfaltar. Justo acá, empieza el otro lado de la vía, ahí donde la rotonda marca la vuelta del perro.
¿Alguien se preguntará, como yo, por qué la llamamos así? Es una metáfora de lo que ocurre. Es bien conocido que el perro gira sobre sí, con un objetivo que nunca se cumple, pero que lo mantiene atento al acto mismo de girar.
En la vuelta dominguera, el sentido mismo está en girar, en dar la vuelta sin fin. La vuelta, así entendida, no tiene meta final; la vuelta en sí misma es el estímulo, es el éxito, el escape de una tarde de domingo en mi querido pueblo.
El pasillo
María Cristina Pereyra
Curiosamente, un día la bautizaron Juana, aunque nada tenía que ver con el nombre que figuraba en su documento. Nunca supo por qué. Tal vez por Juana la Loca, Juana Azurduy, Juana de Arco o Sor Juana Inés de la Cruz. Lo cierto es que, graciosamente y desde el cariño, pasó a ser Juana.
Pero Juana se fue diluyendo, casi sin darse cuenta, sin poder precisar tiempo ni espacio, para volver a ser ella, con su nombre, parada frente al pasillo, ese que ahora prefiere mantener cerrado con la puerta corrediza.
Ese pasillo que tiene que atravesar cada noche para ir a dormir, porque en él convergen cuatro puertas, cuatro dormitorios, cuatro historias.
Tres puertas permanecen cerradas. Ahí hoy sólo habitan los recuerdos: las estrellas que brillan en la oscuridad y que alguna vez acunaron los sueños de una niña; alguna figurita pegada en las puertas; algún juguete viejo; unos peluches con ojos grandes y asombrados ante tanto silencio, esperando ser arrastrados hacia espacios de juegos que ya no existen.
Juana, que ya no es Juana, mira el pasillo. Enciende la luz; alguna araña pícara ha comenzado a tejer su tela, pero ella la interrumpe y aborta el trabajo.
Atraviesa el pasillo, abre la puerta de su cuarto. Ha cambiado las sábanas de su cama oceánica, inmensa, y ha perfumado la almohada con una de esas fragancias que dicen que ayudan a conciliar el sueño, aunque este se niega a llegar, incluso después de contar mil ovejitas.
Prende el televisor para acortar la noche. Se sumerge en historias que no son la suya, vive otras vidas diferentes, en las que no habita tanto silencio, ese mismo silencio que intenta acallar con actividades y trabajo, para llegar agotada al final del día.
Juana ya no es Juana, ni tampoco quien fue. Ahora intenta reconocerse, recrearse en esta nueva realidad. Desayuna con una amiga que también vive sola y, de pronto, se da cuenta de que muchas mujeres cercanas están en la misma situación: atravesando la famosa crisis del nido vacío, de la vejez que galopa y la alcanza.
La vejez se queda, cubriendo de blanco su cabeza (que esconde con modernos tintes) y marcando su piel caprichosa, que se niega a obedecer a las cremas para las arrugas. Sus manos tienen surcos dibujados, parecidos a los de su madre. Aparecen esas famosas “manchitas de la edad”. Todo parece complotarse para delatar el paso de los años.
Recorre la casa, grande, muy grande para una sola persona. Analiza los riesgos de los accidentes domésticos en las personas mayores. A veces sus cervicales le provocan mareos. Quizás sea necesaria una barra en la bañera para poder tomarse si algo pasa durante la ducha.
Ya no va al supermercado; no hay más compras familiares. Tampoco cocina. Escribe, lee un libro. Sabe que a su edad no es bueno no tener con quién hablar, que la soledad puede ser riesgosa. Pero las alternativas son pocas, los días muy largos y los silencios muy profundos.
Sus dos perros la acompañan. La observan. La siguen. Pareciera que quieren preguntarle qué sucede. Quizás también teman que ella desaparezca y se queden solos ellos también. La acompañan al baño, al patio, al dormitorio. Se sientan a su lado cuando almuerza. La miran asombrados cuando cierra la puerta de calle y sube a algún taxi. La ven alejarse desde la ventana y parecen pedirle que regrese.
Juana, que no es Juana y tampoco es quien fue, hoy es esa mujer que intenta aprender a vivir de otra manera, y que el pasillo silencioso, con tres puertas cerradas, no duela.
Una historia que perduró los años de estudio.
Biografía del nacimiento de un grupo: Colegio Nacional San Isidro (CNSI)
Adriana Edith Kizlansky
Tengo el privilegio de pertenecer a un grupo que se formó al compartir la experiencia educativa, perduró durante años y, en la actualidad, se ha ido transformando al pulso de las relaciones que tejía cada integrante en una profunda amistad.
A medida que fuimos tomando contacto, al tener casi la misma edad, compartimos recuerdos y nos brindamos unos a otros desde las distintas perspectivas que cada quien había desarrollado con el tiempo, las cuales componían la pluralidad del grupo.
Con dos de sus integrantes, Judith y Barbara, habíamos compartido los estudios primarios en el Instituto Adscripto Martin y Omar, en la localidad de San Isidro. Continuamos la educación secundaria en el Colegio Nacional de San Isidro, establecimiento donde también estudiaron mis hermanas Susana y Liliana. Allí coincidimos, en la adolescencia, con un grupo de personas que hoy persiste, en la medida en que esos vínculos fueron transformándose en una gran amistad.
Previo a mis estudios universitarios, había compartido con Hebe y Susana estudios terciarios en el Instituto de la Nutrición, donde egresamos en 1967.
La conversación era el eje de nuestras relaciones, puesto que la tecnología no había tomado el rol central que tiene hoy en día. Hablábamos de nuestros padres y hermanos, cuando no de nuestros abuelos, y también compartíamos nuestros planes futuros.
Con Sisi, una de los integrantes del grupo, nos reencontramos en un Centro de Expresión Corporal que ella dirigía, frente a mi domicilio, donde trataba de seguirla torpemente con mis pasos en las hermosas clases que ofrecía. Allí me dijo un día: ¡qué bueno sería reunirnos! Le comenté que yo seguía teniendo contacto con Susana y Hebe, y ella se ocupó de ubicar al resto de las personas. Las distancias fueron recortadas por los recursos tecnológicos, brindando la posibilidad de establecer una comunicación más allá de las fronteras geográficas, tanto en nuestro país como en el exterior.
Todos los integrantes tienen algunos años más que yo, por eso me tratan como la más joven del grupo. Esto se debe a que cursé libre un año en el Colegio Nacional. De allí egresamos en el año 1960.
Citaré los nombres de los integrantes del grupo con quienes logramos comunicarnos y reunirnos:
Sisi: Quien fue la persona que nucleó al grupo del CNSI, organizando reuniones en vísperas del 50° aniversario de egresados. Ella sorprende al grupo con sus aptitudes, entre ellas, es una gran profesora de expresión corporal. Sus clases virtuales de gimnasia en la silla, en la cama, en el piso, de pie, nos obligan a mover nuestra musculatura, aunque sea mínimamente y donde sea. Con sus pies alados nos comparte sus largas caminatas y visitas increíbles por la belleza natural que ofrece nuestro país. Además, permanentemente nos deleita con sus pinturas al óleo, utilizando también técnicas de collage, con las cuales logra una expresividad tan próxima a la realidad que sólo alguien tan talentosa como ella podría conseguir.
Liliana (Lily): Su vena literaria nos inunda con ideas siempre creativas. Es profesora de inglés, y con frecuencia nos recuerda autores y poemas estudiados en nuestra materia literatura.
Hebe: Con Hebe afianzamos más nuestra amistad, ya que seguimos trabajando juntas en el Hospital Municipal Rawson, donde formamos otro gran grupo de amigas, algunas ya no están, que recordamos con mucho amor en nuestros corazones. Hebe es nuestra hormiguita viajera ya que, al tener a su hija, su yerno y su nieto en Italia, cada año que viaja a reencontrarse con ellos nos permite conocer hermosos países a través de la belleza de sus registros fotográficos y fílmicos.
Barbara (Chita): Se destaca por su bondad y percepción sensible del otro. Es introvertida. Hace poco conocimos a sus nietos. Con quienes disfruta de espectáculos culturales de primer nivel.
Susana: Es una persona muy amada. Ella participó en una de las últimas reuniones en la casa de Lilly, donde nos dijo, en las cercanías de sus 80 añitos: “todos van a venir a Lomas de Zamora para mi cumple de 80”. Lamentablemente, y con todo nuestro dolor, falleció a la semana en el Hospital Británico. Fuimos a Lomas, pero no a su cumpleaños sino a su velatorio, a darle el último adiós en medio del dolor que destrozó nuestros corazones.
Sonia: Es médica psiquiatra, radicada en EE.UU, con quien mantenemos contacto virtual casi diario, aunque sea con el mínimo y habitual: “Buenos días grupo”. Ella deleita nuestros oídos con las óperas que visita y sus animalitos que posan y merodean su jardín.
Judith: Es una de las compañeritas más estudiosas. Fue la creadora del grupo virtual el primero de diciembre de 2015. Suele ser la primera en escribir al grupo en el comienzo de cada mañana.
Roberto: Formó su pareja con la pionera en convocar a las reuniones del CNSI y son muy felices. Escribió un libro de casi 700 hojas, Terra Incógnita, a cuya presentación concurrimos. Allí regaló un ejemplar a sus compañeritas.
Seguimos con esta divina amistad que fue creciendo al igual que nuestras familias. Un sentimiento de identidad nos permite mantener nuestras relaciones personales, de comunicación e interés. Compartimos: hijos, nietos, historias….
Mis compañeros conocieron los sinsabores y alegrías de mi vida. ¡Cómo me ayudaron en el transcurso de mi última enfermedad! Siento un profundo agradecimiento a mi grupo, que funcionó como mi apoyo, por su paciencia, comprensión y rápida respuesta. Han sido un refugio y contención cada vez que la vulnerabilidad se hizo presente.
La presencia del grupo CNSI en mi vida fue, es y será un regalo virtual diario invaluable. Dar las gracias es un aprendizaje. Y celebrar juntos es también dar las gracias. Seguimos acompañándonos y disfrutando la vida.
Llueve en Tilcara
Alicia Terrén
Vengo bajando por Jujuy en el auto.
Entonces paso por Tilcara. Voy a sacar unas fotografías del lugar porque el martes comienza una filmación y necesitan una idea de los escenarios naturales. Y me cuenta a grandes rasgos sobre la película.
—Si quieres comemos algo y seguimos viaje hasta Salta.
Escucho la propuesta y digo que sí. Mi corazón se vuelve loco a latidos cuando me entero de que él pide verme.
Jamás hubiera creído que yo pudiera enamorarme de un tipo así, de la nada.
Cuando falta poco para llegar, nubarrones negros aparecen por la cordillera y pronto el cielo se vuelve plomizo y amenazante.
Al entrar en el pueblo o pequeña ciudad como dicen los lugareños comienza a llover. No sé exactamente dónde está la esquina acordada por teléfono. Dejo el auto en una explanada formada por la naturaleza y empiezo a caminar.
Busco la ochava con la puerta blanca de doble hoja. Paso por la desierta plaza, sin faldas coloridas ni puestos de venta con abrigos y mantas multicolores, ni sombreros ni paquetitos de especias. La tormenta ha dejado las calles vacías.
Siempre me encantó caminar entre sus casas pintorescas y de estilo colonial, los faroles en las paredes adornan su austeridad, su falta de ornamentación y parecen centinelas cuidando el patrimonio del lugar.
Hoy el empedrado mojado se ve plateado por el reflejo del cielo, plateado como el metal de los Incas, aquellos que descendieron hasta la Quebrada hace ya tantos años.
¡Por fin la encuentro! Una hermosa puerta de madera, la mitad superior tiene vidrios alargados y es coronada por un arco. En esta esquina hemos acordado reunirnos, pero aún no ha llegado.
Una mujer lleva de la mano una niña bajo el agua y un hombre corre en la lluvia con las solapas de su saco levantadas como si ellas pudieran protegerlo del viento y la mojadura, lo miro con ternura como si fuera un niño buscando refugio. Por estos lares casi no llueve y lo que es una bendición para los lugareños, en esta soledad me angustia un poco.
Mi celular no tiene señal. No puedo llamarlo.
Busco con los ojos un lugar para guarecerme pero no hay bar ni techo alguno.
A lo lejos veo las enormes montañas recortadas en el espacio gris y atrás de ellas otras casi escondidas por la bruma que invade la pequeña ciudadela.
Me pregunto por qué habrían de venir aquí a filmar una película sobre arte dos actores tan conocidos, y entonces recuerdo a Tilcara con sol y esa Quebrada tan maravillosa, comprendiendo de inmediato que hay que mostrar al mundo tanta belleza.
Él debe venir a sacar fotos antes de que llegue el equipo cinematográfico, es el mejor en lo suyo.
Es un hombre callado, de sentimientos profundos, sensible e inteligente pero hay algo en él que me inquieta, me desconciertan ciertas actitudes que a veces hacen que lo sienta como a un extraño.
Comienzo a caminar y paso por la recova, me cobijo de la lluvia bajo sus arcos y añoro a los puesteros con sus pregones ofreciendo mercancías. Recuerdo haber leído que hace muchos años aquí funcionaba el antiguo Congreso de la zona.
Amaina un poco el viento cordillerano y camino sin rumbo largo rato.
Mi teléfono sigue sin señal. Giro mi cabeza y me encuentro frente a la Quebrada.
Está monocromática: todo es gris. Allí, frente a su esplendor recuerdo que tiene casi ciento cincuenta kilómetros de largo y ante tanta magnificencia me siento pequeña y desamparada. Todos sus bellos matices desaparecieron con la envolvente bruma que me envuelve también a mí.
Regreso hasta la esquina convenida y miro hacia todos lados pero no está.
Miro mi reloj, ya han pasado más de tres horas.
Camino lentamente hacia mi auto y recuerdo que hace más de un año lo esperé en Salta muchas horas y nunca llegó.
Tengo mucho frío y llueve en Tilcara.
Conociendo a mi niña interior
Diana Belaus
¿A qué llaman el “niño interior”? ¿Habita en nuestro cuerpo físico? ¿Dónde? Supongo que las mujeres tendremos una “niña interior”. Si muchos adultos guardamos en nuestro corazón al niño que fuimos, y el que yo guardo está herido, como creo, me gustaría hacerme cargo ahora de sanar sus antiguas heridas emocionales. Pero el problema es que no sé qué tendría que hacer, así que me dedicaré a investigar eso.
Lo que encuentro es que llaman “nuestro niño interior” a algunas antiguas vivencias, guardadas, que reaparecen en forma de emociones, pensamientos y sentimientos ante determinadas circunstancias que las activan. Pareciera que todos hemos tenido heridas emocionales en la infancia, cosas que no supimos cómo resolver, y entonces, todos tenemos un niño interior herido, que por supuesto, quisiéramos sanar.
Hay un dicho: “De tal palo, tal astilla”. Sé que gran parte de cómo soy, depende de mis genes y ADN, y posiblemente de aprendizajes en vidas anteriores, si es que existen. También influye en cómo soy actualmente el tipo de embarazo que tuvo mi madre y el orden de nacimiento entre hermanos, pues eso marcó el tipo de atención que pude haber recibido, ya que yo soy la segunda y mi hermana, de dos años, era aún una bebé.
Crecer por fuera no siempre implica crecer por dentro. Nos vamos haciendo adultos a medida que pasa el tiempo, mientras nuestro cuerpo crece y aprendemos cada vez cosas que antes no podíamos o no sabíamos hacer: succionar para poder subsistir, reconocer a quien nos lo provee, llorar más cuando no nos atienden, sentarnos, pararnos, pedir, ingeniándonos cómo hacernos entender en lo que necesitamos.
Ya en este punto podemos haber sufrido algunos o muchos momentos de desatención, que dejaron sus marcas o heridas emocionales, y que ahora, aún siendo adultos, las podemos sentir dentro nuestro. Los niños pequeños y los adolescentes pueden tener experiencias que los hagan sentir avergonzados, asustados, tristes, solos, juzgados, o desatendidos. Esto, en general, ocurre ante críticas o exigencias desmedidas.
Pero no todo ha de ser así. Nuestro niño interior también debió haber recibido muchas experiencias de felicidad, producidas simplemente por ese contacto amoroso de la madre. Sin embargo, nadie habla de eso, y no entiendo por qué.
Esta mañana al despertar, miré hacia afuera y tras de los árboles vi algo tan rojo que me extrañó, parecía un incendio, pero era el Sol, y mi niña bailaba y reía de alegría… Ahora, ya a la tarde, sigo feliz.
Se necesita bastante seriedad en la autoobservación para distinguir qué es lo que me produce esta alegría o este dolor. He estado muchos años entrenándome en lo que llamamos “trabajo interior”, y siento que puedo escuchar la sabia conducción del “Alma”, o “Conciencia Infinita”. Me animo a decir que me considero una persona feliz, aunque por supuesto, también tengo mis dudas, sustos, temores y arrepentimientos.
Dado que las situaciones que pueden haber herido a mi niño interior, deben haberse producido en el ambiente familiar, paso a recordar y analizar a mi familia. Mis padres, ambos inmigrantes muy sufridos, escapando del horror de las guerras, se conocieron y casaron en este país. Y, con duro trabajo, aprendieron nuevo idioma y, poco a poco, se hicieron de una buena posición económica y de cinco hijos: dos mujeres y tres varones.
En ese ambiente aprendimos a respetar y escuchar al otro, y sobre todo a estudiar, para llegar a ser profesionales, buenas personas y con una buena posición. Y así fue que sus cinco hijos les dieron el gusto de ser lo que ellos tanto deseaban, y formaron otras cinco familias con hijos, e impartieron enseñanzas similares a las recibidas. Al escribir esto me sonrío y deduzco que si yo me siento feliz, mi niña interior ha de estar muy poco herida.
Conversación entre dos mujeres
Diana Belaus
Se las conoce por los nombres de Mer y Pichulina. Se encuentran una tarde de un día cualquiera, en una calle de la ciudad de Córdoba. Ese encuentro sorpresivo las alegra y hace que sus rostros resplandezcan con sonrisas. Se abrazan y ambas buscan algún lugar más tranquilo donde poder detenerse y conversar. Sus ojos descubren una arboleda cercana, es una plaza, y hacia allá se dirigen tomadas de la mano.
Hay niños jugando, padres que los observan y una sombra acogedora. Encuentran un banco y se sientan.
—¿Qué haces por aquí? —pregunta Mer.
—Busco una hoja de rododendro, porque en la universidad nos piden que estudiemos sus características y propiedades ¿Y tú?
—Busco un remedio homeopático, que no se consigue en cualquier farmacia. Hay algunas que los preparan a pedido…
—El destino confabula a nuestro favor. ¡No puedes imaginar la alegría que siento en estos momentos, querida Mer! Cuéntame cómo lo estás pasando allí donde resides ahora, lugar más diferente de donde residías hasta hace tres meses. ¡Imposible! Me decías que es una residencia para unos cuarenta adultos mayores autosuficientes, casi todos con más o menos impedimentos físicos o psicológicos… Cuéntame un poco más.
Mer, que la escuchaba atenta, rió con ganas:
—Podría estar acá días enteros contándote —dijo aún risueña—. Ya todos me conocen y yo los conozco a todos. No puedo decir que somos amigos, pero a algunos me he acercado más que a otros. La que más me impresiona es una vecina mía (pues su cuarto está al frente del mío), y a ella le han tenido que amputar ambas piernas, por arriba de sus rodillas. Y salvo para dormir y bañarla, momento en que la tienen que trasladar como si fuera un bebé, ella se arregla conduciendo su silla de ruedas, y con una sonrisa, te saluda con alegría. Otra persona a la que puedo decirte que admiro, que me tira besitos cada vez que me ve, es a una anciana de noventa y siete años, muy menudita, que aún camina, agarrada de quien sea su acompañante, y concurre a clases de gimnasia. Acá casi todas somos mujeres, y son muy pocos los hombres, aún si cuento residentes, enfermeros, y administrativos. Eso me sigue extrañando, debido a que envejecemos tanto los hombres como las mujeres. Ah… Hay una mujer de sesenta y ocho años a quien llamo “la Diva”, por su manera de vestirse, su peinado y su forma de caminar. Cree ser la reina de la residencia, nos encontramos a veces en nuestras caminatas… Hasta ahora he hablado sólo yo, cuéntame de vos querida Pichulina ¿Cómo te adaptas a este drástico cambio, desde un pequeño barrio, insertado en una espléndida naturaleza, trasladándote a una ciudad aún más grande que esta, y cambiando de un secundario a una universidad? De vivir con tus padres a compartir departamento con quien acabas de conocer, y al no adaptarte, optas para vivir en un mini-apart, sola…
—Gracias Mer, me interesó realmente todo lo que me contaste, y te felicito, por cómo aceptas todo lo que te toca vivir como una enseñanza que te ayuda en tu intención de crecer internamente. ¿Recuerdas cuando conversábamos respecto a la carrera que seguiría y yo dudaba entre Psicología, Biología Marina, o algo en relación con las Bellas Artes? Bueno, recién ahora me estoy amigando con lo elegido. Temía tener que pasar ocho horas diarias en un consultorio, escuchando sólo los problemas y llantos de la gente, pero ahora me doy cuenta que es como vos me lo decías, que puedo tener grandes satisfacciones orientando a mi paciente en su búsqueda respecto al puesto en que le conviene trabajar para que eso le reditúe, no sólo en dinero, sino también en el gusto de que a la vez hace un servicio a la sociedad… El panorama se me va ampliando, a medida que paso a paso voy avanzando en mis estudios… Por supuesto que no me fueron fáciles los seis meses de adaptación a una vida tan diferente de la que tenía antes allá, donde vos también estabas. No me fue bien con mi compañera de vivienda, pues tenía muy mal carácter, ahora estoy en un “mini-ambiente” donde he de adaptarme a tener casi nada, en todo sentido. Quiero contarte algo que me pone muy contenta: ahora estoy cerca de la universidad, lo suficiente como para poder llegar caminando. Además, tengo un parque cerca donde puedo salir a correr, siempre que el médico me lo autorice, ya que mi rodilla ya no corre peligro de sufrir una nueva operación. Allí yo te podría decir que mi felicidad es completa. Así que, querida Abu Mer, reza para que todo se de tal como lo sueño.
Los ojos del alma
Diana Sandoval
Mi relato tiene un dejo de tristeza dulceamarga…
Me recuerdo en mi segundo grado de la escuela primaria, muy sumisa, muy tranquila, pero escribiendo jeroglíficos inentendibles, tratando de cabecear el cuadernito de alguna compañera, para ver si sus jeroglíficos se parecían a los míos…
…y, de repente, aparecía la maestra para hacerme parar al lado del banco por mala conducta…
Yo no entendía nada, ella enojada y yo en silencio, sin pronunciar palabra, ¿Cómo se suponía que me había portado mal? Cada día volvía a mi casa con terribles dolores de cabeza y mis jeroglíficos llenos de notas rojas y llamados de atención a mis padres por mala alumna.
No entendía nada… Mamá se afligía mucho y la maestra le decía que yo estaba loca (o algo parecido). Su idea era que yo no estaba bien de la cabeza, que no era “normal”, y eso se lo hacía saber a mamá…
Yo seguía en mi mundo de jeroglíficos y parada al lado de mi banco en eterna penitencia, y los dolores de cabeza no se iban nunca.
La maestra, firme en su postura, convencida de su “alumna problema”, y yo… en el más triste silencio.
Mis padres decidieron empezar la recorrida al pediatra (cosa que me gustaba porque él tenía muchos muñequitos de Disney con que podía jugar, entre ellos mi preferido el perro Pluto).
Una y mil veces el doctor afirmaba que era una niña sana, pero yo no entendía por qué mi mundo de jeroglíficos era tan detestable, día tras día… Ya no quería ir más a esa escuela.
Un día, ante una nueva visita al pediatra, con la cabeza partida de dolor y lágrimas en los ojos, al doctor lo iluminó el Espíritu Santo, pensé yo, y les dijo a mamá y a papá que, por las dudas y como último recurso, me llevaran a un oculista.
Para entonces, yo ya suplicaba llorando que me mandaran al colegio de monjitas, porque ellas (al menos yo lo creía así) me iban a tratar bien.
Y hete aquí que cuando me llevaron al oculista encontré por fin el descifrador de mis jeroglíficos. Resulta ser que este gran doctor convirtió mis jeroglíficos en palabras que todos pudieron entender por fin, ¡hasta yo! Él puso ante mis ojos unos lentes mágicos que enderezaron todo lo que estaba torcido y formaron letras en donde antes no había más que trazos sin sentido o, simplemente, nada…
Le costó entender a la maestra que yo no estaba loca sino corta de vista, y tuvo que aceptar, a regañadientes, que en lugar de ponerme de penitencia junto banco, debía sentarme en el primer banco de la fila para poder ver el pizarrón… No me quiso mucho ella… Tal vez sentarme adelante fue la peor penitencia que tuvo por su crueldad, y tenerme a mi ahí cerca se lo recordaría cada día…
No fue un buen año ese, yo sufrí bastante, seguía pidiendo ir con las monjitas. Para colmo, nadie ponía freno a los otros niños. Como yo no le interesaba a la maestra, tuve que aguantar que me digan cuatrojos o anteojito, que fue lo mínimo que soporté para pasar de grado… A veces lo recuerdo como si fuera hoy…
El siguiente año finalmente fui al colegio de las monjitas, y allí seguí hasta recibirme de bachiller, siendo siempre una de las alumnas con las mejores notas y comportamiento distinguido, y nunca más me dieron una penitencia en mi vida escolar.
No sé por qué razones de Dios yo también me recibí, pero de Maestra Jardinera. Será que Dios quería que repare un poquito el daño que a veces las personas hacen en este mundo ignorante de empatía. Me encargué de estudiar y formarme para que nunca ningún alumno mío pase por lo que yo pasé, para que ninguno sintiera que por ser diferente no merecía ser amado con todo el corazón. ¿Y saben qué…? ¡LO LOGRÉ!
Han pasado por mi vida niños pobres, niños de familias acomodadas, niños con síndrome de Down, niños sordos, niños con problemas visuales, autistas, con problemas motrices, con disritmias con problemas de conducta, “normales”… Pero por sobre todas las cosas, PERSONAS, personas a quienes amé con todo mi corazón. Las defendí y estimulé y busqué estrategias para que su paso por mi vida y por esa etapa de aprendizaje fuera lo más feliz posible.
Hoy, ya jubilada, la luz de mis ojos se está apagando progresiva y considerablemente, ya que mi problema visual nunca dejé de avanzar. Hoy me siento vulnerable y no quiero salir de noche porque me vuelvo casi ciega…
Entonces, es cuando vuelvo a pensar en los misterios de Dios, y me doy cuenta cuán Bendecida fui toda mi vida por ser capaz de ver siempre más con los ojos del alma que con los del cuerpo, porque tal vez si no hubiera tenido esta discapacidad me hubiera parecido a aquella maestra de segundo grado que sólo veía mis jeroglíficos y nunca se interesó por lo que yo sentía, por mi alma, por mi persona. Ella miró sólo con los ojos, mas nunca con la intuición o el corazón.
Hoy puedo decir que veo cada día menos, pero que aprendo a ver cada día más…
VER al prójimo…
VER más allá de mi misma…
VER con las sensaciones del alma…
VER a través del sentir…
VER llegar esta madurez con sus dificultades y aprender de nuevo cada día de mi vida a aceptar los “anteojos” que para cada ocasión me toque usar, o, simplemente, dejarme llevar de la mano de algún nuevo descifrador de jeroglíficos que tenga la paciencia y el amor para acompañarme en el camino…
Carta al amor de mi vida
Diana Sandoval
No sé por que razón me ha invadido la nostalgia en estos días, e inesperadamente, y con un estremecer de corazón… lo recuerdo.
Así… así como acuden los recuerdos cuando acumulamos años…
Así… como cuando el alma se siente eternamente joven y lucha con el paso del tiempo…
…Y recordé sus ojos, color negro, mirada profunda, difícil de sostenerla con mi timidez galopante.
Recuerdo que me miró… eso fue todo… Yo estaba sentada en esa fiesta en la que todos bailaban, con mi resignación de ser siempre la gordita de anteojos a la que nadie invitaba, pero yo siempre moría por bailar, aunque eso se quedaba en mi corazón y hacía el esfuerzo de mi mejor sonrisa…
Y recuerdo que ahí estaba, se venía acercando. Yo lo conocía de lejos, de los grupos juveniles del Don Bosco, pero nunca habíamos hablado.
De repente, y no sé bien en qué preciso instante, cambió mi vida para siempre… Él se sentó a mi lado y, como si nos conociéramos de tiempo atrás, me habló comentando de las chicas que, en vez de bailar y divertirse, una y otra vez, le decían que NO cuando las invitaba a bailar… Yo le di la razón, porque así era y, además siendo él uno de los chicos más atractivos, pensaba dentro mío: “Qué tontas, ¿lo quieren y lo rechazan?”.
Yo, con 18 años ya, no entendía mucho esas cosas todavía. Siempre fui así, tal cual, nunca quise parecer alguien más para ser mirada… En realidad, siempre me preguntaba por qué yo no encajaba. No sé… lo cierto es que entonces se produjo el milagro… “¡Vamos!”, me dijo, y ante mi mirada sorprendida repitió “¡Vamos a bailar!”. Yo le dije sonriendo “¿En serio?”, y entonces me tomó fuerte de la mano y me llevó a la pista, y fue ese el momento mismo en el que dejé de ser invisible… y fui feliz… Y todo el mundo estaba sorprendido de lo bien que nos llevábamos, (aunque eso me enteré mucho después, porque para mí sucedía en un universo paralelo)…
Desde aquel día en cada fiesta no bailaba él con nadie más que conmigo, y yo esperaba siempre con una gran emoción que él llegara y me llevara de la mano a bailar.
La verdad es que en esos tiempos nunca pensé que me iba llegar a suceder algo tan hermoso. Yo me lo guardaba en el corazón y nadie podía robarme esos momentos de felicidad.
Desarrollé un amor inmensamente grande por él, y él, a pesar de que nuestro cruce de miradas y sonrisas era permanente, nunca me dijo nada…
La vida, los estudios, las circunstancias, nos fueron separando…
A veces me enteraba cosas de su vida y me sentía sumamente feliz; nunca le supe alguna novia, hasta que ya cerca de sus 40 vi por Face que se había casado.
Yo, por mi lado, fracasé y me fue muy duro en la vida, pero nunca me olvidé de ese mi solo amor puro y tan pero tan mío que lo llevaba en secreto.
Ahora, ya con muchos años más encima y tantas lágrimas derramadas en el camino, me suelo preguntar:
¿Dónde irán todas esas palabras que no se dicen?
¿Dónde se esconden aquellas que pronunciamos en soledad y al viento?
…o las que tenemos en el pensamiento, ¿será que mueren con un poquito de nosotros mismos?
Muchas veces pensé que podríamos haber sido el amor de nuestras vidas, el uno del otro, pero la madurez nos dice al oído que eso sólo sucede si las palabras se atreven a expresar los sentimientos que tenemos en el alma, cuando perdemos el miedo al abrazo y al te amo, y eso es mutuo…
Sí… ahora lo sé… pero tuvieron que pasar casi 60 años y una pila de dolor, para aprender el amor, para vencer el dolor, para no sentirse uno menos que los demás.
