25 Nov ROPA HEREDADA
Unas cuantas décadas atrás, y durante bastante tiempo, estuvo de moda vestirse iguales: la mamá y su hija, el hijo imitando al papá, las dos hermanitas, dos hermanos, varón y mujer. Recuerdo la tapa de la revista TEMPORADA y algunas de sus páginas, mostrándonos estos modelos ‘clonados’, con algunas adaptaciones exigidas por la edad y el sexo: la falda angosta, tubo, para la mami y la faldita amplia para la nena; varón y mujer invertían el colón pantalón-camisa, blusa-pollera; los dos varones con sendos pulóveres tejidos con el mismo punto y modelo, pero de distinto color; papá e hijo, pantalón largo, pantalón corto. En ese momento seguro que estarían muy felices los chicos, pareciéndose entre sí o con sus padres.
El problema aparecía cuando al año siguiente el cuerpo del mayor había crecido y lo convertía en el necesario merecedor de nuevos atavíos. Entonces, el ‘segundón’ heredaba a su hermano, y repetía el modelo por alguna temporada más, aceptado y usado obligatoriamente, no sin algún reclamo o reticencia.
En mi infancia existieron dos primas proveedoras, apenas mayores que yo, que vivían en la ciudad: María Antonia en Rosario y María Teresa en Córdoba, y por supuesto tenían más y mejores ropas. Sus madres no consideraban ofensivo mandarnos las que ya no usaran, y la mía, agradecida, inmediatamente se ponía a achicar o agrandar, alargar o acortar, y yo, muy oronda, de estreno, -aunque éste ya se hubiera producido en otras latitudes- luciendo ropa no hecha en casa, sino ‘comprada’. A veces la suerte no me fue del todo favorable: de Rosario vino mi primer guardapolvo para el Jardín de Infantes, color rosa, como se usaban entonces. El maestro que ese día reemplazaba a la señorita Juanita, tuvo que despegarme con sumo cuidado de la hamaca recién pintada de blanco, en la que fui a sentarme sin darme cuenta. El daño no pasó a mayores, pues la tela ya había amortiguado bastante su color original. Y al año siguiente, para iniciar el primario, mi madre acabó de blanquearlo del todo. Pero… ¡algo se le escapó en el conjunto! Y en un recreo, mis queridas compañeritas hicieron una ronda a mi alrededor, mientras cantaban a coro -¡La remendada, la remendada! Para reparar un pequeño desperfecto, el codo tenía un zurcido primoroso, hecho por mi madre, y que ellas habían descubierto inmediatamente. Seguro que lloré –en la escuela y luego en casa-, y segurísimo también que mi mamá me llamó la atención por ser tan tonta. Pero, felizmente, en ese tiempo no existía el bulling… así que no hubo motivos para hacer tanta alharaca.
Entre mi hermanita y yo mediaban cinco años y medio, así que cuando le llegaba a ella el momento de ‘calzar’ en mi talle, mi ropa heredada y requeteusada ya había pasado a mejor vida, quizá después de haberle servido a alguien más, por eso la Nori zafó de este recurso familiar sin demasiados contratiempos porque mi mamá sabía coser.
El dictamen para las chicas era “que sepa tejer, que sepa bordar”. Abrir la puerta para ir a jugar no necesitaba que me lo enseñaran, pero tampoco mi madre me dejó mucho tiempo-espacio para practicarlo. Así que, comenzado el secundario, ¡a aprender costura! Unos pocos meses no más. Con todo lo necesario: regla, escuadra, la tiza, el lápiz rojo-azul, el papel ´de moldes´ y el libraco del sistema MENDÍA, más antiguo que la escarapela, al cual inmediatamente le enmendé la plana corrigiéndolo ‘a piacere’. Sí quedó entre mis sueños truncos la compra del infaltable mamotreto, el omnipresente maniquí que intentaba ¿copiar?, ¿parecerse?, ¿reemplazar? nuestro cuerpo. Sí, quizá lo extrañé un poquito, muy poco, pues inmediatamente me di cuenta de que era tan inútil como feo. Sólo unos pocos meses de aprendizaje –y tiempo después otros tantos para confeccionar camisas y pantalones para hombre- consideró necesarios la Josefa para que yo me hiciera cargo per in saecula saeculorum de esta tarea de vestir a toda la familia, damas-caballeros-niños, para toda ocasión. Y el infaltable tejido… Además las otras tareas de la casa, de las cuales no me salvaba el tan remanido argumento “porque la nena estudia”, que a tantas beneficiaba.
Recibida la posta, mi madre se dedicó libremente a la cocina y al resto de las tareas ‘en el exterior’, patio, quinta, gallinero, secundada por mi hermana, -ambas felices jornaleras todo terreno al aire libre- mientras yo la pasaba ¿descansadamente? Sentada, todo el día adentro. Trabajaba responsable y cuidadosamente, y atenta en todo momento a los ojos de Argos de mi madre, y a sus constantes ‘controles de calidad´. Ay…, lo que me hicieron sufrir las mangas: ella examinándolas luego de hilvanadas, y yo rezando por lo bajo,
-¡Ojalá estén bien, ojalá estén bien!.. ¡ay…, no, otra vez no!
