25 Nov MI VIDA EN PALABRAS
Recuerdo el relato de mi madre cuando añoraba que en 1952 fue echada de su casa por sus padres por haberse puesto de novia con un muchacho pobre. Estaban internados en el Hospital Perrando de la ciudad de Resistencia, Chaco. Ese día recibía la visita de su hermano mayor quien le acercó una carta de parte de su padre en la que le decía “…. si decides seguir de novia con ese pobretón, no vuelvas a casa….”
Los jóvenes enamorados, Federico y Florinda, al recibir el alta decidieron viajar lejos de su familia hasta Villa Ocampo, Santa Fe y pararon en casa de unos tíos. Eso sí dormían en piezas separadas. La mujer debía llegar virgen a la noche de bodas, como se estilaba en esa época.
Tramitaron los papeles y se casaron: por civil y por Iglesia un 24 de abril de 1952., en Las Toscas, Santa Fe.
A los 9 meses y cuatro días nací yo. Un 28 de enero de 1953. Pesé 4.200 gramos. Tenía la cara redonda y una de mis tías dijo: “tiene cara de luna llena.”
Me pusieron de nombre NELSA SANTA FLORINDA: Nelsa, un nombre elegido por mi abuela paterna. Santa, nombre de mi abuela paterna. Florinda, era el nombre de mi mamá.
Luego de un tiempo, papá hizo un rancho totalmente de paja y fueron a vivir solos.
A los 2 años nació mi hermana Emilce. ¡Por fin tuve alguien con quien compartir!
Papá y mamá iban a trabajar a la chacra y yo quedaba a cargo, jugando con mis hermanas y esperando su regreso.
Hay un episodio que me persigue en sueños hasta el día de hoy. Un día mamá nos dio en una ollita celeste, enlosada, tipo balde con tapa el almuerzo para que le lleváramos a papá. Debíamos caminar unos doscientos metros, y cruzar la vía del tren. Cuando estábamos sobre las vías venia el tren y comenzó a tocar el silvato. Mi hermanita la cruzó rápido. Yo quedé paralizada. Y el monstruo de hierros se me acercaba y yo aterrorizada lo veía cada vez más grande. Ella me quitó la ollita y me tiró hacia su lado. Caí a tierra. Me salvó la vida con sólo cuatro años. Si eso no es instinto de supervivencia, ¿qué es?.
Papá y mamá trabajaban en el campo: cosechaban algodón y deschalaban caña.
En el tiempo que no había estas tareas juntaba bosta y las vendía en la ladrillera. Trabajó en los obrajes. Hacía escobas de paja de guinea para vender. Ayudé a quitar las semillas.
Mi mamá atendía el hogar con todo lo que eso implica.
Papá fue un visionario. Fue aprendiendo otros oficios: colocaba bombas de agua y molinos.
Por la sugerencia del odontólogo compró los materiales y aprendió a soldar caños de plomos e instalaba los baños de las viviendas. Luego vinieron los caños de hidrobronce, más tarde los caños de PVC.
Tengo en esta trayectoria un ejemplo imborrable de constancia y superación.
En ese entonces el Patrón debía pagar el “salario familiar”, a papá nunca se lo pagaron, porque éramos muchos o de lo contrario no le daban el trabajo.
Fuimos a vivir a San Antonio de Obligado, en el campo de mi padrino, en una cañada. Era un rancho de barro y paja. Papá todos los veranos lo refaccionaba y lo blanqueaba.
Al oeste teníamos un monte al que me encantaba entrar por el sendero de las vacas hasta llegar a un claro donde había agua, como un pequeño lago y al borde había plantas de tunas con flores rojas.
En verano, siempre después de la lluvia iba con mamá a comer Ñangapirí.
Cuando llovía demasiado ingresaba agua al rancho, la escupidera flotaba y se movía cuando mamá caminaba con sus botas caña larga, parecía un bote. Esperábamos arriba de la cama hasta que el agua se fuera.
El patio tenía tres árboles inmensos que sus copas se entrelazaban: aromo, paraíso y aromo. Trepaba con mis hermanas. Trepábamos en el primer aromo y podíamos pasar de rama en rama como un caminito hasta bajar en la otra punta. Era toda una hazaña para mí.
Nunca faltó el canto del gallo, El cloc cloc de las cluecas, el pio pío de los pollitos y el cuac cuac de los patitos.
De la huerta familiar era responsable de que se regara. Mientras lo hacíamos comíamos, a escondidas, sándwiches de lechuga y hojas de ajo o cebolla. ¡Era vegana y no lo sabía!!
Mamá tenía contadas las galletas, así que en la cena faltaba, entonces debíamos compartir el pan que quedaba. Y nadie decía nada.
El agua sacaba de un pozo al que bajaba un balde con una rondana acompañado de sus chirridos.
Un día peiné trenzas a mis hermanas, les até con una cinta de tela y como las puntas quedaban desparejas las recorté. Escondí los pelos debajo del ropero. Mamá lo descubrió al barrer el dormitorio. Buen reto me dio.
Cuando iban a nacer los bebes, papá nos llevaba en sulky a la casa de una vecina. Y de allí continuaba al pueblo a buscar la partera.
Cuando regresábamos al rancho ya se escuchaba el llanto del recién nacido. Curiosas preguntábamos cómo fue y la típica respuesta: la cigüeña te trajo otra hermanita. Y lo aceptábamos sin chistar. No nos decían otra cosa. Yo soy la mayor. Asocié con el nacimiento de los terneritos porque vi parir a una vaca…pero guardaba silencio.