Yo doy gracias al “amor de mi vida”, porque si bien nunca fuimos nada, siempre fuimos todo, unidos en el alma, con una mirada, con una sonrisa, y bailando siempre juntos, conectados por la música, eternos compañeros de baile.
Y, seguramente también puedo afirmar, con la inocencia de esta historia tan simple y tan profunda para mi a la vez, que si hoy me preguntan “¿Sos feliz?”, inmediatamente me invade su recuerdo, bailando juntos hasta quedar muertos de cansancio, y eso me acompañará hasta los últimos días de mi vida.
No soy lo que dicen que soy
Inés P. Simons
Desde que quedé incluida en el sector de la sociedad conocida como “persona adulta mayor”, comencé a observar detalles que antes no me llamaban la atención. Por ejemplo, descubrí que en los bancos una caja especial estaba destinada a embarazadas, personas con capacidades diferentes y personas mayores. Noté que en el cartel, que mostraba con figuras a quienes podían utilizarla, había dibujada una viejita encorvada, con rodete y apoyada en un bastón. Supuse que representaba a una “persona adulta mayor”, aunque yo misma reconocí que, a pesar de mis 80 años, nada tengo en común con ese dibujo.
Otro día fui al vacunatorio del hospital central de mi ciudad para colocarme la vacuna antigripal, gratuita para las “personas adultas mayores”. Entre embarazadas y multitud de críos, aburrida por la espera, mis ojos se fijaron en un mural pintado en la pared. Por supuesto, mostraba la imagen de una “persona adulta mayor”, esta vez un hombre, simbolizado como un anciano de larga y blanca barba y espalda curva, que con una lupa miraba inclinado a un niño en su cochecito.
Y, para no extenderme demasiado, diré que entré una vez al baño del aeropuerto porque viajaba para visitar a mis nietos. El consabido afiche en la pared que “discriminaba” a los usuarios según edad, mostraba a una mujer mayor caminando con un andador. Quedé desconcertada. Al repasar las figuras vistas hasta ahora, me doy cuenta de que ninguna de ellas me representa. Efectivamente, me acepto como una “persona adulta mayor”, ¡qué va!, pero el andador, o el trípode o las muletas o la silla de ruedas o el bastón, me son por completo ajenos.
¿Cuál sería la imagen que los demás tendrían de mí? Es verdad que mis cabellos son grises y que no puedo alardear de la fortaleza o energía de una chica de 25, pero estoy lúcida, soy inteligente y habilidosa, camino por mis propios medios, voy a la peluquería, visto de modo elegante pero discreto, cuido a mis nietos y los llevo de paseo y hasta de viaje, concurro a cursos de diferentes temáticas, estudio idiomas… Verdad también que los huesos me duelen, que mis articulaciones se quejan, que debo tener cuidado de no tropezarme al caminar en las veredas rotas por temor a caerme y romperme un hueso y que ya no puedo levantar en upa a mi nieta de tres años… pero no me veo a mí misma en las figuras de esos afiches supuestamente aclaratorios. Así que salgo del hospital caminando y reflexiono sobre qué podría hacer yo para remediar estas incongruencias. ¡Bueno! Ya lo pensaré. Algo se me va a ocurrir. En principio, me digo, veré la parte positiva de todo esto. De aquí en adelante no haré más cola en el consultorio, el Pago Fácil o el banco ni en ninguna otra circunstancia. Cuando viaje en avión pediré asistencia, o, en su defecto, reclamaré siempre embarcar en la zona de pasajeros prioritarios, lo mismo que en el momento de hacer el check in. En cualquier lugar donde deba esperar mucho tiempo, solicitaré un asiento; y si hay mucha gente, plantearé mi condición de “persona adulta mayor”.
***
Media cuadra más adelante, una sonrisa comienza a dibujarse en mi rostro. Llego a la esquina y me compro un enorme helado de crema granizada y dulce de leche, y me voy saboreándolo con la lengua mientras avanzo por la vereda.
Una charla intergeneracional
Inés P. Simons
Abuela y nieto juegan en el living. Bebé sentado en el suelo. Ella en una silla.
—¡Oh! —se lamenta la abuela—, ¡este verano me gustaría tanto ir a la playa!
—Guaruyá —sugiere el nieto.
—¡Vaya, parece que me entendés! ¿A vos también te gustaría?
—¡mdelongi aggggg!
—Tenés razón, todo está muy caro. Pero sería lindo ¿no?
—Brrrrrr tata glu glu.
—Podríamos buscar un lugar económico…
—Brrrrrr tata glu glu.
—Y sí, es verdad. La arena, el sol, las olas, el agua azul del mar… Sueño imposible.
—Dls gla nnnnnnnnn ssssjk.
—Claro, podríamos hacer castillos de arena, torres, tortas y agujeros. Me gusta ver cómo sale el agua cuando hacemos agujeros en la arena.
—Duuuu ingl….uuuuul ñññññññññ.
—Sí, tenés razón. También juntaríamos conchillas, caracoles, valvas y piedrecillas de todos colores. Te gustarían mucho. Brillan, y cuando las sacudís, cantan. Escucharíamos el romper de las olas en la orilla.
—¡Gaaaa guuuu trij mmmmmmmm…!
—Me alegro de que estés de acuerdo. Vos sí que me entendés.
La abuela sonríe a su nieto de un año; se miran con ojos cómplices.
Después, cada uno se come una galletita de chocolate, de esas que tienen formitas de animales.
La Buenos Aires inundada
Oscar Collia
¡Buenos Aires es así! Siempre Buenos Aires.
La tormenta caía con una fuerza inusitada. La ciudad y su gente. La inundación. A tontas y locas iban sin saber adónde ir. Confusión y caos.
¡El diluvio universal!
La radio informaba permanente la cantidad de milímetros caídos como si uno pudiese analizar hasta donde llegaría nuestra tolerancia. Se aproximaba el atardecer de un febrero muy caluroso, y esa humedad que corroe los huesos y te deja una piel tan pegajosa como esas películas de ciencia ficción donde los monstruos desparraman un ungüento gelatinoso que se hace imposible imaginarlos cerca de uno.
La pregunta natural: ¿cuál podría ser el mejor camino para llegar a casa y resguardarme de los peligros de la gran ciudad?
¡Tarea difícil, si las hay!
Mi primer gran refugio fue mi auto. Llegar hasta él. Ver los cristales y parabrisas intactos. Encender la música y esperar los designios de esa tarde de viernes. Encima viernes. Más gente en la calle, más autos, todos apurados para ganar unos segundos al fin de semana que empezaba a asomar.
De Boedo al Norte. En la vida hay que tomar decisiones, así de simple.
Qué si voy por acá o por allá… Casi una duda metafísica. En fin, los mecanismos de alerta de nuestro cerebro se disponen de otra manera: la sudoración y la humedad. Así que marqué un camino y me resigné a esperar que los vientos estuvieran de mi lado, aunque ya casi me conformaba con que no se me cayera encima uno de esos árboles vetustos que la administración estatal no ha sabido despejar, a pesar del peligro que representan para todos los transeúntes de la urbe.
A favor de tantos años de transitarla, encaré por algunas calles que conocía, tratando de evitar las que seguro se llenaban de agua en cuestión de minutos.
¡Iluso de mí! Tantos otros habían pensado lo mismo. Buscar llegar a la Avenida Córdoba fue una auténtica Odisea.
Los minutos se multiplicaban. Los avances eran simplemente adelantar unos pocos metros el auto. Con esa curiosidad que me invadía, lo único que podía hacer era observar las caras de los otros automovilistas y cuidarme de que a algún peatón no se le ocurra llevarse algo mío. Todo era una monotonía que llegaba al hartazgo de la impotencia.
Puteadas, bocinazos. Hasta el aire acondicionado era una molestia. Las caras y los personajes eran increíbles, recordé a mi amigo Diezlucas y la idea de llevar siempre una máquina de fotos para retratar las cosas más insólitas.
Encima, una ambulancia que hacía sonar su sirena, intentando pasar vaya uno a saber por dónde. El horizonte era un mar de techos de autos.
En algún momento bajé el cristal derecho de mi 208. También vi que se bajaba el cristal izquierdo de otro 208 en paralelo. Una bella mujer lo conducía, no sé si era por el calor y el tedio de las circunstancias, pero su cara me resultaba conocida.
Tuvimos unas miradas encontradas. Furtivas al principio, deliberadas al rato. Algo le dije, ella me respondió. Mi ánimo fue otro. Una canción de Sabina inundaba mi auto, parece que fue un talismán la voz del gallego, porque la compañera del destino pluvial asentía con la cabeza y canturreaba las estrofas de los diecinueve días.
Cortázar se hizo luz delante de mis ojos, si bien no era una autopista y el trayecto conducía al norte, no pude dejar de rememorar ese cuento notable. Lo que había comenzado como un comentario casual ya se había transformado en un diálogo entre autos. Cada tanto, el agua mojaba los tapizados, pero no me di cuenta hasta más tarde.
No sé cómo o en qué momento le hice señas para buscar estacionar los móviles. Fui al de ella. Pronto se empañaron los cristales, cada tanto mermaba la lluvia, y desde otros autos algunos nos miraban.
Hablamos del tiempo, el tema excluyente, y sobre cómo íbamos a hacer para llegar a nuestros destinos, pero el destino inmediato estaba ahí.
No medí el tiempo, parecía un adolescente, estaba tratando de descifrar el mundo de una mujer desconocida, pero que, a su vez me resultaba extrañamente cercana por algo. Había algo en ella que repiqueteaba en mis sentidos y cabalgaba en el laberinto de mis pensamientos.
Hubo silencios. Nuestros ojos hablaban el mismo idioma. Una caricia temblorosa, la aceleración del corazón y esa transpiración de las manos que estallan ante la emoción. Sentí que volvía a ser un chico, ese que está a punto de realizar una travesura.
Entonces nos besamos. Casi sin darme cuenta, la estaba abrazando fuertemente contra mi humanidad.
No hubo palabras ni lluvia ni otros automovilistas. Nos transportamos como dos locos apasionados por los designios de nuestras pieles. Ya no fuimos capaces de frenar los acontecimientos. Buenos Aires nos miraba de reojo.
Frenesí, cuerpos sudorosos y humores…
Morfeo dice que Eros olvidó preguntarle su nombre… y el mío también.
Resistiré
Pablo María Almada
Resistiré para seguir viviendo
Soportaré los golpes y jamás me rendiré
Y aunque los sueños se me rompan en pedazos
Resistiré, resistiré.
El Uruguay de fines del 50 no era más que el reflejo de lo que estaba sucediendo en el país del Norte y en gran parte de Latinoamérica. El continente entero estaba convulsionado; se creía que, pese a todo y contra todos, al fin el movimiento obrero organizado podría reivindicar sus banderas.
La década del 60 había comenzado con mucha efervescencia. Latinoamérica parecía haber despertado de su largo letargo y, por fin, pugnaba por organizarse. La larga década del sesenta fue un período de fuerte convulsión social ante el imperante desmoronamiento del batllismo, el cual, con leves modificaciones, había logrado sobrevivir desde principios de siglo. Tan enraizada estaba la estructura que, cuando sus cimientos comenzaron a desmoronarse, la crisis no fue sólo económica. La sociedad como un todo sintió el espasmo: los arquetipos y los estereotipos que presentaban a Uruguay como “la Suiza de América” o “el país feliz” quedaron para la nostalgia. Las reacciones fueron en aumento desde 1955, cuando el modelo comenzó a mostrar sus primeros síntomas de estancamiento.
La primera víctima fue el Partido Colorado, que perdió su hegemonía después de más de medio siglo; con el paso de los años y el derrumbe de la industria nacional —con su correlato en el aumento de los despidos, la precarización laboral, la inflación y el recorte presupuestario—, la mirada recayó sobre el sistema político-económico en general. Ya no se acusaba a colorados o blancos por las penurias que se debían afrontar diariamente, sino a la clase dominante en su conjunto.
Paysandú, obviamente, no fue ajeno a esta convulsión general. El “Negro” Gaitán era el delegado que había comenzado la asamblea; todos estaban expectantes a sus palabras. Se sabía que hablaba en nombre de la mayoría de los otros representantes de los trabajadores.
—Compañeros, ya hemos alcanzado nuestro petitorio a los patrones. Les dimos un tiempo prudencial para que nos respondan, pero, como siempre, no nos escuchan ni nos responden. Están tratando de quebrarnos, están jugando con la necesidad de cada uno de nosotros. ¿Cuál será nuestra respuesta?
—¿Seguimos la huelga o nos sentamos a negociar el retorno al trabajo?
La respuesta fue casi unánime:
—¡¡¡HUELGA, HUELGA, HUELGA!!!
Pablo era uno de los afectados por la huelga. Si bien había nacido en las costas argentinas, se crio en Paysandú junto a sus padres y hermanos. Las fronteras eran así de permeables en aquellos tiempos; tenía hermanos de un lado y otro de la orilla, su padre también argentino y su madre uruguaya.
Al cumplir los dieciocho años, no quiso aquello de “corre, limpia, barre”; por lo tanto, fue declarado “desertor” y no podía ingresar a su país de origen.
Con dos hijos, se ponía difícil la situación. El trabajo no le asustaba; había trabajado desde muy chico. Le asustaba no tener nada para la olla.
El sol comenzaba a esconderse en el horizonte mientras la canoa de los Almada, “Isla Va í”, se mecía suavemente sobre el Uruguay o “Río de los pájaros”. En guaraní significaba “Isla fea” o “Isla mala”. Claro que nadie sabía el significado ni el origen de ese nombre. Esa chalana, como muchas otras cosas, había sido un “regalo” del río durante la gran inundación de abril del año anterior, 1959. ¡Quién sabe de dónde habría sido arrastrada! Cuando el agua bajó, estaba encallada ahí frente a lo que había sido el rancho de pesca. Juan y Eusebio la habían rescatado y la pusieron en condiciones nuevamente. Ahora era una herramienta más para la subsistencia de la familia.
—Por suerte siempre está el río para darnos una mano —pensaba, mientras encarnaba el anzuelo nuevamente con lombrices—.
—Si esta huelga continúa, no nos quedará otra alternativa.
—Veremos hasta cuándo seguimos así —cavilaba al momento de sentir un tironeo en la línea, al principio tenue, luego más firme—.
—Todavía no, todavía no… ahora —se dijo, pegando el tirón con firmeza.
Del otro lado de la línea sentía que aquel pez daría batalla, que no se entregaría sin pelear. Sentía que era un pez mediano, pero con mucha fuerza.
—Somos iguales, hermano, vamos a pelear hasta el último suspiro…
Con la caída del sol y el fruto del río, Pablo fue arrimando la barca hacia la costa. En el rancho de los Almada, sus tíos se preparaban para recorrer el espinel.
—Para una fritanga, una sopa y, quizás, quede algo para un “chupín”. Al menos dos o tres días la olla está salvada.
El viernes 16 de junio nada hacía presagiar lo que se vendría. Esther Felicia Melgarejo era la esposa de Pablo, o “La Beba”, como todos la conocían. Como todos los días, aún con sus siete meses de embarazo y desde que se habían casado, hacía los quehaceres de la humilde casita sobre Soriano. La vivienda era pequeña, pero era de ellos. Mucho sacrificio les había costado tenerla, pero al fin lo habían logrado. Con una hija de casi tres años y otro en camino, trabajo y techo asegurados, se sentían afortunados. A pesar de su embarazo, las tareas diarias no podían dejar de hacerse.
Pablo, antes de la huelga, llegaba de la cervecería después de las seis de la tarde; por suerte, le tocaba el turno diurno. Pero lo mejor era el cajoncito de malta que le correspondía los fines de semana.
La Beba barría el patio mientras pensaba en su infancia, en su pueblo, allá en Algorta. Mientras tanto, en la radio sonaba la canción de Zitarrosa: Doña Soledad, usted hubiera querido estudiar, pero no pudo poder…, decía una parte de la canción. Así había sido también su historia; en ese Uruguay que vivían, los pobres aún no podían estudiar.
Ya de grande se trasladó a Paysandú, donde trabajó en la confitería Las Familias, aquella donde Don Orlando Castellanos inventó el postre Chajá. Fue allí donde conoció a Pablo. Él pasaba siempre por allí desde La Norteña. Después, todo fue historia.
La madrugada se mostraba tormentosa. Los dolores llegaron de golpe; la desesperación y el miedo se hicieron carne en Pablo y la Beba.
—Recién es el séptimo mes —repetía la Beba—, no puede venir todavía.
La ambulancia del hospital llegó relativamente rápido con el chofer y una enfermera que atendió a la Beba. La parturienta se quejaba del dolor. Pablo, nervioso, iba sentado junto al conductor del vehículo.
—Rápido, rápido, que no llega —inquirió la mujer con un dejo de ansiedad.
Se notaba la preocupación de la asistente mientras trataba de ayudar a la paciente.
Faltaban apenas dos cuadras para llegar. Un berrido y luego el silencio. Las puertas se abrieron; los asistentes corrían de un lado a otro. La Beba estaba empapada en sudor, sangre y dolor. La criatura había nacido en la ambulancia. Nadie pudo hacer nada para que desistiera de su cometido, a pesar de tener sólo siete meses de gestación.
El médico de guardia recibió a la madre. Frío e impasible, examinó al bebé, no percibió signos vitales ni movimiento alguno. Depositó a la criatura sobre la camilla y abandonó la sala de emergencias buscando al padre.
—Era un varón, pesaba novecientos gramos, pero no aguantó —le dijo, dejándolo con todo su dolor a cuestas.
La desazón, la angustia, el dolor de Pablo ante la noticia… Era un varón, le había dicho el doctor. El varón que esperaban.
Mientras pensaba cómo se lo diría a la Beba, escuchó gritos y corridas desde emergencias. Vio cómo una de las hermanas religiosas que atendían en el hospital salía con el recién nacido en brazos, corriendo hacia la incubadora.
—Esta criatura está viva, está respirando.
Después vino la espera: más de dos meses en la incubadora. Meses de zozobras, de cuidados intensivos, de vaivenes. Al fin, las ganas de vivir triunfaron, y aquel bebé apurado por nacer, pese a todos los pronósticos, estaba listo para resistir la vida y seguir peleándola.
Bastones
Amalia Roldán
¡¿Qué ven mis ojos!? Esa mujer tan bella y elegante… es Malena.
“Sírveme bastón en esta circunstancia, para que hoy seas también un toque de distinción, pero por favor no dejes de cumplir tu función de sostén a este mortal que no se rinde ante la desintegración de sus huesos viejos”.
Malena miraba las vidrieras de aquella tienda de ropa cara.
¿Qué ha hecho esta mujer para estar tan joven como hace veinte años? —me pregunté asombrado—. Tal vez cirugía con un excelente cirujano plástico. Y… debe de haberse casado muy bien, porque no contaba más que con su sueldo de empleada.
—¡Malena!
Ella se giró con elegancia, pero con cierto desconcierto en la mirada.
—Sí, señor… ¿Lo conozco?
Su respuesta fue como un viento frío del pasado. ¿Acaso no me recordaba?
—¡Sí! Soy Abelardo Robledo, el vecino de tu abuela… ¡Te acordás de aquellos juegos en el jardín, con tus hermanos y primos!
Malena negó suavemente con la cabeza.
—No… Me parece que se equivoca.
En ese instante, una anciana salió de la tienda, apoyada en su bastón, y caminó hacia mí con una sonrisa cálida que iluminó su rostro.
—¡Abelardo! ¿Sos vos?… ¡Tantos años sin verte! Estás igual, tan guapo como siempre… Te presento a mi hija Malenita, ella vino de Italia para llevarme a vivir juntas allá. Nos vamos mañana
—¿Mañana? —repetí, tratando de asimilar lo que acababa de oír.
—Sí, tuve un ACV hace 5 años, y estuve en un geriátrico.
—En un geriátrico —dije, sintiendo un nudo en la garganta—. Y yo aquí sin saberlo…
—Es que estaba sola… Mi marido falleció, y Malena se casó con el dueño de la empresa donde trabajaba y se fue del país.
Miré a Malena, que sonreía con timidez, como si supiera que su historia me dolía más de lo que podía expresar.
—Cuánto lo siento, Malena… siempre quise encontrarte. Te busqué en el barrio, pero nadie supo darme noticias tuyas.
—Ella va a ser mamá —intervino, orgullosa— y quiere compartir conmigo su alegría.
—Así que te vas… mañana… —murmuré, más para mí mismo que para ellas.
—Pero puedes escribirme —dijo la madre con un brillo esperanzado en los ojos—. Malenita, dale tu dirección a Abelardo, así podremos mantener correspondencia. Quisiera contarte qué se siente ser abuela… ¿Y vos, Abelardo? ¿Te casaste?
—Yo, no… —titubeé—. Nunca me casé. Estoy solo.
Malena sacó una tarjeta de su cartera y me la extendió con cariño.
—Aquí tiene mi dirección Abelardo, creo que este encuentro es providencial. Mi madre sentirá menos el desarraigo de su país si tiene un amigo con quien compartir.
—Gracias, señora —respondí soportando la terrible emoción—. Será un placer… y un incentivo para seguir viviendo en esta etapa en la que, muchas veces, quedamos solos y encontramos una amiga.
Malena se apoyó en su bastón, se puso de puntillas y me estampó un beso en la mejilla. Yo para sostenerla la abracé sin dejar de apoyarme en el mío.
Se alejaron por la gran avenida mientras una sonrisa imborrable se dibujaba en mi rostro. Acaricié mi bastón y sentí una enorme gratitud.
Caminando la vida
Claudia Cristina López Lastra
La vida es un camino que nos lleva a la meta final. Mientras lo transito, hago un balance de lo transcurrido hasta el presente.
Si miro hacia atrás, no podría quejarme. Por el contrario, siento una profunda gratitud por todas las situaciones vividas: las buenas y las no tanto, los inconvenientes y los buenos tiempos. De todo he aprendido.
Hoy a mis más de 60 años, reflexiono sobre el sendero recorrido y valoro todas y cada una de mis experiencias. Haber estudiado una carrera que me apasionó, como fue la ecología, me permitió descubrir un “más allá”, otros mundos posibles. Gracias a ella pude viajar, investigar, aprender de culturas diferentes. Haber sido docente e investigadora fue uno de mis grandes sueños cumplidos.
Por encima de todo, el ser madre de dos hijos —una mujer y un varón, ya adultos e independientes, únicos y maravillosos— ha sido mi mayor regalo. Los amo más que a nada en el mundo. También valoro mucho el haber podido ser una mujer independiente, lo cual siempre consideré fundamental en mi vida.
Entre otras actividades que he podido aprender y realizar, haber actuado muchos años en el teatro, explorado el canto, la astrología, y transitado el camino del Yoga como estudiante y como docente, haber escrito libros, haber conocido gente de tantos otros países y culturas distintas, aprendido idiomas y, ahora, casi al fin del trayecto, me embarco en una nueva carrera que me abre la mente a nuevos horizontes.
Mi vida ha estado marcada por momentos de gran emoción, desafíos, aventuras y, por supuesto, algunas tristezas. Sin embargo, más allá del miedo, jamás he renunciado a intentar nuevos rumbos ni a cumplir mis metas, sueños y proyectos.
Si hay algo que quiero expresar hoy, es que estoy profundamente agradecida con la vida. Cada minuto es especial y único, y lo disfruto con intensidad, sin preocuparme por lo que vendrá después.
A mis discípulos siempre les he dicho que perseveren, que nunca se rindan y que siempre intenten luchar por sus sueños. Nadie puede decidir nuestra vida más que nosotros. Cada quien elige uno u otro sendero, pero es esencial mantener principios claros y honestos.
Mi balance final es muy positivo. No me quedan muchos sueños pendientes por lograr. Creo que la vida es un regalo, y por eso valoro cada instante. Este presente único, esta bella oportunidad de seguir caminando por la vida, es para mí el mayor privilegio.
Cumpliendo sueños
Noemí Amanda Campazas
Después de mucho tiempo y trabajo, logré convencer a Avelino, mi esposo, de hacer este viaje.
Toda mi vida soñé con conocer la tierra de mis ancestros, España; y él hacía cuarenta y seis años que no volvía a la tierra que lo vio nacer. Cuarenta y seis años de no abrazar a sus hermanos. Cuarenta y seis años sin pisar su antigua casa. Cuarenta y seis años sin recorrer sus prados. Cuarenta y seis años sin sentir el olor a hierba.
Comenzamos a realizar los trámites necesarios para emprender esta aventura.
Fuimos a sacar los pasaportes para nosotros dos y para Diana, nuestra hija, quien era menor de edad en ese momento. Pregunté qué documentación necesitaría para poder salir del país. Me contestaron que, si viajaba con sus dos padres, no hacían falta más documentos que el que ellos nos iban a otorgar y que lleváramos la libreta de matrimonio para justificar, legalmente, que era nuestra hija.
No conforme con la información que nos habían dado en el registro de las personas, decidimos consultar con la aerolínea de bandera, empresa por la cual volaríamos. Ellos nos dieron la misma respuesta, por lo tanto, nos quedamos tranquilos pensando que ya teníamos todo listo para emprender el viaje.
Con toda la documentación en mano, comenzamos a preparar las valijas, que llenábamos con ropa de invierno y de ilusiones. Esperábamos que llegara el día con mucha ansiedad.
Todos nuestros conocidos, familiares, amigos y compañeros de trabajo venían a despedirse de nosotros, deseándonos lo mejor y colmándonos de cariño.
Los días y las noches pasaron lentamente; la espera se hacía eterna…
¡Llegó el gran día!
¡Nos vamos!
¡España nos espera!
¡Las emociones nos embargan y se entremezclan!
Con mucha tristeza, nos despedimos de mi madre. (Nos hubiera gustado que viniera con nosotros).
José Luis, mi hijastro, y Karina, su esposa, nos llevaron en su auto al aeropuerto.
Cuando llegamos al Aeropuerto Internacional de Ezeiza, al presentar los boletos y pasajes, realizando el check-in, se nos informa que Diana no podrá salir del país si no presentábamos la partida de nacimiento, que la libreta de familia no alcanzaba para acreditar nuestra maternidad y paternidad respectivamente.
La desesperación se hizo presente; los dolores de estómago eran cada vez más fuertes, atacaban mis tripas como perros rabiosos. ¿Sabes cómo se siente cuando te rompen los sueños en un segundo? Es como si el corazón empezara a desmoronarse, como si el cuerpo no pudiera soportar el peso del alma herida, de las ilusiones perdidas… de los sueños robados.
Pero no nos dejaríamos vencer. Después de discutir con funcionarios y empleados de la aerolínea, José Luis y Avelino decidieron emprender una carrera contra el reloj y volver a casa en busca de la requerida partida. Mientras tanto, yo llamaría a mi madre para que fuera abriendo las puertas de la casa; cada segundo contaba, y ese mismo tiempo que parecía eterno mientras esperábamos la fecha para viajar, ahora parecía escurrirse como agua en una red de pesca.
Dicen que el que espera, desespera. Y en esa desesperación, me puse a rezar, pidiéndole a Dios que los cuidara a mi marido e hijastro en el camino, que evitaran un accidente, aunque perdiéramos el avión y, con él, nuestros sueños.
El corazón me latía a mil por minuto. Me sentía afiebrada, como si hubiera corrido la carrera más larga del mundo.
Faltaban veinte minutos para que el avión despegara. Miraba fijamente la puerta, esperando verlos entrar…
Quince minutos restaban. Diana miraba su reloj y se descomponía. A mí me transpiraban las manos y mi mirada no dejaba la puerta…
Diez minutos. Los anhelos ya casi estaban perdidos…
Como si fuera una ilusión óptica, de pronto vimos dos figuras corriendo velozmente hacia nosotros. ¡Eran ellos! Mi corazón iba recuperando su ritmo al tener la certeza de que estaban bien, pero mis piernas parecían no poder sostenerme más; temblaban como si estuvieran hechas de gelatina.
La empleada, al verlos, corrió hacia ellos, tomó los documentos y corrió junto a nosotros hacia el avión.
¡Logramos abordar!
Mi estado nervioso era atroz. Entre la situación vivida y el miedo a volar, ¡era un desastre!
Después de doce horas, en las que estuve tensionada todo el tiempo, avisaron que en cinco minutos aterrizaríamos en el aeropuerto de Barajas, en Madrid…
Miré por la ventanilla y vi, por primera vez, la tierra española, la tierra de nuestros ancestros. Esa tierra que imaginé miles de veces a través de los relatos de mis abuelos, primero, y de mi esposo, después.
De pronto sentí que mi abuela estaba a mi lado, tomada de mi hombro. Sentí el peso de su mano y su calidez.
Las lágrimas brotaban de mis ojos y caían como lluvia.
Sentí que su sangre, en mí, volvía a su tierra natal, su tierrina, después de ochenta y seis años.
Recién entonces tomé conciencia de que yo era la primera, después de tres generaciones, que iba a pisar esta bendita tierra.
¡Dios bendiga a España y a sus hijos!
Escribo esto para decirles a las nuevas generaciones que nunca abandonen sus sueños, por más escollos que encuentren en el camino. Lo que se desea de verdad y con intensidad se cumple, y los sueños se hacen realidad.
De mi niñez
Silvia Del Pilar Villagra
Siempre los árboles de tupidos follajes resguardaron mi niñez. Aventurarse a subir y perderse entre sus ramas y flores significaba mimetizarse con la naturaleza.
El perfume de las flores de paraíso con sus celestes, el aroma del algarrobo en flor, acompañado por el coro de coyuyos y chicharras veraniegas, animaban a descubrir más el sentido de las cosas simples.
Todos ellos formaban un mundo fantástico de miel y algarrobas, de chañar y tunales. Un mundo del cual no queríamos salir, mis amigas y yo, ni siquiera para ir a la calesita, a la plaza, al cine o a comer caramelos. Ni los baños calentitos, ni los jabones fragantes lograban sacarnos de allí. Sólo queríamos anteojos improvisados de palos, pulseras de huesos, autos de madera, casitas de ramas, fueguito chico, comida en latitas, el viento arremolinado que daba miedo, revolcones en la arena, paseos entre los cañaverales con el asombro y el misterio de la luna llena asomándose para vernos.
En Navidad, el pesebre improvisado junto al poleo era una fuente de rezo e ilusiones. Los niños pedíamos al Niñito Dios quién sabe qué, pero con mucha devoción y respeto. Ya crecíamos bajo la bendición de Dios y la Virgen.
¡Qué triunfo cuando llovía! Cantábamos y bailábamos con los pies embarrados y ese olor… ¡a tierra mojada que subía por las venas! Toda esa riqueza era nuestra y la cuidábamos con amor, aunque para otros no fuera más que un fondo grande de una casa. Para nosotros, era nuestro gran mundo de sueños.
Al atardecer, la voz firme de nuestros padres —el mío llegando de los obrajes con su ropa perfumada de jarillas— nos ordenaba que cada uno volviera a su casa. Una rica comida y unas sábanas frescas bajo el titilar de las estrellas, junto al “cariño de la familia”, eran suficientes para ser feliz y dormir tranquilo.
Han pasado 50 años, y mis amigas y yo seguimos siempre recordando lo que fuimos y lo que somos. Con nuestras canas y surcos adornando nuestra madurez, aún seguimos siendo niñas en nuestro gran corazón.
“El amor y la amistad son dos tesoros que debemos guardar y mantener por siempre, porque ellos llenan de plenitud nuestra vida”.
El más amado y el más odiado
Mónica Villaroia
Qué persona tan especial fue mi padre, el más amado y el más odiado por mí. De pequeña, era mi héroe, mi novio, el árbol que me cubría con su sombra, me abrazaba, la montaña detrás de mí que siempre me protegía, me acompañaba como las olas al mar.