O cuando para asegurarse de una costura bien hecha iba pasando firmemente sobre ella las uñas de los dos pulgares apoyadas en las yemas de los índices, y yo, conteniendo la respiración,
-¡Que no se corte el hilo, que no se corte el hilo!, -y el muy cretino tantas veces me traicionó… Y luego su frase lapidaria, aborrecida, y reiterada tantas veces:
– “Tome, descosa y vuelva a coser”, -más condenatoria aun cuando la segunda persona del imperativo se distanciaba del tuteo…
Pero así aprendí. Y no puedo ver un error o un defecto en una confección, sea en una prenda puesta o expuesta, sin detectarla.
-Sí, mami, lo aprendí de vos. –Pero lo que no sabés, es que ahora ni siquiera me todo el trabajo de hilvanar una prenda. Bueno… para tantas situaciones de esta vida no tenemos tiempo ni siquiera para un mísero e inútil hilván…
El vestido de novia se usa una sola vez en la vida, pero mi madre quiso que su valor fuera más allá del símbolo. Lo fue para ella, un sencillo modelo de encaje chantilly, con falda de un pesado crepe de seda. Y lo fue nuevamente, convertido por sus hábiles manos en el hábito de Santa Teresita, con el que tomé mi Primera Comunión, con la tela del revés, para evitar el brillo original. Lo usó mi hermana, y alguna vez desapareció luego de prestarse para tantas comuniones o vestir tantos angelitos navideños.
Cuando mi hermana terminó el secundario, me tocó hacer su vestido de egresada, como unos años antes había hecho el mío. Era corto, en un precioso encaje rebrodé. No sé cuántas veces lo habrá usado, antes de quedar descansando en algún estante por allí, lugar que abandonó cuando llegó su casamiento, y nos obligó a pensar e imaginar:
-A ver, a ver, ¿qué podemos hacer? –El encaje se convirtió en una elegante chaqueta a la que agregué una pollera angosta. ¡Listo el trajecito para el civil! Ahora faltaba el ‘traje de novia’.
Mi madre solía tener buenas ideas, y siempre aceptaba las mías, también muy buenas. Mi hermana no aportaba ni siquiera una opinión, lo cual le facilitaba la vida tanto a ella como a los demás. Así que, ¡otro tema solucionado!
No teníamos nada para reciclar, pero algunos metros de bambula en amarillo rabioso se convirtieron en un hermosísimo vestido aldeano, con broderie, volados y cinturón de raso con moño. La madrina había llegado ya con el novio, impactando con su vestido de lamé azul plateado. Pero el impacto mayor lo causó la novia: acompañada por nuestro hermano-padrino y con algunos toques de su modista-hermana, enfrentó a los asombrados presentes:
-¡No!, ¿viste? ¡No puede ser! ¿¡Un vestido de novia de ese color!?
Heredé también de María Antonia, que tenía dos tíos sacerdotes, el amplio borde de una vestidura litúrgica: tejida al crochet, como un precioso encaje manual de flores pequeñitas que alternaban con rosas minúsculas en relieve: una bella y paciente obra de alguna monjita durante años de minucioso trabajo y de rosarios musitados. Guardé esta maravilla hasta el momento oportuno. Y llegó el casamiento de Cecilia, mi primera sobrina y ahijada, y otras manos de hada, las de su suegra, convirtieron esa materia prima en un precioso y simplísimo vestido, que vestiría la luminosa figura de la novia.
Algunos años antes yo también había sido novia –algo tardía, pero novia al fin-, duramente zarandeada entre la ilusión de un futuro esperado y la agazapada inminencia de la muerte de mi madre. Sin demasiado tiempo para preparativos o detalles. Al lado de ella internada en Córdoba, y en sus últimos meses en casa. Trabajando en lo mío y en lo de todos.
Y Ricardo, intentando quitarme algo del quehacer al que me aferraba para evitar que me ahogara el desaliento.
¡Vamos, esto no podés hacerlo vos! No podés hacerlo todo sola. ¡Vamos a comprar tu vestido a Córdoba! ¡Vamos a elegir una linda tela y buscar una modista…! Dale, hacéme caso, no seas porfiada…
Y, como por allí dicen que siempre me salgo con la mía, en la madrugada del sábado 18 de noviembre, a la 1 y 30, escuchando y vigilando desde la cocina el sueño -ora tranquilo, ora alterado- de los días finales de mi madre, ¡di las últimas puntadas a mi vestido de novia! Y me fui a descansar unas pocas horas para despertarme ya el día de mi boda.
Quizá fuera demasiado pretencioso llamar así a un sencillo trajecito de fiocco blanco tiza… pero era mi traje de novia. Estrenado. Hecho por mis propias manos.
Y en mi noche de bodas usé un camisón de seda natural con puntillas valencianas en el escote y las mangas, en un color bronce pálido, una tela frágil que nunca más volví a ver, como de papel, como de luna, como de hechizo, como de alas de mariposa a punto de disolverse en el aire…, el mismo que casi cincuenta años atrás había estrenado mi madre para ingresar a su noche primera.