La cigüeña siguió visitándome, y al final somos 14 hermanos: Emilce, Sonia, Inés, Stella Maris, Fabiola, Mercedes, Federico, Mario, Gabriela, Eladio, Abdías y Eliana.
Como no podía llevarme a la escuela del pueblo mamá me enseñó a leer y a escribir. Sumar y restar. Escribía con lápiz y con lapicera que tintaba en un tintero. Eso me apasionaba.
Me compraron el libro de lectura PRIMERAS LUCES que era el que se utilizaba en la escuela. Las palabras estaban escritas en letra cursiva e imprenta minúsculas.
Al año siguiente me pusieron pupila en el colegio de monjas. Me tomaron una evaluación y me pasaron al grado siguiente.
Recuerdo que el almuerzo del día miércoles era PUCHERO y a la noche el plato q lo llamaban Ropa Vieja, era una ensalada de carne del puchero que quedaba del medio día, papa, zapallo, zanahoria, huevo duro y la infaltable achicoria. Yo no podía tragarla. Me lo guardaban para el día siguiente. Todo el pensionado disfrutaba Fideos con tuco y a mí me traían el plato de Ropa vieja.
Los juegos de mi infancia eran rondas, carocitos o payana, bolitas, escondida, rayuela, saltar la soga, carrera de embolsados, prisionera.
También me ingeniaba a coser ropas a las muñecas.
Otro juego era “detener los aviones que veíamos atravesar el cielo en el campo”. Consistía en correr en sentido opuesto al que iba el avión. Mirábamos para atrás y parecía que quedaba quieto en el lugar.
Cuando viajé a México, en avión, mi compañera de asiento, era de Entre Ríos y también en su niñez lo jugaba.
Armábamos el arbolito de Navidad con una rama clavada en una lata cargada con tierra. Para las luces le colgábamos botellitas pequeñas en la que le colocábamos luciérnagas o bichitos de luz que cazábamos de noche. La botellita quedaba destapada para que el bichito no se muera. Si se escapaba volvíamos a cazar otros.
Sufrí burlas porque era petisa, gordita, usaba zapatillas rotas, porque vivía en la conejera porque éramos muchos. Y cuando nació la séptima mujer me decían “vive con la bruja”. Ahora tiene un nuevo nombre” bulling”.
Llegaba llorando a casa y se lo contaba a mamá. Ella con voz dulce me decía “no le hagas caso” o contéstale “el que dice es” o bien pone la palma de la mano y deciles “espejo, espejo”. Y hoy leo que existe la teoría del espejo. ¡Cuán sabia era mi madre!
Terminé la primaria siendo abanderada. Agradezco a mi maestra de sexto grado que le planteó a la directora que yo debía ser la abanderada. Porque se acostumbraba a darle a los hijos de quienes donaban toneladas de caña de azúcar, bolsa de azúcar al convento.
Pude seguir el secundario en una casa de las religiosas, que estaba en Villa Giardino, (Córdoba).
¡Cómo extrañaba mi casa, mis padres y hermanos! No veía la hora que llegara la noche para llorar. Me iba en febrero y volvía a mediados de diciembre. Y papá me recibía con el primer racimo de uvas maduras.
Me comunicaba con mi familia a través de una carta por mes. Carta que era leída por la monja antes de enviarla. La respuesta corría el mismo destino. ¿será que no querían que cuente mi sufrimiento?
Y si era algo urgente llamaba a la cabina telefónica de mi pueblo avisando a qué hora volvería a llamar a mis padres. Ellos le avisaban para que estén ahí.
Terminé el secundario en Villa Ocampo egresando como Bachiller con Orientación Pedagógica.
Luego rendí las equivalencias y obtuve el título de Perito Mercantil en la Escuela de Comercio de la ciudad de Reconquista. Estudié Corte y Confección, e inglés.
Preparábamos alumnos para dar sus exámenes y con ese ingreso del verano lo utilizábamos para comprar ropa, calzados o libros para el año próximo.
Empecé a buscar trabajo. Fui al colegio secundario de mi pueblo y el Rector se me río: “ _ ¡¿vos secretaria?!”. Todavía me suena su risa burlona.
A los pocos meses me llaman del colegio de Villa Ocampo, del cual egresé y trabajé de secretaria hasta que me jubilé. Además, dictaba cátedras de Dibujo y Contabilidad.
Debo destacar que las 9 hermanas somos docentes.
Hice el Profesorado de Enseñanza Primaria. Trabajaba de docente de primaria por la tarde.
Me casé con un comerciante.
Tuve 5 hijos 4 mujeres y un varón: Marianela, Mariela, Maricel, Nelson y Marilin.
Marianela y Marilin son Profesores Universitarios de Música. Maricel Profesora de Arte. Nelson ProfesorTécnico. Mariela es Peluquera, comerciante y próxima a recibirse de abogada. Me alegro de haber sido su modelo. Y tengo cuatro hermosos nietos: Lautaro, Máximo, Luz y Martina.
Luego de Jubilarme me regalé varios viajes: Europa, México, Perú, Bolivia, Brasil, Chile, Miami, St. Martín, Puerto Rico, Bahamas, Turquía, Grecia y muchos paisajes a lo largo de Argentina. Puedo repetir lo que dice la canción “….mira que lindo es mi país paisano/ si usted lo viera como yo lo vi….”
Ingresé al mundo del escenario participando en varios grupos de teatro.
Incursioné en el mundo de los monólogos humorísticos. Tengo uno de mi autoría “Historias de las bombachas”.
Estoy orgullosa de mi presente ya que mi infancia me acompaña siempre con alegría.
¡Vaya que me sorprendió la vida!