Recuerdo que jugaba a pararme en la palma de su mano y hacía equilibrio mientras él me balanceaba hacia un lado y otro. ¿Me caí? No lo recuerdo, pero nos divertíamos mucho. Cuando uno es pequeño no necesita demasiado para ser feliz, y yo lo era.
Para mí, era hermoso, el más guapo, el más seductor. En esa época había un actor que se llamaba Tony Curtis, muy conocido por sus películas, y yo le veía igual a él. Quizás no se parecían en nada, pero mis ojos de niña lo imaginaban así.
A mi padre le gustaba mucho salir de caza con sus amigos. Supongo que en esos años estaba permitido, ¿o no? Imposible saberlo sesenta años después. Tomaba su escopeta de un sólo caño con total entusiasmo, varios cartuchos comprados quién sabe dónde, y partía muy feliz a un rumbo desconocido.
Nosotros quedábamos muy tristes porque pasarían varios días antes de su vuelta. Nos sentábamos en la cama y, abrazados a su ropa, llorábamos. Buscábamos el “koku” —así se nombra en turco el perfume, el aroma que cada persona tiene—, y ese aroma, que sólo de él emanaba, era lo que tanto íbamos a extrañar. Hoy, a veces, creo oler su particular aroma, porque viene a visitarme su cálida presencia en los momentos que más necesito de su amor.
No tengo recuerdos de cuando volvía de sus largas recorridas. Después de todo, dicen que el olvido es parte de la memoria. Sólo sé que llegaba con piezas de liebres y perdices para cocinar. Algunas veces contaba sus aventuras: cómo los dueños de los predios los corrían a tiros. Era tan cómico; nos gustaba escucharlo.
Qué tiempos locos aquellos. A pesar de mi corta edad, yo era una niña muy feliz, en pleno Edipo, con su padre amado.
Él tuvo una vida muy desgraciada. Nunca fue querido por sus padres ni por sus hermanos; era como la lacra de la familia, una muestra viviente de lo primitivas que eran esas personas. Vivió en la calle, durmió en un tanque de agua y no pudo terminar la escuela. De pequeño comía salteado porque eran muy pobres, y él era el último en recoger las sobras.
Muchas veces contaba “anécdotas” de su infancia. Tenía cinco o seis años, vestía andrajoso y andaba descalzo. Vivía en un pueblo del interior de la provincia de Buenos Aires, 9 de Julio, en un rancho con calles de tierra. Una vecina muy compasiva le demostró algo de cariño. Un día vio que mi padre estaba lleno de piojos. Ella, como pudo, lo bañó en un fuentón. Estamos hablando del año 1900 y algo, principios de siglo, cuando no existían duchas calientes. Le quitó esos bichos como pudo, que le lastimaban la cabeza y absorbían su sangre. Mi pobre y no amado padre nunca olvidó ese hecho. Lo contaba para que nos riéramos, pero en el fondo era una herida sin cerrar. ¿Acaso el desamor no es lo peor para un niño?
Creo que el abandono sufrido por parte de su familia —de toda su familia, el desinterés, el maltrato, la violencia— marcó su vida y la mía. Contaba con nostalgia cómo le hubiera gustado escribir un libro sobre su vida. Podría haberse llamado El niño menos querido, pero apenas fue unos días a la escuela. Le gustaba muchísimo ir, a pesar de no tener zapatillas ni ropa apropiada. Sin embargo, ello no lo detuvo. Fue una equivocación suya la que terminó con su concurrencia al colegio. Se equivocó en una tarea, una letra marcó su existencia y nunca más volvió. Eso formó su ser, a pesar de su corta edad. Nunca, a lo largo de su vida, se perdonó cometer un error.
Con el tiempo, mi padre —cuya inteligencia era superior a la de muchos— jamás se dejó vencer por la adversidad. Fue una persona tenaz, consecuente con sus ideas, perseverante y luchador. Él decía: “Si lo vas a hacer, hacelo bien”.
Pero también, a medida que los años pasaron y sopló sus 50 velitas, se convirtió en una persona agresiva, oscura, melancólica, antisocial y muy, muy, pero muy infeliz hasta su último suspiro. Siempre arrastró como una pesada carga no ser amado, ni siquiera por mi madre, y esa carga que ya no podía llevar la puso en mis hombros.
Cuando crecí, éramos como perro y gato. Yo era la destinataria de todo lo malo que pasaba: la mentirosa, la inútil, la culpable hasta de que el mundo girara. En otras palabras, en esta película, fui la villana.
Tengo recuerdos de pequeña y de adulta. Tendría aproximadamente cuatro o cinco años. Recuerdo que, un día como cualquier otro, él estaba charlando con un pariente en la vereda. Allí había un pequeño charco, pues la noche anterior había llovido, y yo, inocentemente, corría y daba vueltas alrededor del charquito. Me dijo:
—Dejá de hacer eso, no corras porque te vas a caer.
Y como una profecía autocumplidora, me caí sobre el agua. Él me miró con esa mirada profunda, llena de ira, con sus ojos negros penetrantes. No dijo nada; eso fue suficiente. Sentí como si un elemento punzante se clavara en mi cuerpo, y por mis delgadas piernas un líquido tibio se deslizaba. En mi fantasía de niña, creí que era sangre de la herida, pero no: me había orinado encima. El terror de ese momento y su recuerdo fue como una marca a fuego en mi corazón. Miedo y terror que quedó sepultado muy profundo, en algún lugar recóndito de mi niñez.
En mi adolescencia, era como su espejo. Las experiencias vividas hasta entonces me hicieron parecerme a él: yo también tenía esa mirada de ira, de querer penetrar los objetos con sólo mirarlos. Había aprendido lo bueno y lo malo de él. No podía hacerme daño en esos años de alocada rebeldía, o al menos eso creía.
Hoy, a la distancia, con la sabiduría que a algunos nos dan los años, y con lo que aprendí de mi profesión de psicóloga, puedo inferir que mi querido y odiado padre estaba enfermo. Enfermo de rabia, de depresión, de desilusión, de golpes bajos que se agravaron con los años. Sólo pudo hacer frente a la vida con la ingesta de alcohol, y esa depresión crónica lo llevó a la melancolía, especialmente tras la muerte de mi madre, su gran y único amor.
En estos años, la ambivalencia fue creciendo: era más lo que lo odiaba que lo que lo amaba. En esta cuasi familia pasaban muchas cosas malas que no vienen al caso, pero lo único que no había cambiado era que yo seguía siendo el chivo expiatorio, la responsable, sin derecho a defensa ni réplica, de todo lo que ocurría.
Pasaron algunos años. Contraje matrimonio y tuve una hermosa hija.
Un día cualquiera, inolvidable para mí, dijo mi padre:
—Tomá a tu hija y subí al auto.
En esa época, tenía un Torino azul muy bonito, muy cuidado. Amaba los autos; creo que, aparte de mi madre, los vehículos fueron su segundo amor.
En mi inocencia, pensé que íbamos a dar un paseo los tres. Martita, mi pequeña, tenía menos de un año. La tomé en mis brazos y me senté en el lado del acompañante. En el momento en que se sentó en el vehículo, vi su rostro desencajado, raro, oscuro. Era más que obvio que algo lo había enojado, y de más está aclarar que nunca supe qué.
Como en una película de terror, salió a los piques —traducido: aceleró muy fuerte—.
Le pregunté:
—¿Adónde vamos, papá?
—A la muerte —respondió.
Corría como enajenado, esquivando autos a su paso (manejaba muy bien). Yo había empezado a entrar en pánico, pues pensaba en mi pequeña hija. Le dije:
—¿Papá, qué pasó? ¿Te hice algo que te enojara? ¿Por qué querés matarnos?
Contestó:
—Es necesario que esto se termine de una vez por todas.
(Nunca supe qué era “esto”).
Seguía corriendo enloquecido, y la velocidad cada vez era más alta. Comencé a llorar desesperadamente, con la sensación de que no saldríamos vivos de esa carrera hacia la muerte.
—Papá, por favor, ¿por qué haces esto? ¿Qué culpa tiene mi niña? Volvamos, te lo pido. Te prometo que la dejo y nos matamos nosotros dos, si ese es tu deseo.
Aunque este relato parezca una película, desgraciadamente no lo es. Es real. Yo lo viví y lo recuerdo nítidamente. Cierro los ojos y veo la escena. Nunca, nunca voy a olvidarlo.
En este correr y correr sin sentido, llegamos a una calle sin salida, donde al frente había una pared. Le pedí, por favor, que no lo hiciera. Él tenía toda la intención de estrellarnos contra el muro y morir los tres. Llorando, le dije que si yo no le importaba, que pensara en mi hija.
Bueno, no era nuestra hora: unos centímetros antes de chocar, frenó.
Pegamos la vuelta en silencio. Nunca se habló del tema; nadie lo supo. Yo tampoco supe por qué lo hizo.
Pienso: ¿Cuánto estaría sufriendo su pobre alma, partida en pedazos, atormentada por su sufrimiento, para tomar semejante decisión?
Mi pobre padre. Si tuviera que contar todo sobre su persona, sería otro libro, no este.
Me costó muchos años de terapia encontrar un punto medio para no odiarnos. Yo sólo quería ser su hija, su hija amada. Nunca lo logré, pero al menos pudimos ser casi familia.
Pude visitarlo con asiduidad, tener una conversación banal, compartir un almuerzo, tomar un par de mates y darle un beso de llegada y despedida. Fue un gran logro para él y para mí.
Dejó de ser mi héroe, el árbol que me daba sombra y la montaña que me defendía de todos los males. Era el padre que pude tener, el que la vida me había asignado, y con pesar y resignación, lo acepté.
El viejo lata
Edit Ojeda
Espiando mi infancia, puedo ver en el aromal, ahí, pasando la calle frente a casa, a un señor barbudo, con harapos por vestir, una chaqueta como militar de un color indefinido. Era alto, de rostro inmutable.
Los vecinos comentaban que había tristeza en su mirada, tristeza que mis ojos de niña nunca notaron, ya que cuando sus ojos se cruzaban con los míos, encontraba calma.
El viejo Lata, los niños lo llamaban. Murmuraban que sería un espía ruso, un general a quien alguien buscaba.
—Un malhechor —decían las señoras de muy alta moral, esas que a todos juzgaban, y más aún al salir de la iglesia, con mantillas cubriendo sus cabezas. Miedosas, ellas pasaban rápido por esa calle.
El viejo Lata tenía como única casa un barril de lata y unas lonas.
Llevaba siempre una lapicera y papeles. Mi niña de corazón poeta anhelaba saber lo que escribía, y me decía a mí misma: Deben ser cartas de amor a alguna amada.
Del viejo Lata nunca supimos nada. No hablaba, pero nos miraba jugar a los niños del barrio en la calle, y por sus mejillas grandes lágrimas rodaban.
Crecimos sin saber quién era y, un día, tal como llegó, se fue. Se fue del aromal, pero no de mi alma.
En el lugar, como retazos de su paso por el pueblo, quedó su casa de lata y unos papeles en blanco… Y en muchos, la intriga de saber quién era el viejo Lata.
Nunca molestó a nadie. Comía lo que le daban y miraba como recordando un pasado que ya no lo alcanzaba.
Espiando mi infancia, puedo ver al viejo Lata. ¿De rostro inmutable dije al principio? Mentira. Un día me sonrió. ¡Qué privilegio!
Un linyera. Para mi infancia, un enigma: el viejo Lata.
Huellas de mi vida
Olga Elsa Carrillo
A mis 85 años, me encuentro sentada tras los ventanales de mi casa en Mendoza, observando el jardín, donde las plantas se inclinan ante el frío y las heladas de este crudo invierno. Los árboles, de troncos rugosos y ramas desnudas, me hacen imaginar fantasmas que se deslizan por las acequias. Sin embargo, sé que pronto llegará la primavera, y las hojas verdes brotarán nuevamente, formando una sombrilla viva que dará refugio a los pájaros que anidarán en sus ramas. Al fondo, la majestuosa cordillera enmarca este paisaje, y sus picos nevados, como ríos de plata, descienden para alimentar las fincas del desierto del oeste argentino, donde el agua convierte la tierra árida en un oasis de olivares, viñedos y huertas.
Mis pensamientos viajan al pasado, a mi infancia en Lavalle, en una gran casona rodeada de campo. Allí vivíamos mis padres, Rosa y Pepe, mi hermano Coco, mi abuela Dorotea, una andaluza de fuego, y mi tío Amador, a quien llamábamos “Amado”. El patio, con grandes aromos, era el corazón de nuestra vida familiar. Bajo su sombra, compartíamos nuestras experiencias del día y planificábamos el siguiente, todos unidos para salir adelante, como decía mi padre.
Bajo esos árboles también pasaba horas con mi abuela Dorotea, mientras tejía hermosas colchas y almohadones con piolín, ya que no había dinero para hilos finos. Me contaba historias de su tierra natal, España, con una mezcla de lágrimas y sonrisas. Me relataba su vida en Murtas y cómo su padre, herrero de profesión, decidió emigrar a América en busca de un futuro mejor. Partieron dejando atrás su hogar, y tras un largo viaje en barco, llegaron a Brasil. Las cosas no resultaron como esperaban, y la familia se trasladó finalmente a Mendoza. Fue en Brasil donde mi abuelo, un joven malagueño llamado José Carrillo, se unió a la familia y más tarde se casó con mi abuela. Juntos tuvieron siete hijos y trabajaron la tierra como chacareros.
Mi abuela Dorotea fue para mí un ejemplo de fortaleza y amor por la familia. Siempre me decía que debía ser la guardiana de nuestra historia, que las palabras son el lenguaje del alma. Sus relatos, llenos de nostalgia, me enseñaron que, a pesar de las dificultades, la vida debe vivirse con alegría y gratitud, ya que incluso los golpes nos enseñan valiosas lecciones.
Recuerdo también a mi tío Amado, un gaucho fuerte y valiente que nos fascinaba con sus historias. Nos hablaba de sus cacerías en el Piedemonte, de noches estrelladas y silenciosas, y de extraños encuentros con gauchos y figuras misteriosas que aparecían y desaparecían en la oscuridad. Aunque sus relatos nos llenaban de miedo, también nos hacían soñar. Amado participaba en festivales gauchescos y desfiles de la Vendimia, y para nosotros era un orgullo verlo cabalgar con su elegante atuendo y su fiel caballo alazán.
Mi infancia en el campo fue un mosaico de colores, sonidos y sabores que me marcaron para siempre. Aprendí a valorar mi herencia cultural, a mantener vivas nuestras tradiciones y a amar la naturaleza. Hoy, mirando atrás, siento la responsabilidad de transmitir estas historias a las generaciones futuras, para que conozcan sus raíces y, con ese conocimiento, puedan construir un futuro lleno de significado.
Esta historia es un tributo a mis raíces, a mi familia y a la tierra que me vio crecer. Porque, aunque el tiempo pase, nuestros valores permanecen y nos conectan con el pasado, guiando el camino hacia el porvenir.
Identidad
Matilde Gerosa
Mi casa podría llamarse Matilde. Las dos soportamos fuertes tormentas y cambios de estructuras, de esos profundos que modifican las circunstancias de vida. Fuimos creciendo y envejeciendo juntas, y ambas vimos el ir y venir de los seres queridos que dejaron huellas con sus risas y llantos.
Los collages dieron testimonio del paso del tiempo.
Cada rincón, cada muro reflejaba mis gustos, mis colores, mis pasiones.
Transité con mis sueños por todas las habitaciones, y sus paredes exhibieron los recuerdos atesorados a lo largo de mi vida. Mi mente recorre los espacios y se detiene en cada objeto: la araña, de grandes patas de hierro con panza de reloj, que marcó tantas horas compartidas y parecía querer escapar del dintel de quebracho de la ventana de la cocina comedor.
En el estudio, frente al piano, un pequeño reloj dejaba que sus agujas recorrieran las caritas infantiles de los nietos, que reemplazaban los tradicionales números. También allí, en ese lugar tan mío y tan compartido, comencé a incursionar en la tecnología.
En otra habitación, el taller, experimentaba, creaba y producía. Lo que caía en mis manos siempre tendría un propósito e incontables destinatarios.
En el patio, transformado en jardín, las plantas, algunas regaladas y otras nacidas de gajos robados, crecían exuberantes. Junto a la pared cubierta con hiedra, cuyas hojas rojizas de otoño evocaban a Úrsula, un búho que lucía ramilletes de alegrías de varios colores era visitado, de vez en cuando, por mariposas o algún jilguero.
Sí, mi casa podría haberse llamado Matilde.
Ambas fuimos aceptando el paso del tiempo, reflejado en incontables fisuras.
Ahora las dos escuchamos otras voces, otras melodías, miramos otros rostros.
Así como se cumplen las bodas de oro en una relación, fui la única del grupo familiar que cumplió con la casa cincuenta años de una vida definitivamente intensa.
El destino determinó que la dejara, y mi dolor fue profundo.
A veces me pregunto si ella siente la misma nostalgia, si me extraña.
Reflexión
Matilde Gerosa
Enmarañada la mente en una búsqueda constante de pensamientos que merezcan prioridad, las horas pasan, escurriéndose entre las manos.
El sentido de la vida parece limitarse a la cantidad de pasos que logramos dar, al equilibrio físico que con esfuerzo mantenemos o a las funcionalidades que intentamos conservar.
Todo ello apenas logra mitigar deseos postergados, sueños incumplidos, temores que se arraigan en lo más profundo del ser.
El cambio, ese impulso vital que nos renueva por dentro y por fuera, se ha vuelto una carrera desenfrenada, alejándonos de una anhelada, aunque efímera, permanencia.
Los paisajes y lugares que nos eran propios están cada vez más lejos, y su recuerdo, a veces, nos alegra y otras tantas nos perturba.
Por momentos, se hace difícil encontrar dentro de nosotros la necesaria aceptación de los tiempos que no nos son propios; la sensatez, a pesar de los años, para doblegar los impulsos más ríspidos y transformarlos en silencios respetuosos y oportunos.
En esos momentos difíciles, un pedazo de papel en blanco tiende su ayuda: callada, discreta, incondicional. No tememos que, al conversar con él, se abrume con nuestros temores, sinsabores o confusiones.
Sin saberlo, nos ofrece contención, casi diría amistad.
A medida que agotamos su espacio, quizás, tan sólo quizás, recobremos un poco de cordura.
La casa de mi infancia
Martha Argerich
Seguramente, durante nuestra vida hemos habitado diferentes espacios: casas, departamentos, casas de campo o vacacionales, pero siempre nos quedará esa nostalgia por la casa habitada en nuestra infancia. No sólo por los entornos, sino también por las vivencias con personas que quizás hoy ya no están y quisiéramos que fueran eternas. Retrotraernos a esta singularidad es dar vida a esos juegos y risas de la niñez, volver a sentir esos aromas familiares que dan sentido a nuestros recuerdos y traer a nuestra mente y alma esos pequeños momentos que nos hicieron grandes, guardándolos para siempre en nuestro corazón.
La casa estaba ubicada sobre una avenida de gran circulación, especialmente durante los fines de semana, ya que conducía al Santuario de la Virgen del Valle, lugar al que los fieles y devotos asistían con fervor. En las festividades marianas, en abril y diciembre, era común ver peregrinos pasar caminando. Teníamos un grifo en el jardín porque siempre se solicitaba agua.
El ingreso a la casa, a través de un portón blanco y un pasillo, delimitaba un jardín cuadrangular que ocupaba la “mitad derecha”. Un pino azul se alzaba en el centro, rodeado de plantas en diferentes tonalidades de verde. En un costado, un gomero de hojas grandes, gruesas y lustrosas ofrecía abundante sombra, mientras que cerca de la vereda, un paraíso con flores moradas y frutos verdes —que de niños llamábamos “frutillitas” y usábamos para jugar a las guerrillas— aportaba su magia. Tener hermanos varones hacía que las guerrillas fueran frecuentes. No faltaba la “lluvia de plata” que mamá adoraba, junto a otras plantas que lucían sus colores según las estaciones.
Aunque cada planta no estaba ubicada según su especie ni su conservación, la armonía entre macetas y tarros hacía de ese espacio un lugar ideal para jugar, esconderse, conversar en privado, mirar a la calle o simplemente estar, como antesala de la casa.
La “mitad izquierda”, al lado del pasillo, estaba ocupada por un garaje sin techo, pero con un piso rojo que regábamos para mantenerlo fresco. Allí, nos sentábamos por las tardes y noches, y durante los veranos colocábamos los colchones para dormir al aire libre, ya que el calor era insoportable. Contábamos cuentos de terror por las noches y nos hacíamos cosquillas con mis hermanos. Jugábamos con los gatos, y mis preferidos eran los naranjas: Sucito, Tumorio y Chona.
El ingreso a la casa tenía un porche típico de los años 70, que mamá transformó en living. Allí colocaba sofás de colores fuertes, una mesa ratonera y un mueble con un tocadiscos donde guardaba discos de vinilo y adornos de cerámica. Las paredes exhibían cuadros con réplicas de obras famosas. Este espacio era importante para recibir visitas: amigos, compañeras de trabajo de mi madre y nuestras compañeras del colegio. Siempre ofrecíamos café en invierno y gaseosas en verano, manteniendo la puerta cerrada para preservar la intimidad.
A este espacio le seguía un comedor muy grande. En el centro, una mesa de madera que no se usaba a diario, sólo en festividades como Navidad o Año Nuevo, o cuando llegaba alguna visita. Siempre tenía mantel y florero, y era también el lugar de las tareas escolares. El comedor contaba con un televisor en blanco y negro, donde veíamos programas en horarios específicos, generalmente al volver del colegio o durante los fines de semana, mientras merendábamos. Contra la pared, bibliotecas y modulares completaban el espacio, aportando educación y formación a través de libros y revistas. En una esquina, un gran sillón verde era el lugar donde mi madre se sentaba a coser, bordar y tejer durante los feriados y fines de semana, mientras yo leía revistas como Anteojitos y Billiken, o resolvía juegos del Tesoro de la Juventud.
Un pasillo conectaba este espacio con el baño a la derecha y el dormitorio de mis hermanas mayores a la izquierda. Ese cuarto era territorio prohibido para los chicos, aunque nuestra curiosidad nos llevaba a intentar escuchar sus conversaciones.
Luego, venía el mejor lugar: la cocina. Aunque más humilde, con su piso rojo y hornallas encendidas, transmitía una sensación de calidez. El olor a las comidas típicas, impregnadas de cariño, llenaba el ambiente. Los fines de semana eran de empanadas y visitas de los tíos, mientras los domingos cerraban con mate cocido y fritos.
Desde la cocina se accedía al dormitorio que compartía con mi madre. Allí, un gran placard albergaba los guardapolvos de diferentes colores, siempre planchados y perfumados, listos para su trabajo en el Hospital de Niños. Una cómoda con perfumes y bijouterie revelaba su coquetería: pintarse los labios y colocarse rubor eran sus pasiones. Mientras ella trabajaba, yo jugaba a disfrazarme con su ropa, collares y zapatos. Luego, lo guardaba todo cuidadosamente para evitar que lo notara, aunque seguramente lo hacía, pero prefería no reprenderme.
Desde la cocina, tres escalones llevaban a una gran galería. Mamá transformó una parte en dormitorio para mis hermanos y otra en un lavadero amplio. Ese espacio era ideal para jugar al almacén y al supermercado. Colocábamos cajas con fideos de diversas formas y usábamos hojas de papel como billetes, mientras una balanza vieja y papeles de diario completaban el escenario de nuestro negocio imaginario.
El fondo de tierra árida estaba dominado por un orgulloso y altivo mistol, cuyos frutos pegajosos llenaban el polvo y la arena. Allí, construíamos casitas de barro y arena con calles, pasajes, puentes, techos y chimeneas, y hasta cocinábamos tortitas de barro para invitar a nuestras visitas.
Finalmente, un galpón cerraba el terreno. Allí guardábamos leña y carbón para el calefón, que usábamos para lavar ropa y bañarnos. Era toda una hazaña ingresar al gallinero a buscar huevos, anotando la cantidad traída por cada uno y celebrando al ganador.
Así transcurrieron los días de mi infancia en aquella casa, junto a una madre amorosa, Blanquita, que supo educarnos con valores y hacernos felices en un contexto difícil, sin un padre presente, pero con la fortaleza de una mujer que nos amó y se brindó íntegramente a sus hijos.
La vida de Cleofé
Silvina Bravo
Este escrito surgió por la inquietud de mi hija mayor. Ella siempre busca algo para que me distraiga. Además, se preocupa por nosotros, ya sea en temas de salud, medicamentos, etc. También recibo la ayuda diaria de mi hija menor, quien siempre está conmigo un ratito antes de ir a trabajar.
Aquí redactaré la triste historia de vida de Cleofé. Ella sufrió mucho, desde niña. Aproximadamente a los nueve años quedó huérfana.
Su madre falleció en el parto. Luego se dijo que, al nacer el bebé, se lo llevó la que iba a ser su madrina de bautismo. Nunca se supo nada más de él.
Una tía cercana a la madre de Cleofé se hizo cargo de ella, pero la trataba como una sirvienta. La obligaba a ayudar en la cocina, limpiar y lavar, a pesar de su corta edad.
Uno de los hijos de esa tía, llamado Justo, era especialmente cruel. La hacía lavar su ropa y sus pies. Si Cleofé no cumplía, la castigaba de manera inhumana: la obligaba a arrodillarse sobre maíz. Su maldad era tal que incluso llegó a obligarla a beber su orina.
Después de un tiempo, Cleofé logró escapar.
Esto ocurrió en San Pedro, donde vivían. Nunca la mandaron a la escuela, por lo que no sabía leer ni escribir. Siendo jovencita, una señora la llevó al Hospital del Milagro, ubicado en la calle Sarmiento.
Allí ayudaba en la cocina y cuidaba a algunos enfermos. Pasó el tiempo y conoció a un hombre que también trabajaba en el hospital, quien más tarde se convertiría en su esposo. Las monjitas que estaban allí lo apreciaban mucho.
Con el tiempo, se casaron y tuvieron cuatro hijos: tres varones y una mujer. Llevaban una vida muy humilde. Alquilaban una casita pequeña, con pocas comodidades: una cocina a leña y una plancha a brasa. Su esposo era enfermero y conocido en las cuadras cercanas a su casa.
Cleofé era muy trabajadora. Hacía pan casero y preparaba cubitos de chocolate, vainilla con leche, huevo y limón. Usaba maicena para solidificarlos. Los niños del barrio compraban rápidamente sus helados. En esa época no había freezer, sólo un pequeño congelador en la heladera.
Con el tiempo, aprendió a preparar comidas árabes. Como no sabía leer ni escribir, memorizaba las recetas que veía en televisión. Tenía una memoria prodigiosa. Además, lavaba, almidonaba y planchaba delantales de maestras. Su hija se encargaba de llevar el delantal limpio y traer otro sucio para que Cleofé continuara con su trabajo.
Cleofé tenía cuatro medios hermanos que la querían mucho. Vivían en el norte, donde también tenía primos. Sin embargo, una de sus medias hermanas, que vivía cerca y estaba en una buena posición económica, la trataba mal. A pesar de esto, Cleofé llevaba a sus hijos a pasear al norte en tren durante las vacaciones de invierno y verano, lo que para ellos era una gran aventura.
Con el tiempo, se mudaron de alquiler hasta que pudieron mudarse a su casa propia, con todas las comodidades. Allí, Cleofé construyó un horno de barro donde hacía deliciosos bollos. Incluso una vecina lo usaba para lo mismo.
Para las fiestas, preparaba budín inglés que vendía, además de empanadas de carne picada a cuchillo, que eran exquisitas. La noche anterior solía hacer pizzas.
Después de muchos años, su salud comenzó a deteriorarse. Tenía diabetes, y su esposo le administraba insulina dos veces al día. La enfermedad avanzó, afectando sus órganos, y casi perdió la vista. Aun así, Cleofé seguía cocinando con amor para su familia.
Uno de sus mayores deseos era encontrar a su hermano perdido. Uno de sus hijos envió una solicitud a un programa de búsqueda de personas conducido por Franco Bagnato, pero nunca obtuvo respuesta.
Con el tiempo, su salud se agravó y, finalmente, Cleofé falleció hace 29 años.
Fue una persona buena y cariñosa. Sus nietos mayores siempre la recuerdan con mucho amor.
Noventa y cinco recién cumplidos
María Dolores Nievas
Mi nombre es María Dolores, pero me dicen Lola o Loleta. En la familia me llaman cariñosamente Loletongui. Soy una de las cuatro hijas del matrimonio de mamá Elvira y papá Justo. Tengo dos hijas a las que quiero y que me quieren, además de nietos y bisnietos adorables. Lo que sigue es apenas un flash de mi vida.
Nací en Urdinarrain, Entre Ríos, en el año 1929. Algunos dicen que mi nacimiento fue un acto de euforia de mis padres en medio de la Gran Depresión que vivía el mundo ese año. Como mi papá era policía, nos mudábamos constantemente. Viví en Villaguay, en la ciudad de Buenos Aires, Quilmes, Santos Lugares, Valentín Alsina, General Pinto y Brandsen. Fue en Brandsen donde me quedé hasta febrero de este año 2024, cuando mis hijas me trajeron a vivir aquí, a la ciudad de las esculturas.
A los catorce años, al terminar 6º grado, concluí la primaria y comencé a estudiar piano. Me entusiasmaba escuchar a mi mamá tocar el piano alemán que teníamos en casa. Hice cinco años con la profesora Lita y me recibí de maestra de teoría y solfeo. Sin embargo, tuve que dejar el estudio del piano debido a un nuevo traslado de papá.
A los dieciocho años conseguí mi primer empleo, que mantuve hasta que me casé. Trabajé en el laboratorio de la fábrica textil La Castelar. Más adelante, a los cuarenta y pico, ingresé a la planta Citroën de Jeppener, en el partido de Brandsen, Buenos Aires. En este último empleo trabajé casi 20 años, tomando el colectivo a la madrugada y regresando cuando caía el sol. Durante ese tiempo, a la noche, decidí hacer el secundario. Necesitaba el título para que en la fábrica me pasaran de los galpones a una oficina. Terminé los estudios portando la bandera de la escuela y logré mi objetivo: me trasladaron de la sección cromado a la sección contaduría. Dejé atrás los guantes hasta los codos que usaba para manipular ácido y pasé a ser empleada administrativa.
A los 62 años me dijeron que estaba pasada de edad para trabajar y me despidieron, pero no les creí. Ya jubilada, tuve más tiempo para dedicarme a lo que más me gustaba: tejer, leer, viajar, cuidar el parque, hacer gimnasia, caminar y nadar. Retomé el estudio del piano por otros cinco años con mi amiga y profesora Haydee. Con orgullo puedo decir que llegamos a tocar el piano a cuatro manos. Lo que más disfrutaba tocar eran las melodías del pianista y compositor austríaco Carl Czerny, un alumno de Beethoven. Ahora toco de vez en cuando, aunque mis dedos están bastante duros.
Siempre quise que mis hijas estudiaran. Me siento orgullosa de ellas, por lo que son y porque lograron terminar sus estudios. Lo mismo les digo a mis nietos y bisnietos: que nunca abandonen sus estudios.
A los ochenta y dos años enviudé.
Este es un breve recorrido por mi vida, que a los noventa y cinco años recién cumplidos, sigue estando llena de recuerdos, aprendizajes y mucho amor.
