25 Nov SUEÑO
Sábado, 02 de abril de 1982.
Mañana ruidosa. Clima enrarecido en la Enfermería de la Escuela “Sargento Cabral” en Campo de Mayo. Un antes y después de aquel día.
Me visto con mi ropa de médico provista, toda blanca. Me dirijo al centro de la enfermería y al primero que encuentro es a un Suboficial Principal, tipo de mal talante, y le pregunto qué pasa y dice desdeñosamente -¡Tomamos las Malvinas!- Atónito, me quedé pensando en esa contundente frase.
Rápidamente los recuerdos se arremolinaron. Mi vida pasaba por estudiar en la Facultad de Medicina de la UBA y después de muchos años y esfuerzos compartidos con mi familia me recibí el 18 de diciembre de 1981, pero – y siempre hay un pero en nuestras vidas- me había acogido a la Prórroga Universitaria para hacer la colimba (corre, limpie y barre) y justo terminaba en diciembre del 81.
La cuestión es que me incorporaron el 06 de enero siguiente y después de seis semanas de entrenamiento y clases de Justicia Militar -porque algunos de nosotros íbamos a ser subtenientes-, nos destinaron a las guarniciones del Ejército en todos los territorios del país. Derivado a la referida escuela en Campo de Mayo, donde llegaba con mi reciente graduación a un lugar impensado a “jugar” a los soldaditos, recibiendo el desdén de algunos y el respeto de los más humildes milicos de carrera.
Sería un poco largo contarles mis actividades de médico colimba. Los viernes llegaba el franco del fin de semana hasta la noche del domingo pero ese 01 de abril nos negaron la salida por orden superior. Estamos acuartelados me decían y yo discutía el prefijo y bueno, discutir con muchos de ellos es como tirarle margaritas a los chanchos.
Después de rogarle a mi jefe médico pude conseguir un permiso especial de pocas horas y fui a casa. Baño reparador, almorcé dos mil milanesas que había hecho mi vieja, hablé con Julia y me fui con un cartón de cigarrillos pues no sabía cuándo volvería a salir.
Habitualmente recuerdo mis sueños al despertar, aunque en aquella madrugada de abril tuve una pesadilla que nunca olvidé y vaya a saber por qué he decidido contarlo 36 años después de la Guerra de Malvinas y que sólo conocen mis allegados.
“Malvinas. Frío, lluvia, las trincheras de turba inundadas. Gritos. Silbido de balas y el cañoneo que llegaba desde el mar. Desembarco inglés y avanzar fue la orden. Vestido con el uniforme de combate verde olivo en una trinchera del suelo malvinense y tratando de defender una ofensiva de los ingleses me encontré a pocos metros frente a uno de ellos y nos apuntamos con nuestros fusiles, la disyuntiva: él o yo. La vida o la muerte, seguir o perecer allí, en ese suelo argento pero olvidado. ¿Quién era ese hombre y por qué nos teníamos que matar, él defendiendo parte de su imperio alicaído y nosotros? Dándole nuestra sangre y juventud a unos borrachos milicos, genocidas, inescrupulosos, autores de la peor historia que supimos conseguir. El inglés me apuntaba y disparaba, mi bala de FAL salió buscando aquella humanidad y el soldado cayó. En los próximos segundos avancé hacia él y el sueño rebeló mi historia. Desoyendo la naturalidad de la guerra al verlo moribundo lo comencé a atender como médico.”
El sueño se acabó, el domingo me encontró mojado de transpiración.
El horror de la guerra aún estaba lejano en el sur, sin embargo, algo ya había cambiado en los partícipes directos y en los que nos quedamos en el continente.
Atendí unos cinco mil soldados que volvieron de Malvinas Historias y patologías impensadas que he vivido, miedos, cobardías, abusos, heroísmos, un compendio de las conductas humanas de todo tipo, hasta el sueño que nunca voy a olvidar y que como toda guerra injusta no vuelva a ocurrir.
A los pibes de Malvinas.