El paraíso
María Dolores Nievas
Paso a contar un par de relatos. Uno reciente y espantoso. El otro, tierno y feliz, que encontré en el baúl de mi infancia. Comienzo por este último.
Corría el año 1937. Tenía ocho años y vivía en Quilmes con mis padres y dos hermanas. Mi prima Mini, que vivía en Entre Ríos, enfermó de parálisis infantil. Sus padres la llevaron a mi casa en Quilmes para que la trataran en Buenos Aires. Mi casa, que ya era pequeña, quedó aún más chica con la llegada de los parientes, pero había que hacer un lugar para mi prima enferma. Por eso, mis padres decidieron enviarme al campo de mis abuelos, a una colonia alemana, a tres leguas de Urdinarrain, en la provincia de Entre Ríos. Así fue como Mini llegó a mi casa en Quilmes y yo partí al campo en Entre Ríos. Me tocó a mí porque era la hija mayor.
En “El Paraíso”, así se llamaba el campo, viví un año y pico. El campo pertenecía a mi abuela Francisca, una alemana a la que yo quería mucho, casada con mi abuelo Meillard, de origen suizo-francés. En esa estancia de dos plantas, construida de material, me sentí feliz; todos me mimaban.
En el campo se cultivaban maíz, cebada y trigo. Mi abuela Francisca se encargaba de la huerta. Los peones estaban bien atendidos, pero había una distancia entre la familia de mis abuelos y la peonada. Ellos vivían en sus casitas, a cierta distancia de la casa principal. Durante mi estadía alcancé a ir unos meses a una escuela alemana de Urdinarrain, hasta que la escuela cerró porque se avecinaba la Segunda Guerra Mundial.
De aquella temporada en el campo guardo el recuerdo de Melitón, uno de los peones. Lo recuerdo especialmente porque tomaba mate con él, a pesar de las críticas de mi tía Aurora, quien me decía: “¿Cómo vas a tomar mate con ese viejo sucio?”.
La verdad es que yo me escapaba a la casa de los peones (una casa que había sido la primera vivienda de mis abuelos) para salvarme de hamacar a la beba de la tía Aurora, que se llamaba Englentina. Además, esa casa donde vivían los peones tenía un recuerdo especial: en sus habitaciones habían nacido mamá y sus hermanos.
En “El Paraíso” no sentí el desarraigo. Allí me sentía exclusiva, todos me mimaban, algo distinto a lo que ocurría en mi casa, donde mamá debía repartir sus mimos entre Nelly, Lila y yo.
Una mano salvadora
María Dolores Nievas
Sólo recuerdo la pregunta de mi hija: “¿Cómo estás, mamá? ¿Cómo te sentís?”. Después, ya no recuerdo nada. La siguiente escena fue en la ambulancia que me llevó al hospital. En el medio, un desmayo, un estado de inconsciencia que duró un rato. En el hospital me diagnosticaron Covid, cuando todavía no existían vacunas.
Estuve un mes en penumbras, en la cama del hospital, aislada, mirando en diagonal la ventana que daba al parque. No tenía fuerzas ni para tomar el celular. Apenas podía estirar el brazo hacia la mesa de luz para atender a mis hijas, que desesperaban por saber algo de mí. Poco podían hacer ellas, más que comunicarse con las enfermeras del hospital, quienes venían cada cuatro horas, vestidas con ropas especiales y mascarillas.
La fiebre me hacía decir disparates. Después me contaron que hablaba de un pasillo largo y preguntaba por el ascensor en un hospital que sólo tenía planta baja. En vez de mejorar, empeoré. Me pasaron a terapia intensiva. Uno, dos días… Creí que era el fin.
Necesitaba el respirador, pero los médicos dijeron que, a mi edad, no era aconsejable. Cuando todo parecía irremediable, y yo sentía que me disolvía lentamente, apareció la mano salvadora: el plasma que alguien, milagrosamente, autorizó para que me lo dieran, a contramano de las prioridades establecidas.
Fue un mes donde el tiempo no existía, siempre mirando la pared y la ventana en diagonal. Del otro lado estaba la vida, de este lado, el encierro. ¡Qué emoción cuando un día la enfermera me dijo: “Mire, doña Lola, mire quién la vino a visitar!”. Miré y encontré a mi hija, vestida como si viniera de otro planeta. Creo que ahí empecé a revivir.
¡Qué lindo cuando por fin me pudieron bañar! Recuerdo que yo les pedía más.
Salí del hospital entre las risas de enfermeras y médicos, quienes recordaban mis delirios. Pasé frente a un espejo y, al saludar, noté la flacura de mis brazos y la cara demacrada. Nunca me había visto así.
Y aquí estoy. A los 95 años, en Resistencia. Mimada por la familia y rodeada de amigos que cosecho día a día en El Puente.
Por todo lo dicho, vivido y aún por vivir, ¡brindo por la vida!
Lola
Odisea
Hilda María Roccia
María preparaba la cena cuando un gesto de preocupación e intriga cruzó su rostro. Recordó que la noche anterior, al salir de su oficina en la distribuidora de productos alimenticios instalada al fondo de su casa, había escuchado un zumbido al cruzar el patio hacia la vivienda. El ruido provenía del cielo. Elevó la mirada y vio nítidamente dos helicópteros sobrevolando la fábrica militar de Río Tercero, a apenas 100 metros de allí. Le pareció demasiado raro, dado que eran cerca de las dos de la madrugada y los helicópteros volaban de forma sigilosa. Un escalofrío le recorrió la médula. Aquello no era ni habitual ni normal. Decidió que se lo comentaría a su marido cuando regresara de repartir productos en Hernando.
Ya tenía a sus tres hijos sentados alrededor de la mesa cuando su esposo llegó. Comenzaron a cenar, y entre charla y charla, María olvidó mencionar lo sucedido la noche anterior. Más tarde, cuando todos se fueron a dormir, ella se quedó limpiando la cocina y dejando preparado el desayuno sobre la mesada, ya que al día siguiente tendrían una reunión de trabajo con un empresario. Colocó sus alianzas sobre la Biblia, en el aparador, y se dirigió al dormitorio, pero al llegar se encontró con una sorpresa: el niño menor dormía plácidamente ocupando su lugar en la cama grande, al lado de su padre. Resignada, decidió acostarse en la cama del niño, junto con su otro hijo, ya que el mayor dormía en la habitación del fondo.
Al día siguiente, despertó sentada en la cama, refregándose los ojos, al igual que Ignacio, su hijo del medio. De pronto, recordó una estampida en sus oídos y notó un extraño polvo flotando en el ambiente. Miró hacia la ventana y se dio cuenta de que ya no existía. Atolondrados, intentaron levantarse buscando las pantuflas, pero fue en vano: no había rastro de ellas. Descalzos comenzaron a caminar rumbo al comedor, pisando vidrios molidos de la ventana que había estallado.
Aturdida, María le preguntó a su hijo:
—Ignacio, ¿qué es esto?
—No sé, mami, debe ser un huracán.
—¡Hijo, esto no es un huracán! ¿No ves que ni siquiera una hoja se mueve?
En ese momento, llegaron corriendo su esposo Juan y Fernando, su hijo mayor, que tenía el cuerpo cubierto de cortes. Una puerta-ventana de vidrio había caído sobre su cama, pero gracias a la sábana que lo cubría, había evitado ser degollado. Juan, con el rostro desencajado por el miedo, gritó:
—¡Debemos irnos urgente! ¡Está explotando la fábrica!
María notó que Daniel, el menor, estaba prendido a su camisón. Lo tomó en brazos y corrió afuera. Al salir, caían del cielo maderas en punta de los cajones de embalaje, pedazos de eucaliptos y trozos de mampostería de la fábrica. Subieron todos al utilitario que usaban para el reparto, y Juan, al volante, rompió en llanto:
—Está explotando la fábrica, y esto recién empieza. ¡Ay, Dios mío, es el fin!
—¡Vamos a buscar toallas y huyamos lejos de aquí! ¡Por lo menos vamos a casa de mamá, que está en la otra punta de la ciudad! —gritó María, tratando de mantener la calma.
Al bajar del vehículo, María vio que su asiento estaba lleno de sangre. Se tocó los glúteos y notó que le faltaba un pedazo de carne. Estaba herida desde la cadera hasta los pies. Sin detenerse en su propio dolor, corrió hacia la casa. El interior era un desastre: todo estaba roto. Tomó una caja de cartón y metió lo que pudo: un pedazo de su Biblia, un pago de $900 para un proveedor, algunas toallas y cajas de galletitas. Salió corriendo nuevamente.
Afuera encontró a su perra Laica, perdida por el estruendo. Subió al vehículo y gritó al vecino que huyera, pues su vida corría peligro. Mientras avanzaban por la avenida principal, vieron estudiantes de la ENET General Savio que se dirigían a la fábrica buscando a sus padres. Silvia detuvo el móvil para ofrecerles subir y alejarlos del peligro, pero nadie aceptó. Todos estaban desesperados por encontrar a sus seres queridos.
En ese momento, la tercera explosión sacudió todo. El pavimento se rajó, tirando a las personas hacia atrás y haciendo trastabillar los autos. Los árboles ardían con facilidad, y la ciudad entera era un caos. Río Tercero parecía una ciudad en guerra, pero sin enemigos visibles.
Finalmente, llegaron a la casa de la abuela, pero incluso allí las explosiones habían causado estragos: las casas estaban sin puertas ni ventanas y con las paredes agrietadas. La abuela Carolina y la tía Ángela lloraban en la vereda junto a los vecinos. Sin dudarlo, Juan y María decidieron continuar hacia Tancacha, donde vivían parientes.
En el camino, la desesperación los envolvía. María, con un pedazo de Biblia en la mano, lloraba y exclamaba:
—¡Dios mío, Padre Santo! ¿Por qué nos haces ver la destrucción de nuestro pueblo? ¿Qué hicimos de malo, más que trabajar y tratar de vivir en paz?
Llegaron a Tancacha, donde encontraron refugio. Allí comenzaron a llegar noticias: la fábrica militar había explotado, la ciudad estaba destruida, había muertos y miles de heridos. Se habló de camiones llenos de ataúdes enviados desde Córdoba y de que todo había sido un atentado para borrar pruebas de la venta ilegal de armas.
El tiempo pasó, pero el dolor y la impotencia quedaron. La familia de María nunca se recuperó del todo. Perdieron a Laica y nunca encontraron a Sofía, su otra perra. Su casa y su medio de vida quedaron destruidos.
Cuando alguien le pregunta a María si vio el hongo de las explosiones, siempre responde con tristeza:
—No, no lo vi, porque yo estaba debajo del hongo.
Ojos azules
María Eva Velázquez
Conocí a Alicia hace muy poco tiempo, por intermedio de Liliana, compañera de la escuela primaria, que me sumó a su grupo de amigas de la tercera edad.
Ojos azules como el mar calmo, de palabra serena, pero con un dejo de ¿amargura?, ¿dolor?, ¿angustia? Pronto aparecía su sonrisa amable, picaresca, en su cara radiante con esos ojitos azules que son como un faro: luminosos y vivaces.
Fue invitada a conocer una réplica del Crucero General Belgrano de la A.R.A., que se exponía en la E.E.T. Nº 1 Dr. O. Magnasco de Rosario del Tala.
Firme, emocionada, con la mirada brillante por el recuerdo de su esposo, revivía su dramático paso por el crucero, su hundimiento y su rescate del mar tras muchas horas en las gélidas aguas del Mar Argentino.
Ella lo había esperado, aferrada a sus pequeñas niñas, con sus ojos azules cargados de esperanza.
Acompañó su regreso al pueblo, lleno de gloria, con el alma astillada y un largo silencio de años que Alicia respetó hasta que él pudo superar lo vivido y narrar con naturalidad su experiencia. Siempre estuvo a su lado, con sus tres niños, fortaleciendo día a día el vínculo amoroso de su matrimonio. Siempre acompañándolo al club, a la cancha, atendiendo a la gurisada, y luego disfrutando con el correr de los años la llegada de sus siete nietos.
A su lado siempre, en permanente compañía durante su enfermedad, sin una sola palabra que conmoviera los recuerdos dolorosos de la guerra. Con sus hermosos rulos y sus ojos azules, calmos, que irradian paz.
Su pérdida para ella ha sido como un broche nefasto en su vida llena de pesares. Y ahí están sus ojos azules, orlados del brillo de las lágrimas no vertidas. Vivaces, llenos de esperanza de una vida mejor para todos, junto a sus hijos y nietos, mitigando su ausencia con relatos del abuelo: su niñez, su adolescencia, su noviazgo, el matrimonio, los hijos, la llegada de la orden de embarque. La alegría porque iba a defender a la patria, mezclada con el dolor y el miedo de verlo partir hacia esas aguas inmensamente azules, hacia el frío, el viento, la espuma, bajo el cielo celeste que lo cubre todo, junto a las nubes blancas que recuerdan a cada instante nuestra bandera y la orden de recuperar nuestras islas perdidas.
Hoy sus palabras son dulces, serenas, de buena gente, interesada en el bienestar de todos.
¡Ay! Si la guerra no hubiera pasado por estos lares. Cuántos ojos azules, negros, marrones, miel, verdes, celestes habitan nuestro suelo, llenos de dolor por esa guerra cruel de la cual parece que no aprendimos nada.
Quiero que sea feliz y disfrute al máximo, que la vida la colme de bienestar, que podamos contenerla en el abrazo fraterno y la charla amena de nuestro grupo, donde intercambiamos risas, charlas y bromas de la vida diaria. Donde surge el recuerdo de su esposo, con Teresita dándole siempre palabras de aliento y las otras amigas del grupo reafirmando su valentía y la necesidad de continuar adelante por las generaciones que vienen, fruto de los vientres como los hijos del vientre de ojitos azules.
“Suelta el burro”
Ramiro Héctor Riedel
Un día cualquiera, más precisamente por la tarde, cuando las palomas vuelven a su apostadero, estaba yo sentado conmigo en los fondos de mi casa, pensando en naderías. De pronto, me pareció sentir una voz muy tenue que me decía: “Suelta el burro”.
Buah… ¡qué raro! ¿Estaré soñando despierto?
No le di importancia y seguí con mis naderías: que vence la luz y el gas y no he cobrado todavía… Y encima esa gripe que conspira contra el presupuesto… Y el calefón que se rompe justo a fin de mes, y en invierno… No te digo, si todo se junta para comerse el aguinaldo…
Nuevamente, esa vocecita, algo más fuerte y definida: “Suelta el burro”.
No, no puede ser, no estoy soñando. Me doy vuelta mirando a todos lados y nada. Bueh… Para colmo tendré que ir al psicólogo, caro e interminable, y ese APOS que no reconoce la especialidad.
Me quedé intranquilo. Y nuevamente la Voz, esta vez clara y cariñosamente imperativa: “Suelta el burro”.
No aguanté más y me quise levantar para ver si alguien me estaba jugando una mala pasada tras la tapia, porque yo no tengo burro, ni suelto ni atado. Pero entonces la Voz me dijo: “Tranquilo, no busques afuera lo que está adentro de ti. El burro es ese otro yo, al que tantas veces agobias con cargas tan pesadas como inútiles. Hazte amigo del burro. Quítale esos arneses de preocupaciones, suéltalo, déjalo revolcarse y retozar en libertad, que lo tiene merecido. No sea que un día te recrimine, como la burra de Balaam: ‘¿Qué te he hecho yo, para que me pegues ya tres veces?’” (Números, 22).
Te la hago más clara: en vez de seguir removiendo tus preocupaciones, lee el evangelio donde dice:
“Mirad las aves del cielo… no siembran ni cosechan, ni recogen en galpones, y vuestro Padre celestial las alimenta… Aprended de los lirios del campo, cómo crecen: no se fatigan ni hilan, pero ni Salomón en toda su gloria se vistió como uno de ellos… Si a la hierba del campo Dios así la viste, cuánto más a vosotros; no andéis preocupados, que ya sabe vuestro Padre celestial que tenéis necesidad de todo eso. No os preocupéis del mañana…” (Mateo, 6).
Y vuelvo a mis confidencias. La Voz desapareció. Y, como avergonzado de mí mismo, pero con gran paz interior, me quedé mirando los pájaros; cada uno que pasaba me repetía el mensaje de la Voz.
Y contemplé las flores con otros ojos, y en su belleza leí el mensaje de la Voz.
“Hay que soltar el burro…”.
Es el secreto de la salud mental, y por ende de la salud física.
Es la condición para disfrutar del maravilloso don de la vida. Es una obligación de gratitud.
De última, es un imperativo religioso.
¡A levantar la vista!
¡A mirar los pájaros!
¡A mirar las flores!
¡A soltar el burro!
Viejo, mi querido viejo
Miguel Lloya
Mi relación con mi papá fue la mejor: para mí, fue el mejor padre del mundo. Hablábamos mucho. Él era un tipo muy inteligente que tenía muchos libros y enciclopedias. Me daba muchos consejos. Me enseñó a ser amable y respetuoso con la gente, a ir por el camino correcto.
Yo jugaba al fútbol en el Deportivo Italiano, y él iba a verme a todos los partidos: era mi mayor admirador. Un día me llamó a su habitación y me dijo: “Hijo, sos mi ídolo”.
Cuando yo era un muchachito de unos veinte y largos, ya casado y con mi primera hija, Gabriela, él empezó con los trámites para jubilarse. En ese tiempo, yo vivía en la casa de adelante y él, con mi madre, vivía en la casa de atrás, en el mismo terreno.
Recuerdo el día que logró cobrar la jubilación por primera vez, que le pagaron como ocho meses juntos. Vino a buscarme adelante y me dijo: “Yo sé el coche que te gusta a vos y ya lo tengo encargado”. Era una Chevy preciosa de cuatro puertas. Ese mismo día la fuimos a buscar. Sentí una alegría tan grande que, cada vez que me acuerdo, me emociono.
A partir de esa primera Chevy, fui remando y remando hasta llegar a tener la que realmente soñaba: una cupé.
Gracias, viejo, te voy a recordar hasta el día que me muera.
Zarifa, mi abuela
Mirta Zulema Naddaf
Soy Mirta, la nieta mayor de las mujeres de Zarifa, mi umme. Así la llamaban mis padres y tíos, aunque en realidad significa mamá.
Mi abuela paterna era una mujer pequeñita, de largos cabellos, sumisa, callada. Nació en Homs, Siria, el 15 de noviembre de 1902. Homs es la tercera ciudad más importante del país, capital de la provincia homónima, situada en el centro oeste de Siria, a lo largo de la orilla oriental del río Orontes, en una zona especialmente fértil.
Sus padres, mis bisabuelos Antonio y Basima, vivían en este bello lugar y tuvieron seis hijos: Basim, Demetrio, Jorge, Mueshli, Wahiba y Zarifa, quien fue una de las hermanas mayores.
En esa época, Siria estaba bajo el dominio de los turcos, pero los árabes como mi abuela no eran turcos. Los árabes eran de estatura baja, piel blanca y cabellos claros, mientras que los turcos, en su mayoría, eran altos, con abundante cabello negro.
Mi abuela no pudo ir a la escuela; estaban en guerra y además tenía que cuidar a sus hermanitos. Durante la Primera Guerra Mundial, el gobierno otomano se alió a los Imperios Centrales (Alemania y Austria-Hungría) en contra de Francia, el Reino Unido y Rusia. La guerra destruyó su tierra y su vida cotidiana.
Cuando tenía 14 años, decidieron que se casaría con Salomón, un hombre once años mayor que ella. Zarifa no lo conocía y tenía mucho miedo, pues aún era una niña.
Sentadas alrededor del brasero que funcionaba como estufa en nuestra casa, donde vivíamos con ella y mis tíos, mi abuela me contaba su vida. Me relataba cómo, después de muchos intentos, curaciones y pérdidas de embarazos, finalmente logró quedar encinta. En 1923, el día de Reyes, nació mi papá, su pequeño Miguel.
Durante la Gran Revuelta Siria (1925-1927), mi abuelo luchó contra el dominio francés. Una mañana apareció en casa ensangrentado. Con el tiempo, se enteraron de que desde un puerto cercano salían barcos hacia América, un lugar desconocido donde, según decían, no había guerra y se podía vivir mejor. Vendieron lo poco que tenían y, junto a otros familiares, se embarcaron rumbo a un futuro incierto.
El viaje fue largo y lleno de dificultades: tormentas, enfermedades, hacinamiento y la tristeza de abandonar su hogar. En el trayecto, el hermano menor de mi papá falleció y su cuerpo fue arrojado al mar.
Primero llegaron a San Pablo, Brasil, donde vivieron un año y nació mi tía Adiba. Poco después, en 1927, se trasladaron a Buenos Aires. Se establecieron en Lomas de Zamora, donde había una comunidad árabe numerosa. Aunque estaban rodeados de paisanos, la vida no fue fácil.
Adiba nació sorda, lo que entristeció profundamente a mi abuela. A pesar de no contar con educación especial, mi tía aprendió algunas palabras y fue muy despierta. Más tarde nació Nélida, cuyo nombre ya no era árabe, reflejo de la adaptación a su nueva patria.
Cuando todo parecía encaminarse, mi abuelo Salomón murió de peritonitis a los 41 años, dejando a Zarifa viuda y embarazada. Pese al dolor, mi abuela encontró fuerzas en sus hijos, quienes empezaron a trabajar desde muy jóvenes para mantener la familia.
Miguel, mi papá, se puso de novio con Maruca, una joven hija de árabes del barrio. Se casaron por la iglesia ortodoxa el 1 de diciembre de 1945, una boda que fue una gran celebración para todos.
Zarifa vivió con ellos hasta que nosotros nos mudamos a Santiago del Estero. Su tristeza fue inmensa cuando partimos, aunque tenía cerca a sus otros hijos.
Con el tiempo, la vida le regaló momentos de felicidad, como la visita de su hermana Wahiba desde México. Esos días estuvieron llenos de alegría y recuerdos, pero la despedida fue un golpe difícil de soportar.
En 1965, mi padre falleció a los 42 años, la misma edad que tenía mi abuelo al morir. El dolor de Zarifa fue indescriptible; sentía que ya no tenía razones para vivir. Meses después, su cuerpo sucumbió a varias enfermedades, y el 8 de diciembre de ese año, partió de este mundo.
Sólo pude compartir 12 años con mi abuela, pero su historia y su amor dejaron una huella imborrable en mi vida. Lamento no haber hablado más con ella, no haberle preguntado más sobre su infancia y sus padres.
Con este relato, quiero honrar a Zarifa y a todos mis ancestros. Fueron ellos quienes, con su valentía y sacrificio, nos dieron la vida que hoy tenemos. Por eso, los recuerdo con gratitud y amor.
Algo más que un poco de agua fresca
Mercedes Novillo
A la memoria de la abuela Inés y de los vecinos del barrio donde me crié en Gualeguaychú.
Recuerdo aquellas frases que fueron cambiando a medida que crecía: “No te asomés al pozo, que te podés marear y caerte”, cuando era pequeño. Ya más grandecito: “M’hijo, hay gente esperando por agua; vaya, saque y tráigales, que el sol está fuerte”.
Eran palabras que se repetían en mi infancia y adolescencia, todas referidas al pozo de agua en la casa de mis abuelos. Agua clara, de vertiente, como ellos la llamaban; dulce, la más dulce que he probado, con un sabor único que nunca volví a encontrar. Fresca en verano, helada en invierno, siempre lista para saciar la sed de quien la pedía.
No es que no hubiera agua corriente en la zona; sí la había, pero su calidad y sabor no podían compararse con los de aquel pozo. Mi abuelo Domingo lo desinfectaba dos veces al año con piedras de cal viva, y nunca dio resultados de contaminación en los análisis que se le hicieron. Por eso, muchos vecinos venían a nuestra casa a buscar agua: no sólo por su sabor, sino también por su fama de embellecer el cabello, según las señoras, y por otros beneficios que, en ese entonces, no comprendía, pero que con el tiempo aprendí a valorar.
Personalmente, odiaba los días de corte de agua, cuando las filas de vecinos se extendían en nuestra casa y en la cercana sodería de Campbell. Yo era uno de los encargados de sacar agua del pozo, que en ese entonces no tenía roldana. Me apoyaba sobre el sólido brocal de ladrillos y, a pura fuerza de brazos, subía el balde lleno desde varios metros abajo. Más tarde, le instalamos una roldana, lo que hizo la tarea mucho más sencilla.
A veces, había que explicarles a los vecinos que esperaran un rato para que el agua se limpiara, ya que tanta demanda la enturbiaba. La mayoría lo entendía, aunque nunca faltaban alguna señora rezongona o algún viejo cascarrabias que protestaba, aun si no tenían nada mejor que hacer que esperar.
Había algo más, algo intangible, que también se reunía en torno al agua de aquel pozo. Recuerdo, por ejemplo, las visitas de doña Gerónima Alegre, “La Yuyera”, una figura icónica del barrio. Era una mujer pequeñita, morena, de rostro curtido, vestida de negro, con un pañuelo en la cabeza y su inseparable canasta de yuyos medicinales. Al mediodía de los calurosos veranos entrerrianos, solía detenerse en nuestra casa, golpeando las manos, para pedir un vaso de agua fresca.
La abuela Inés la invitaba a pasar bajo la enramada de jazmines que mi abuelo había levantado. Allí se sentaban ambas a compartir el agua, a charlar sobre la vida, los hijos y las “plantas de remedio”. En ese entonces, no entendía mucho de esas conversaciones, pero con los años comprendí que había tenido el privilegio de escuchar a dos mujeres que eran verdaderas enciclopedias de saber popular sobre hierbas medicinales.
Otro recuerdo es el de don Rojas, un cuidador del Parque Unzué. Viudo y habiendo perdido a su único hijo, llevaba una vida solitaria. Paraba en nuestra casa después de su jornada para pedir un poco de agua fresca y charlar con mi abuelo. Una vez, con la ignorancia propia de un niño, le pregunté a mi abuelo por qué don Rojas no tomaba agua en su casa. Su respuesta quedó grabada en mi memoria: “Él no viene por el agua, m’hijo; es brava la soledad, y él está muy solo. Ya lo va a entender cuando sea grande”. ¡Y vaya si lo entendí viviendo en la Patagonia!
También está el recuerdo de Marina, la rubia hermosa del barrio. Lentamente, vimos cómo perdía la razón y se volvía loca. Había sido muy amiga de mis tías y muy cariñosa con mi abuela. En los raros momentos de lucidez, pasaba por nuestra casa a pedir agua fresca y a preguntar por “las chicas”, aunque hacía años que no vivían allí. Mi abuela siempre tenía una manzana para ella, que Marina aceptaba riendo, para luego irse cantando, a veces lúcida, otras ya perdida en su propio mundo.
El pozo, ese ojo de cielo allá en el fondo, quedó con su brocal intacto cuando las disposiciones municipales obligaron a taparlo. Mis abuelos se negaron a cegarlo por completo, pues sostenían que nadie tenía derecho a arruinar “esa vertiente”.
Hoy, desde la distancia, recuerdo con nostalgia su agua, ese sabor incomparable que sólo volví a sentir en un arroyo de la cordillera chubutense. Ese pozo fue más que un lugar de agua; fue un punto de encuentro, un refugio, un testigo de historias que moldearon mi vida y me enseñaron a valorar lo simple y lo profundo.
El piano
Gregorio Jaime Gallinal
Nada me gustaba más en esos días de pantalón corto que sentarme en el umbral de la casa de abuelita. Mis días transcurrían felizmente en la ciudad de Tandil, pero la familia de mamá vivía en Buenos Aires. Todos los años viajábamos en tren a la capital para disfrutar de las fiestas de fin de año, algún cumpleaños de abuelita o algún casamiento familiar. El barrio de Boedo conservaba la gloria de su historia arrabalera y de los goles de San Lorenzo. La puerta 5 era la última del larguísimo pasillo donde corría carreras con algún competidor imaginario o donde lanzaba mis autitos, emulando el tránsito de la avenida Independencia, donde estaba el PH. Con mi camión de bomberos, ese que tenía una manijita para subir la escalera con la que podía llegar hasta lo más alto de mi imaginación, apagaba los incendios de mi sueño de servidor público, ocupación que papá se esmeraba siempre en ponderar.
La casa era antigua, con postigones y ventanas angostas que yo veía de una altura interminable desde mi escasa estatura. Se ingresaba desde el vestíbulo, que se comunicaba con el resto de los cuartos a través de un patio central dispuesto a modo de semicírculo. De derecha a izquierda estaba el cuarto de tía Teresa, el cuarto de abuelita, el living comedor, luego un pasillo interno para acceder al baño y, por último, la cocina. Asimismo, todos los ambientes se comunicaban entre sí con puertas internas. Completaba el semicírculo la escalera que llevaba a la terraza, donde mis primos mayores hacían gala a fin de año de sus conocimientos sobre pólvora y explosivos. Unían, a través de un hilo impregnado en alcohol robado de la estufa del baño, petardos y rompeportones que, detonados consecutivamente, estremecían a todo el vecindario. El ensordecedor ruido era matizado con los colores de las cañitas voladoras. Los buscapiés que manipulaban Eduardo y Alberto, con la complicidad del resto, instigaban a tía Isabel y tía Rosita a dar asombrosas piruetas de ballet para esquivarlos, y a tío Oscar y tío Julio a exhibir sus dotes de zapateadores de malambo para intentar apagarlos.
Una vez terminada la sesión de brindis y pirotecnia, se daba comienzo a la sesión de música. Mientras papá contaba en el patio sus historias de vida que fascinaban a mis primos mayores, tío Rafael y tío Antonio iban elongando sus dedos. El piano estaba en el vestíbulo, frente a los sillones. Era casi un ceremonial de protocolo comenzar con la sonata Claro de Luna de Beethoven, el Concierto Nº 1 de Chopin, la Tocata y Fuga de Bach, para pasar a los valses de Strauss y, por último, algunos tangos, donde los tíos recorrían con sus dedos todas las octavas del teclado y mamá brillaba con su dulce voz entonando Melodías de arrabal.
Esa mañana, sentado en el umbral, miraba pasar los tranvías que iban hasta Paseo Colón, produciendo chispas en sus catenarias eléctricas, mientras me entregaba extasiado al perfume de tabaco que traía el viento sur desde la fábrica de cigarros de Av. San Juan al 3700. Observé al policía llegar caminando con una escalerita al hombro, que colocó luego en la garita de la esquina, desde donde comenzó a dirigir el tránsito. Tomé registro de que la garita era igual al as de copas de los naipes con los que jugaba a la casita robada con mi hermanita Isabel. De hecho, en sucesivas partidas, cuando aparecía el as, podría jurar que el policía que dirigía el tránsito entraba y salía de la copa. A ella también le gustaba ese barrio porque en la misma cuadra había un taller donde arreglaban muñecas. Quedaba fascinada contemplando ese lugar tan mágico, donde entraban desarmadas de dolor y salían felices y rozagantes, caminando de la mano.
Fue entonces cuando tomé la decisión. Había transcurrido suficiente tiempo para madurar la idea de cómo alcanzar ese momento tan anhelado. Me dirigí sigilosamente desde la vereda hasta el final del PH, donde estaba la puerta con el Nº 5. Abrí la puerta, ingresé al vestíbulo, verifiqué desde la segunda puerta que no hubiera nadie en el patio, me dirigí al banquito de tres patas con asiento circular ajustable y me senté ante la magnificencia de la caja sonora con lustre negro, de donde habían salido aquellas maravillosas melodías la noche anterior. Decidí que sería mejor levantar el asiento, para lo cual utilicé mi destreza aprendida de Flash Gordon y giré velozmente sobre el banquito, llegando hasta el final de la rosca y provocando el desparramo de mi existencia física en el piso.
Una vez recuperado de la contingencia y verificando nuevamente que nadie se hubiera percatado de mi presencia en el lugar, enrosqué unas pocas vueltas el asiento y me trepé a él. Levanté la tapa, retiré la tela que protegía el teclado, puse cara de obertura y preludio, levanté mis manos y clavé luego mis dedos en todas las teclas que encontré hasta donde se extendían mis brazos de niño. Yo sentía que las notas que habitaban ahí adentro salían en libertad con la misma pasión con que yo las ejecutaba. Rebotaban con fuerza en las paredes y los cuadros de la sala.
Una corchea se clavó en la comisura del labio del abuelo Jaime, quien, con ojos desorbitados, la masticó por unos instantes y luego la escupió detrás del florero, recuperando rápidamente su pose de cuadro. Un sostenido bemol muy inquieto comenzó a girar por la habitación de manera errática, al punto que, luego de soltarse del candelabro, salió por la puerta y fue a dar en la oreja de tía Teresa, quien llegó raudamente desde el patio.
Con la bondad que la caracterizaba, me dijo:
—Goyito, si te gusta tanto el piano deberías ir a aprender a tocarlo. Ahora vamos a cerrarlo porque me duele un poco la cabeza.
Lo que nunca entendió tía Teresa fue que, en realidad, el piano estaba desafinado para las excéntricas melodías que yo interpretaba.
En busca de Matilde
Mercedes Novillo
Me despierto en medio de la noche. Miro la hora. Son las 4 de la mañana. Me levanto, tomo agua y vuelvo a acostarme. Pero no puedo conciliar el sueño. Se me presentan imágenes, momentos de mi vida que no tienen ninguna importancia y que por años he olvidado. Me veo niña, muy pequeña, y estoy en el cuarto de mi bisabuela María, a quien yo llamaba Bita. En rigor de verdad, no me veo, sino que soy y estoy, y desde esa focalización, la de la niña, observo con curiosidad todo lo que me rodea. La Bita, postrada en su cama, tal como me he acostumbrado a verla, contesta con paciencia mis preguntas. Juega conmigo: ella es la patrona y yo la sirvienta; me da órdenes que no obedezco y que me provocan cataratas de risa; me llama con nombres cómicos y muy feos, lo cual es natural, pues son nombres de sirvienta: Ramona, Juana, Ruperta.
A los pies de la cama hay varias revistas: Estampa, Radiolandia y Antena, y una caja de hojalata en la que guardo las monedas que me regalan mis abuelos o mis tíos. Esa caja es mágica. Cada vez que llego de visita a la casa de mis abuelos, luego de saludarlos —a mi abuela la beso en la mejilla, mi abuelo sólo me acaricia la cabeza, y, al igual que todos sus nietos, debo contentarme con rozar con mis labios el dorso de la mano que él estira cuando alguno de nosotros se acerca, un curioso gesto originado en el recuerdo de la prematura muerte de un hermano por tuberculosis y el consiguiente temor al contagio—, corro a la pieza de la Bita, la abrazo, me cuelgo de su cuello, la beso y le pido permiso para abrir la caja.
Ella me dice que se la alcance; lo hago, la abre, y con tono de sorpresa exclama:
—¡Tus ahorros han tenido cría!
Yo cuento mis monedas y me deleito ante su aumento, sin cuestionarme el porqué. Sus palabras me hacen pensar en una generosa gallina y una cantidad de pollitos que la siguen. No me interesa el dinero, aunque conozco su valor; lo que me fascina es el milagro reiterado.
Una vez que la caja vuelve a su lugar, miro el ropero de luna ovalada que ocupa un costado de la habitación, y sobre él, una fotografía enmarcada como un cuadro. Es muy grande y está ubicada alto, en la pared. El cuadro muestra, en tonos sepia y gris, a una mujer joven vestida como para viajar, suposición que se refuerza por el bolso en su mano y la maleta a sus pies. Atraviesa su rostro una expresión de adiós definitivo. Me intriga. No la conozco, no es un familiar; no la he visto en las fotografías del álbum de casa.
Pregunto. La voz de la Bita se endulza con nostalgia cuando me contesta:
—Es Matilde, mi hermana.
La respuesta me conforma y me olvido del tema… hasta la próxima vez que entro al cuarto.
***
¿Quién es Matilde? ¿Cómo saberlo? Cuando tenía a quién preguntar, no lo hice, con esa despreocupación de los niños por lo que no les atañe directamente. Ya no hay nadie que pueda aclarar mis dudas. Esta noche, desvelada, he de penetrar en el misterio; he de tomar la punta del ovillo y desenredarlo hasta llegar al nudo central.
La enseñanza de la Historia ejercitada durante tantos años me ha proporcionado una experiencia mínima en este tipo de razonamientos. Veamos con qué cuento.
Tengo un nombre: Matilde. Un hermoso nombre[ Matilde: nombre germánico (Math-hild), “guerrero fuerte” (por extensión, luchador tenaz, constante).], ajeno a las implicancias religiosas de esos años en que las mujeres estaban condenadas a llamarse María, Dolores, Angustias, Remedios, Consuelo, Rosario, Concepción, Trinidad. Es un nombre especial —¿para una persona también especial?— y no se parece a los comunes de la segunda mitad del siglo XIX, época en que fue tomada la fotografía, según lo deduzco por la vestimenta y el peinado.
Conozco una relación parental de la que no puedo dudar: mi bisabuela no me mentiría. Era su hermana. Mi intuición se adelantó a la lógica, pues al decir era estoy dando por sentado que, en el momento en que me daba la información, Matilde había muerto, lo cual justificaría su voz apenada al decir:
—Es Matilde, mi hermana.
Pero la Bita decía es, lo que bien podría significar que Matilde estaba viva, presente, real para ella, coetánea de un pasado en que las dos eran jóvenes.
Las hermanas María y Matilde Beceiro Árbol. ¿Cuál de las dos sería la mayor?
Imposible precisarlo. Sé que María, mi bisabuela, era uruguaya y tenía 18 años cuando se casó en Montevideo con Rosendo[ Rosendo, en las antiguas lenguas germánicas, “Que va en dirección a la fama”.], español, de su misma edad, siendo ambos huérfanos de padre. Luego partieron rumbo a Barcelona, donde nació y creció mi abuelo Julián, hasta que toda la familia —el matrimonio con tres hijos casi hombres— volvió a repetir, a la inversa, el viaje inicial, regresando al Uruguay.
Probablemente, cuando María se casó y se fue, Matilde quedó sola en Montevideo. ¿Por qué no la llevaron con ellos? Debo imaginar alguna historia que justifique tal separación entre dos hermanas que sólo se tenían la una a la otra. Quizás, como hija mayor o menor, quedó cuidando a la madre.
Puesta a imaginar… veo a Matilde, llorosa, en el puerto, agitando un pañuelo mientras el barco se desvanece y se pierde en el inmenso océano. María también solloza, pues sufre con la separación, pero pronto enjuga sus lágrimas y sonríe. Mientras su hermana permanece atada a la madre, atada a su lecho, María inicia una nueva vida.
En Barcelona, María, la uruguaya, cose una batita primorosa para el hijo que espera[ Esa misma batita que vistió Julián, mi abuelo, la vistió mi madre, luego yo, y también la vistieron mis hijos y el primero de mis nietos.]. Se llamará Julián. Cose, borda, teje y canta. Ha aprendido el catalán, y todo es regocijo ante el milagro de la vida que crece en sus entrañas. Sesenta años más tarde, cantará la misma canción acunando al muñeco de celuloide de su bisnieta, la niña que mira el cuadro de Matilde. ¡Es tan dulce la voz de la Bita! La niña no entiende las palabras:
—¿Qué le daremos al noi de la mare?
Pero la bisabuela traduce a medias:
—¿Qué le daremos al Niño bendito, qué le daremos que no le haga mal? Pansas de figas…i mel i mató[ Mi bisabuela nunca me tradujo las palabras, cantaba en catalán y yo cantaba con ella, sin entender su significado. Con la ayuda del Diccionario Catalán-Castellano pude descifrar las que aún retenía en la memoria: “pansas de figas i mel i mató”: pasas de higo y miel y ricota, junto con la melodía que recuerdo en su totalidad aunque nunca más volví a escucharla. ]…—Y sigue la canción de los pastores que le llevan regalos al Niño Jesús.
Tiempo después se anuncia la llegada del segundo hijo: será Felipe. María vuelve a coser y a cantar. Surgen de sus manos prendas pequeñitas y de sus labios villancicos ingenuos, mientras de la mente y la mano de Rosendo brotan palabras exaltadas para defender al Rey, cuyos derechos corren peligro en esa España convulsionada de la segunda mitad del siglo XIX. Es escritor[ Un primo me mostró y tuve en mis manos uno de sus libros La Guerra de Melilla de Rosendo Ballesteros. ], investiga temas históricos y trabaja como periodista según la ocasión.
Frecuentemente viaja a Madrid. Allí, y en Barcelona, veladas y reuniones literarias lo reclaman a menudo. A pesar de su juventud, es un hombre muy solicitado, que gustosamente se presta a tales compromisos, olvidando a veces la hora del regreso al hogar. María lo espera, siempre atenta, y lo recibe sin una queja, con una sonrisa, la misma con que lo despedirá una y otra vez, serena y resignada, sin saber en qué salón o en qué cama pasará la noche su marido, débil ante las tentaciones de la vanidad, el halago y la belleza femenina.
Sin embargo, Rosendo la ama, y esa situación es común en esos tiempos y en los ambientes que él frecuenta. Los hombres pecan y las mujeres perdonan.
Una carta, muy breve, apenas un par de líneas, viene a alterar la tranquilidad de la familia. Matilde anuncia su próxima llegada.
¿Habrá muerto la madre? La carta nada dice. María cuenta los días que faltan para la fecha prevista.
Una Matilde desconocida, un poco triste, más madura, es la que desciende por la planchada y corre a refugiarse en los brazos de su hermana. Y una nueva María es la que la abraza y confiesa su soledad y su pena por las infidelidades de Rosendo, al reencontrarse con el tibio amor fraternal.
El hogar de los Ballesteros Beceiro se abre, cálido, para amparar a la hermana que ha cruzado el ancho mar en busca de consuelo y ayuda para su próxima maternidad.
Las explicaciones huelgan. El notario que administraba los bienes de la familia en Montevideo había fallecido y fue reemplazado por un joven llegado de Argentina, a quien le resultó muy fácil conquistar el corazón de Matilde, que se entregó a él sin medir las consecuencias. Al cabo de un mes, llegó la esposa del nuevo notario para reunirse con su marido. Matilde, ante la evidencia de su deshonra, entendió que debía alejarse. Si se hubiera quedado en Montevideo, el escándalo la habría destrozado. Buscó quién cuidara de la madre y, escondiendo su secreto, partió.
Las dos hermanas se acompañaron y compartieron un breve período de felicidad. Matilde, ahora la confidente de las penas de María, se dejó cuidar con devoción mientras esperaba la llegada de su hijo. Cuando finalmente nació, las dos hermanas, junto con Rosendo, decidieron inscribirlo como el tercer hijo del matrimonio: Alfonso.
Sin embargo, llegó el día en que la enfermedad de la madre y la necesidad de poner en claro las cuentas en Montevideo obligaron a Matilde a regresar. María la tranquilizó: Alfonso sería amado como el propio hijo que ella no había parido, y nadie jamás sabría la verdad.
Antes de partir, Matilde fue a un estudio fotográfico y dejó su imagen como recuerdo, para que no la olvidaran. Es esa fotografía grande, enmarcada, que yo miraba siendo niña mientras preguntaba quién era esa mujer.
Las hermanas no volverían a verse. En el viaje de regreso, Matilde contrajo la tisis, mortal en esos tiempos. Años después, tras cuidar a la madre hasta su último suspiro, murió en Montevideo, llevando consigo el dolor de la separación y el secreto de su desdicha.
***
El hijo menor de María y Rosendo —como tal fue siempre considerado Alfonso, sin que sus hermanos sospecharan el secreto que yo he descubierto esta noche— contrajo tuberculosis siendo adolescente. Esto, junto a otros motivos, obligó a la familia a desandar el camino y establecerse nuevamente en Montevideo. El viaje fue penoso por demás. Por exigencia de la compañía naviera, el enfermo debía permanecer aislado en su camarote, sin contacto con los demás pasajeros.
Sin temor alguno, María se aisló con él. Comía de su mismo plato, usaba sus mismos cubiertos, y dormía a su lado, animándolo a alimentarse y a no perder la esperanza. En las noches, enjugaba su frente sudorosa y lo cuidaba como si el amor pudiera ser suficiente para salvarlo.
Al llegar a Montevideo, los mejores médicos lo atendieron, pero nada pudieron hacer contra el terrible mal. Alfonso murió y fue enterrado junto a su verdadera madre, Matilde.
María había cumplido la promesa que le hiciera a su hermana: amó, cuidó y protegió a Alfonso, aun con riesgo de su propia vida, hasta devolvérselo a Matilde cuando el Señor así lo dispuso.
***
Las primeras luces de la madrugada anuncian el nuevo día. Aún escucho la voz endulzada de nostalgia de mi bisabuela que me dice, cuando le pregunto por la mujer de la fotografía:
—Es Matilde, mi hermana.
Creo haber develado el misterio. Ya puedo dormir. Encontré a Matilde.
Mi vida
Haydee Heredia
En la vida hay dos momentos en los que no puedes hacer nada: vivir del pasado y añorar el futuro. Así de simple. Lo analicé y me dije: “Sí, es verdad” (para mí).
Qué lindos veranos vividos en la costa. Cuatro varones en escalera, Héctor y yo.
Pururú… sándwiches… leche chocolatada… agua… La sombrilla que nos cobijaba, verde, roja y blanca.
Qué lindos tiempos aquellos, y muchos más.
Los chicos crecen, y la familia también, con la beba. Sí, al fin llegó.
Ahora pienso: ¿qué será de ellos cuando yo no esté? Sí, van a seguir con su vida, recordando al viejo y a la viejita.
¡Vamos adelante! Vivir el presente como Dios quiere.
“Seas por siempre bendito y alabado, Jesús sacramentado”.
¿Sabés papá?
Ricardo E. Carreras
Me desperté de una siesta breve, pensándote. Recordé que pocas veces te llamé papá. Cuando empecé a trabajar, te llamaba Don Carre, una abreviatura de nuestro apellido.
Tengo pocas imágenes tuyas, papá: te veo en el Parque Domínico (en esa época y ahora, Parque de los Derechos del Trabajador) conmigo en los hombros; haciendo cimientos en la casa de Wilde; subido a una mesada de cemento armado que habías construido; enojado, con los ojos grises saltones y rabiosos; cuando llegabas los domingos de la “changa”, con bolsas enormes llenas de pan de Viena, trozos de jamón cocido y recortes de fiambres, verdaderas delicias para nuestra cocina pobre, pero habitual en otros hogares.
Una vez te vi desnudo, levantándote de la cama que compartías con mamá. Fue impactante y, al mismo tiempo, de una simpleza sólo entendible desde lo humano.
Otro recuerdo: con vos en la cama grande, hablando y escuchando la radio roja General Electric, nueva. Yo tocando los pelos de tu pecho, vos riéndote. ¿Sabés, papá? No tengo vellos en casi ningún lugar de mi cuerpo y vos, que eras como un oso, grandote, peludo, con ojos grises, desafiante y con canas, siempre muy bien peinadas. Hoy también yo tengo canas.
Cuando te mostré mi primer recibo de sueldo mensual, del trabajo que me conseguiste, sólo dijiste: “Eso lo gano yo en un año”. Y ahí me di cuenta de que los dos éramos grandes.
Recuerdo también los asados que hacías, de carne o pescados. Y emerge tu figura mientras cosías con cuidado y delicadeza escobas en el oscuro galpón del fondo.
¡Qué tristeza, papá! Nunca te dije que te quería.
Al desenredar el hilo de la memoria, te vi picando cascotes para la fundación de la casa. Incluso me detuve en tu mano derecha, con dos dedos menos, aquellos que dijiste que se quedaron en la máquina donde trabajabas. Y escuché la música de la fiesta con todos los familiares y parientes, única e irrepetible. Al año siguiente te fuiste.
Aquella, tu figura enorme, después apagó sus ojos grises en el hall que habíamos hecho juntos con tanto esfuerzo. Pasaron a despedirte siluetas de vecinos, y con cada una se fueron lágrimas de mamá, que desde ese día se enlutó.
¿Sabés, papá? Tengo la sensación de que te recuerdo últimamente con más frecuencia. Me sirve para rememorar aquella época y para revisar mi función de padre. La adultez de mis hijas, hoy más que en otras oportunidades, me hace reflexionar. Quizás de modo especular. No sé…
Siento que sigo preguntándote (y preguntándome): ¿me aceptabas? ¿Fui, en ese momento, quien vos deseabas que fuera? Sin duda me amabas.
Hoy me queda la sensación, la idea, de que fui una frustración, una desilusión, un fracaso para vos. Nunca te lo pude preguntar. Te fuiste a los 52 años. Me faltó decirte que te amaba y que me quedaron preguntas.
¿Sabés, papá? Te tenía miedo, me asustabas. No te conocí casi, ni me conociste… ¿o sí? No lo sé. Me apena no haberte conocido más. Sólo te veía por la mirada de mamá, por la creación que ella había hecho de vos.
¿Quién tendrá tus ojos grises, papá? ¿Quién tendrá tu tenacidad y valentía frente a las adversidades? ¿Cómo puedo hoy, a mis setenta años, decirte que te amo y que te extraño?
Taperas de vida
Lydia Musachi
Mi afán de escarbar en el pasado me ha llevado a interesarme por descubrir los secretos que guardan las taperas en el campo. Es un hermoso día de sol, cuando el otoño está promediando y tiñe de amarillo las hojas de los árboles que, enmarañados, han crecido alrededor de la tapera de doña Ludovica.
Entramos por un camino abandonado que, hace unos meses, el agua de lluvia, al inundar los campos, había transformado en un arroyo. Cubierto de maicillos, cardos y gramón, es una alfombra por donde hoy se puede transitar. Por él llegamos al ingreso de la que fuera la chacra.
¡Qué nostalgia me dan estos abandonos! Entre los yuyales se distingue el alambrado, la quinta, donde perduran los granados enredados con las moras; debajo, las achiras han cubierto gran parte del terreno. Hay un entrevero de paraísos y brotes de eucaliptos, y en lo que fuera el jardín, las sandalias y orejas de elefante se levantan brillantes a la luz del sol que pasa entre el follaje. En un tarro lechero cortado a la mitad, un lindo helecho sigue su vida, como si alguien le prestara atención.
La base de la bomba de agua tiene inscripta una fecha: 11/8/1974. Hace ya unos cuantos años que decidieron reemplazar el pozo, la roldana y la cadena con el balde por un bombeador, porque se ve la instalación eléctrica, y enfrente, a la orilla del camino, pasa el tendido de la electrificación rural. Cerca está el viejo pozo, medio tapado de escombros y chapas, el que fuera manantial de agua fresca, heladera natural del vino bajado en bolsa para el almuerzo o la cena.
La puerta de la cocina, colgando de sus goznes, nos recibe con luces y sombras y con basura desparramada por el piso. En el rincón, una vieja silla, un colchón y pedazos de postigos dan muestra de que aquí ha vivido gente. Manchados azulejos blancos indican que alguna vez hubo una mesada o un fogón allí, y al fondo, en la pared profundamente rajada, hay una repisa y un cuadrito despintado, dejados quizás por olvido o como señal de que, por aquí, alguna vez pasó la vida.
La despensa se ha hundido en el sótano y la ventana yace en el fondo. Una pizarra cuelga en la pared, y los cables y fusibles muestran sus tripas cobrizas.
El único dormitorio no tiene ventana, sólo un hueco alto y flaco que mira al frente de la casa, de estilo italiano, de los tiempos en que los colonos levantaron sus viviendas con los recuerdos traídos del otro lado del mar. Allí no se ven rastros de los últimos moradores; no han dejado más que los retazos de su espíritu. Pero, pese a todo lo que se percibe a través del abandono, se siente la fuerza del trabajo que hicieron quienes, en estas chacras, dejaron sus vidas.
No había tampoco baño instalado. Se ve el piso de una letrina al costado de la casa y, seguramente, ese montón de ladrillos haya sido el lavadero que habitualmente se encontraba a un lado de la galería y que se usaba también para bañarse.
Más al sur se ven las ruinas del viejo galpón, con sus ladrillos enormes asentados en barro y las chapas arrancadas por los vientos, que yacen tiradas por los alrededores. El viejo molino ha perdido casi todas sus palas, la cola pende cual ave lastimada, y las tacuaras han cubierto los restos del tanque australiano. Un bebedero sin fondo recuesta sus pesares entre los cardos y, más al sur, entre el rastrojo de soja, se ven los restos del corral y los bretes rústicos de un tambo sin tecnología. Descubro también el antiguo refrescadero de los tachos de leche recién ordeñada, que sigue allí como esperando la nada. ¿Qué destino se le puede dar a algo tan anticuado?
Me muero de ganas de saber más, de escuchar anécdotas y rogar que no hayan muerto todos los habitantes de esta chacra. Doña Ludovica hace años que se fue a encontrar con su familia en el lugar donde no importan los esfuerzos que hemos hecho ni los palos que nos dio la vida. Descansa en paz del trabajo que ha dejado su marca en esta chacra.
Pero la vida sigue, las generaciones entregan la posta y las antiguas casas de campo van perdiendo sus pedazos, dejando rastros de las vidas que albergaron. Sólo hay que saber leer los mensajes que escribieron entre sus paredes y sus patios llenos de energía, los viejos pobladores de esas taperas.
El progreso hace que evolucionen los tiempos y se deje atrás lo que se vuelve obsoleto o no conviene seguir manteniendo por antieconómico. Pero lo único que no se puede abandonar son los recuerdos, especialmente aquellos que han dejado huellas tan profundas en nuestras almas.
¡Viejas taperas de nuestros campos! Cuántas palabras, cuánto amor, cuánto llanto han albergado entre sus anchas paredes. Y cómo se percibe, a través del bosque que lentamente las envuelve, el latido inmortal de la vida, que renovada brota cada día.
Una vida de rescate: Dios y las riendas
María Emma Zárate
Mi vida social comenzó el primer día de clases en la escuela número 8, en un pueblito llamado Arboledas, de la provincia de Buenos Aires. Mi vehículo era una petiza bien brillosa. Pasaron cuatro años y se inauguró otra escuela que me quedaba más cerca, llamada escuela número 12. Tenía medio año cumplido de cuarto grado, pero no me lo aceptaron y tuve que comenzar ese año nuevamente. Ya eran dos atrasos en mi vida: mi nacimiento el 23 de julio y volver a cursar cuarto grado. No fue para mí un año muy feliz, ya que la directora de este colegio me exigía escribir con la mano derecha (siendo zurda), con lapicera de pluma y tintero. Después de intentarlo durante mucho tiempo, y ganándose mi terror hacia ella, desistió de su deseo perverso. Quizás mis lágrimas de todos los días la conmovieron.
Otra faceta de mi vida es la lectura. Disfrutaba mucho de leer y me amanecía haciéndolo. Eso sí, no me faltaban los caramelitos masticables de todos los días. Yo creo que la pasión por la lectura me abrió nuevos caminos, y seguí mi educación en la ciudad de Bolívar, viajando cada quince días en tren. Aún recuerdo esos trenes con sus asientos de madera, donde pasaba horas leyendo y observando la belleza del paisaje. Todavía lo añoro.
Regresé del campo y vinieron a verme de la escuela número 8, mi primera escuela. Querían organizar una doma a caballo para beneficio de la escuela. La propuesta era que yo subiera en ancas con otro domador, ya que asistiría más gente si subía una mujer, pues era una novedad. Acepté con mucha intriga y curiosidad. Me pasearon por todo el boulevard de la ciudad. Hoy conservo una copa de recuerdo, y el aplauso de los niños felices por la recaudación aún resuena en mis oídos.
En mi familia somos seis, o lo éramos. Otra costumbre inolvidable era que todas las noches rezábamos el rosario, que mi madre dirigía. Mis hermanos marcharon, ya que yo soy la más pequeña, y sólo quedamos tres. Sólo quedaron mis padres y “el peoncito”. Partear vaquillonas pampas a cincha de caballo con un lazo, rastrillar el parquecito alrededor del molino y pintar las cubiertas blancas eran algunas de mis tareas. Pero al atardecer me llegaba mi recompensa: una naranja Bilz de aquellos años.
El 2 de noviembre, como todos los años, mi mamá viajó a la ciudad de Daireaux para visitar a los seres queridos fallecidos. Antes de irse dejó algunas recomendaciones: “Dejé comida en la heladera y la plata que hay en la casa la guardé en el saco azul”. Quedamos solos con papá. Por lo general, en un día así de triste siempre llueve, pero ese año la tormenta fue inesperada y mucho más fuerte de lo normal.
Recuerdo mirar la ventana, viendo la lluvia torrencial, con el rosario en la mano. De pronto, se sintió un rayo estremecedor. En ese ínterin, llegó un vecino desesperado, llorando y gritando que el rayo había matado a su hijo. Le pregunté dónde estaba su hijo y si había ido a verlo. Él sólo respondió que lo vio cayendo del caballo. No dije nada, tomé una toalla, el rosario y el agua bendita (que en mi casa nunca faltaba), monté mi ruana y fui a verlo.
No había tranquera, así que até mi caballo en el alambrado y corrí bajo la lluvia sobre la tierra arada, cayéndome una y otra vez. El caballo estaba muerto. Jamás olvidaré esa imagen. Él estaba tirado a su lado. Me acerqué para escuchar su corazón, y latía, aunque estaba rodeado de una aureola de pólvora y azufre, aún aferrado a la rienda de su caballo. Dios y la rienda lo salvaron. Le limpié la boca por dentro y por fuera con agua bendita, le hice respiración boca a boca, y reaccionó.
Lo arrastré como pude hacia su hogar y volví a mi casa. Le dije a su papá que fuera a cuidar a su hijo, que estaba vivo y lo necesitaba. Le alisté ropa, le preparé un café calentito, y lo llevamos a la sala Santa Máxima, donde quedó en observación.
Cuando mi madre regresó de su viaje, le conté lo acontecido en su ausencia, y me preguntó:
—¿Qué ropa le diste?
Mi cara lo dijo todo: “El saco azul”.
Mis amados padres, ante mi llanto, sólo me dijeron que me quedara tranquila, que Dios lo ve todo. Al tercer día, Jorge trajo el dinero y su eterno agradecimiento.
En ese momento sentí que Dios marcaba mi camino a seguir. Me fui a Daireaux, hablé con el doctor del hospital municipal y le pregunté si me permitiría practicar enfermería. Obtuve su permiso y comencé, muy ilusionada. A la vez, busqué un trabajo como mucama para poder vivir allí. Practiqué dos años consecutivos hasta que me nombraron. Recuerdo la alegría de ese momento.
Pasaba el tiempo. Siempre tuve muchas cosas por hacer y sueños por cumplir. Uno de ellos era ser madre, y lo logré junto a mi querido esposo Beto, con dos hijos hermosos y adorados. Pero otro deseo era obtener el título de enfermera.
La decisión fue muy difícil. Por un lado, estaban mis pequeños hijos; por el otro, mi carrera. Con el apoyo e impulso de mi esposo, decidí seguir mi sueño. Me preparé y viajé a La Plata para rendir el examen de ingreso. Gracias a Dios, aprobé. Con sacrificio y dedicación, me recibí en la Cruz Roja y regresé a Daireaux para reintegrarme al hospital municipal.
Con el tiempo, me jubilé a los 65 años, tras dar todo mi amor en esta profesión. Mi recompensa es salir hoy a la calle y recibir el abrazo y el cariño de la gente.
El sacrificio valió la pena. Estoy orgullosa de mi vida, de lo que soy y de lo que logré. Ahora disfruto de mis hijos y nietos, contando estas historias y muchas más.
Verena y Ulderico
Alicia Araceli Meza
En esa mañana de verano, cuando el sol alumbraba en su plenitud y aún no había pasado la hora de las lagartijas, ellas ya asomaban en el camino largo que conducía a la casa de don Mateo Falcón.
Al trote por ese camino iba don Manuel, montado en su alazán, y en la parte anterior de su montura iba trepado, con la total inocencia de su edad, el niño Ulderico, que disfrutaba del paseo, escuchando el silbido bajo de su padre y el retumbar sonoro de su corazón.
La visita estaba programada.
Iban a concertar un pastaje para algunos vacunos. ¡Este verano venía bravo! Y, sumado a la reciente travesía de cambio de lugar, los animales ya estaban necesitando una querencia nueva.
Cuando los jinetes llegaron a esa vivienda, los recibió el aroma de las madreselvas que crecían enredadas y formaban una glorieta. Mezclado con ese aroma se percibía también el cedrón, el burrito, la menta, la manzanilla y el pachuli, en una alquimia perfecta para dar la bienvenida.
Cuando llamaron, con un golpe de mano, no salió don Mateo. Después se supo que estaba en sus quehaceres de administrador de ese campo que rodeaba la casa y se perdía en el horizonte.
Salió, sin embargo, su esposa, doña Vence, apócope de Wenceslada, con su característica simpatía, su trenza larga, de hilos de plata, larguísima y anudada en un rodete, y con su delantal de cocina que usó para secarse las manos, esas manos que llevó como sombra delante de sus ojos, esos ojos que ya habían mirado bastante, que habían llorado lágrimas de ausencia y también habían sonreído, porque la vida es eso: una lágrima, una sonrisa, un dolor, una alegría.
Y detrás de todo eso, que era el monumento al amor, prendida a su pollera oscura, aún de luto como se estilaba antes, estaba una niña.
Una niña hermosa, con bucles en su pelo, con sus ojos color miel y su timidez.
Se había asomado con la intriga del momento.
Ella es Verena.
Ulderico recuerda sólo eso de esa visita: ese ángel rubio y bello que, en el libro de Dios, estaba escrito que el amor y el hilo rojo de la leyenda se encontraran. Verena tenía 5 años y Ulderico, 9 años.
Ahí comienza la historia de amor más maravillosa. La historia que se cuenta, se vive, se sueña y que duele, porque la esencia del amor viene con todos los matices que lo hacen vivo para recordar.
En los años venideros, y con la adolescencia vivida de una manera audaz y feliz, el segundo encuentro fue un acontecimiento.
Por razones laborales, Ulderico volvió a esa casa de cuentos, donde la brisa traía duendes mágicos que hacían piruetas de ensoñación. Verla fue la impresión de un estampido; todo su ser supo que eso, ese sentimiento, ese estado de shock, era el amor.
Ella, Verena, con su timidez a flor de piel y sonrojada de mil maneras, también sintió el impacto. El destino los unía y no lo sabían.
Este noviazgo tuvo todos los condimentos de un romance eterno, único e irrepetible. Todos los obstáculos fueron superados. Todos los sentimientos fueron dichos.
La ilusión de verla a su amada en los días correspondientes siempre fue una odisea, ya que Verena estaba custodiada por la presencia mansa y protectora de Mateo y
Vence, sus abuelos maternos.
Verena era una niña que quedó sin madre con apenas un año, y toda la ternura de esos abuelos intentó suplir el abrazo y las caricias del ser más amado y ausente en su tierna infancia.
Lo lograron, porque Verena tenía en su corazón la semilla de la bondad que había sido plantada por su madre, Juana, y estos abuelos la cultivaron con dulzura y paciencia. Ellos la amaron y ella les correspondió con creces todos esos años de entrega y orgullo.
En ese breve tiempo de amor furtivo, de besos fugaces, de promesas dichas, los cascabeles tintineaban con sonidos dulces y armoniosos. Todo era liviano, todo era maravilloso, todo era alegre, todo estaba por cumplirse.
Hasta que…
Llegó el tiempo de separación. Ulderico debía cumplir con la obligación del servicio militar.
En el año y meses de separación, el amor creció y también sufrió el fantasma del olvido. Las cartas, único consuelo y motivo para mantener encendida la llama del sentimiento que para esta fecha ya nada podía separar, fueron la compañía de ambos en la espera.
Cuando el regreso sucedió y el reencuentro se hizo realidad, todas las palabras enmudecieron. Los colores y la música ya tenían otro sentido.
Nadie jamás amó así.
Ellos son, fueron y serán la imagen del amor que el tiempo y la distancia no pudieron separar.
Verena y Ulderico se unieron en la vida y en la muerte.
Los días más dichosos fueron escritos en esos años; la templanza y la fidelidad al amor fueron la base de la familia.
El amor de Verena y Ulderico, mis padres, está plasmado en la memoria de la vida.
Aunque la muerte temprana de mi madre separó esa unión, nunca jamás se escribió una historia igual.
El amor es eterno, como eterno es el recuerdo.
Amenaza Nocturna
Diego Albin Martínez
Fuimos invitados, mi hermana menor y yo, al cumpleaños número ocho de uno de los niños de la cuadra. Su casa era muy antigua, de paredes y techos grises, con un amplio terreno que tenía salida a la calle, por donde ingresaba el coche de la familia, y donde se levantaban varios árboles. Aquella propiedad nos resultaba un poco tétrica, aunque cómoda para jugar, y los mayores eran amables; siempre invitaban a los chicos vecinos para que se divirtieran con Ricardito y Alfredito, sus hijos. Además, nos premiaban con meriendas abundantes y juguetes.
Ese grupo de niñas y varones tenía bastante creatividad, quizás alimentada por la escasez de programas televisivos para el público menor de edad. En esa época no había tantos canales ni variedad de ciclos infantiles como ahora; a lo sumo escuchábamos radio o leíamos historietas. Era común que las casas tuvieran materiales de construcción a la espera de ser utilizados; parece que entonces realizar refacciones no resultaba inalcanzable como lo es hoy.
Con unos pocos ladrillos, algo de arena y agua, y mucha imaginación, construíamos casitas minúsculas que para nosotros representaban castillos medievales. O, según el argumento del día, se convertían en trenes del far west, colectivos o aviones, con el simple recurso de alinear los cajones de fruta en diferentes órdenes. Por supuesto, esos cajones desempeñaban también el papel de sillas, que podían valer como trono, cadalso, o incluso montura. Habitualmente nos asediaban enemigos inventados, a quienes el líder del momento daba rasgos reconocibles para que enfrentáramos un peligro común.
En un momento, mientras jugábamos a las escondidas aprovechando que ya oscurecía, Alfredito alertó:
—¡Miren! —señalando el gran laurel que dominaba la propiedad desde el fondo como una oscura efigie—. ¡Hay unos ojos amarillos mirándonos allá!
Todos nos detuvimos a observar, y efectivamente, entre las sombras, a una altura de dos metros aproximadamente, divisamos un par de refulgentes y amenazadoras pupilas amarillas, que parecían vigilarnos.
—¡Ataquémoslo! —gritó Polito, que siempre encarnaba al gladiador y tenía espíritu combativo.
Por supuesto, ninguno se atrevió a dar un paso en aquella dirección. Cada quien había imaginado un monstruo particular; con mi hermana coincidimos en que se trataba de un gigantesco gorila escapado del circo que anunciaban los altavoces aquel verano. Algunos aseguraron que aquella mirada asesina provenía del tigre que el Loco César tenía enjaulado en su casa, y otros atribuyeron la afligente aparición a una avanzada de los invasores marcianos.
Se sucedieron instantes de extrema tensión. En esos trances de vida o muerte, los mayores parecen esfumarse; siguen con sus tontas juergas y músicas sin notar el peligro inminente. Sólo transcurren como un lejano ruido, por lo que nos vimos impelidos a defendernos por nuestra cuenta.
La pila de escombros de pronto se convirtió en nuestro arsenal, e iniciamos la resistencia. Varones y mujeres nos abalanzamos sobre el montón de cascotes para comenzar a lanzarlos con toda la fuerza y puntería de que eran capaces nuestras pequeñas manos. Fue una lluvia de piedras que para nosotros configuraban granadas de mano. Teníamos cierta experiencia: eran frecuentes las batallas a piedrazos con la pandilla de la manzana vecina, cuando nos cruzábamos en el baldío. Pero aquí el adversario significaba un peligro inédito, por lo que tirábamos a matar.
Lo que fuera que produjo aquel destello mortecino —seguramente un gato trepado a las ramas— decidió batirse en retirada. Pero la liga justiciera siguió arrojando bombas, asegurándose la victoria y apaciguando el miedo.
—¡Ya no está! —informó Alfredito, que llevaba la voz cantante por ser el mayor.
Espontáneamente surgió de la minúscula tropa un “¡¡BIEN!!”, entonado a coro.
En eso estábamos cuando la voz de la madre del cumpleañero nos interrumpió:
—Chicos, vengan, que vamos a soplar las velitas.
Ante la perspectiva de cantar el “Feliz Cumpleaños” y probar la torta, dejamos los festejos para después y nos dirigimos a toda carrera hacia el interior, saboreando la íntima satisfacción del deber patriótico cumplido.
El ladrillo
Daniel Antonio Molina
El nieto observó, curioso, al abuelo acariciar un ladrillo. Era una imagen peculiar, casi absurda. Uno está acostumbrado a ver cómo se acaricia un perro, un gato, incluso a un bebé, pero ¿un ladrillo? La pregunta no tardó en llegar:
—Abuelo, ¿por qué acaricia ese ladrillo?
El anciano sonrió, con esa calma que sólo dan los años.
—M’hijo, aunque no lo creas, este ladrillo es un tesoro. Es mucho más que un pedazo de tierra cocida. En mi infancia, los ladrillos fueron compañeros en cada momento importante. Cuando construyeron nuestra casa, toda la familia se unió para acarrearlos desde la vereda hasta el terreno. No eran sólo materiales; eran sueños, el cimiento de nuestra vida.
El nieto escuchaba, aún incrédulo, mientras el abuelo continuaba:
—Esos ladrillos no sólo nos dieron un techo, nos protegieron y guardaron nuestros secretos. ¿Sabías que mi mamá traía “ladrillos de chocolate” de la fábrica donde trabajaba? Eran un manjar en las fiestas. También, en los inviernos, calentábamos ladrillos para ponerlos en la cama y mantener los pies tibios.
El nieto, atónito, intentó desafiar esa nostalgia:
—Pero abuelo, ¿cómo puede un ladrillo ser tan importante?
El abuelo rio suavemente.
—También fueron nuestros sostenes en la cocina: las ollas, las pavas descansaban sobre ellos junto al fuego. ¿Y qué decir de aquellos días de juegos, cuando los muchachos nos gritaban: “¡Sos un ladrillo!”, porque éramos duros para el fútbol? Yo les respondía que prefería ser un ladrillo que un simple espectador.
El nieto ya no veía sólo un objeto áspero y rugoso, sino un fragmento de historia, de amor y lucha.
—Ahora, ¿entendés por qué acaricio este ladrillo? Porque es mucho más que un pedazo de tierra; es memoria, es vida.
La Negra
Fernando Medeot
Así le decían a mi mamá. Su pelo azabache no tuvo tiempo de encanecer porque murió cuando sólo tenía 49 años. Hija de inmigrantes friulanos, mitad gringos, mitad austríacos. Tenía cuatro hijos varones, vivía frente al Cine Marconi y no tenía enemigos. No era bella; era la mujer más hermosa del mundo. Confieso que nunca logré superar su muerte.
Recuerdo su enfermedad, su lenta agonía, su lucha contra un enemigo invencible. Su dolor de no saber. A veces siento una profunda angustia porque, entre los vericuetos de la memoria, se me va perdiendo el tono de su voz, pero, haciendo un esfuerzo enorme, aún suena como un acorde desesperadamente dulce. Era morocha, de ojos marrones, una sonrisa permanente, y compartíamos el gusto por el cine. Habíamos creado una maravillosa complicidad: ir juntos a las funciones dobles de los miércoles o los jueves en los cines de mi pueblo, Sampacho. Ella me invitaba y yo, fascinado, la acompañaba. Sólo veía la primera de las dos películas; en la segunda me dormía cuando largaban los títulos. Yo apoyaba mi cabeza en su hombro y sentía esa maravillosa sensación de que nada en la vida podía superar ese momento. Nos hicimos amigos de Spencer Tracy, Virginia Mayo, Cary Grant, Veronica Lake y mil actores más que nos saludaban al ingreso, desde los afiches ilustrados con colores sepias y semigrises. Al terminar la función volvíamos a casa, ella radiante y yo medio dormido, tropezando muebles y meando la tabla del inodoro antes de acostarme. Sólo detalles de una de las tantas noches que el paso del tiempo y la imposibilidad de recuperarla convierten en una mágica caricia del alma.
Su sonrisa era franca, abierta, y su risa sonaba medida y cálida, sin estridencias. Presumo que era tímida. Aunque se sonrojaba, festejaba siempre el chiste del japonés que tenía el pito corto, cuento que mi padre contaba al menos tres veces al año. Caminaba como caminan las madres. No sé explicarlo de otra manera, ni rápido ni lento. Se paraba a conversar dos o tres veces por cuadra. Cuando la veía venir desde lejos, me parecía que tenía un brillo especial, un aura que la rodeaba. Me sorprendía; nunca dejaba de mirarla. Y cuando estaba cerca, me abrazaba y acariciaba la cabeza, tocaba mi pelo rigurosamente corto, adornado por un flequillo que hoy me gustaría recuperar.
Era familiera. Amaba a mi padre y sobreprotegía a sus hijos. Se reunía con sus hermanas todas las veces que podía y armaban las fiestas de Navidad y Año Nuevo tres meses antes. En el verano cumplíamos con el inexorable rito de ir al río de Achiras. No menos de seis familias en tropel. Los primos íbamos en la caja del camión del tío Tito y allí, llenos de guadal y ansiedad, jugábamos a tirarnos pedos y eructar estruendosamente, mientras recorríamos un destruido camino de tierra de 45 kilómetros. Ojalá alguna vez pueda repetir la felicidad que me daba esa aventura dominguera.
Hace poco vi una foto de ella cuando tenía 20 años. Trajecito y gorra colorida, aunque la imagen es en blanco y negro. Mi mamá tenía piernas elegantes y su mirada era entre pícara y seductora… Mirala vos a la Negra. Una foto de juventud. Yo no había visto fotos de mi madre joven. Sí de cuando era niña y otras de adulta. Pero no había visto fotos de ella cuando era joven. Ni siquiera me la había imaginado joven. Para mí siempre fue una señora preocupada en darnos de comer y atender a mi padre. Cuando vi esa foto, sentí un agradable impacto. Mi mamá, 20 años, vestida como una adolescente. Había sido adolescente…
Casi al final, en medio de su enfermedad, solía verla en silencio, sentada en el living, frente a la ventana que daba a la calle. Tenía una bata azul y seguro leía Selecciones del Reader’s Digest o algún libro de Erich María Remarque. Al verme, levantaba la vista y sonreía. Hoy sé cuánto extraño esa sonrisa.
Recuerdo la mañana de su muerte. Era sábado. Y era un día de sol blanco, ese sol que pasa a través de las nubes altas y tiñe todo de una claridad desangelada. Cuando entré a casa, comprendí en un segundo lo que pasaba. Había mucha gente, mucho movimiento nervioso. Y mucha tristeza. ¿Cómo evitarla? Sólo atiné a meterme vestido en mi cama y taparme completamente con un cubrecama. De repente, en ese engañoso silencio, me sentí seguro; estaba aislado, no se escuchaban los ruidos. Me tapé los oídos y deseé, juro que lo hice con todas mis fuerzas, que nadie fuera a sacarme ese cobertor. Allí mi mamá no estaba enferma. Pero pasó. Mi prima Pirucha me dio la noticia. Es muy difícil explicar el dolor de saber que las cosas ya no serán iguales. Y es más difícil todavía comprender lo que viene después.
El resto fue silencio. Y más tristeza. Mi papá, Horacio, Raúl, Hugo, mis hermanos. Y mis amigos… Una maraña de detalles que resisten la fuga del tiempo y la memoria. ¿Por qué…? ¿Por qué es tan difícil superar la idea de la muerte, si sabemos que todos vamos inexorablemente por el mismo camino…? A los once años no hay respuestas para muchas cosas.
Después vino el tiempo de otras preguntas. Hubiese querido saber su opinión sobre las cosas pequeñas y las trascendentes, escuchar su punto de vista, intercambiar ideas, viajar juntos. Ver más películas, como Los puentes de Madison, que seguro la hubiese vuelto loca de amor. Hubiese querido recorrer su rostro, palpar su semblante, su sonrisa, su tristeza, sus enojos frente a las simplezas que nos unían. Saber si aprobaba algunas cosas que hice. Me hubiese gustado compartir más, haberla hecho abuela y que cuidara a mis hijos de la misma manera. Conocer sus gustos. Me hubiese encantado saber qué pensaba de mis novias, aunque presumo que hubiésemos estado de acuerdo, porque en todas siempre busqué algo de ella. Me hubiese gustado decirle alguna vez “hola vieja”, pero sólo llegué a decirle mamá. Y me quedé sin esa caricia sobre mi cabeza.
Hubiese querido agarrarla de la mano una vez más. Sólo una vez más.
En estos días, la Negra cumpliría 100 años. Es un buen motivo para esta catarsis. El tiempo lo cura todo, dicen. ¿Todo…?
Mejor no
Nelson Covarrubias
Ni siquiera deseo pronunciar tu nombre ni imaginar tu cara, ni recordar tu rostro ni tu sonrisa, y mucho menos escuchar tu voz, porque me elevo hacia lo lejos, donde, al cerrar mis ojos, te presiento… dulce, cerca, intensa, bella e inalcanzable… Porque aunque tu mirada se ingenia para penetrar mi interior, que pretende ser abstracto, se rinde y capitula ante el suave aroma de tu presencia.
Tapo mis oídos y pongo las manos sobre mi boca para que no exprese nada que me traicione y, desde mi corazón, brote lo que he silenciado con el imperio de mi razón, que trata de borrar todo lo que se refiera a ti, por tu bien y por el mío.
Quizás sea el adiós el mejor de los caminos.
Piedra filosofal
Juan Carlos Urbano
Darío “Cacho” Coria nació en los salitrales de Santiago del Estero, tal vez en uno común, de esos que los pampeanos llamamos “guadal”: esa tierra que parece arenosa y que, al llover, se convierte en un barro pegajoso, casi como greda, que se adhiere a la suela del calzado y te hace caminar “cada vez a mayor altura”. O quizás en un salitre negro, que aparece como manchas húmedas sobre el suelo, anunciando un cambio climático inminente y una mayor humedad relativa en el ambiente.
Hijo de jornaleros, “Cacho” logró concluir su instrucción primaria a los tirones, plagada de interrupciones y pasando por varias escuelas rurales dispersas en el monte. Aunque leía con dificultad, suplía esa carencia con un oído atento a las palabras de los mayores y de las personas instruidas. Así, forjó un bagaje de conocimientos nutrido por la rústica, dura y áspera vida que le tocó vivir.
Con el tiempo, formó su propia familia en Villa General San Martín, conocida como Loreto, la Capital Nacional del “rosquete”, esa masita parecida a una dona. Tuvo una numerosa prole, entre ellos a Amílcar, un niño-adolescente con cierto retraso madurativo o quizás con rasgos de autismo. Para aliviar a su compañera, “Cacho” llevaba a Amílcar consigo en sus tareas rurales, con la esperanza de que, con el tiempo, pudiera aprender lo básico para salir adelante.
A veces trabajaban con hacienda; otras, atendían al riego por inundación, tapando y derivando el agua por las parcelas del sembradío. En invierno, cuando las tareas eran más relajadas, se dedicaban a la elaboración de carbón. En la Colonia Hipólito Yrigoyen, “Cacho” fue empleado informal de Carlos “Carlitos” Martínez Uría, dueño de la estancia Mis Viejos. “Carlitos”, heredero de un laboratorio de especialidades medicinales, poco sabía de las penurias de sus empleados y de la gente del monte.
Una tarde, “Carlitos” le habló a “Cacho” de la Piedra Filosofal y sus bondades. “Cacho” lo escuchó perplejo. Conocía las propiedades de la grasa de iguana, la elaboración del bolanchao (esa exquisitez regional hecha con mistol maduro, freído y rebozado en polenta) y los yuyos del monte como el Palán-Palán. Pero eso de la Piedra Filosofal lo descolocó. Pensó en cómo algo así podría cambiar su vida, sobre todo la de Amílcar, sacándolo adelante en cualquier dificultad. Pero ¿dónde encontrar algo así en esos páramos de salitre y monte?
La charla con “Carlitos” nunca abandonó los pensamientos de “Cacho”. Cada vez que caminaba por las sendas, se detenía en los pozos rellenados con piedras de Ojo de Agua o Santo Domingo, buscando entre ellas alguna que coincidiera con la descripción: de color ámbar o rojizo. Sin embargo, todas resultaban ser piedras comunes.
Durante el invierno, “Cacho” y Amílcar fabricaban carbón vegetal. Se adentraban en el monte para recoger ramas o troncos de quebrachos blancos, algarrobos, vinales y mistoles. Evitaban el quebracho colorado porque, al quemarse, sus brasas crepitaban como pirotecnia, algo que molestaba a los buenos asadores. Su pequeña producción de carbón tenía incluso una marca: NINA, que en quechua significa “brasa”.
El proceso era arduo: trazaban una circunferencia en el suelo, apilaban las ramas, las cubrían con barro y las quemaban. Luego venía el trabajo de quebrar el carbón, embolsarlo, pesar las bolsas y apilarlas junto a la senda para que los camiones las cargaran. Todo esto, en un ambiente de polvillo y tizne, con el sol calcinando a pesar del invierno.
Un día, mientras quebraba una rama gruesa para hacer carbón, “Cacho” notó algo incrustado en su médula: un objeto rojizo y brillante que relucía bajo el sol. “¿Será la Piedra Filosofal?”, pensó incrédulo. La extrajo con cuidado, la envolvió en su pañuelo y la llevó a su quinchada. Allí confesó el hallazgo a su mujer y juntos lo guardaron en el escondrijo más seguro. Cada día, ambos la contemplaban, envuelta en un paño azul, soñando con su posible poder.
Hoy, Amílcar está por terminar la primaria y ya está inscrito en la secundaria nocturna. Tiene una voluntad de trabajo y superación que le sobra. Quizás la verdadera Piedra Filosofal siempre estuvo allí, en ese amor incansable de “Cacho” por sacar adelante a su hijo.
El viaje
Bárbara Antonini
Fue en el año 1983. Yo era estudiante de Arquitectura y debía visitar una fábrica de casas prefabricadas para hacer un práctico de la cátedra Construcciones II. Mamá se ofreció a acompañarme; para ella era toda una aventura, para mí una obligación. Estuvimos mucho tiempo bajo el sol esperando el colectivo, los caminos de tierra, el calor, la humedad, el polvo que se pegoteaba en la transpiración. Habíamos llevado todo lo necesario para hacer el relevamiento, cuaderno, lápices, cámara de fotos, pero no llevamos nada para calmar la sed. Yo empezaba a desanimarme, y ella sonreía, señalando y comentando todo lo que nos rodeaba. En determinado momento me dijo: “Hace de cuenta que vamos de viaje a conocer un lugar misterioso, donde aprender cosas impresionantes”. Su comentario me hizo cambiar la perspectiva, y al dejar de lamentarme, la espera se acortó. Desde entonces adopto esa actitud cada vez que las cosas se complican. De eso se trata la vida, es un viaje que nos da la oportunidad de aprender cosas impresionantes.
In memorian
Susana Noemí Carrasquera
De mis cuatro abuelos, sólo pude conocer a mi abuela materna. Una campesina murciana que, con poca suerte, llegó a estas tierras huyendo de la pobreza y tuvo que enfrentar la vida prácticamente sola por su prematura viudez.
Era pequeña, blanca, de ojos grises y cabello encanecido que alguna vez habrá sido rubio o castaño claro. Y era fuerte, como lo son los espíritus fraguados en la desgracia y el desamparo. Por eso, pudo sobrevivir hasta edad muy avanzada.
Ir a casa de mi abuela era comer rico, ser mimada con placeres simples, golosinas que nunca faltaban, espacios inconmensurables para mi visión infantil, trepar a los árboles, comer las frutas de cada estación directamente de la planta, columpiarme en la hamaca que tío Miguel había dispuesto en una rama del duraznero y jugar ocasionalmente con chicos vecinos.
La casa era pobre, circundada por una galería de parrales en donde rezumaban su dulzor diferentes especies de uva. Frente a la casa, el canal que distribuía sabiamente el riego para toda la chacra, y plantas, muchas plantas.
Todo era alegría durante el día, y en las noches de verano hasta tarde bajo el parral, pero el invierno era otra cosa.
Salir después del anochecer sola, aunque fuera bajo el parral, era adentrarse en terrenos tenebrosos bajo la amenaza de plantas y ramas que se convertían en monstruos prestos a atacarme. Por eso, en la noche, me quedaba lo más cerca posible de mis tíos y mi abuela, al calor de la cocina económica, mientras tía Ana bordaba; el viejo tío Salvador, hermano de mi abuela, y mi tío Miguel, despuntaban el vicio de un cigarrillo previamente armado y de un café “potrillo” en jarro, que se pasaban uno al otro sorbiéndolo con la bombilla a la manera del mate mientras jugaban a las cartas. En algunas de esas noches mi abuela me enseñó a tejer, y pude lucirme trabajosamente con una muestra del punto Santa Clara.
Al calor de la lumbre de un farol de kerosene transcurría el tiempo después de la cena, acompañados por la música o la novela emitida por la radio de batería.
El gato, hecho un ovillo, dormitaba plácido a los pies de mi abuela y esa hora de paz absoluta, con algunas frases y muchos pensamientos, se veía interrumpida a veces con alguna exclamación de los dos jugadores.
Luego venían los preparativos para ir a dormir, pues tía Ana iba a calentar mi cama con el viejo porrón de ginebra, lleno de agua caliente y envuelto en una franela para que no me quemara los pies.
Tengo esa estampa de un tiempo lejano grabada en mi memoria; me envuelve con su ternura como un relicario que me entibia el corazón, cuando la vida insolente me lastima el alma.
Mi vida
Oscar Rubén Bonificadio
Es la primera vez que participo. Me interesó la convocatoria pero aclaro que no quiero ser ejemplo de nadie. Sólo contar mis experiencias.
Cuando tenía cuatro años, (tengo 83) enfermé de polio. En aquellos tiempos era difícil un tratamiento para rehabilitarme. Una cirugía en manos de dos médicos prestigiosos logró extender los tendones de mi pierna derecha para que mi caminar fuera menos penoso. De ahí en adelante continuó mi vida en el colegio primario y luego secundario.
Nunca me dejé estar. Siempre fui positivo, algo rengueaba y me costaba manejar mi mano derecha que igual fue una ayuda. Fui disc-jockey, bibliotecario, vendedor de repuestos para autos. En sociedad abrí un negocio de repuestos y acumuladores y viajé al Sur en una camioneta muy cargada y solo. Nunca tuve problemas.
Conocí a Marta, mi amada mujer, y cumplimos 60 años de casados. Tenemos dos hijas de 59 y 54 años y cinco nietos maravillosos que son mi vida.
Pinté mi casa, podé árboles, corté el césped, cociné ricos asados y con parejas amigas salíamos siempre a bailar. Nunca me sentí vencido. Durante la pandemia tuve covid y eso aflojó un poco mis piernas.
Con mi señora decidimos elegir una residencia para sentirnos cuidados, ya que en el departamento las noches parecían muy largas… Y allí me esperaba algo muy gratificante con las profesoras de pintura y dibujo.
Comencé pintando con colores, continué con distintas técnicas: cuadros collages y cada semana era una experiencia reconfortante.
En mi interior guardaba algo que lograron despertar en mí las profesoras con su estímulo constante. No podía creer lo que lograba. Témperas y acrílicos en mis manos despertaban mi creatividad.
Y con un orgullo que uno no se imaginaba, obtuve el segundo lugar en Pintura en los torneos bonaerenses realizados aquí en mi ciudad, Mar del Plata.
Felices mis hijas, mis nietos, mis amigos y por supuesto mi apoyo de toda mi vida, mi mujer. A pesar de mi edad digo algo en chiste: “Una vida por delante”.
Recuerdos
Luisa Hazan
Eran los años setenta, cuando Gala Brun, doña Gala, tenía una casona frente a la plaza, y a unos metros de la playa pedregosa del Río Uruguay.
Cada verano invadía la casa una oleada de risas y gritos de turistas, niños con sus madres.
Llegábamos en un ómnibus que cargaba mi bicicleta y todo el equipaje en el techo. Recuerdo la alegría y emoción cuando nos acercábamos; las calles prolijas, las casitas con jardines, el sol. Todo nos prometía días de mucho regocijo.
Todos los años llegábamos a la pensión de doña Gala, en el centro de Federación, rodeada de árboles frondosos. Tomábamos la habitación del frente, a la entrada, con grandes ventanas enrejadas Nos esperaban con las camas preparadas, una mesa y sillas, para las tres hermanas con sus chicos pequeños. Allí servían el almuerzo al mediodía.
De mañana muy temprano, partíamos a la playa cargados con juguetes, salvavidas fabricados por papá con latas de aceite selladas, unidas por correas y canastos con huevos duros, tomates, fruta y Toddy, una bebida chocolatada deliciosa.
Después de refrescarnos en la amplia playa pedregosa volvíamos cansados, pero felices, a gustar los sabrosos platos que nos esperaban.
¡Qué placer volver del río con mucho apetito!, aunque doña Gala cuidaba de que comiéramos sólo lo necesario para sobrevivir. Aparte de la sopa, generalmente, una de las nietas traía un segundo plato que podía ser carne con papas o algún guisado.
Los fines de semana, llegaban los hombres de la familia, a descansar y disfrutar de la paz de Federación, un pueblo pequeño en el norte entrerriano, dedicado a gozar de la naturaleza y compartir sus maravillas con los turistas.
Un día, la dueña de la pensión recibió una cita del municipio: todos los habitantes debían asistir ese domingo a la plaza para recibir una comunicación importante.
Doña Gala se vistió con sus mejores ropas y cruzó puntual. Regresó a la hora, con lágrimas en los ojos y caminando lento; se derrumbó en el sillón de mimbre de la entrada. Cuando la familia la rodeó, comenzó a hablar entre sollozos.
—¿Qué te dijeron? ¿Qué pasa?
Sosteniendo el corazón que le saltaba, Gala comenzó a hablar.
—Debemos dejar la casa. Federación será derrumbada totalmente en 1979, para construir una represa.
—No puede ser, nuestra casa de tantos años, que costó tanto completarla, con los mejores materiales… y los muebles, los animales.
Los habitantes de Federación desarmaron sus casas, vendiendo sus partes por lo que les dieran y los jóvenes buscaron continuar en otras poblaciones
Otros, como doña Gala, no pudieron resistir este atropello y sucumbieron ante lo que les decían era un futuro promisorio.
La vieja Federación, el paraíso de nuestra niñez, quedó en nuestros corazones.
Una historia
Irene Estela Schaer
Hasta los 20 años viví en un precioso lugar llamado Loma Azul, ubicado entre Cañada de Gómez y Villa Eloísa, ambas ciudades al sur de la ruta Nacional número 9 de la provincia de Santa Fe. Formó parte de un enorme predio que iba desde Correa hasta Tortugas, en la denominada provincia, adquirido por mis ancestros al llegar a Argentina, desde Berna, Suiza. Era una estancia que llevaba ese nombre porque estaba en una loma y la siembra de lino la hacía aparecer azul a quien mirara para esos lares.
Ese enorme espacio llamado Loma Azul fue dividido en parcelas de más o menos 300 hectáreas cada una, repartida y habitada por los descendientes Schaer- Augsburger, que según relatos de mi abuela eran 14 hermanos de su esposo, y 7 hermanos de ella.
Con el tiempo, entre la descendencia que habitaba en esos lugares llegaron a ser 121 primos hermanos.
El 6 de agosto cumplía los años la Gross Mutter, la abuela de la Loma Azul. Mi abuela. De contextura pequeña y voz muy suave, era en realidad una gigante. Hacedora de todas las tareas de campo, fue pionera en lo que hoy llaman feminismo.
Viuda desde muy joven se hizo cargo del manejo de la estancia, donde los trabajadores eran todos hombres. Dirigió todas las tareas, cocinó, curó heridas y males del alma, ayudó, escuchó y fue dueña del espacio y madre al mismo tiempo.
Tuve la gracias de compartir el cuarto desde muy chica y hasta entrada la adolescencia. La recuerdo en el padrenuestro, rezado antes de dormir, dando gracias por el día que había pasado y pidiendo buenaventura para el siguiente. La recuerdo en el olor a tostadas, y a dulce de durazno, en los naranjos y jazmines florecidos, en las agujas de tejer, en las novelas de la tarde escuchadas por radio, radio a pilas y era un lujo viviendo en medio del campo. La recuerdo en los villancicos enseñados a sus nietos, en alemán y las bolsitas de Navidad, llenitas de dulzuras, elaboradas por ella.
Aún la veo venir desde el monte, trayendo en el delantal, naranjas o ciruelas, limones o huevos encontrados en una nidada entre la paja brava, o pollitos recién nacidos que necesitaban refugio, ellos y su madre, para prevenir el peligro de ser devorados por algún depredador de los que habitan en el campo.
Y aún permanecen en mi recuerdo sus manos ásperas en una leve caricia y su voz suave hablando lo importante, en un idioma duro que ella hacía tierno
Trajo maestro al campo para que sus hijos no debieran viajar al pueblo que quedaba a unos 17 kilómetros. En ese entonces era una enorme distancia, y el maestro sirvió para que sus hijos y los hijos de sus vecinos y la peonada se alfabetizaran.
El lugar contaba con luz eléctrica generada por molinillo eólico y en toda la casa existía calefacción central, y por supuesto, agua caliente y fría salía de todas las canillas, y estoy hablando de 1918 más o menos.
Había colmenas y se cosechaba miel. Había tambo y se proveía de leche recién ordeñada a todas las familias del entorno, se desnataba la lecha con máquinas a mano y se hacía la manteca que era exquisita. Y el suero servía de comida para los cerdos.
Los niños aprendimos todas las tareas del campo y participábamos de ella a manera de diversión. Ayudábamos en la cosecha de papas. Para entusiasmarnos se armaba un concurso y el premio era para el que juntaba la más grande.
Ayudábamos a la recolección de bolsas de maíz aún en mazorca que se subía a la chata con un guinche. Nos divertíamos a lo loco, volcando el contenido de las bolsas en un carrito, que a pura soga, era tirado por un caballo que montábamos y se vaciaba en la troja armada para tal propósito.
En la bandida habitual, más de una vez, maíz y niño caían a la troja juntitos.
Las fiestas, en donde todo el clan Schaer Augsburger se juntaba a pleno siendo las más concurridas, eran:
1. El 1 de mayo en que se practicaba la yerra. Primos y hermanos competían para lazar los novillos que serían castrados. Mi abuela cocinaría luego lo castrado transformándolo en manjar y mi madre haría las empanadas más ricas de la zona.
Los niños disfrutábamos viendo el espectáculo, y jugábamos en el monte de paraísos al croquet o al hoyo pelota, dependiendo de las ganas.
2. El 9 de julio en que se carneaba y se manufacturaba lo necesario para que sirviera para todo el año: chorizos, morcillas, jamones leverbutz y carne a la sal.
Todos ayudábamos incluyendo los niños, cortando daditos de grasa mezclando las carnes, comiendo, riendo y jugando.
3. Las Navidades, que a pesar de ser una familia no católica apostólica y romana, se festejaban con amor y respeto teniendo en cuenta que en la familia sí había quien practicaba y eran parte de esa religión.
En estos tiempos se estila armar el arbolito de Navidad el día 8 de diciembre.
En la Loma Azul, se armaba el día 24 de diciembre. Muy temprano en la mañana, después de ordeñar, mi papá, salía serrucho en mano a buscar la rama de pino, seguramente elegida hacía tiempo, que haría las veces de árbol de Navidad.
Tenía la forma perfecta. Se la “plantaba” en un macetón adornado por la gross y mi madre.
Los adornos eran muy frágiles, y no existían las guirnaldas, sólo velitas que se ajustaban al árbol con un dispositivo especial y que con mucho cuidado para evitar un incendio, un ratito antes de las 12 se las encendían.
El adornar el árbol se hacía detrás de una cortina para regocijo de los niños, que por cierto éramos 11 y llenos de curiosidad tratábamos de espiar para ver el resultado.
A las 12 en punto se quitaba el telón, cantábamos el OTannenbaum, que habíamos aprendido con la gross y a continuación se repartían los regalos, entre ellos, las bolsitas de navidad hechas por ella y llenas de golosinas, también fabricadas por ella. Éramos 25 en total. Nadie se quedaba sin ese preciado regalo. Las puertas de la estancia estaban abiertas para quien necesitara algo. Fue así que un día llegó un hombre alto, de piel marrón, piernas y brazos largos, enorme pies y manos. Ese era Tomasón. Un perro Buk, negro y flaco, llegó con él . Arribó un día venido de quién sabe dónde.
Aprendió el español y lo mezclaba con un dialecto, el alemán, un idioma que era habitual en el lugar, y que sin preguntas lo había recibido.
La pala ancha, la de punta, el pico, el arado de una reja, caballos, potrillos, vacas y terneros, todo, hacía juego con él.
Fue peón, tambero, jardinero, albañil, niñero, amigo, y abuelo.
La casa, el campo, los corrales, los montes, el jardín, y los perros lo amaron y la familia que lo cobijó también.
Un día cualquiera Tomasón se fue, salió de esta vida tal como vivió, en silencio, con mansedumbre y una sonrisa en su rostro marrón.
Lo enterraron bajo un ciprés, manzanillas florecidas adornaron su tumba y Buk vigiló durante muchos muchos días el lugar, hasta que enfermó. Vino entonces a la casa en busca de auxilio, y mansamente siguió, a quien para aliviar su dolor y su tristeza, sería su verdugo
Sin dudas la Loma Azul fue mi patria. Hoy ese bendito lugar ya no existe como lo recuerdo a causa de los avatares de este nuestro país.
Algo que se llamó el Rodrigazo terminó con la gente que ocupaba la Loma Azul. Mi abuela cuando se debió mudar al pueblo, a la casa de una de sus hijas, dijo con mucha tristeza, “árbol viejo que se trasplanta muere”, duró sólo 6 meses y partió. Mi padre, de estanciero, pasó a ser peón de patio de una ferretería. La tristeza le costó la vida.
El monte, los corrales, el molino de la luz, la casa de estilo suizo y el jardín de la Gross ya no existen. Hoy es campo sembrado de soja.
Basta ya
Mario Codarín
Es diciembre del año 2001. El negro Juan vuelve temprano al rancho con su carrito de juntar cartón. La calle está peligrosa la gente saquea los negocios. La policía reprime, hay tiros por todos lados. El Negro tiene unos pesos guardados de una changa y no quiere estar en la calle, es peligroso. El barrio está raro no hay chicos jugando en las veredas.
Pasa por mi casa. Juan es un hermano de la vida que nos separamos cuando llegó la represión, nos perdimos en medio de la población para sobrevivir.
Me exilié en España y volví muchos años después al pueblo, mi padre falleció dos días antes de mi retorno, mi hermano mayor un par de años antes y mi madre me dejó dos años después de la muerte de mi padre y mi llegada.
Mi parte del campo se la transferí a mis sobrinos y la viuda de mi hermano. Con el dinero ahorrado me vine a Buenos Aires me compré una casa en La Matanza y busqué trabajo. Me casé y armé una familia con dos hijos.
Me reencontré con el Negro un día mientras; el junta cartón, la vida había sido dura hasta empujarlo a vivir de cartonero en la villa.
El negro me dice:
—Gallego no venís para el rancho a tomar mate con torta frita, así hablamos un poco de política con algunos vecinos.
Aviso en casa y arranco con él, juntos tiramos del carrito. Se ríe el Negro y dice:
—¡Ahora soy patrón hasta la casa!
—¡Negro explotador! —Nos reímos los dos.
En la casa hay música, pero ellos no tienen radio ni televisor. Entramos en la casa, mira a la mujer con severidad y ella baja la cabeza.
—¡Fue el Negrito! Caminaba en el centro comercial y la gente empezó a saquear. Él se trajo el equipo de radio y la tele, no te enojes pide la señora. —Se le llenan los ojos de lágrimas al Negro Juan.
Su compañera nos ofrece mate y torta frita; no hablan, miran el piso, el techo, hacia la ventana, no se miran a los ojos.
—Estoy incómodo, me quiero ir. —El Negro con gesto me pide que me quede.
Su hijo mayor, el negrito, su preferido se alejó de él, no le habla, lo ignora, no obedece porque lo hace responsable de las necesidades que pasan.
Se escuchan en la otra habitación gritos del negrito, insultos, mira por TV cómo le pegan a la gente. Con los caballos atropellan a las madres de Plaza de Mayo, se para, sale de la pieza.
—¿Vamos con la gente a la Plaza de Mayo? —Le dice el negrito al padre
Se pone pálido Juan y exclama: ̶
—¡No, tengo mujer e hijos que mantener!
—¡Sos un cagón, por eso terminamos en un rancho! —Se da vuelta y se va.
Sale del rancho y Juan grita:
—¡Espérame negrito! —Salen juntos de la villa. Los alcanzo. Paramos el colectivo, el negrito le dice al chofer:
—¡Vamos a la Plaza de Mayo!, ¿nos llevas hasta la estación Morón?
El colectivero nos hace una seña de subir.
No pagamos los boletos en el tren ni del subte. Nos bajamos en la estación Piedras, para ver el panorama, comercios, bancos; todo cerrado. Es mucha la gente que camina con rapidez enarbolando un puño cerrado o los dedos en V. Con sus gritos furiosos marcan su estado de ánimo.
Acercándose a la plaza, la gente se va convirtiendo en una columna cerrada. La Plaza de Mayo está llena, los gritos que insultan al gobierno, la policía tira con balas de goma, arroja gases lacrimógenos. La gente corre. ¡Arroja palos y piedras que frenan a la policía! Así se pasó toda la tarde.
Juan empieza a pedir ayuda, a dar órdenes, prendan fuego para que los gases se quemen o se eleven. Desarmamos los andamios para hacer barricadas; hay que frena a la caballería que va a llegar. A la distancia se ve avanzar a la policía montada.
El negrito mira a su papá, lo sigue, obedece, como hace muchos años no lo hace, lo admira, está orgulloso como nunca de su padre, de estar codo a codo con él, en la calle, enfrentando a la marginación, la miseria, la injusticia, a su realidad, a la vida.
Se eleva un helicóptero de casa de gobierno, las radios anuncian que renunció el presidente, el ministro de economía y todo el gabinete. La gente, salta, ríe, baila, canta: “Que el Estado de sitio se lo metan en el culo”.
Llega la represión más brutal de toda la tarde, guardia de infantería, policía, caballería, gases, balas de goma, palazos, hasta el mismo diablo venía con ellos a reprimir, la gente corre y se desbanda.
Juan mira dónde está el Negrito.
Me señala, y me dice: —Mirá gallego. Lo veo a unos cincuenta metros, un policía de civil lo lleva agarrado de los pelos, Juan se acuerda de la tortura donde le arrancaron las muelas, picana, golpes, la cárcel, a principio de los setenta.
Levanta una piedra del piso, ruega “ayúdame tata dios”, arroja la piedra para darse tiempo a llegar, golpea en la cabeza del policía que cae de rodillas sangrando, sin soltar al negrito. Corremos con el negro Juan, nos da tiempo a llegar junto a ellos y le aplica una trompada en el parietal al agente, cae desmayado. Ese golpe lleva el odio, la desesperación de un padre que protege a su hijo.
El negrito queda paralizado.
—¡Corre boludo! —le grita Juan—. Corremos hasta la fuente de Lima y Rivadavia. Nos paramos un instante para tomar aire, suenan dos tiros.
—¡Tiran para acá! —exclama el negrito.
Nadie contesta, se da vuelta, ve al padre en el piso y a mi levantado la cabeza del Negro que tiene dos rosas en el pecho.
El negrito se agacha, para que no se le vaya la vida, pone sus dedos en las perforaciones que tiene el padre en el tórax.
Delante de los ojos de Juan, pasan los tiempos cuando él era el Negrito, la miseria en el pedemonte de la selva de Yungas, en Jujuy, los besos y abrazos de sus padres, los juegos con sus hermanos. El viaje en el tren Estrella del Norte, la llegada al conurbano. la escuela técnica, la fábrica, los queridos compañeros, el sindicato, la huelga, la prisión, la tortura y la cárcel.
—¡Papá no te mueras! —La voz del negrito lo trae de Vuelta.
—¡Viste, viste que no soy un cagón! —balbucea Juan.
Estamos rodeados de compañeros que quieren ayudar, pero los cuatro estamos solos, el negrito y yo abrazamos al Negro y la muerte que acecha.
—¡Nunca fuiste un cagón papito! —Llora el Negrito. Sonríe, cierra los ojos y Juan muere.
Quedamos solos el negrito y yo angustiados, quebrados, sin saber qué hacer, teniendo como compañía a la insensible muerte que se lo lleva.
Mis reflexiones
Marta Elvira Vega
Siempre amé las casas que habité, abrigo, segunda piel, dulce contacto. Afuera quedaban los temores, dentro, calor de hogar, paz y silencio.
Cuando cierran las puertas para siempre quedan las voces, los llantos y las risas…
La casa refugio de juguetes, recuerdos de bautismos, cumpleaños, navidades y aquella casa quinta de verano con alegres chapoteos en la pileta, el aroma al asado del abuelo y esas noches observando las estrellas o el vuelo fugaz de las luciérnagas.
Ahora en el ocaso de mi vida se cerrará otra puerta, sin retorno y quedarán las visitas familiares, las risas de los nietos, sus caricias, las comidas que ellos preferían las parrillas orgullo del abuelo, los panqueques desapareciendo de sus torres y las noches divertidas en sus cuentos.
Aquella que decía “nuestra casa” sólo era un techo temporal abrigo terrenal de otra familia.
Si me apego a las cosas que se dejan, será la despedida más penosa pero la vida sigue en otra dimensión nunca pensada. Aceptaré que el dolor y la nostalgia se transforman de a poco en olvido.
Aferrada a la vida
Imelda del Carmen Trejo
Desovillando la memoria del tiempo, no dejo de dar gracias a Dios por todo lo vivido.
¡Oh! Cuántos relatos podría comentar, pero me voy a centrar en uno en particular por su manera insensible de moverse entre la vida y la muerte, como un círculo perfecto, un viaje con principio y final de una existencia terrenal.
Esto ocurrió cuando el mundo se encontró de pronto con la insólita aparición de un coronavirus que, de una forma u otra, a todos nos unió.
La oración, las plegarias cargadas de amor, se renovaron, tanto que hasta el más incrédulo en algún momento, de rodillas, rezó. Cada día la expectativa crecía, pues de ello dependía el destino de las almas que, con dolor, se debatían en la incertidumbre.
Momentos difíciles fueron incontables, y en esas circunstancias, inesperadamente, me tocó a mí. Sé que mi hijo me encontró tirada en el piso. Así, desvanecida, fui trasladada en una ambulancia a un centro de salud.
Al despertarme, atormentada por un incontrolable dolor, visualicé un ataúd de cristal donde estaba. No podía respirar en ese solitario y frío lugar. Ahí, entre luces y sombras, la vida y la muerte parecían ser dos caras de una misma moneda.
Uní las manos y comencé a rezar, una y otra vez. Me preguntaba: ¿Qué dirá mi familia? ¿Cómo estarán? Miles de preguntas surgían, pero ninguna tenía respuesta. Hice un recorrido veloz por mis recuerdos, evaluando mi vida con cierta felicidad. La vida es compleja, pero siempre nos deja alguna lección, ya sea positiva o negativa, para un mundo mejor.
Aferrada a la vida, me movía entre lianas imaginarias para sobrevivir en esa fructífera instancia. Conservé mi calma dentro de ese controvertido ataúd hasta que un ángel grande, vestido de azul y con alas blancas, me rescató y me llevó a una tranquila habitación.
Me costó identificar el lugar, pero a través de un amplio ventanal se apreciaba un paisaje de verde primaveral. Esa frescura visual me devolvió a la realidad: estaba viva una vez más. La conexión entre lo exterior y mi interior movilizó mi inquieto corazón.
En ese momento, entró un joven doctor y me dijo:
—Señora, acabo de firmar su alta médica. Ya puede ir a su casa; su hijo la espera en la puerta de la sala.
Ante la sorpresa, no sabía si reír o llorar. La vida y la muerte se habían vuelto a unir, esta vez para celebrar. En un fuerte y prolongado abrazo con mi hijo, nos cobijamos mutuamente, bajo la emocionada mirada del personal de salud.
La fragancia de los azahares y el trinar de los pájaros en el patio del hospital nos acompañaron hasta el portal, donde la luz del sol me envolvía en ese esperado amor filial.
Al llegar al auto, la música sonaba en alta voz. Violeta Parra cantaba: Gracias a la vida que me ha dado tanto.
Era imposible no mirarnos, con lágrimas de alegría que no se detuvieron hasta llegar a nuestro hogar.
Carnavales de Antaño
Romero Dolores Beatriz
Por cuatro días locos que vamos a vivir,
Por cuatro días locos te tenés que divertir.
Repicaban las bocinas de los parlantes en los barrios, anunciando a los vecinos la llegada del carnaval. Especialmente los corsos, donde desfilaban las comparsas barriales mezcladas con las murgas, eran el deleite de grandes y chicos. Este se hacía por la calle Yrigoyen. Aquel carnaval de antaño, cuando éramos unos pequeños niños con mi hermanito, lo esperábamos ansiosos.
La alegría se plasmaba en tirar serpentinas y papel picado que, más de una vez, a algún desprevenido se le iba a la boca, causando las risas de quienes jugaban. Corríamos por la calle recogiendo serpentinas como si fueran trofeos para llevar a casa.
Eran las postrimerías de la década del 50, cuando los muchachos galantes, con pomos de agua perfumada, rociaban a las chicas que, con sus mejores galas, asistían al evento y devolvían pícaras y cómplices sonrisas y miradas.
Pero la fiesta no terminaba allí. También se realizaban bailes de barrio, donde se elegía a las reinas y princesas que luego desfilaban en sus carrozas. Ellas lucían elegantes trajes largos de seda o tul y llevaban coronas o diademas en la cabeza.
En esos mismos bailes era obligatorio para los muchachos usar saco y corbata. Las chicas lucían sus mejores vestidos y collares de perlas, muy de moda en ese momento. En cuanto a las bebidas, las mujeres se refrescaban con la “Vidú Cola” o el delicioso “Taragüí”, un jugo de naranjas envasado en pequeñas botellas de vidrio. Los varones, por su parte, preferían la sangría, preparada con vino tinto, azúcar, limón y mucho hielo.
No podía faltar una cantina improvisada en el patio de algún vecino generoso, donde se vendían los famosos sándwiches de chorizo, que aún no se llamaban “choripán”, como hoy. En grandes tachos cubiertos por aserrín se guardaban las barras de hielo para mantener frías las bebidas. Todo esto, claro, con permiso previo municipal para cortar la cuadra.
Al momento de bailar, los “galanes” tenían que pedir permiso a los padres o chaperonas de las chicas. Ese permiso era concedido por una sola pieza, como se llamaban los discos de pasta de 78 revoluciones por minuto. Al finalizar, el joven debía acompañar a su compañera a su lugar.
Los bailes barriales no eran los únicos eventos. El carnaval era una gran fiesta, con muchos días y muchas actividades. Entre ellas, los bailes de “mamarrachos” del Club San Martín merecen una mención especial. Se realizaban los jueves de la semana de carnaval. Pero en eso no me detendré ahora; ya conté que era una niña y mis padres no me llevaron.
Y cómo olvidar los juegos con agua entre vecinos. Armados con baldes y tarros llenos, empapaban a quienes se animaban a jugar. Mientras tanto, algún parlante reproducía música alegre y bulliciosa. Las calles y patios de tierra, al caer la tarde, parecían lodazales, pero todos estaban contentos, esperando el último día: el domingo del “Entierro del Rey Momo”, para decidir quién tendría el desquite el próximo año.
Con el comienzo de una nueva década llegaron los bailes oficiales en el Club Hércules. Allí era obligatoria la presencia de las reinas y princesas de los barrios, quienes competían por el título de “la reina de las reinas”. Esto se decidía por el voto de la comisión central que, según decían, no se guiaba por el barrio de las jóvenes, sino por su gracia, belleza y simpatía.
La competencia era ardua, claro. Las competidoras no sólo se esmeraban en su vestimenta, sino que también llegaban con sus carrozas. Imposible olvidar la fila de carrozas que comenzaba cerca del club, por las calles Brasil entre Yrigoyen y Junín, hasta la plaza Libertad, por la calle Roca. Para quienes no conocen mi ciudad, hablamos de una fila de tres cuadras de carrozas; para la época, era todo un evento.
En esos tiempos primaba la picardía y el misterio de las “mascaritas”, que pasaban haciendo bromas a sus conocidos con voces chillonas para no ser reconocidas.
La nueva década trajo grandes novedades para el carnaval correntino. El escenario de los corsos se trasladó a la calle Junín, centro de los locales comerciales de la ciudad. Aparecieron adornos con enormes carteles romboidales que mostraban payasos y arlequines. No había tribunas, sólo palcos para las autoridades y las familias “katé” —así llamamos aquí a las personas de mayor poder adquisitivo. El simple cordón de la vereda como asiento quedó en el pasado.
Las comparsas barriales continuaban desfilando, como Saudades y muchas otras que aún puedo evocar si cierro los ojos, aunque el tiempo haya borrado algunos nombres. Sin embargo, la verdadera novedad fueron dos comparsas que, como cualquier correntino orgulloso diría, ¡cambiaron para siempre el carnaval! Y, claro, aunque no seas de acá, seguro las conoces: Copacabana y Ará Berá.
Sus trajes lujosos y llamativos engalanaron los desfiles, acompañados por instrumentos ejecutados en vivo, muchos de ellos importados de Brasil. Poco a poco, las murgas comenzaron a desaparecer y las pequeñas comparsas barriales fueron quedando atrás. Así nació el “Carnaval Katé”, como lo bautizó Rodolfo Walsh en sus escritos. Y, cómo no iba a interesar a figuras tan importantes una fiesta de semejante magnitud.
De todas formas, los barrios no dejaron que su espíritu festivo se apagara. Continuaron con sus carrozas alegóricas, destacándose nombres como Aldana, La Rosada, Del Deporte, La Cruz, Libertad, Santa Rosa, Ferré y el Camba Cuá. Si eres correntino o alguna vez estuviste aquí, seguramente los recuerdas. Y si no, espero me disculpes por estas referencias locales, pero no podía dejarlas fuera.
Incluso desde el Camba Cuá surgió una comparsa competidora, Los Dandys. Y, por supuesto, el humor negro no faltó, esta vez representado por Drácula. Sí, como lo lees: Drácula. Desfilaba arrastrando su ataúd y “bebiendo sangre”. Bueno, ahora entiendo que probablemente fuera jugo de frutillas o tomate, pero en ese entonces, para una niña como yo, parecía algo aterrador y fascinante a la vez.
A pesar de estos esfuerzos barriales, no había manera de competir con Copacabana y Ará Berá. Ambas agrupaciones estaban formadas por integrantes de la élite correntina. Copacabana tenía figuras como el arquitecto José Ramírez, y Ará Berá, a Godofredo San Martín. Quizás sus nombres no te suenen, pero para quienes vivimos esa época eran como celebridades locales. Es más, si buscas en internet, seguramente encuentres información sobre ellos.
Con el tiempo, la calle Junín también quedó pequeña, y el carnaval se trasladó a la costanera, donde se sumaron tribunas. La costanera de Corrientes, con su vista al río Paraná y los lapachos en flor, siempre será nuestro orgullo. Incluso en aquellos tiempos, antes de que existiera un puente, los chaqueños cruzaban en “la balsa” para disfrutar de esta celebración. Pero esa es otra historia que merece ser contada en otro momento.
El nuevo escenario elevó aún más el nivel del espectáculo, intensificando la rivalidad entre Copacabana y Ará Berá. Se convirtió en un verdadero “River vs. Boca”. Familias enteras peleaban por la simpatía de una u otra comparsa, e incluso los noviazgos se ponían en riesgo durante esas fechas. Por supuesto, mi familia y yo también nos sumamos a esta vorágine, siempre alentando a la mejor, aunque no hace falta que te diga cuál era, ¿verdad?
Sin embargo, ahora que los años han pasado, déjame decirte algo: tal vez esas comparsas barriales de los años 50 no tenían el glamour de las actuales, pero estaban hechas con amor y dedicación de los vecinos. ¿Cómo olvidar al “Sapo Cancionero” del barrio Aldana, con su guitarra y su reina personificando la luna? ¿O la “Plaza de Toros” del barrio Santa Rosa, hoy conocido como Libertad?
Todos esos recuerdos me hacen derramar alguna lágrima. Son épocas que ya no volverán, que se esfumaron en el tiempo. Aunque vivirán para siempre en los corazones de quienes fuimos testigos y nos volvimos amantes del carnaval. Nosotros podemos decir que vimos el nacimiento de la Capital Nacional del Carnaval. Porque sí, Corrientes lo es, y ese título está bien merecido.
Hoy, aunque el carnaval tenga otro estilo y escenario, su esencia permanece intacta en el corazón correntino. Quizás, si no viviste un carnaval aquí, no lo entiendas. Pero para nosotros, es un tiempo de fantasía y alegría, una tradición que pasa de generación en generación. Abuelos, padres, hijos, nietos y primos; todos unidos por la magia del carnaval.
Carta de amor a una mujer desconocida
Juan Carlos Cerrutti
Hoy las primeras sílabas ya están sobre el blanco papel. Los primeros vocablos y frescos pensamientos van dirigidos a ti desde el principio. No existe compromiso formal cuando el placer de comunicarme contigo supera las normas elementales de cortesía.
¿A quién podrán ir dirigidas estas letras? me preguntaba antes de comenzar.
A ti, dama instalada ya en un lugar concreto de mi pensamiento.
Te hablaré pues con libertad, con la fluidez que exigen los sentimientos largamente encerrados en oscuras bodegas bajo llaves invisibles.
Pensaba que no existirían huecos entre el asfixiante calor del verano que albergan restos y naufragios de la insalvable melancolía del invierno, que no existiría lugar para esperar imprevistas fisuras. No ha sido así: todo perdura, vive, duerme y espera en letargo, a la sombra del recuerdo inconsciente.
Tengo miedo de estos días de potente y alegre luz; del inusual y extraordinario optimismo. Me siento extraño con esta vestimenta de colores internos: verdes transparentes, amarillos incendiados, rojos intensos que nacen del blanco polvo hacia las tres de la tarde. Tengo miedo de este verano todavía lactante, que en pañales gatea por las tardes a la sombra de mi calle, en la penumbra de mi cuarto, en la temprana capacidad de mi mente.
Tengo miedo de que crezca y se haga adulto, de que me deje tirado entre las sombras y silencios del final, olvidado, sumergido en esa luz de tránsito de sus últimos días. Miedo de que se derrame en luz y calor hacia otros lares que ya lo esperan.
Tengo miedo del frío interior, de sus nubes, de su viento inmóvil. Miedo nuevamente a ausencias que no conozco, que nunca me presentaron. Sé que se instalarán en las paredes del cuarto, que deambularán por los pasillos, me rozarán; intuiré su presencia. Sé que volverán sin remedio a habitar por toda la casa, llenándola de soledad y vacío.
Tengo miedo a esas ausencias, soledades que no me fueron formalmente presentadas y que creo habitarán ilegalmente y sin autorización de nuevo en esta casa.
Tengo miedo a las tardes de agosto, a sus gélidas mañanas que hielan el alma con despertares sobresaltados; al bosque encantado plagado de ninfas. Miedo a que aparezcan, miedo a que se vayan, miedo a que no existan.
Tengo miedo a que la sequía interior se prolongue y no llegue la lluvia que purifique el aire enrarecido; miedo a que tus ojos se olviden un día de sonreír y tus pupilas me ignoren. Tengo miedo de aquellos días que se alargan y a la lluvia verdadera, esperada desde hace tiempo; a ver tus pies descalzos manchados de barro; miedo a una mortal neumonía que la medicina convencional no pueda diagnosticar.
Miedo de ver tu silueta alejarse y a esas horas densas y extrañas de la siesta, cuyos despertares me dejan una inclasificable sensación atemporal, no exenta de ansiedad e incertidumbre. Nos preguntamos impacientes sin atrevernos a movernos del lecho con la luz detrás de las persianas y las cortinas movidas débilmente por el viento: ¿Qué día, qué mes, qué año es?
Tengo miedo de esos días en que se adormecen los sentidos creando un ambiente de irrealidad que a veces creemos verdadero, o cuando la dicha es cierta la creemos entonces irreal.
Miedo a que mires y no percibas mi presencia; a que una mañana cualquiera te confundas de horizonte y no puedas reconocerme en mi propio paisaje. Miedo a cerrarte en sueños mi puerta creyendo estar abriéndola y verte eternamente en sueños, solamente en este cuarto.
Miedo cuando te vas, miedo cuando vienes. Miedo cuando te amo, miedo si algún día te quiero un poco menos. Miedo al olvido y al recuerdo, al pasado y al futuro. Tengo miedo de perder tu mirada por un descuido, de amarte más todavía, de volverme a enamorar, de ser verdaderamente feliz por unas horas o tal vez más: por unos días. Miedo de saber y ser consciente de que amo intensamente la vida, de tener la certeza de que esos colores primaverales me pertenecen, aunque sólo sea hasta el próximo otoño.
Vuelvo a mis labores, bella dama. Sobre el escritorio reposa una blanca y original hoja lista para ser usada.
Adiós, joven muchacha que vas por los caminos rozando las espigas de la vida. Mientras tanto, sentado, esperaré impaciente la respuesta de tus letras en el viento, tus ansiadas palabras de aliento al final de mi invierno.
Festejos superpuestos
Corina Beatriz Paccagnella
En ningún momento dudé en asistir a la fiesta. La invitación, recibida a mediados de noviembre, había tomado la relevancia de una cita de honor.
Cuatro décadas atrás, nuestras vidas se cruzaron y, cual trama de una fina urdimbre, fueron tejiendo dibujos inimaginables para el resto de los mortales. Debo confesar que los colores más insólitos y discontinuos los aporté yo. Mientras ellos, a quienes conocí como pareja consolidada con un hijo pequeño, seguían juntos y mirándose con los mismos destellos de entonces, mi persona ya transitaba la tercera unión formal, ello sin contabilizar algunos entretenimientos pasajeros.
A la tarjeta virtual la prosiguió un audio que versaba sobre lo inoportuna que podría llegar a transformarse la fecha, pero que veríamos sobre la marcha la forma de llevarla adelante, ya que nadie tenía la potestad de adivinar el futuro.
Quizá quepa aclarar que no estaba en mi ánimo casarme tantas veces. Criada en una familia formal, cada matrimonio lo pensaba para toda la vida y cada affaire como el último. Pero el destino no siempre tiene los desenlaces que una quisiera y, en ocasiones, varias de nosotras nos vemos acumulando experiencias en demasía.
A ellos los conocí al poco tiempo de haber decidido compartir mis noches con el primero de la lista formal, y fuimos forjando una amistad que se acrecentó con el tiempo. Sin ataduras a reglas sociales, sabiéndonos presentes, aún en períodos de ausencias.
Cerca de fin de mes, nos atravesó insolente una pelota de cuero y una cancha de once, con un tipo al arco medio payaso y una desilusión como preámbulo. Teníamos al mejor y, así y todo, arrancábamos con el pie izquierdo. Tamaña catástrofe madrugadora habilitaba aún más la fiesta de diciembre. Chacho cumpliría sus setenta el 12 de diciembre. Era lunes. El siguiente domingo coincidía con la final del Mundial, pero las posibilidades de que Argentina llegase a tal disputa eran pocas ante el tropiezo inicial.
Los traspiés eran moneda corriente en mi juventud. A poco de recibirme de madre y de profesional, la vida me enfrentó con la desazón y la muerte. Sin previo aviso, mi compañero se durmió para siempre y, junto con él, muchos de los sueños que habíamos forjado juntos. A la parca se le teme y los amigos no siempre son tan valientes; salvo ellos. Junto a Irma, quien se transformó en comadre, se apostaron como estandartes y me ayudaron a caminar.
A partir del segundo partido, todo cambió y las cábalas resurgieron de los rincones de la adolescencia. La fecha era imposible de cambiar, pues el domingo siguiente sería Navidad y enero era otro año. El jueguito del celular, el mate de jarrito y las zapatillas azules se consolidaban como estandartes en cada partido.
Fueron años transcurridos entre el placer y el deber. La carga no sólo era afectiva, sino también económica. A la soledad, debí sumarle la hiperinflación y el recorte de horas. El fuentón con los pañales decoró la casa que había alquilado cercana a mis padres. Chacho y su rastrojero frontal, trasladaron los muebles…y los sueños.
México no fue fácil, pero se ganó con gracia y esperanza. Gritamos en el local del Centro de Jubilados con pantalla gigante y delay, a la espera de un Hugo que nos cantara los goles en tiempo real. En tanto, los polacos nos permitían la cabecera del grupo. Se debatían muchas cosas, pero el cumpleaños no entraba en la disputa. De todos modos, recién habíamos pasado a los octavos de final.
La ilusión del amor se desvanecería otra vez en mi vida, ahora regalándome una hija. ¿Quién podría ser la madrina si no Irma? Ella conocía de mí lo que ni mis padres siquiera sospechaban y fueron las personas más sinceras con las que me había topado. Nada sería simple, pero ellos estaban ahí. Con un abrazo, una palmada o un consejo, de ser necesario.
A partir de ese partido no estaba permitido perder, ya que hacerlo era quedar afuera. Australia nos dio un susto sobre el final, pero supuse que las cábalas ayudaban y nos empezamos a ilusionar.
—¿Cuándo es el cumpleaños de Chacho? —preguntó Jorge al terminar el partido.
—El 18 —le respondí.
—¿No es el día de la final?
—Sí, pero falta mucho todavía.
Y el Dibu produjo el milagro frente a Países Bajos.
La ilusión retornó a mi vida con Jorge. Luego de muchos años sin amoríos fijos, la piel se me volvió a erizar y los proyectos iban surgiendo de a poco. La náutica nos unía aún más, y resultó que una compañera del club era pariente de Chacho. Y entre barcos y chapas plásticas, festejamos cumpleaños, sufrimos pérdidas, arremetimos el camino arduo, reímos y lloramos.
Y por tercera vez, la segunda omití contarla, el rastrojero transportaba la esperanza intacta a mi primera casa propia. Atrás quedaban los niños, las tetadas y los pañales. Corrían tiempos de quinces y dieciochos, de amores adolescentes y dolores de cabeza. Y allí estaban ellos sosteniendo el ánimo. Y una, haciendo lo que podía.
Croacia fue un trámite que nos colocó, con su 3 a 0, de cabeza en la final frente a Francia. Y la fiesta impostergable se adaptaba a las circunstancias. Ese día reparé en que mi hijo tenía la misma edad que su padre cuando Argentina había ganado en el 86 y que ese año lo había conocido a Chacho. Y elegimos creer, como decía la publicidad.
El salón estaba adaptado con una pantalla gigante como protagonista, un equipo de audio potente y, en lugar de la formalidad que ameritaba el caso, algunos llevaban camiseta de la selección. Surgieron los reencuentros que la pandemia había negado, mientras un ojo y una oreja permanecían atentos. Mi bolsita con las cábalas se sentó a la mesa, y recuerdo haber pedido disculpas por usar el celular.
Si el partido era para el infarto, lo que comimos de entrada colaboraba con ello. Los mozos que asomaban desde la cocina y el cantante que se arrodillaba ante cada penal encuadraron, cual paspartú, la obra que conformaban Chacho, como figura principal adornado con la vincha y la camiseta de Argentina; y la alegría contenida, el festejo, los abrazos y el chef pidiendo servir la carne que se enfriaba, como fondo necesario.
Ezequiel haciendo aflorar las risas y el llanto en el mismo acto, y el aplauso gigante, le ponían música a la tarde que cerraba en medio de la algarabía.
Las tortas coronaron el brindis burbujeante de afecto, mientras los labios sonreían la vida que transitaban siempre a la par.
—¿Alguna vez les tocó hacer un servicio así? —le pregunté a una moza que dijo llamarse Valeria.
—¿A uno que, a pesar de haber una final, no haya fallado nadie? —respondió.
Ni esperé la respuesta. Era imposible siquiera pensar en fallarles.
Fin de semana con los abuelos
Gaspar Ángel Rachz
A mis 11 años, pasar un fin de semana con mis abuelos maternos era la aventura más extraordinaria y esperada. No sucedía a menudo, pero mis recuerdos de esos días son magníficos.
La chacra no quedaba lejos del pueblo, sólo a unos 15 kilómetros, aunque a esa edad era una distancia formidable. Si el tiempo acompañaba y era seguro, según mis padres, salía el viernes después de dormir la siesta y pedaleaba sin descanso hasta llegar, rogando que estuvieran en casa, porque en esa época no había manera de avisarles con antelación.
Mi ansiedad desaparecía cuando, al abrir la tranquera, ya escuchaba la voz del abuelo serenando a los perros. Siempre me recibía con tal efusión que la espalda me dolía un rato largo por el abrazo.
La abuela, en cuanto me veía, corría a buscar una taza de leche, aún antes de saludarnos. Era su manera de expresar la alegría de que los visitara. Siempre me sentí el nieto preferido y hoy, habiendo pasado tantos años (también yo soy abuelo), creo que tenía razón.
Después de las preguntas habituales sobre la familia y cómo me iba en la escuela, ayudaba a regar las plantas de la huerta, de donde se abastecían para todo.
La cena habitualmente era cocido o té con leche (el café sólo en días de fiesta), que acompañaba al pan, queso y fiambre hechos por ellos.
Antes de dormir, el abuelo me contaba sobre las peripecias que tuvieron que pasar hasta llegar a esta tierra de promisión, después de los años negros en que la sequía y el calor habían hecho que el trigo se quemara en la chacra que tenían en Buenos Aires.
Siempre había una aventura durante el trayecto en tren hasta Sáenz Peña y luego en chata-playa a Castelli. Ahora creo que gran parte era invención para mis ansias de nieto. Sin embargo, nunca quiso hablarme de su infancia; cuando le preguntaba, su mirada se opacaba, cambiaba de tema o me mostraba algún artículo de la revista La Chacra, que me hacía leer en voz alta y luego me explicaba las palabras que no comprendía.
El sábado era un día formidable, pleno de acontecimientos. Nos levantábamos muy temprano, y ayudaba a la abuela a traer los baldes de leche recién ordeñada, que gozaba en el desayuno. Para entonces, el abuelo ya me había ensillado la yegua picaza porque era el caballo más manso, y partía a recorrer la chacra llevando unas alforjas en las que, según la temporada, pondría chauchas de guachín (cuando de adulto recorrí esos montes, no encontré plantas de esa exquisitez) o bien sandías, que yo maduraba con dos golpecitos, como veía que hacían los mayores. Luego, pasaban a ser la ensalada que acompañaba el almuerzo.
Por la tarde iba a la laguna, en busca de los nidos de teros, que nunca encontré, o bien, si el tiempo estaba feo, ayudaba a la abuela a cardar la lana de las ovejas que criaban (aún conservo la colcha hecha por ella con esa lana). Al atardecer iba en busca del rebaño para encerrarlo en el corral; obviamente, se arreaban solas, yo simplemente ponía la tranca cuando había entrado la última.
A veces trepaba el enorme algarrobo negro que había en el patio y, desde esa atalaya, miraba el campo, imaginándome ser el protagonista de algunas de las aventuras narradas por el abuelo.
Por la noche, después de la cena, jugábamos al tute-remate o la escoba del quince; cualquier cosa para que me pasara la nostalgia anticipada que tenía porque al otro día los dejaría, quién sabe hasta cuándo.
El domingo, apenas despiertos, nos preparábamos para ir a misa, sin desayunar, para poder comulgar. La iglesia quedaba a una legua, por lo que el abuelo hacía alistar la volanta y nos íbamos en ella al paso tranquilo de los caballos.
De regreso, el desayuno era de chocolate (en realidad cascarilla) que la abuela ya había preparado antes y sólo había que calentarlo y disfrutarlo con unos krepless hechos la tarde anterior. Aún hoy, cuando huelo el aroma del chocolate con leche, se me humedecen los ojos al rememorar esos cálidos momentos que compartí con ellos.
Después de un sustancioso almuerzo con las delicias de la abuela, preparaba mis cosas y, tras una breve siesta, emprendía el regreso con mis alforjas siempre más cargadas que cuando había llegado. Durante el trayecto ya iba elucubrando mi próxima visita y qué sorpresa agradable podría darles, aunque internamente sabía que esa sería mi presencia.
Mis primeras lecturas
Blanca Alicia Isabel López
De chica, no acostumbraban leerme un cuento o contarme una historia; no tuve la fortuna de conocer a ninguno de mis cuatro abuelos porque, cuando llegué a este mundo, ya habían partido. Ellos, quizá, sí hubieran podido realizar esas actividades conmigo. Había tenido una mala experiencia en el jardín de infantes, ya que, en ese lugar, extrañaba la libertad y el placer que sentía cuando desparramaba sobre la mesa del comedor mis revistas Billiken y comenzaba a recorrer con la mirada cada una de sus páginas.
El primer libro que tuve en mis manos y que era de mi propiedad fue el de primer grado. Era de la Editorial Kapelusz y se llamaba El libro volador de Atilio A. Veronelli. Y como a los quince días de haber ingresado a la escuela primaria ya leía de corrido, me lo devoré en poco tiempo. No recuerdo exactamente cuánto, pero calculo que, para las vacaciones de invierno, ya lo había terminado. Es que corría el año 1969 y yo estaba fascinada con la llegada del hombre a la Luna, relacionándolo con El libro volador porque los dibujos mostraban a una nena, un nene, unos gnomos, un perrito y ¡una nave espacial! Tengo muy presente que, para el acto de fin de curso de ese año, la señorita Lidia creó una nave espacial plateada bellísima, y mis compañeros y yo cantamos “Carta a los astronautas” de Las Trillizas de Oro.
Recuerdo, además, que cuando papá terminaba de leer el diario, era mi turno. Y también, cierta vez, mientras mi madre ordenaba los cajones de la cómoda en su dormitorio, quedó a la vista su partida de nacimiento, la cual comencé a leer. Grande fue mi sorpresa cuando descubrí que el día en que había nacido no coincidía con el que festejábamos como su cumpleaños: había exactamente dos semanas de diferencia entre ambas fechas. Fue entonces cuando ella me explicó que era algo muy común que, al nacer un bebé en un lugar alejado como, por ejemplo, en medio del campo, su inscripción en el Registro Civil se hiciera días, meses y hasta incluso años después. Yo quería festejarle el cumpleaños dos veces (el real y el legal) para que hubiera dos tortas en el mismo mes: una antes y la otra durante las vacaciones de invierno. Pero en casa no se aprobó mi “moción”. Lo que sí conseguí, a partir de entonces, fue festejar el cumpleaños real porque argumenté que era el verdadero, el día en que había nacido, “el que valía”.
Por otra parte, fui “algo autodidacta” (en el sentido de que avanzaba a mi gusto con el libro de texto) hasta tercer grado inclusive. Pero a partir de cuarto, con el Manual del Alumno Bonaerense de Editorial Kapelusz; en quinto, con el Manual Códex; y, en sexto y séptimo, con los libros por área Conocimientos en Acción, también de Kapelusz, ya no se trataba solamente de leer, sino de estudiar ¡y todos los días! Además de realizar los “deberes” (llámese cuentas, oraciones, redacciones, maquetas, calcado de mapas, buscar información en diarios y revistas o en la biblioteca, reunirse con compañeros para trabajos grupales y exposiciones orales, preparar láminas, etcétera).
Mi primera aproximación a la Literatura en forma de libro es inolvidable; fue en quinto grado: Chico Carlo de Juana de Ibarbourou. Me sentía tan identificada con la protagonista, una Juana niña que, en su frondosa imaginación, distinguía diferentes y variadas figuras en las manchas de humedad del techo de su dormitorio. Yo, al igual que ella, las hallaba no solamente en los techos, sino también en los mosaicos negros de granito que conformaban el piso de mi baño. Desde la bañera y también cuando estaba sentada en el inodoro, distinguía en esas pequeñas baldosas escenas como si fueran de una película en blanco y negro. Otro sitio en el que descubría todo tipo de figuras era el cielo. Gracias a las nubes, hallaba todo tipo de objetos, animales y demás. Han pasado muchos años, más de cinco décadas desde mi primer libro, y, sin embargo, sigo descubriendo en el cielo las más variadas imágenes porque, afortunadamente para mí, la niña interior sigue a flor de piel, aunque ahora peine muchas, muchísimas canas. Y es que, con El libro volador y la docencia amorosa de la señorita Lidia, no sólo aprendí a leer y escribir, sino que también aprendí a soñar y a volar con mi imaginación.
Dedicado a Pascual e Isabel, mis padres, y a mis abuelos, a quienes no tuve la dicha de conocer, pero que están en mi corazón y en mi ADN.
No estamos solos
Marisa Liliana Vigo
Hasta hace dos años me desempeñaba como directora de jornada completa de una escuela primaria de San Carlos de Bariloche, provincia de Río Negro, Argentina. Hoy en día estoy jubilada.
Ocupé mi cargo en el año 2012, viviendo en la casa oficial que se encontraba en el predio de la institución escolar. Esta vivienda, en otras ocasiones, era cedida a porteros, vicedirectores o directores mientras conseguían un alquiler. En 2012, la ocupé junto a mis dos hijos varones, jóvenes de 19 y 21 años, y mi esposo.
Una mañana de sábado me dirigí a la escuela para llevarme unos trabajos pendientes y realizarlos en casa. Como el barrio es bastante complejo, cerré con llave la puerta de ingreso y me dispuse a chequear correos electrónicos en la computadora de la Dirección (cabe aclarar que cerré la puerta de la misma sin llave). Mientras reunía la documentación necesaria, escuché un golpe en la puerta y una voz que decía: “Buen día”.
Abrí de inmediato la puerta, pero frente a mí no había nadie. Además, me pregunté por dónde había entrado esa persona si la puerta de ingreso estaba con llave. Era claramente la voz de un hombre la que había escuchado.
La escuela cuenta con un primer piso. Me dirigí allí a revisar todas las aulas y luego hice lo mismo en el otro sector, la cocina y los baños, pero no encontré a nadie. Tomé mis cosas, cerré con llave y corrí hacia mi casa, que, como mencioné antes, se encuentra en el predio, a unos veinte metros del edificio escolar.
Cuando llegué, mi esposo me preguntó si me había pasado algo porque estaba muy pálida. Le conté lo ocurrido, y él se dirigió a revisar las instalaciones de la escuela, pero no encontró a nadie. Lo que había sucedido era inexplicable.
En otra oportunidad, mis hijos adolescentes, como aún no teníamos servicio de Internet en casa, se sentaban con sus netbooks en los escalones de entrada de la escuela para aprovechar la conexión y hacer sus tareas escolares.
Todos los días iban alrededor de las 19:00 y se quedaban hasta las 21:00. En ese horario, yo salía a buscarlos para cenar, porque, obviamente, después de hacer sus tareas, jugaban en línea con sus amigos.
Una de esas noches no hizo falta que los fuera a buscar. Llegaron corriendo a casa. Cabe recordar que mis hijos no eran niños; en ese momento tenían 19 y 21 años. Cuando les pregunté por qué habían regresado tan temprano, me dijeron que no tomarían más Internet de la escuela ni se quedarían en su entrada porque estaba embrujada.
Les pedí que me explicaran por qué decían eso y me contaron que habían escuchado ruidos: alguien barría en las aulas del primer piso, se caían baldes y se movían sillas y mesas.
Pensé que tal vez algún portero o algún “vivo” había ingresado al edificio. Entré en él acompañada por mis hijos y mi esposo. Efectivamente, no había nadie en la escuela. Revisamos cada rincón, y nada. Esto ocurrió en enero de 2012, durante las vacaciones. No había estudiantes ni personal de servicio de apoyo (porteros) en el edificio.
En febrero, cuando iniciamos el trabajo previo al comienzo de clases, le conté a una de las porteras más antiguas de la institución lo que habíamos vivido mis hijos y yo. Ella me comentó que, hacía algunos años, trabajaba allí un portero que vivía en la casa que yo habitaba en ese momento. Al poco tiempo de jubilarse, falleció, y muchos, a primeras horas de la mañana o al finalizar las clases del turno noche, escuchaban movimientos en las aulas, como si alguien las estuviera acomodando.
Por otro lado, me relató que varios alumnos de la escuela, tanto del turno diurno como del nocturno, habían fallecido, uno de ellos en el patio de la escuela durante el horario de clases. Parecía que sus almas no podían abandonar el lugar.
Si esto me lo hubieran contado sin haber tenido la experiencia que viví personalmente, o la que vivieron mis hijos, no lo habría creído.
NO ESTAMOS SOLOS.
Tinta y papel
Lidia Beatriz Reina
¿Qué me impulsó, entrando apenas a la escuela primaria, el gusto por leer? No lo sé…
Lo que sí sé, es que para mí leer fue siempre algo tan imprescindible como comer y respirar.
En la casa donde nací no había libros. Dudo que mi madre o mi padre hayan leído alguno en su vida. Sin embargo, fue gracias a ellos, principalmente a mi padre, que mi mente infantil se fue nutriendo de lectura.
Él era un hombre simple, con un gran corazón, que me complacía en todo. Y no sé por qué rara virtud o intuición, elegía los libros que me compraba en lugar de juguetes o golosinas, algo que no recuerdo haber pedido nunca.
El más fascinante para mí fue La isla del tesoro, porque hizo que mi mente febril navegara por sus páginas, sobre todo al ver ese mapa fantástico con todos los detalles del lugar del tesoro.
Esa noche le confesé a mi almohada que “cuando sea grande, quiero ser pirata”.
Mis preferidos eran los de acción y aventuras: los del Corsario Negro, con nombres como El Caribe y Maracaibo, que me hablaban de lugares exóticos y hombres que, aun en el fragor de los combates y conquistas, enseñaban valores como el honor, la lealtad y la justicia…
Y hoy me pregunto: ¿Qué impulsó a esa niña de nueve años a leer Los Miserables? Y no sólo a leerlo, sino a “meterse” en la historia y vivirla.
Hay tantas cosas que a esta altura de mi vida me gustaría entender… Después me digo: ¿Para qué? Si vivirlo sólo me produjo placer… ¿Qué importa entenderlo?
Y aquí, de pronto, aparece una anécdota que me hace cosquillas en el alma:
A partir de segundo grado, teníamos nuestra hora de lectura diaria pasando al frente, donde la maestra nos hacía prestar atención a la pronunciación, las pausas, los signos de puntuación… Teníamos que abrir el libro al azar y leer la lectura que salía.
Como es de imaginar, era mi hora preferida, y yo, en mi inocente picardía, le hacía un pequeño quiebre a la hoja para que se abriera siempre en la lectura más larga. Así llegó a mis manos Don Quijote de La Mancha, con toda su fantasía, en su edición infantil como libro de lectura de sexto grado. La maestra leía y explicaba una página, y yo me iba a recorrer los caminos de “La Mancha” a lomos de Rocinante.
Y todavía me falta “la frutilla de la torta”…
Cuando se acercaba el verano, el recorrido por las viejas librerías de la calle Corrientes, y de nuevo presente, siempre alentando y acompañando, mi padre…
Cada vez que entraba a ese enorme local, mis sentidos se impregnaban del olor a tinta y papel, y mi corazón galopaba desbocado, mientras mis manos bailoteaban ansiosas por las góndolas polvorientas de los libros usados… Usados sí, porque eran los que guardaban todos los sueños de quienes viajaron por sus páginas. Y siempre encontraba dos o tres títulos que me atrapaban.
Mi padre, mientras tanto, se acomodaba en un rincón a leer el diario. Seguramente se le hacía larga la espera, pero a él no le importaba. Sólo veía a su niña disfrutando… Olvidada del paso del tiempo, que lentamente se iba deslizando, dejándome el perfume de esa tarde con olor a tinta y papel.
Cocinar ravioles caseros y escribir
Duilio Rubén Bompadre
Mi mamá hacía ravioles caseros hasta que murió Papá. Hacer los ravioles era un ritual que ya se iniciaba con los primeros preparativos el viernes y que devorábamos los sábados en familia.
Sí, recuerdo muy bien cómo preparaba la mesa con la harina para amasar. Los ingredientes: sal, harina, verduras, aceite… Había ravioles de verdura que le gustaba hacer, sobre todo los que provenían de la huerta que habían hecho en la terraza de casa, la cual le recordaba la tierra de Marsicovetere, provincia de Potenza, Italia.
Primero, preparaba el relleno: usaba las hojas de la acelga. Escurría bien la acelga, la procesaba y la reservaba. Rehogaba la cebolla en aceite, agregaba la acelga y cocinaba un ratito. Incorporaba los condimentos y el saborizante. Mezclaba bien, cocinaba un poco hasta unir todo, sacaba del fuego y enseguida añadía el huevo y lo integraba. Luego, estiraba la masa fina en forma rectangular, la untaba con el relleno y la cubría con otra capa de masa. Marcaba con el marcador de ravioles y los cortaba con el cortador correspondiente. Finalmente, los hervía en una olla con abundante agua salada, y los cocinaba durante diez minutos una vez que comenzaban a hervir. Ya en ese momento, estábamos todos en casa, esperando la magia de los ravioles caseros de Mamá.
Cuántas cosas se movilizaban dentro de Mamá cuando preparaba los ravioles. Le costaba expresar sus emociones. Solamente la vi llorar pocas veces, como cuando falleció mi abuela paterna María o cuando murió Papá a fines de 2003. Guardaba mucho en su interior. Los dolores y también las alegrías se arrinconaban en su alma como una alfombra colocada en un extremo para tapar alguna rotura. Sin duda sentía, pero sus procesiones eran siempre internas. Como aquella vez que volví de una pancreatitis aguda al borde de la muerte. Cuando nos volvimos a ver, me dio un beso y me dijo: “Volviste a nacer”. Quizás me hubiera gustado un abrazo eterno.
A Mamá nunca se le escapó un “te quiero mucho”. Seguramente lo tenía adentro, pero no supo o no pudo expresarlo de esa manera. Mamá era así. Tenía armaduras que la protegían, pero como toda armadura, también le impedían algunas cosas. Todo, o casi todo, tiene un porqué.
Viajó sola a los 23 años en un barco llamado Assimina que partió de Nápoles, Italia, y llegó a la Argentina el 22 de mayo de 1950, en un viaje que duró más de un mes. Sufrió la muerte de su madre antes de partir, y al llegar al país la recibió en su casa el Tío Chicho. Como tal, cuidó a sus dos hermanas menores que vinieron juntas con ella desde Italia.
La salsa, su preparación, era otro ritual. Los olores eran tan tentadores que era imposible no ir con un pedazo de pan para mojar la salsa y comerla con placer. Recuerdo que Mamá mandaba a Papá a cortar las verduras y la cebolla. Y digo “mandar” porque tenía un carácter fuerte y, de alguna manera, le ordenaba cosas. No era fácil decirle: “Estás equivocada en esto”.
Tenía un corazón bueno, pero un carácter fuerte y dominante. Era frontal y honesta al 100 %. Por eso se enfrentó duramente con familiares por actos de deshonestidad. Tenía una fuerte devoción a la Virgen Santísima del Monte Saraceno del pueblo de Potenza, ya que ella le salvó la vida de una caída desde una escalera de gran altura cuando era pequeña. Las adversidades la moldearon de esa manera.
Su preocupación por nosotros era su forma de comunicar el afecto. Con Papá, construyeron la casa como dice Lerner en una canción: “todo a pulmón”. Trabajó en una fábrica de cocinas y, cuando nos tuvo a nosotros, se dedicó intensamente al almacén durante muchísimos años.
La cocina era el altar de la iglesia donde Mamá celebraba la vida junto con todos nosotros, que la degustábamos plenamente.
Los misterios que guardan nuestros Esteros del Iberá
Elsa Beatriz Bofill
Noche calurosa, pleno verano, mes de enero, época de vacaciones escolares. Como todos los años, con mi hermanita pasábamos esos días en un establecimiento de campo, sobre una parte de los Esteros del Iberá, donde un tío, de nombre Eliseo, era administrador. Allí vivía con su señora, Manuela, y su pequeña niña recién nacida, Hilda.
Era tanto el calor que nuestro tío nos dijo:
—Hoy dormiremos afuera, en el patio.
Un peón trajo tres catres con blancas sábanas y almohadas, cada uno de ellos cubierto por amplios mosquiteros sujetos a los árboles para evitar las picaduras de los abundantes insectos propios de los humedales. Los peones, con sus caballos y perros, se dirigían a sus ranchos a descansar después de una agotadora jornada: arreglo de alambrados, marcación de animales, rescatar a los que quedaban atrapados en el lodo de los bañados entre el camalotal o embalsados, ayudar en los partos, vacunarlos, curarlos. Las tareas rurales eran intensas y, sobre todo, exigían vigilar el área, una zona frecuentada por gauchillos y ladrones que robaban ganado durante la noche.
Sólo un peón quedaba cuidando ese gran predio. Esa noche fue Nicasio, quien, subido a un frondoso árbol, armado hasta los dientes, vigilaba con atención. Sobre una madera plana que le servía de camastro, sentado y alerta, esperaba hasta las primeras luces del alba. Si algo extraño ocurría, la consigna era clara: un tiro al aire para avisar.
El tío Eliseo, hombre valiente, también dormía con un Smith & Wesson largo debajo de la almohada, además de un espadín. En el primer catre estaba él, en el segundo, la tía Manuela, y en el tercero, mi hermanita Juanita y yo.
De repente, nuestro catre comenzó a cerrarse y abrirse violentamente, con tal fuerza que nuestras cabezas chocaban entre sí. El susto era tan grande que no podíamos hablar ni llorar; quedamos petrificadas, con los dientes apretados. Fue el llanto de la pequeña Hilda lo que despertó a su madre, quien se incorporó de inmediato para calmarla. Era un llanto desesperado, como un pedido de auxilio.
—¿Qué pasa con la niña, Manuela? —preguntó el tío Eliseo con voz potente.
Fue entonces cuando nosotras estallamos en un llanto incontenible de terror. De un salto, mi tío tomó su arma y disparó unos tiros al aire para advertir a la peonada que algo estaba ocurriendo. Entre sollozos, logramos contarles que alguien cerraba y abría nuestro catre con fuerza.
Toda la peonada se levantó al escuchar los disparos. Con linternas y una veintena de perros, rodearon la zona. Ante la orden del patrón, subieron a sus caballos y recorrieron la vieja estancia y todo el predio.
Nicasio bajó del árbol jurando que no había visto ni escuchado nada.
—Silencio absoluto, patrón. Yo estaba bien despierto y no vi nada raro, don Eliseo.
Nosotras seguíamos llorando. De repente, ante la mirada de todos y alumbrados por las linternas, surgió una sombra, algo similar a una figura humana envuelta en una bruma, que se dirigió hacia el bañado, perdiéndose entre los embalsados.
No puedo explicar qué era. Era algo inexplicable, que ponía la piel de gallina. Todos quedamos paralizados, ni siquiera los perros ladraron; al contrario, emitían un llanto extraño, de miedo. Nadie se animó a seguir esa sombra, y vimos cómo se perdía en el Estero.
Al amanecer, volvieron a recorrer todo el predio, pero no encontraron ningún rastro. Ningún ser humano había ingresado a la estancia. Fue algo sobrenatural, tal vez algo diabólico, que marcó nuestra niñez. Nunca se supo qué sucedió esa noche. Nadie quería hablar más del tema, y nunca más volvimos a pasar las vacaciones escolares en ese lugar.
¡Eso sí! Recordábamos y revivíamos aquel momento horrible, cuando la presencia del maligno, o tal vez un alma en pena, rondó el lugar.
Sin duda alguna, uno más de los tantos misterios que guardan nuestros Esteros del Iberá.
Pago chico
Nidia Nurimar Vizzera
Corría el año 65, allá en un pueblito del sur de Santa Fe. Una comarca con grandes extensiones de tierra fértil, donde convivían animales silvestres con vacas, caballos y animales domésticos. En las ramas de los árboles anidaban pájaros, y por las mañanas te despertaban los conciertos ejecutados por calandrias, horneros, cardenales, teros, gorriones, entre otros. En ese paraje soñado y tranquilo pasé mi infancia, una época bella por cierto, en un terruño donde las horas transcurrían lentas y la monotonía se volvía una constante entre inviernos muy crudos y veranos ardientes.
En los cortos días de frío, nuestros juegos eran a la hora de la siesta, aprovechando el calor del sol. Jugábamos a la mancha, a la escondida, al elástico. Siempre aparecía una niña a quien su mamá le regalaba unos metros de elástico, y ella compartía el juego con nosotros. Otros días dibujábamos en el piso de tierra una rayuela, aunque no siempre se llegaba al cielo.
A la hora de la siesta, no había distinción de género. Éramos todos chicos corriendo detrás de una pelota de goma. En ese paraje éramos todos pobres, pero felices, y cada uno compartía lo que tenía. Había un compromiso con el tiempo para realizar las tareas de la escuela; a la tardecita, con el último claro de luz natural, aprovechábamos al máximo ese momento, iluminándonos con un farol, el Sol de Noche, lámparas a querosén y, a veces, con velas.
Leche, huevos y frutas nunca nos faltaron. No teníamos televisión, computadora, tablet, ni siquiera soñábamos con un teléfono celular. En aquel tiempo no hablábamos de tecnología. Pero eso no era un impedimento para ser felices. Nuestro mayor logro era tener amigos y jugar hasta caer rendidos. Muy rara vez íbamos al pueblo; eso era un menester que hacían los mayores. En la escuela rural, que se encontraba dentro de la estancia, había dos maestras. Cada una daba clases a diferentes grados. Una era la directora y enseñaba a los más chicos; los más grandes iban al otro salón.
Juntábamos las monedas porque, una vez a la semana, venía Perico con su sulki, transformado en kiosco. Era el momento más fantástico y feliz, porque nos dábamos una panzada de caramelos y chicles que nos dejaban saciados de golosinas por varios días.
Mis recuerdos de lectura infantil son bastante escasos. Éramos varias hermanas y muy humildes. Mamá trabajaba mucho y tenía poco tiempo para leernos algún libro, y Papá salía apenas asomaba el sol y volvía cuando este caía.
Cuando cumplí 11 años nos fuimos a vivir al pueblo, donde conocí a unos chicos cuyo abuelo era un gran relator de cuentos. Digo relator porque no leía las historias de un libro; ahora, después de muchos años, me doy cuenta de que las historias las inventaba mientras avanzaba con el relato.
Nuestro punto de encuentro era la hora de la siesta, en una amplia galería que, en verano, nos resguardaba del calor, y en invierno, iluminaban los cálidos rayos del sol. Nos sentábamos en el suelo alrededor del “Lolo” y, por un par de horas, escuchábamos las historias que brotaban de su boca con la voz pausada y dulce que sólo los abuelos poseen. Capaz de crear un clima de ensueño, Lolo nos brindaba ese privilegio.
Los cuentos generalmente eran de vaqueros con mucha acción: valientes y guapos muchachos acompañados por lindas chicas, donde siempre ganaban los buenos. Pero esto no fue lo único maravilloso que me pasó al conocer a esos chicos. Allí palpé y sentí por primera vez la asombrosa sensación de tener un libro en mis manos.
En aquella ocasión tuve la fortuna de acceder a la atractiva biblioteca que tenían. Aproveché al máximo el tiempo y recorrí el bosque con Blanca Nieves, el castillo con Cenicienta, rescaté a los 101 dálmatas y, más adelante, lloré con Mujercitas y Cuentos para Verónica. Estos son sólo algunos de los títulos que recuerdo y que, años después, me sirvieron para contarles estas historias a mis hijas y, actualmente, a mis nietas, a la hora de la siesta, como hace tantos años me las contaba el Lolo.
Con este relato, lleno de hermosos y cálidos recuerdos, quiero hacer un homenaje a todos los abuelos, y en especial, a tan cálido ser como era el abuelo Sylvester.
Hoy vivo en una moderna y linda ciudad. Mantengo y disfruto el bagaje adquirido en mi infancia. Poseo un patio con algunos árboles, donde cohabitan pájaros que, con los primeros rayos del sol, comienzan sus conciertos. Por las mañanas salgo a caminar por los alrededores y disfruto de la brisa que roza mi cara. Pero, a la hora de la siesta, como hace tantísimos años, tomo un libro de mi pequeña biblioteca y me sumerjo en el placer de la lectura.